El Circo entomológico delirante II
El Circo entomológico delirante
Capítulo I: Desgracia en la esperanza
Las olas, de un negro obsidiana, embestian contra los acantilados, arrojando una espuma pestilente y esmeralda contra los grandes cayos y acantilados que daban la bienvenida a los barcos comerciantes desde las cumbres adornadas con los infortunados, era en estas mismas donde se formaban estructuras rudimentarias.
Estas ruinas se erguían como torreones llenos de almas viles y crueles que manejaban el mercado marítimo. Aquellos que no seguían las normas eran colgados como peces al sol.
Aquí ocasionalmente la muerte del mar aparecía para golpear a los infortunados que no logran cubrirse, arrastrando y consumiendo todo para regresarlos al abismo del que nacimos.
Llegando al único lugar seguro a miles de millas náuticas a la redonda. Este era un pueblo que se mostraba como un oasis de salvación hasta la putrefacción y la terrible imagen del pueblo alzándose en horrible hacinamiento.
El muelle era colosal al igual que las fábricas y viviendas que se alzaban una sobre otra, tratando de respirar con dificultad entre el hormigón y acero que dominaba sobre el resto de materiales, que a su vez eran degradados por el aire marino.
El burdel Dama Dorada daba la bienvenida a los incautos como un lugar tranquilo para descansar y disfrutar pero el horror que escondía estas puertas eran atroces, sobre todo lo que ocultaba debajo de sus cimientos.
Por otro lado el comercio y las fábricas eran repartidas entre los una de las primeras familias con su deseo de control, estos con el poder en sus manos llevaban a cabo sus maquinaciones para traicionar a todos como apoyar a los mismos. Pese a tener la joya de la burocracia en ruina, cada acto estaba pre demeritado con el fin de ganar algo, salvo una familia que resaltaba con su sádica corrupción, donde el juez supervisaba que cada alma sufriera una eternidad de calvarios hasta más allá de la muerte, este pese a su deterioro, seguía dirigiendo pese a que su hija fuera una heredera mucho peor que su padre.
—¡Sepan sobre la junta de comercio! ¡Se presentarán los patriarcas secundarios a la reunión!
Gritó una niña sacudiendo el papel en sus manos.
—Mocosa. ¿Qué es lo que ocurre? ¿A que llaman junta de comercio?
Expresó una figura sombría, la cual se mostraba en un uniforme verde oliva, con una capucha beige para evitar quedar empapado con la llovizna que humedece la suciedad de las calles.
—No lo sé, pero es algo que tenía al amo exaltado…
Murmuró la pequeña, tratando de no mirar tanto al oficial que tenía una mirada helada.
—Deberíamos solucionar esos problemas de memoria.
Expresó el hombre sombrío, dándole la sensación de que la pequeña estaba ante un momento crucial en su corta vida.
—Pero se que el amo lo supo de un boticario en la calle de la ahorcada.
La pequeña se apuró en responder, temerosa a que estos le hicieran algo, pero el hombre sacó su garrote listo para castigar a la mocosa por hablar fuera de lugar.
—¡No pedí que me hablaras!
La pequeña empalideció, solo pudo cubrirse con sus delgados brazos.
—¡Ya basta! ¡Ya basta!
Gritó una voz de forma imponente desde atrás, está detuvo incluso a los transeúntes temerosos de ser señalados por los oficiales.
No obstante este luego de gritar pareció aclararse la garganta para volver a comunicarse de forma más civilizada.
—Ya basta… Esto es prometedor, al juez le encantará saber que alguna familia está tramando cosas, aunque claro. Primero debemos asegurarnos de que sea cierto.
El hombre se detuvo un instante viendo a su compañero, tratando de captar si estaba haciendo alguna broma o no.
—No puedes estar hablando en serio…
Ambos se observaron un instante, la mirada de un hombre que parecía ser el más afortunado observando una escultura de hielo.
—... Lo dices de verdad…Tobías, en alguno de estos días harás que te cuelguen…
Este soltó una bocanada de incredulidad que se desvaneció en el húmedo aire viciado.
—Tienes que ser más realista y buscar un enfoque que nos de más ganancias.
Expresó otro oficial, quien pese a sonar terrorífico, resultaba ser una bendición para la niña, la cual sabía que una golpiza más sería la última para ella.
—¡No sé arrepentirán! ¡Lo que digo lo escuché claramente desde mi único oído!
La pequeña levantó su maraña de cabello como paja con estiércol, mostrando una oreja sucia, con la otra mutilada.
—Veo que estás confiando en una chismosa…
Expresó el hombre de hielo, dando unos golpecitos con el garrote a su compañero, este hizo una mueca de despreció, que a su vez transmitía una sensación de superioridad.
—¡No soy chismosa! El hombre que nos recogió se la comió. Pero cuando estaba atrapando más niños escapé del saco.
La niña respondió, solo para recibir una cachetada sonora que si bien le dolió, la pequeña no lloró por el golpe.
—¿Ahora me crees?
Los oficiales sabían de los flautistas y sus negocios, pero por lo general no se metían en los asuntos de esos locos.
—No. Y aunque me traigas al propio flautista, no confiaría en ti…
Expresó el hombre, dando un golpecito en la cabeza a la niña con el bastón.
—Tobías, no seas así con la informante. Además si logró huir de uno de los flautistas, es una buena señal.
Expresó con una sonrisa segura.
—¡En efecto! Soy alguien muy competente.
La niña respondió afirmando ser un elemento valioso.
Este se acercó a la pequeña, aplazando con la mano Tobías a un lado con un movimiento despectivo.
—No trates de tocarme, asqueroso esclavista narigon.
Expreso Tobías, quien solo recibió una risa.
—De verdad me result
a algo hilarante que trates de igualar mi nivel. Pero bueno, debo estar aquí con ustedes…
Por un momento el hombre se frotó el cabello negro con rulos que salían por debajo del sombrero.
—No actúes como si fueras especial.
Respondió Tobías a su compañero tan problemático por su altanería.
— Asumo que el quitarme las patillas nunca fue suficiente. ¿Acaso estuviste viéndome en las duchas?
El hombre pareció tímido, en lo que la niña recibía una moneda sucia por uno de los diarios.
—Solo cállate Amram. No es fácil averiguar tus gustos. Además tu hocico y deseos de tener un puesto mayor son demasiado peligrosos para alguien como tú.
La respuesta de Tobías resultó como un puñal para Amram quien parecía querer responderle ante su falta de visión y deseos de comodidad entre seres iguales. Aunque según términos que ellos mismos habían establecido, los esclavistas eran superiores en todo.
—No vuelvas a hablarme como si trataras de hablar con un igual, o pretender…
Esbozó una respuesta agresiva a su compañero pero fue callado a la brevedad.
—A quien tratas de engañar pequeño mestizo de pacotilla, tus genes están sucios y no tienen por donde entrar en un lugar con el resto. Hasta los puros no son más que restos endogámicos enfermos.
Tobías no esperó, habló fuerte y se acercó a su compañero firme pero por sobretodo amenazante.
—Mejor… es…
Este dijo, volteandose y respondiendo con silencio a su compañero, solo para mirar de cerca a la pequeña, quienes estaba enfrascada en un desafío de miradas con una niña leprosa.
—Señorita informante… ¿Estás bien? ¿Acaso es un amigo o algo más?
El hombre habló amable, tratado de sonar algo dulce dentro de lo pesada que era su voz.
—Si, es solo uno de esos mocosos de la otra imprenta. No confíen en ellos, son chismosos y mentirosos.
La niña advirtió al hombre quien pareció incomodarse bajo su sonrisa falsa.
—Hagamos un trato. No te daré oro o alguna moneda sucia, pero puedo darte salud.
Propuso el hombre calmadamente para que la niña entendiera lo que le quería ofrecer, aunque de fondo más allá del ruido de la calle concurrida, el compañero refunfuñaba como un burro enojado por las palabras de su compañero.
—Bueno, es algo simple. Si vas a los torreones…
La niña se apartó al instante de escuchar sobre los torreones de piedra. Sin embargo no fue suficientemente rápido y Amram la sujetó de su pequeña pierna desnutrida.
—No quiero terminar en ese lugar, no he hecho nada.
Se mostraba horrorizada, su mirada se llenaba de lágrimas y su voz trataba de quebrarse acompañada de la enfermedad.
— No terminarás en los torreones de piedra.
Expresó este aflojando un poco su agarre.
—Recibirás recompensas. Dulces y sabrosas recompensas.
Comentó esté dejando que la pequeña tuviera un brillo en su mirada.
—¿Me darán comida por noticias?
El hombre asintió, mientras a su lado la figura helada de Tobías se acercaba y arrojaba un paquete sobre la niña.
—Esto es un adelanto, pero más te vale seguir trayendo noticias buenas.
Amram se vio molesto por la intervención de su compañero, quien se levantó para seguir a este.
Entre el bullicio de la vida de la calle quedó la niña, escuchando la aterradora voz del hombre ahora más amenazante con su compañero, que al final parecía no ser tan malo.
La pequeña se levantó y observó el paquete, pensando que había recibido un tesoro a cambio de nada, dio el primer mordisco a algo que jamás había pensado llegar a probar. La mirada de los transeúntes era cruel y llena de sádica envidia, pero al ver a los oficiales con esa niña, nadie se quería meter.
Por su parte los oficiales avanzaron como imponentes entre el mar de gente que se empujaban para ni siquiera lograr ser vistos por estos hombres, entre ellos hablaban del método para hacer hablar al boticario, solo esperaba no encontrarse con la ahorcada.
Las familias secundarias o menores como los estaban encargados de algunas áreas comerciales y artesanales se veían como panales de avispas agitadas por la varilla con la que les trataban otras familias principales este último tiempo, pero el conflicto del
municipio provocó un ambiente mucho más tenso entre las familias.
Un poco más lejos del encuentro, una jovencita vendada observaba atenta como una de las alimañas de la competencia había tenido suerte.
Tras aguardar que alguien no la estuviera buscando, se apuró en salir de su escondite y regresó con su hermano mayor, este a sus avanzados doce años gritaba fuerte pese a la enfermedad.
—¡Averigue sobre el escándalo! ¡Sea el primero!!
Gritó la voz chillona que estaba consumida por la tuberculosis que aún no le quitaba todas las fuerzas.
El joven delgado, un poco más bajo que la altura promedio sintió un movimiento a su costado, en eso se dio cuenta de su hermana pequeña, está consumida en gran medida por la lepra.
—¿Has conseguido algo?
Preguntó de forma seria, tratando de asegurarse de no ser escuchado por nadie.
—¿Parezco alguien que consiga monedas de todos estos muertos de hambre?
Parecía la niña disgustada con la pregunta, la cual fue respondida con una amarga y cortante pregunta que no provocó al joven, quien solo parecía morderse la lengua por preguntar tan ridícula pregunta.
—Pero he conseguido algo de información y por otro lado la mocosa del periódico de la imprenta Windsor…
Sin embargo la conversación fue apagada por un rugido anormal que nada orgánico podía provocar. Algunos transeúntes viejos y más enfermos parecían padecer dolores con los repentinos sonidos.
—¡Condenadas máquinas infernales! No entiendo porque las siguen permitiendo.
Esbozó el joven tosiendo un poco, luego de que una de las máquinas de metal pasará por la calle. Estas eran inventos de una familia nueva proveniente de la capital.
—No me gustan esas cosas pero ayuda a cubrir los escapes.
Comentó la niña de forma positiva ante aquellas cosas no vivientes. A su vez el joven pese a odiar las debía aceptar ese beneficio que tenían.
Estas bestias de metal era una idea traída de una extraña familia que ofrecía servicios de mensajeria, como también logistica por dos hermanos de la capital que vieron la oportunidad para establecer en el pueblo más longevo para establecer las fábricas automotrices como un método innovador para el transporte de recursos y ganado, lo cual los enemistad con las familias Ramírez y Sepúlveda por querer quitarles su inversiones en el transporte de recursos.
Pero había un detalle amargo para las familias que trataba sobre los barrios bajos, estos siempre con inconformes y rezagados que se negaban a morir rápidamente como terminar ensuciando las preciadas calles en vez de las cloacas o callejones llenos de basura.
Por lo que estaba la familia de los Hernández, grupo segmentado de camarillas ruines y despiadadas que martirizaban contra toda alma que se descuidara al estar cerca de ellos.
En lo profundo de gigantes construcciones hacia las profundidades conocidas como pozos, en estas las vidas estaban perdidas y asediadas por innumerables ojos que supervisan que el ganado cumpliera con las peticiones de sus clientes al pie de la letra.
A lo largo de las marañas de viviendas estaban asediados por innumerables pasillos y callejones que generaban una red de tráfico como transacciones maliciosas.
Entre todas, una figura se movía ágil, con su pequeño porte, está se escabulle como una rata por cada rendija, entregando y recibiendo paquetes dudosos. Bolsas de dinero, cartas, paquetes que gotean y mucho más.
Pese a su audacia y ser más rápida que su hermano, llegaba tarde a la reunión con un cliente especial.
—...
La mujer ingresó sin ser vista ni por las propias criaturas que se habían adueñado de este callejón inmundo.
—¿Estas? Oye…
Murmuró la mujer, en una voz apenas audible, fácilmente confundida con el suspiro del denso viento viciado.
—...Qué rayos…
Dijo la mujer para sí misma cuando tocó el suelo como algo pulposo bajo sus zapatos con tela.
—Agnes. ¿Y el cliente? Dime. ¿Acaso llegaste tarde?
Expresó una voz familiar desde atrás.
—Calla hermano. Fue por unos minutos, hice todas las entregas antes de llegar hasta aquí.
Expresó está aún en voz baja, tratando de defenderse, mientras su hermano, un hombre de aspecto similar se frotaba las grasosas sienes.
—No seas tan dramático. Es solo un demente que…
Expresó la mujer con firmeza, tratando de hacer recapacitar a su hermano al tratar de seguir los consejos de un loco.
—No es solo un loco. Ese demente tuvo razón en todo lo que nos dijo, cada cosa que parecía imposible o extraña el lo mencionaba con antelación.
—¡Escuchate! Hablas más desvaríos que ese propio loco, si que acierta. Pero es ridículo… todo, la forma en que lo dice, no quiero que caigamos en una trampa.
Expresó Agnes, ambos ante su discusión silenciosa, no se percataron de lo que se arrastraba y formaba a partir de cuero húmedo a sus espaldas.
—Se que es ridículo pero, debes entender que es importante que estemos no solo a un paso adelante del resto. El nos da la oportunidad de movernos antes de que piensen que hay alguien cerca.
Murmuró este que se distrajo un instante.
Su hermana respondió, tratando de ser lo más realista posible, pero sus palabras fueron ignoradas por su hermano que distinguió algo frente a sus ojos, solo inclino su cabeza y trato de ver que una silueta grotesca bajo trapos rasgados estaba de pie tras de ella.
—Bueno, llegó nuestro cliente…
Este habló, solo para ver cómo su hermana se giraba y daba un grito callado al tener a aquello tan cerca, dejando sentir su hedor a putrefacción.
—No hagas…
Hablo Agnes con apenas un hilo de aire que recuperaba, pero fue interrumpida por la silueta que se asemejaba más a un fantasma.
—Ratoncillos en una rueda, no ven que se acaba el tiempo mientras que juegan pensando que llegarán lejos.
Expresó este con brusquedad mientras una risa extraña y siniestra nacía de el.
—No somos ratas. Además… ¿Acaso no puedes decir nada sensato?
Expresó la mujer, cuestionando al cliente. Donde su hermano pese a ver que el cliente no se ofendio. Se mantuvo un poco menos asustado por lo que hizo su hermana.
—Si mal no recuerdo el barco que zarpó debía olvidar la canasta.
Expresó este de forma inquietantemente tranquila.
—Vamos, no puedes decir que no manejo la información, por tan solo un descuido de la hora acordada
Dijo una mujer con una silueta con el aspecto de ratera, era baja y encorvada, lo que le hacía verse más pequeña a diferencia de lo que tenía frente suyo que era una silueta movediza que trataba parecer humana hasta cierto punto.
—Tu información era del color de un calcetín sin pareja.
El hombre encapuchado por harapos peores que los de un jirón de carne, dio algunos golpes en su cabeza, como si tratara de solucionar algo.
—Yo estaba parloteando con las gaviotas sobre quién robaba los huevos. No puedo… trataré de. Por eso, mi regalo es este conocimiento… Si pones una zanahoria en tu oreja izquierda, puedes oír los pensamientos de las estatuas de jardín... pero solo si la Luna está pensando en queso cheddar. No te culpes si no funciona, a veces la Luna es muy reservada.
El hombre expresó sus palabras con rima, lo cual trajo una serie de risas confusas provenientes de él.
—Válgame.
Suspiró Agnes, frotando su cabello, que soltó una nube de caspa.
—De verdad debo encontrar mejores clientes…
Esta comentó para tratar de entender lo que decía el loco que tenía delante.
—Bien, zanahoria, caballos… Caballos los Ramírez… estatua del jardín.
La mujer murmuró con frustración.
—Es simple Agnes, él está diciendo la ubicación de algo valioso sólo cuando la noche revele su secreto.
Agnes volvió la vista para ver a su hermano, quien tenía su mismo aspecto salgo por ser más gordo.
La figura rió estrepitosamente mientras ambos trataban de callarlo, sintiendo la máscara de metal fría, de la que babeaba una sustancia viscosa.
—¡Los Rattue sin dudas son los mejores buscando queso!
Este celebró dando pasos chistosos, en lo que los hermanos se miraron, intrigados a la decadencia mental que este solía aparecer. Ya que en otras era un cliente que proporciona buena información a cambio de otra. Pero está no era la ocasión en particular.
—Hace un tiempo que eres un cliente de información. Pero no has dado dinero, en cambio das información hasta que soltamos algo.
Robert se rasco las manos que mostraban uñas gruesas y sucias por mugre que desprendían trozos de piel muerta proveniente de la urticaria mal tratada.
—Mi hermano quiere saber si darás una solicitud de información con mayor peso… ¿No quieres saber algún secreto de las familias?
Expresó Agnes mirándose con su hermano para saber si este hombre estaba realmente interesado en algo útil de ellos.
—Digo, cuestan pero… cuando se trata de negocios se suele hacer ciertos intercambios… ¿Comprendes?
Esta añadió diciendo algo que en la historia de su familia jamás diría, ya que eran conocidos más como embusteros de renombre.
—Los agujeros son profundos y los bichos anidan en estos, pero los malcriados se ponen a jugar, olvidándose de su lugar el cual…
Mientras esté hablaba incoherencias que no podían descifrar, prefirieron hablar un poco entre ellos.
—¿Has logrado entenderlo? Creo que ha dicho incoherencias de nuevo. Sin embargo es curioso, es como si tratara de contar algo…
Expresó su inquietud Robert.
—Robert, no puedes creer las cosas de este loco. Además se trata de los Ramírez…
Murmuró su hermana, algo incómoda.
Este sujeto… esta cosa nos dijo que la mayoría de las cosas cuando se vuelven incoherentes, las tenemos que ignorar…
El hombre trató de pensar en lo que le decía su hermana.
—Lo sé, pero pese a los jinetes y monstruos… piensa en el oro, la riqueza que esconden.
Ambos parecían indecisos en tomar la decisión, aunque el hombre que les revelaba esto solo estaba quieto mirando contra la muralla.
—Claro… pero son religiosos, nos perseguirán. Y tratarán de poner como advertencia…
Respondió la hermana, alejando por un momento su codicia ante el peligro que esto significaba.
—...Pero el oro…
El hermano parecía estar enfocado en las riquezas que obtendrían.
—Sabes… tú, hombre o cosa. ¿Sabes algo sobre el tesoro o queso que esconden?
Preguntó Agnes con preocupación, lo que detuvo el monólogo hilarante de la criatura.
—... Las sales alejaron a las bestias y el corazón lleno de hambre condujo a las ratas a su premio en el laberinto… de la fe… del Gouda.
El cliente envuelto en trapos dijo dando un delicado movimiento de manos.
—Esto… creo que se refiere al queso…
Esto confundió a los hermanos con inseguridades pero aguardaban atentos por lo que podría ser un indicio.
—Mi zapato izquierdo que usó el miércoles, es el que supo cuando las nubes revelan que no son de algodón, y los pájaros temen a que el gato aproveche de encontrar sus nidos. Pero el gato dejará solo su almohada.
Otras palabras salieron sin sentido de la boca del hombre.
—Entonces el miércoles es cuando hay que ir… Es cuando los gatos salen a cazar y nosotros robamos el queso de su almohada.
Hablo Agnes como si logrará quitarse un peso de encima, logrando comprender lo que decía el loco, descifrándolo antes que su hermano, pero ella se avergonzó al decirlo.
—Aguarda y… ¿Qué hay de esa sal? ¿Que lleva?
Rápidamente preguntó el hombre impaciente, con algo de sudor en la frente, viendo un tenue brillo en los ojos del cliente que eran canicas negras en cuencas dentro de una máscara que parecía una atroz burla de metal y hueso comprimidos.
Esto le trajo un terrible escalofrío que le recorrió el alma.
— El cocinero que tiene el burdel hizo una sopa del día del mes pasado fue la que trajo consigo la indigestión del Charun que devolvió a los muertos que torturaba, este enfurecido jalo sus orejas puntiagudas y graznó con su nariz de buitre.
Robert se golpeó la frente al perder la idea de lo que hablaba, asumiendo que fue mala idea preguntar.
—¡Supe de ese chisme! ¡El mes de los vómitos!
La mujer exclamó emocionada al oír eso. Olvidándose de su ansiedad y la delicadeza del trabajo que estaban llevando a cabo que debía mantener el sigilo.
—Creo que puedo conseguir los ingredientes con el cocinero si es que aún no lo liquidaron por intoxicar a los clientes…
Agnes comentó pensando bien cómo conseguiría que este revelará ese accidente. Robert solo le miró confundido, aliviado que su hermana fuera igual de astuta que él y pudiera compensar sus defectos.
—Correcto.
Expresó el cliente misterioso, dando unas risas sobrenaturales que ahuyentaba a las ratas que estaban a su alrededor. Haciendo que los hermanos sintieran un poco de envidia de esas pequeñas alimañas.
—Entonces debo decirte que los Morandé y Balmaceda son familias extrañas, vienen de la capital sobre sus ideas y con sus supuestos doctores que son mejor que los matasanos…
Agnes habló con determinación para soltar algo de información que debía servirle de algo a esta especie de cliente, mientras este parecía moverse con el sutil sonido del deslizamiento. Ambos vieron a este retroceder sin darles la espalda.
—¡Aguarda! Debes tener cuidado con estos. Los pacientes dejan de ser humanos. Pueden hacer que el inválido camine pero la unión de carne y metal no trae buenos augurios…
La mujer habló rápido, pero no pudo terminar ya que aquel que le revelaba la información se disolvió por una alcantarilla.
—Eso es… Extraño. Raro. Terrorífico.
Murmuraron ambos al unísono sin saber que decir, pero sus agudos ojos se clavaron en lo que quedó al borde del alcantarillado.
—¿Debería tocarlo?
Expresó el hombre sintiendo sudor frío, a lo que la hermana viéndolo se veía más pálida y enferma de lo que se pudo ver en mucho tiempo.
—Tal vez… sea algo valioso…
Expresó ella, respirando profundo y dando el primer paso.
Era una pequeña bolsa sucia, estaba cubierta de residuos de alcantarilla como de una sustancia viscosa que evitaba que la suciedad atravesará la tela de la bolsa que se sentía algo pesada.
Ella lo movió sutilmente antes de pensar en abrirlo, escuchando un pequeño tintineo familiar que adoraba tanto.
—¿Qué es? Deberías tener cuidado…
Dijo su hermano a la nada, ya que ella estaba absorta tratando de abrir la bolsa.
—Debemos preparar todo para el miércoles…
Esta arrojó algo brillante a su hermano sin dejar de ver la bolsa. La cual apretó con emoción.
Este era un mapa húmedo y grasiento contra el forro de su chaqueta. El tintineo de las monedas que le había arrojado a Robert era el sonido más dulce que había oído en meses, una promesa de peso real en un mundo de promesas podridas. El loco o lo que fuera esa cosa les había dejado una oportunidad, pero su regalo y su acertijo habían anclado mucho más profundo en la codicia de los Rattue de lo esperado.
—¡No tires algo tan valioso! ¡¿No ves el valor de estas piezas?!
Este se olvidó de mantener un perfil bajo cuando expresó su molestia a su hermana quién se volteo con una gran sonrisa en su rostro.
—Te los regalo, una vez que consigamos esto. ¡Nuestra familia nos bordará en el emblema familiar!
Esta se veía envuelta en una fantasía ambiciosa que dejaba en claro cuando Robert vio el mapa. Perdiéndose en sus sueños de riqueza, aunque estos sabían que se metían con fuego, pero esta oportunidad que les dio esa cosa con la cabeza ida, compensaba el peligro con la recompensa. Además que de formas misteriosas había acertado en múltiples ocasiones sobre las incoherencias.
Sabían que en un pueblo lleno de horrores, lo más seguro era trabajar con los monstruos, ya que eran irónicamente lo más humano que los habitantes de este lugar.
Capítulo II: Los telones desgastados.
El estrépito metálico comenzó como un lamento lejano, un eco de artillería atrapado en las entrañas de la ciudad. La presión en las tuberías aumentó hasta que el hierro pareció jadear, llamando la atención de cada habitante de los niveles inferiores. Más allá de la miseria cotidiana, aquel sonido traía consigo un nombre que se propagaba como un escalofrío.
—...El Enredador… El Enredador…
El pensamiento se instaló en la mente de cada criatura capaz de percibir la vibración de los tubos centenarios. No era una llamada, era una advertencia. Los susurros, cargados de un remordimiento antiguo, se aglomeraron en las esquinas de los pasillos húmedos.
—Nos escuchó… viene a por nosotros…
El silencio que siguió fue más pesado que el ruido. Fue una eternidad de pulmones contenidos para quienes conocían la leyenda. El simple concepto de esa maraña de cabellos revolviéndose sobre los desafortunados era suficiente para asfixiar cualquier atisbo de esperanza. Pero la llegada de la criatura no ocurrió; al menos, no en ese instante de agonía suspendida.
Desde los dormitorios plagados de parásitos hasta los mercados negros que florecían en el salitre del alcantarillado, nada se movió. Incluso en los túneles sellados por la plaga, la vida se detuvo. Todos compartían un pesar unánime; un instinto de supervivencia que les dictaba que era preferible morir de mil formas antes que terminar envueltos en esa densa y húmeda mata de pelo.
Los sonidos del drenaje volvieron a golpear, amenazando la frágil estabilidad de los conductos que solo parecían mantenerse unidos por capas de sarro y óxido. La fuerza del descenso atravesó niveles más profundos de lo que cualquier alma cuerda desearía habitar. El eco en las alcantarillas, vastas como avenidas subterráneas, hizo que algún mercader ocasional detuviera una venta. No por miedo al comprador, sino por una curiosidad teñida de pavor ante aquello que inquietaba a las almas que pronto serían de su deleite.
El golpeteo siguió bajando, más allá de los barrios bajos donde las familias se hacinaban en cubículos minúsculos, hasta alcanzar los pozos organizados por los Hernández, cuyo nuevo liderazgo aún era una herida abierta.
De pronto, una tubería cedió con un estruendo gutural. Miles de galones de residuos fueron vomitados con violencia, y junto a ellos, nació una masa amorfa que cayó bruscamente sobre el concreto corroído. La forma, en un principio blanda y carente de estructura, comenzó a agitarse con un patrón errático, buscando desesperadamente un eje sobre el cual erguirse. El lodo se escurrió de su superficie, revelando una piel que recordaba al cuero de un gran animal ahogado, una textura pálida y curtida por el arrastre.
—Creo que tendré que usar menta aplastada para aliviar mi aliento.
Comentó una voz que parecía brotar de las grietas de la figura.
La masa terminó de moldearse en algo vagamente humanoide mientras se sacudía los restos de suciedad
—Percebes, es cierto. ¡No tengo boca!
Silas, ahora en pie, dejó que su propia naturaleza terminará el trabajo de limpieza. Una viscosidad corrosiva brotó de sus poros, quemando cualquier rastro de basura externa hasta quedar reluciente en su palidez enfermiza.
—Adoro bañarme, lástima que tenga que probar lo que toco…
Este río junto a su máscara que tenía una expresión de sonrisa intimidante.
—Tardaste mucho. ¿Dónde estabas?
Preguntó la voz infantil de una niña, está era una pequeña de los pisos inferiores conocida como la Araña saltarina, quien estaba bajando desde algún lado de la oscuridad del piso, sus múltiples ojos observaban al gusano.
—Veo que tenemos un reloj sin freno, donde el ojo de la migraña es su único cerrojo.
Respondió Silas entre risas desquiciadas.
—Deberías tomar tu medicamento… Debemos recuperarte, eres inútil así.
Dijo la pequeña caminando a la oscuridad, por lo que Silas la siguió con un caminar cómico, casi saltarín en lo que su cuerpo terminaba de cuajar.
—Será que el medicamento para todo dolor no es más que el charco de las lágrimas de las plantas cuando…
El monólogo de Silas se vio interrumpido por una figura humanoide alargada que actuaba de manera bestial, cruzó su camino como una tormenta de cólera y desesperación.
—¡Hambre! ¡Hambre! No ha caído… ¡Nada! ¡Hambre!
Gritaba la Langosta, subiendo hacia los pisos superiores con las fauces abiertas de par en par, buscando desgarrar cualquier cosa que llenara su estómago inexistente.
—¡No resisto más! ¡Hambre! ¡No resisto más el hambre!
En un arrebato de locura, la criatura de carne deformada se lanzó sobre Silas. A pesar de que el contacto con la piel del gusano le quemaba la carne, la Langosta maniató a Silas con una fuerza bruta, suplicando en su delirio por algo que saciara su malestar.
—¿Qué ha sido eso? ¿Fue por casualidad el eco de mi trompeta?
Protestó Silas mientras se incorporaba, pero fallando en el proceso de forma ridícula.
—¡Les dije que nadie debía bajar a esta habitación hasta que supiera cómo encontrar al zapatero!
Vio con fastidio que la Langosta se había llevado una de sus piernas en el forcejeo. Del muñón vacío brotaba una bilis negra que burbujeaba al contacto con el suelo, carcomiendo el concreto.
—El día de hoy me he encontrado con ratones y está rata, tal vez tenga que llamar a un plomero para solucionar las faltas de ortografía.
Habló con la risa entre dientes que no provenían de el mismo, gateando para alcanzar a la niña que se desvanecía como su mente.
—Recuerda agradecer al carroñero por cuidarte. Eres un terrible líder.
Se pronunció la voz de la niña flotando desde la lejanía, como si estuviera cuestionando a Silas por su actuar.
—Moveremos los mares cuando el gallo cante para almorzar, es ahí donde debo saltar el fideo del que cuelgan los conejos.
Silas respondió imperturbable a lo que la pequeña niña solo suspiro, surgiendo desde la oscuridad como un sueño lúcido y señaló hacia al frente.
—Eres raro cuando estás así. Los moscos están más adelante.
Desapareció por completo la imagen de la niña cómo de la misma forma espectral que había aparecido para indicarle de forma breve. Silas solo se movió obedeciendo y se adentró hacia las grietas profundas de las murallas carcomidas. Allí, el paisaje cambiaba, para ojos externos seguía siendo igual pero para quienes vivían en los pisos inferiores, era un sitio de gran diferencia. sutiles brillos de setas luminiscentes nacían de la podredumbre, creando un contraste onírico con el resto del basurero que alberga horrores.
— Veo que la luz resplandece a mi alrededor, sin reparo alguno. La cuenta saldrá cara luego de tanto tiempo…
Silas murmuró en lo que extendió una mano para arrancar una seta, pero una garra poderosa le sujetó la muñeca. El apretón fue acompañado de un intenso chisporroteo que rompió el silencio del lugar, acompañado por una sensación fría que recorrió su cuerpo al contacto. El Mosco que le ganaba en altura por varias cabezas frente a él gruñó, un sonido cargado de un odio puro hacia el invasor que trataba de robar su preciado tesoro en su jardín fúngico.
—Vengo a hurtadillas a recolectar tomates donde la tía de la saltarina.
Balbuceo al ser descubierto, pero no recibió palabra alguna como respuesta.
Como respuesta, fue arrojado violentamente contra el suelo. Se incorporó con un movimiento inhumano, como un muñeco de trapo cuyos hilos han sido tensados de golpe.
Los Moscos eran figuras imponentes, con máscaras brillantes de colores variados y una presencia que sometía el aire a su alrededor.
Un bastonazo impactó de lleno en su rodilla de la pierna sana. Si Silas tuviera huesos, el sonido habría sido un coro de astillas rotas; en su lugar, el golpe esparció fluido corrosivo por el suelo.
—Menos mal que siempre tengo un neumático de repuesto.
Sin mucha emoción dijo, viendo cómo su pierna perdida empezaba a regenerarse mientras la otra se deshacía como un trapo húmedo.
De pronto, un polvo brillante fue espolvoreado sobre él.
—¡No! ¡Por el Caleuche! ¡No me tiren esa basura encima!
Silas se retorció como una babosa a la que se le arrojó sal, luchando contra una náusea que no debería sentir.
—Para la próxima, denme la bolsita con medicamento. Es degradable que me lo arrojen así.
Este reprochó sin titubear al Mosco que le lanzó los polvos fluorescente, recuperando poco a poco la lucidez y la consciencia de sí mismo. Los Moscos, como era su costumbre, se retiraron sin mediar palabra.
—Son unas cabezas de pez luna.
Gruñó Silas.
Asegurándose de que nadie lo viera, se escabulló un poco más allá para ocultar rápidamente varias setas fluorescentes entre los pliegues de su piel, que ahora dejaba de consumir todo lo que tocaba.
—No me vendrán a vender merluza por albacora… Detesto actuar como un pez espada.
Guardó el botín y lanzó una última mirada a las grietas, preguntándose qué secretos permitían aquel cultivo en mitad del abismo. Al oír un ruido tenue, huyó de allí con brincos torpes. Tenía lo necesario para volver al circo.
—Debo volver. No puedo perder más tiempo, está por llegar.
Se esforzó en sanar sus extremidades mientras sentía los mil ojos de la oscuridad observando su retirada. El futuro era una sombra incierta, pero algo era seguro. Pronto habría comida fresca, pues los nuevos integrantes estaban en camino e independiente el espectáculo necesitaba reanudarse si incluso debía hacerlo tan solo una persona.
Capítulo III: Apuestas iniciales
Los pies descalzos de Silas o más bien los apéndices bulbosos que debían ser sus pies resonaron en el concreto húmedo que tras tiempo sin ser bañado con desperdicios comenzaba a coagularse como una cicatriz que recordaría a todos los que alguna vez dieron origen a esa suciedad.
Descendió por la pendiente hasta que la oscuridad total lo engulló, pero él no vaciló. En ese laberinto de detritos, uno no buscaba señales en las paredes, sino que se dejaba guiar por la presión del aire y el hedor familiar.
En las rarezas del lugar uno no debía buscar un camino, solo saber qué estaba yendo por el lugar correcto.
Antes de llegar a su destino, un eco de voces humanas lo obligó a pegarse a la pared. La tenue luz de un farol reveló a tres figuras caminando por el pasillo de barrotes que separaba la zona de empleados del abismo. Gaspar encabezaba la marcha, luciendo extrañamente limpio, como si se hubiese frotado la piel con arena y agua por primera vez en meses.
—Bien, entonces me dices que dentro de poco llegarán quienes son parte de…
El que hablaba era un joven de tez pálida, Gabriel, cuya voz aguda cortaba el aire pesado.
Gaspar rascó su cabeza con fastidio, dejando caer una lluvia de caspa sobre sus hombros.
—Cállate, mocoso… solo escucha.
Intervino Verónica, dando gestos con la mano amenazantes, una mujer cuya voz áspera y mal carácter eran legendarios en el Pozo.
—Se le llama Circo y es donde se hacen los espectáculos. No es una feria de pueblo, es un matadero con aplausos.
Esta añadió enfatizando y resonando más amenazante, como si fuera a sacrificar al novato en ese instante.
—Verónica, no empieces.
Suspiró Gaspar.
—Gabriel lleva apenas unos días. Por el incidente no habíamos podido enseñar a nadie y este nuevo no ha tenido tiempo de aprender nada del oficio.
Expresó Gaspar, rascando su cabeza, dejando que algunos pelos y caspa cayeran.
—Tú tampoco trates de conseguir aliados con los nuevos. Una vez que el imbécil del castrado se recupere, me regreso a mi lado.
Refunfuñó la mujer con porte desaprobatorio, exasperado a Gaspar y poniendo dudas en el joven ya que no le habían contado nada sobre el incidente, .
—¿A quien castraron? ¿Cómo ocurrió?
Preguntó el muchacho, deseando resolver esta misión que le recomendaron de ser guardia de estas plantas más bajas del pozo.
—Fue a Rufus.
Respondió con indiscutible fastidio Gaspar, quien lanzó un escupitajo.
—A Rufus le volaron un testículo, y déjate de preguntas. A este paso, dudo que logres conocerlo.
Respondió Gaspar con tono frustrado por sus compañeros, aunque Gabriel se sintió más inseguro por lo que quería decir con esas palabras.
—Bien más adelante debería estar el paso para el escenario.
Comentó la mujer señalando mientras los dos parecían enfrascados en una duelo de miradas
Silas, oculto en las sombras del techo, observaba la escena de los tres enfrascados en una de las tantas discusiones eternas hasta la habitación, a su vez pese a ser otro individuo ahora, tenía una chispa de diversión en su máscara, que ocultaba cierta nostalgia que le oprimía.
Pobre marinero de agua dulce, pensó, mientras los guardias se perdían finalmente en las habitaciones de empleados tras un intercambio de gestos vulgares y amenazas.
—Me alegro de no ser la bala de cañón de ese grupo.
Susurró Silas para sí mismo.
—Lástima por el chico. Seguro terminará siendo un bocadillo de medianoche.
Añadió, está vez por fin olvidando la tristeza y reaccionando con una risa calmada.
Se deslizó por las sombras, esquivando restos de basura que, al igual que los nombres de los antiguos miembros del Circo, habían sido olvidados por el tiempo. De pronto, una presencia masiva bloqueó su camino.
—Alto ahí. Llegas tarde. Siempre andas hablando solo.
Eran varias voces hablando al unísono, una mezcla de timbres femeninos y uno que resultaba un poco masculino.
—¿Qué es lo que escuchan mis oídos? ¿Acaso es el coro de las musas?
Frente a él se alzaba el Carroñero, un coloso de carne remendada que sostenía varias cabezas sobre un cuello ancho del cual se percibía el gruñido de bestias iracundas. El ser lo miraba imponente desde una altura superior con una mezcla de furia y resignación.
—Tendrías que haber vuelto hace días. ¿Que tienes que decir al respecto?
Sentenció la cabeza central con aires inquisitivos.
—Disculpen, mis hermosas damas.
Silas adoptó una pose teatral, ignorando a la cabeza masculina.
—He tenido un infortunado desencuentro con mi propio juicio, pero les aseguro que este marinero intrépido ha surcado mares de fango solo para volver a ver sus dulces y delicados rostros.
Varias de las cabezas femeninas se sonrojaron, ante las palabras de tal pequeño bribón, estás desviaron la mirada con una timidez grotesca. Pero la cabeza del medio, la del varón tuvo un resultado opuesto, rugió.
—¡Maldita alimaña! ¡Si vuelves a hablarles así, juro que aplastaré tu forma insignificante!
Rugió la única cabeza que si bien era idéntica, era la de un varón.
—Vamos, no seas celoso.
Respondió Silas con tono juguetón a la exasperación del gigante.
—Tus hermanas y yo ya acordamos que puedo pasar un tiempo especial con cada una.
Habló el joven en tono juguetón, lo cual descolocó al hombre, quien confundido trato de mirar a sus hermanas para pedirles alguna explicación, pero este enfureció al ver los rostros de las demás cabezas avergonzadas tratando de no verlo.
—¡¿Cómo fue que pasó eso?! ¡¿Cómo puedes decir eso?! ¡¿Cuando ustedes hablaron?!
Estaba histérico, a lo que las demás cabezas trataban de dar su explicación cómo responder ante la falta de respeto a su individualidad inexistente.
—Tranquilo, es algo especial que tenemos entre nosotros…
Comentó Silas haciendo un gesto suave con las manos.
—El gusano tiene razón, es algo que habíamos hablado y no sabíamos cómo decirte, ya que siempre estás dramatizando.
Expresó la cabeza con expresión menos amistosa que no espero a exponer su opinión, ya que la otra estaba alterada, lo cual no dejó la situación en paz.
—¿Dramatizando? ¡Desde cuándo yo he sido dramático!
Este se coló rojo por las insinuaciones por su comportamiento por parte de la otra cabeza.
—¡Quien te pretendes que eres para gritarme! ¡No puedes venir aquí a insultarme, tratando de actuar como si todo gira en torno a ti!
No era voz, era una tormenta que rugía con violencia ensordecedora que irrumpió al resto.
—¡No me trates de esa manera, ya que no seré tolerante una próxima vez! ¡Si tratas de meterte en mi vida, me aseguraré que te quede más que claro que no quiero que me digan que puedo y no hacer!
La saliva saltó ya que no toleraba que nadie le faltará el respeto por lo que ante la voz alzada de la cabeza del medio respondió con su temperamento volátil de siempre.
—Quiero una explicación. Solo den una explicación.
Este apenas se logró llevar una de las manos a su cabeza por inquietud.
Todos se miraban los unos a los otros, inclusive los fenómenos que estaban pendientes del escándalo.
—Todo empezó como un juego, ya sabes. Me gusta jugar y somos solo amigos.
Comentó una de las cabezas que se mostraba más sociable aunque ante la situación tensa era algo tímida.
—¿Qué quieres decir con solo amigos?
Expresó molesto viendo a la cabeza del extremo aunque las otras parecían reírse, salvo a quien era agresiva, ya que por el cambio que tuvo la del medio, está gruñía por su cambio de actitud.
—¿Qué tanto están sonriendo?
Dijo ofuscado por qué estás no le dicen lo ocurrido.
—Eres tan fácil de engañar, verás. Solo te estábamos haciendo una broma.
Las palabras de la cabeza del lado opuesto lo descolocaron, haciendo que mostrará una expresión de confusión.
—Sabemos que es un idiota, puedes estar tranquilo.
Comentó la cabeza agresiva con tono burlón.
—Son ustedes…
Este se expresó con sutil desagrado ante la burla a su persona.
—De verdad que eres grumete terrible. Se han aprovechado de mi pureza, de mi buen corazón, de mi inocencia... Me tendré que disolver en la espuma… Es que no queda nada ya en este mundo tan cruel.
Comentó Silas tomando una pose dramática, pero está no duró mucho tiempo por una patada frontal por parte del carroñero. Esto lo arrojó lejos.
—No exageres condenado gusano. Como si la pureza fuera cierta. Ay, vamos a ver. ¡No exageres! ¿Pureza? ¿Se pueden creer que dijo que tiene pureza? Por favor, si esto fuera cierto, entonces se me cataloga como un santo. Te lo digo con cariño.
Las cabezas estuvieron de acuerdo con lo mismo. Haciendo una aglomeración de reclamos y burlas sobre lo dicho por el hombre.
—Luego de comprobar lo que puedes hacer, te aseguro que un descendiente de Lilith se queda corto.
Comentó suavemente para sí misma una de las cabezas, cuando el resto estaba dejando de hablar, las expresiones de estas se quedaron confundidas, girando a esta que sabía algo que las otras no.
—Quiero decir…
Esta no pudo explicarse en nada cuando un aluvión de preguntas cayeron sobre esta.
—Bueno… Es chistoso.
Comentó Silas sin ser escuchado por nadie, salvo por un colosal par de Arañas propias de los fenómenos por la sorpresa habían descendido. Las marcas de estos por el incidente anterior eran notorios, si bien sus cuerpos gigantes eran una amalgama de carne y hueso, de podían apreciar cicatrices por doquier, pero al verse cara a cara con el gusano, retomaron su lugar en la superficie, tratando de estar pendientes de lo que hablaban en su lugar habitual, la máscara dio una risa irónica a la situación.
—Me lleva el caleuche… veamos…¿Cómo fue que el viejo me enseñó para estas situaciones?
El gusano frotó la máscara como si fuera parte de su cabeza tratando de recordar. Hasta que se recordó un detalle sobre lo que había conseguido.
—¡Hey! ¡Miren lo que conseguí!
Expresó Silas con fuerza, mostrando las setas que le robó a los moscos.
Esto consiguió el efecto que deseaba de terminar el interrogatorio, pero una serie de expresiones disgustada se hizo notoria con el espécimen de hongo que mostraba el gusano.
—No conseguimos cultivar más, solo podemos conseguir de los que esos raros traen.
Comentó la cabeza central, con desagrado.
—Todos sabemos que esto terminará como parte del espectáculo del domador. ¿Acaso quieren eso?
Expresó Silas disgustado por la situación.
—Yo no tengo problemas, digo puedo terminar como las criaturas que me explicaste que había en el fondo. Pero el tema es que ustedes serán la colección intermedia y si este comprueba de alguna forma de mi existencia, va a querer incluirme.
Habló con firmeza el carroñero, mostrando que su preocupaciones si bien parecían empáticas, sabía que podría terminar afectando su existencia.
—No entiendo. ¿Acaso ustedes no tienen un trato con el anfitrión?
Expresó una voz desde las alturas. La Araña abrió sus fauces, revelando su voz profunda llena de
carisma pese a su apariencia.
—¡¿Que acuerdo con ese pez luna con cabeza de bacalao?!
Silas se vio ofuscado por la idea que algunos tuvieran una especie de acuerdo con una parte del Tullugal, sobre todo si este les había intentado liquidar.
—No exageres, y en cuanto a ti, chismoso. Ve a tejer telarañas antes de que la lluvia te la lleve.
Señaló el carroñero a la Araña de forma amenazante, lo que está dio un chillido rabioso a este de forma violenta.
—Que delicado. Mejor pónganse a besarse si tienen tantas necesidades de desahogarse con alguien.
Dijo este con respuesta al coloso que parecía avergonzarse y maldecir al fisgón.
—Oigan. No se vuelvan peces espada, lograremos tener ese hongo por las buenas o por las malas, aún quedan las grietas. Es ridículo pero puede ser una forma de encontrar una solución a esto.
El gusano fue directo, fue alguien fuerte, quien a pesar de su tamaño en comparación con las criaturas de tamaño colosal, este logró calmar la situación con su pequeña presencia con razonamiento temporal.
—Bueno, mejor vamos a ver a los nuevos, ustedes preparen el resto. Si les ven, seguro que saltarán al pozo.
Una serie de risas irónicas estallaron por el comentario de coloso de múltiples cabezas que marchaba con Silas para hablar con quienes debían ser de su grupo.
Silas pudo divisar a la pequeña entre las sombras, viéndole marcharse, está hizo un gesto de despedida, mientras estos desaparecen en la oscuridad para encontrar a los infortunados que fueron obligados a bajar.
Capítulo IV: Reclutamiento voluntario
Ambos caminaron, el coloso con un caminar tranquilo pero seguro, en cambio Silas que trataba de alcanzarle. Peleando con una de las cabezas, está le hacía gestos faciales en lo que Silas le respondía con expresiones burlonas con las manos.
—¡Ya es suficiente! Una vez más y regresamos.
Gruñó el gigante exasperado por la actitud infantil.
—¡Vamos! ¿Acaso quieren estar en silencio todo el rato?
Protestó la cabeza al resto de sí mismo, sin embargo de mantenía la tensión consigo mismo.
—Debes estar bromeando. ¿Acaso tratas de hacer algo gracioso? Esto no me causa gracia.
Respondieron entre una ilegible cantidad de palabras mezcladas.
—Creo que tuviste que haberte metido con él también.
Resonó unas palabras que hicieron que el caos en el coloso se hiciera evidente.
—¿Pueden dejar de pelear por mi?
Silas se metió en la conversación entre risas. Su intervención dio resultado, ya que todas las cabezas le miraron molestas, listas para darle una respuesta no solo verbal pero un sutil brillo en la oscuridad frente suyo les avisó de su llegada. Si bien era el escenario, no se veía nada más que cuatro figuras desproporcionadas.
—Es encantador que los González fueran quienes ofrecieran ese acuerdo.
Respondió el Maestre de ceremonias, arreglando su peculiar mostacho con sus pequeñas manos.
—Debo agradecer eso, pero es algo que llevamos en nuestra sangre el poder manejar de forma sensata al ganado.
Dijo una mujer alta y delgada con un notorio aire serio, manteniendo cada movimiento y gesto acordé a su estirpe.
—Entonces institutriz. ¿Es cierto lo de los gitanos?
La pregunta del largo anfitrión hizo dudar a la mujer que se vio algo avergonzada.
—Bueno, me avergüenza decirlo pero carezco de la total información de esa ocurrencia histórica del pueblo.
Dijo mostrando una actitud humilde ante su desconocimiento.
—No obstante puedo afirmar que esos mestizos están más muertos que los Díaz. Cosa que es importante viniendo de mi estirpe de comerciantes y criadores de ganado.
Dijo la mujer con total cuidado de dejar ver sus afilados ojos y observar el comportamiento de todos. Continuando con sus movimientos carismáticos.
—Ya veo, creo que nos hemos quedado algo atrasados por lo que ha vivido el exterior.
Comentó el Maestre mirando con sus cuencas vacías a los dos que venían.
—Sé que es mi responsabilidad que nos mantengamos en contacto y en correlación con el exterior pero, con la situación vivida es difícil tener información concreta o bien flujo de activos para nosotros.
Pareció expresar con pésame pese a que la expresión fija en su rostro no había cambiado en lo más mínimo.
—No me interesa, solo quiero ver si has traído algo valioso, la cabeza me da comezón…
El último era el domador, este caso del mismo porte del anfitrión, levantó su sombrero, revelando un metal con grabados que parecía irritable para este que no se daba cuenta de su presencia.
—Claro… es mi debido respeto el traer a ustedes miembros esenciales del circo a Buenos especímenes para la entretención como elementos coleccionables.
La institutriz hizo una reverencia, para luego alzar la voz con firmeza.
—Rápido, traigan al ganado. No hagan perder el tiempo a nuestros clientes.
Su expresión era cruel y sádica que se revelaba de la máscara rígida de su rostro.
Pasos pesados avanzaron, dos figuras colosales daban pasos lentos pero seguros. Estas eran dos criaturas verdes llenas de inmundicia y restos de vegetación que relucía anormalmente en el pueblo. Sobre sus cabezas llevaban costales de mimbre que no dejaban ver sus rostros pero la presión que imponían era desagradable como el vapor denso que exhalaban.
—Saludos mis buenos clientes. Espero que no les molesten mis mascotas, aunque no lo parezca les enseñe bien.
Expresó enérgicamente una voz joven y enérgica, desde la nuca de uno de estos gigantes se asomó una pequeña figura.
— Válgame joven preceptora. Debes ser consciente que no puedes pretender actuar imprudente delante de los clientes. Bueno, en ningún momento.
Reprochó la institutriz a la joven lo cual provocó una queja inaudible de parte de la muchacha, quien compartía rasgos agudos como la institutriz, pero siendo más expresiva.
—No se preocupen, la mercancía está aquí, digo el ganado, cada cabeza de criadero especial.
Dijo la joven con entusiasmo ante el grupo, las criaturas tiraban de varias cadenas que arrastraban a los infortunados que habían sido seleccionados.
—Condenados Gonzalez. Siempre están consiguiendo gente exclusivamente desde su puerto privado…
Se quejó Silas sobre la diferencia de poderes por parte de las otras familias. Pero el carroñero parecía no comprender sus reclamos.
—Esos son del clan humano González, bueno digo familia…¿Sabes cómo atraparon a los Llastay? Digo que no son nada, pero es raro verlos.
Señaló a los colosos de vegetación pero Silas solo se encogió de hombros ante la existencia de esas cosas.
—Esos malnacidos afortunados se la pasan haciendo cosas a escondidas, de seguro los compraron en algún trato con sus embarcaciones de ricachones.
Este ignoró y expresó molestia sin responderle, por lo que el carroñero le dio un golpe, éste lo arrojó hacia adelante.
—¡Tenemos un fisgón! ¡Fisgones! ¡Hay…! ¿les cuento por cabezas o por cuerpo?
Gritó la joven señalando a Silas quien se trataba de recomponer pero fue pisado por el carroñero.
—Lo hiciste adrede.
Logró decir mientras su cuerpo parecía inflarse tras ser aplastado, justo a tiempo para los gritos apagados como lamentos susurrantes de quienes venían a ser la nueva parte del circo.
—Claro que lo hice adrede gusano, gracias por darme una entrada.
Expresó estar con aires superiores.
—Cuando volvamos me aseguraré de instruirte mejor.
Comentó la mujer sin cambiar su postura en lo más mínimo por lo ocurrido.
—¡Saludos mis estimados miembros selectos de la ilustre sociedad! ¡Es hora que nos presentemos y demos un espectáculo inigualable!
Expresó el gusano bajo su máscara, mostrando su cuerpo parecido a un animal ahogado, sus harapos estaban adheridos a la viscosidad , en cambio el gigante que le acompañaba era casi el doble del tamaño de los Llastay, los cuales tenían retroceder pero se miraban inquietos.
—Veo muchas caras nuevas y alegres. No obstante las viejas siguen igual de amargas.
El gusano hizo señas al carroñero, quien ni siquiera alcanzó a verlo cuando usó su fuerza para hundir su cabeza contra el suelo, como si nada del resto del cuerpo estuviera de por medio.
—El que parece cucaracha es un gusano, si quieren desquitarse adelante, quien lo liquide recibirá un premio.
Ante la conmoción de los nuevos, es gruñó. Nadie supo si esos actos fueron para aliviar el ambiente o para dejar clara la amenaza.
Las dos Gonzalez aplaudieron según su personalidad, mientras que el Maestre y domador se veían extrañados por el fenómeno, salvo el anfitrión. Este se veía considerablemente disgustado por la reiterada intromisión del gusano en cada momento.
—¡Ya basta! Desagradable gusano ridículo. ¡¿Acaso olvidas que debemos preparar el espectáculo dentro de poco?!
Expresó el anfitrión mostrando un cambio visible a todos de su tono de piel como de la expresión de su rostro similar a una máscara.
—Tu igual carroñero, no puedo creer que le digas el ritmo a este mal agradecido.
Mostró decepción sin embargo el carroñero y sus congéneres sabían que estaba sobre actuando, ya que únicamente se veía cambiante por el gusano.
—Hilarante, supongo que fuera de los muros de la finca el caos gobierna donde carezca nuestras enseñanzas…
Susurro para si la institutriz con un suspiro.
Todos lo observaban, hasta que el Maestre de ceremonia carraspeo para llamar la atención.
—Veo que hiciste un amigo, muy adorable. Pero procura mantenerte centrado. Este fenómeno no ha entrado.
El Maestre habló, su voz fue más como dagas arrojadas al ego del anfitrión que parecía ofendido, por lo que el Maestre dio una amplia sonrisa que mostraba sus dientes anormalmente grandes con pequeña distancia entre sí.
—Caballeros, cuanto antes acabemos esto será mejor, además creo que les interesará nuestras ofertas.
Expresó la mujer deslizándose sutilmente a la primera fila.
—Cómo verán hicimos una selección de individuos capaces y fuertes para la durabilidad y entretención del público…
Comentó caminando lentamente, lo cual provocaba pavor en cada uno de los individuos encadenados.
—He visto mejores especímenes en la orilla del puerto.
Soltó bruscamente el gusano entorpeciendo la elocuencia de la institutriz de forma burlesca.
—Como te atreves a ofender la calidad que entrega nuestra prestigiosa familia.
Esta respondió con rectitud, dando una mirada helada por el desacato, no obstante no recibió palabras, solo risas de parte del anormal hombre. El anfitrión fue detenido por el domador, quien parecía aguardar algo.
—Dale un momento, me agrada este espécimen.
Murmuró para ellos el domador, provocando una espantosa sonrisa como astillas que se apretaban entre sí.
—Si mal no recuerdo, una familia usaba su prestigiosa nobleza cuando estaba en aprietos con mercancía defectuosa.
Actuó la figura moviéndose sin ocupar su cuerpo como se debe y este parecía una parodia del caminar de un muñeco de trapo.
—¡Inaudito! ¿Pretendes despreciar a los González solo por pura habladurías en insensatez?
La mujer se vio enojada pero este solo hizo un gesto infantil como si apestara la mercancía, lo cual trajo consigo una expresión de desprecio de la mujer, quien se había esforzado en conservar su presencia solemne.
—Bueno, no exactamente. Nuestro ganado es fiable, libre de pestes indeseadas y capacitado para que no puedan actuar de forma impulsiva.
Recompuso su postura y expresó de forma fría, acercándose a Silas como si se impusiera contra el fenómeno.
—Sin dudas pero creo que se te olvidaron los detalles del contrato.
Comentó el joven moviéndose sin forma hasta los encadenados que parecían no tan asustados con este fenómeno, sino que con la mujer.
—Alto sabandija. ¿De qué contrato hablas?
Se vio molesta, mientras todos los ojos se posaban en estos dos.
—El contrato que hacen todas las familias mi estimada prestigiosa, honorable, lustrosa e inmaculada señora que no sé cómo se llama.
Este declaró como si supiera lo que hacía, y las mujeres como el Tullugal sabían sobre los contratos que aplicaban las familias.
El rechinar de los inmaculados dientes de la mujer fueron el único sonido que apenas el oído mejor desarrollado pudo escuchar.
—Si fuera ese el caso. ¡Cómo explican esto!
El gusano mostró una pluma, lo cual descolocó a la mujer. Pero los del circo ya le conocían. Aunque solo se escuchaba los susurros de los Llastay que se veían confundidos e interesados. Esto enojaba a su ama que era ignorada en sus intentos de callar a sus mascotas.
—...
Nadie dio respuesta ante el objeto que movía en su extremidad parecida a un brazo.
—Y bien. ¿Dirás algo? No soy de hacer monólogos. ¿Alguien quiere aportar algo?
Murmuró la criatura anormal como si se sintiera tímido ante el silencio.
—¿De qué hablas bestia insolente? Explica todo este revuelo por tan solo ese pequeño objeto.
Exclamó la institutriz con notoria molestia. Frotando su rostro de enfado.
—¿Acaso no reconoces esta pluma parecida a la de un ave de corral?
El gusano respondió con una pregunta haciendo que las miradas se centraran en la mujer.
—Claro que se de plumas…
Esta dijo para callar al insolente, dirigiéndose cerca de este y mover frenéticos los ojos en búsqueda de datos que recordara.
—Las plumas de las aves de corral, aunque no vuelan grandes distancias, sus plumas cumplen funciones vitales como el aislamiento térmico y la protección contra la humedad y el sol. Además, el estado y el color de su plumaje son indicadores de su salud y bienestar.
Soltó la mujer con determinación acompañada de aires soberbios.
—¿De verdad? ¡Curioso pero está no es una pluma cualquiera!
El suspenso era extraño, ya que el ambiente de por sí era tétrico. La situación era ilógica.
—Las plumas del Fasilisco usualmente se confunden con las aves de corral. ¡¿Pero saben que es peor aún y se asemeja a las plumas a algo que nos traería serios problemas?!
Habló con determinación el gusano, dando distintos tonos de sorpresa de quienes le miraban, pero una silueta de agitó.
—¡Yo lo sé! ¡Hice un doctorado en bestiologia hasta el doceavo nivel! ¡Esto es del tercer nivel! Son los brujos que cambian de forma, pero hay que descartar a los Invuches, ya que estos a diferencia del resto usan la piel de cadáveres para volar.
Anuncio la preceptora con gran júbilo. Esto trajo el aplauso de Silas por la respuesta.
—¡Eso es ridículo! ¡Jamás hemos tenido ni Basiliscos…!
Expresó furiosa la institutriz, tomando una actitud furiosa, forjada por un temple de hierro.
—Fasilisco. Se dice Fasilisco.
Expresó Silas interrumpiendo a la mujer, siendo acompañado por la aceptación de la preceptora.
—El cuero anómalo tiene razón. Es un error común al pronunciar los nombres. Si bien tienen facultades negativas similares, las fisionomía y desarrollo como hábitat son totalmente opuestas entre especies. A la vista incluso un Fasilisco se puede confundir con un Cocatriz. Su diferencia proviene de…
Expresó con elocuencia la joven que se paraba sin preocupación pero en postura perfecta sobre la cabeza de su mascota hasta que noto la mirada fulminante de su mayor.
—Disculpe la irrupción institutriz.
Murmuró está avergonzada, mirando tímidamente a la mujer quien volvió la mirada al cuero o gusano que tanto le irritaba.
—Las alas de murciélago del Cocatriz. Lo sé, también me enfoque en esos estudios y mucho más.
Respondió antes que diera su explicación la joven que se mostró disgustada, protestando en silencio.
—Además está tuvo que ser puesta a propósito por esta mezcla aberrante. ¿O me equivoco?
Acuso la institutriz acercándose a Silas, logrando divisar las pequeñas perlas negras que tenía por ojos.
En el momento de tensión de ambos un estrepitoso aplauso se hizo evidente.
—¡Bravo! ¡Bravo! Ven, mis queridos personal voluntario. ¡Eso es lo que buscamos aquí!
Expresó el Maestre de ceremonias, siendo enérgico, incomodando al resto, salvo al anfitrión que si bien quería arrojar al cuero por el pozo, debía aprovechar esta situación.
—¡Es sin dudas una lástima que esté envío de ganado fuera defectuoso! Sin embargo la aceptaremos como cortesía y esperamos verles con un mejor cargamento.
Impuso el anfitrión ignorando a la institutriz quien trataba de detener las palabras de su comprador.
—El tiempo es corto. Asegúrense de traer algunas bestias interesantes.
Añadió el domador, solo para que en un instante las dos mujeres fueron sujetadas por una mezcla de carne y hueso que estaban en la oscuridad y ser jaladas a la nada. Dejando a todos desconcertados.
—No se sorprendan, es un truco que siempre hacen. Se acostumbraran rápidamente.
Mencionó el carroñero estirándose para hablar algunas ideas con estas partes del Tullugal.
Las mujeres fueron comprimidas y llevadas de manera brusca por su captor.
El viaje fue agresivo pero terminaron siendo dejadas en el suelo de los pisos superiores. Fuera de la habitación de la que entraron con la mercancía.
—¿Les gustó el viaje?
Expresó un guardia que tenía una pañoleta en la cabeza que cubría sus canas.
—Se quedaron con mis Llastay…
Reclamó la muchacha como si fuera a hacer un puchero infantil, llevándose la mano a la cabeza por el viaje salvaje pero la mujer protestó aún peor como si fuera una pequeña niña haciendo un berrinche.
—No se desanimen. Siempre hacen lo mismo. Vuelvan con lo mismo y recibirán algo distinto, créanme. He visto a muchos en su situación…
El anciano dijo, replanteando lo que estaba diciendo.
—...Bueno, salvo para los que exigen una devolución. Esos se quedan de forma voluntaria.
Expresó el hombre, esté sacándose la pañoleta en forma de respeto, mostrando una especie de cicatriz notoriamente anormal. Algo que debía haberlo matado pero estaba frente a las mujeres que solo guardaron silencio, tratando de recomponer su compostura y orgullo.
—Eleonor, asegúrate de guardar silencio cuando le expliquemos al patriarca que volvimos sin nada…
Expresó la mujer, nombrando a la joven por su nombre, viéndola confundida.
—Pero, Georgina. Estás segura de…
La joven no terminó antes que la mujer con un limpio movimiento partiera al guardia en dos.
—Efectivamente mi querida familiar. Los González jamás se han visto alguna vez ridiculizados.
La muchacha asintió por la firmeza en el tono de Georgina que caminaba pulcra y determinada, guardando el sutil cable fino que llevaba en casos como estos.
—Debemos considerar esta ofensa como un asunto personal y aplicar todos nuestros conocimientos para hacerlos pagar. A cada uno.
En el eco de sus palabras que se disolvían desde la entrada, ambas recompusieron su postura elegante marchándose con rectitud del sitio, planificando cómo regresar tales actos desvergonzados a su imagen.
Capítulo V: La nueva familia
—Saben que esto traerá consecuencias. ¿Cierto?
Comentó la el coloso expresando aburrimiento al ver el comportamiento de cada parte del Tullugal que se mostraban confabulados.
—Lo se pequeño. Nuestra intención es que se enfurezcan y traigan más regalos.
Comentó el anfitrión con aires triunfantes.
—Esto arderá en mareas de sangre y muerte.
Parecía extasiado, olvidando mantener su forma habitual, desgarrando su figura en una amalgama visceral.
—Sangre y muerte.
Repitió como si estuviera observando algo más allá de lo que existía frente a ellos.
—Claro, pero si ocurre algo como la otra vez. ¿Podremos sobrevivir?
El carroñero hablo firme, como si entre estas figuras fuera este la voz de la razón.
—Lo cierto es que sí. Ellos traen gente de sus familias y pelearán con otras familias, nosotros solo recibiremos ganancias por estos sucesos.
Agregó el Maestre prendiendo un puro que sacó de la nada.
—Para atrapar a una buena presa. Debes poner señuelos… ¿Desde cuándo fumas?
El domador parecía emocionado en mostrar su experiencia con las bestias, pero su enfoque se centró en el gran objeto marrón cilíndrico que portaba el Maestre de ceremonias.
—Desde siempre. Solo que nunca he tenido ganas de usarlo delante de ustedes. Solo lo hago cuando ha ocurrido algo bueno.
Señaló el Maestre, exaltando el humo aliviado, aunque su expresión no duró mucho.
—¡¿Qué es lo que estás insinuando pequeño renacuajo mal agradecido?!
Respondió abruptamente el anfitrión con notorio desprecio ante la actitud del Maestre por su persona.
—Con ustedes nunca he tenido oportunidades favorables.
Comentó fastidiado, retomando la atención de estos a sus nuevos miembros del circo. Dándose cuenta que el gusano había estado hablando al ganado encadenado. O mejor dicho anteriormente encadenado.
—Veo que el gusano es bastante escurridizo.
El Maestre río entre dientes, fingiendo ocultar la risa con una de sus manos que se habían engrosado para esa tarea tan simple.
—¡¿Se puede saber qué rayos pretendes?!
Preguntó furioso el anfitrión, cambiando de colores agresivos ante la falta de respeto del fenómeno.
—El capitán está distraído con el pez luna, alguien debía soltar amarras para izar velas. ¿Por qué?
Dijo el engendro enmascarado, mirando al anfitrión con la misma expresión de júbilo que reía de la máscara atípica.
—Capitán… Gran Maestre capitán… de ceremonia. No lo sé, me gusta pero no me convence.
Este murmuró desviando la furia del anfitrión ante el insulto que le daban.
—Habla de nuevo así. Aunque me quedaría bien conmigo… Gran capitán Domador.
Este se unió al maestre para golpear un poco el orgullo del anfitrión.
— ¡Callados! No es un barco. ¡Es un circo!
El anfitrión alzó su voz amenazante para detener el parloteo de los dos.
—En cuanto a ti. ¡¿Preguntas por qué?! ¡Es simple! ¡Es porque no le he dado la bienvenida a la familia!
Gruñó el anfitrión, siendo visto únicamente por los otros dos con fastidio por su necesidad de siempre ser quien de la introducción a los nuevos.
—Yo lo hice.
Respondió con fuerza y naturalidad algo desinteresada a la criatura de alto porte que su vibra agresiva desapareció al congelarse.
—¿Tú qué?
Solo pregunto en voz baja, mirando al origen de la respuesta que era la bestia de múltiples cabezas que se regresaba para hablar con los Llastay sobre su llegada a estos lugares.
—Si lo hizo. Lo hizo bien.
Dijeron dos hombres con algo de confianza al Tullugal, quien los observó confundido, queriendo estrujar esos seres corporeos como parásitos indeseados pero más allá de sus pensamientos estaban los que compartía con sus congéneres.
Entre todos estos había uno en especial que tan solo su opinión torcía la forma de actuar de todos.
—...¿Estás bien? Así que los dejé libres para que pudieran comenzar a mostrar que tal se manejan en los actos.
Estaba hablando Silas sin ser escuchado hasta que el anfitrión le escuchó, como un susurro entre el bullicio de los pensamientos compartidos.
—Como sea, como sea. Ya entendí.
Expresó en voz alta el anfitrión viéndose disociado con lo que ocurría, sus pequeños ojos se mantenían. Mirando a la nada. Sin dejar de castañear sus pequeños dientes como lo hacía de forma habitual.
—Ya que están reunidos en esta familia y todos debemos entretener. Eso es todo…
Añadió acabando de forma abrupta sus palabras, retirándose lentamente a la nada de la oscuridad, consumido por la frustración de que tal bestia de si mismo le pudiera irrumpir en sus momentos de lucidez, solo por tales cosas insignificantes.
—Si que está sensible… ¿Les volvió a hablar?
Dijo el domador mirando al Maestre de ceremonias.
—No me meto en sus problemas, además él se lo busco, está controlado para que no vuelva a generar altercados que nos hagan ver en un punto desfavorable.
Este finalmente se levantó de hombros, ofreciendo un puro sacado con un movimiento de manos pero fue rechazado por el domador, sacudiendo su mano que era casi tan grande como el pequeño hombre vestido de rojo.
—Gracias por el gesto pero estoy bien, lo dejé hace mucho.
Explicó el domador con seriedad. Ambos observaron la escena que ocurría delante suyo.
—...Serán los primeros en organizar la ceremonia, no pueden titubear. ¡Aquí las cosas cambian y solo su esfuerzo los mantendrá enteros!
Esbozo con firmeza Silas quien se veía motivado como si pareciera un verdadero líder. El grupo de individuos se separó, manteniéndose algo desconfiados pero más seguros que con sus antiguos amos y conformaron grupos más pequeños indecisos de lo que ocurriría con ellos.
—Veo muchos sin funciones especiales… hay moscas muy tranquilas, potenciales Mariposas, Libelulas y Langostas…
Expresó el Maestre inspeccionando con cuidado a estos desde su lugar.
—Siempre suelen llegar así, solo hay que presionar para ver cómo se rompen. Espero poder ver algunas buenas Mantis o las Hormigas.
Respondió el domador, mostrando una actitud más emocionada ante la idea de empezar a trabajar con los individuos.
—Sin duda se nota que sigues sin actualizarte. Las Hormigas pasaron de moda.
Dijo el domador con su sonrisa sin cambiarla.
—Eso es ridículo…
Estos mantuvieron su vista en lo que parecía una demostración torpe de algunas habilidades comunes y sin importancia, lo que pareció provocar desanimó en los ánimos de los grupos pero se conservó la más motivación, algo extraño pero para estos estas ideas locas estaban resultando muy a su favor. Por lo que prefirieron mantener su atención en estos que no se dejaban perder ante las situaciones, aunque se preguntaban cómo la superficie actuaría con ellos.
—Es extraño. ¿Recuerdas esas épocas?
Expresó el Maestre fumando su gran cigarro, observando sin sus ojos.
—Eres tan sentimental cuando alguien menciona algo durante esos tiempos… pero si, es algo que se extraña.
Respondió el domador, sentándose en el aire cansado con su cabeza agitándose abruptamente por espasmos a lo que volvió sin que este se preocupara por ello como el resto. Quienes miraban eso ya normal en todo este mundo sin comprensión de sí mismo.
—Se que nuestro ser por originalmente es algo que no puede ser concebido como uno o una amalgama que forma un cuerpo por nuestra estabilidad. Sin embargo desde que Kur dis-kamma exilio a los primeros Anunnakis . Nosotros no somos nada más que trozos sin sentido.
Comentó con melancolía, observando sin sus ojos el gran puro volverse cenizas en su mano. Fue que oprimió su mano para exprimir las cenizas que tenía en su mano para luego soltarlas en el vacío.
—Los Anunnakis son simplemente vestigios. Nosotros no tuvimos nada que ver, pero reconozco la sensación de no tener propósito, ya que luego de no tener presas, caímos en una carencia sin sentido.
Acabo divagando dentro de sus memorias, sabía que nada podía ocurrir, pero eso no era un final.
—Aceptamos ser las prisiones personales de quienes molestarán a los Kur dis-kamma.
Añadió finalmente expresando con desagrado el domador.
—Si hubiera sabido que no serían eternos los que se consideraban eternos. Los habría rechazado.
Lo que dijo adicional el domador pareció causar gracia no solo para ellos, sino a la conexión entre ellos. Sintiendo un cosquilleo desde lo profundo de sus mentes.
—Odio que nos logremos divertir. Es demasiado incómodo.
Respondió antes el estímulo la larga criatura, teniendo un espasmo nuevamente.
—Sí, supongo. Además de esto… creo que pretenden quitarme mi espectáculo.
Dijo el pequeño hombre apretando los retorcidos dientes amarillos en respuesta a lo que estaban observando.
—¿Qué te ocurre? Acaso… ah, supongo que es algo hilarante.
Comentó confundido, para responderse a sí mismo, dando una mueca que parecía contorsionar su anormal rostro, dejando claro que se daba cuenta a lo que se refería la actitud del Maestre.
—Supongo que con o sin mi el espectáculo debe comenzar…
Suspiro con ironía ante las palabras que salían de su boca. Ya que jamás pensó llegar tarde a sus espectáculos.
—¿De qué hablas? Nadie puede manejar los pisos más que nosotros. Dejen de recordar tiempos que no volverán y enfoquense en tener buenos espectáculos con lo que nos queda.
Esbozó una voz dulce y melodiosa desde la oscuridad. La forma de carne sin forma que la componía parecía tener razón, una incómoda razón que les hacía comprender que nada servía para reflexionar, solo debían romper y consumir más vidas para seguir con su vida compartida.
Capítulo VI: Presentación
Los grupos se movían siempre tras lo que parecía ser un hombre que estaba compuesto de cuero, o más bien una membrana húmeda e hinchada que se movía como un hombre, enrollando en sí mismo. Salvo por la máscara que se movía a su ritmo.
El hedor era evidente, no estaba vivo o si lo estaba apestaba peor a cualquier cosa.
—Ustedes, alcen sus brazos para hacer una pirueta estable, no pueden fallar al extenderlos o se pueden lastimar.
Vociferó este como lo hacían los educadores de la familia González.
—Seguro que es así… Si hacemos eso mal podríamos…
Alguien habló desde la segunda fila pero fue callado pronto por sus compañeros.
—Mira donde estamos, nos salvamos de los González y ahora una lona mojada nos enseña.
Quienes seguían su ritmo, se esforzaba en imitar las piruetas, las cuales no eran difíciles, pero al ser una persona real, ocasionalmente era confuso seguir sus movimientos.
—¡Oye gusano! repite eso, que no yo entendí como lo hiciste.
El carroñero ocasionalmente rugía disgustado al ver que todos se esforzaban y la cosa se desviaba de su labor.
—¡Como si fuera fácil! Solo procura no aplastar a nadie con tus pies.
Este respondía para tener gruñidos de fondo, esto se repetía por horas, incluso en los descansos.
Sin embargo cuando el gusano o cuero. O de las muchas formas que le dicen, se ponía a hablar a quienes descansaban, muchos no le prestaban atención por lo que había en la oscuridad.
—Tengo… hambre… necesito comer… hambre.
Muchas veces era lo que se repetía desde el silencio de la oscuridad, sintiendo casi percibir como cae la saliva de lo que estuviera acechando.
No obstante no era lo único que se escuchaba pero el resto era gruñidos, rugidos y murmullos inaudibles.
—...Por lo tanto no deben preocuparse por caminar en estos pisos… solo asegúrense de estar seguros al lugar que irán.
Los primeros se vieron confundidos, mirando al resto por si alguien había prestado atención, dándose cuenta que lo habían dejado hacer un extenso monólogo que trataba de la oscuridad, nadie sabía lo que había dicho esa cosa. No obstante una inquietud les recorría al pensar que se saltaron contenido vital para su supervivencia.
—Entonces la oscuridad es transitable…
Expresó alguien como si entendiera, era un hombre algo bajo pero destaca por el vello en su cuerpo.
—Eso es correcto, como les había dicho.
El cuero parecía orgulloso que le escucharán las explicaciones.
—Así que solo deberíamos caminar y encontrar el lugar… ¿Cierto?
Este volvió a tantear que tanto podía repetir, pero está vez todos aguardaban en silencio sin prestar atención a las voces.
—No, no. Hacen eso y se perderán. Deben pensar y sentir que están caminando al sitio correcto.
Este comentó enfatizando en cómo debían fiarse de estar caminando en lo correcto.
—Si estoy en el primer piso y camino pensando que llegaré al fondo…
Una mujer de rostro rígido, que estaba construido cuidadosamente en dos tonos que volvían su piel como marmolado que hablaba en un tono serio, trató de preguntar pero fue callada.
—¡Nunca se dirijan al fondo! O al menos estando solos. Digo, es como encontrarse rodeado de moscas.
Enfatizó, dando movimientos con sus apéndices similares a las manos.
—¿Qué quieres decir con moscas?
Preguntó el hombre que serían otros miembros del circo.
—Todo a su debido tiempo pero las moscas están como peces espada… Esperen.
Silas interrumpió su explicación ya que volvía a introducir la jerga del puerto que nadie terminaba entendiendo.
—Disculpe señor cuero. ¿Que es un pez espada?
Expresó una joven mujer de cabello oscuro con sutiles ondulaciones desalineadas, sus ojos eran de un azul profundo y su expresión era fría y muerta.
—Bueno, quiero decir que están locos. Eso es.
Trato de aclarar la confusión lo más sencillo posible, viendo reacciones de aceptación.
—Y son caníbales temperamentales, pero si lo piensas, aquí todos comemos a todos, por lo que es lo de menos. Solo trata de no meterte con ellos muy a menudo, son de hacer hábitos las peleas con otros.
El gusano añadió dando inquietud a los nuevos, para aclarar cómo funcionan, no obstante se volvió a perder en sus palabras pero lo que soltaba resultaba ser inquietante. Ellos habían sido seleccionados luego de tanto para volver a un sitio que los haría repetir todo desde cero pero con fenómenos.
—Muy bien, ahora se acabaron las preguntas y nos moveremos de sitio. ¿Alguna duda?
Este se deslizó para emprender marcha, sorprendiendo a quienes escuchaban atentos, incluso asustando a la cosa que extendía sus extremidades desde las sombras para sujetar a uno de los incautos.
—¿Qué rayos fue eso?
Expresó un joven de cabello castaño aterrado por ser llevado por alguna criatura. Sin embargo ya la mayoría comenzaba a seguir al gusano, deseando no quedar atrás.
—Ya les hable de las moscas, luego les hablaré de las mantis.
El joven se vio aterrado pero fue ignorado por todos.
—Así que, eso es fascinante. ¿Como suelen dividirse las tareas?
Expresó alguien en medio de las filas, mirándose extrañados por ver quién fue el que preguntó algo básico.
—Tareas claro… Es curioso. Están los que han perdido el juicio, esos son las Moscas y suelen mosquear… eso ya les dije… veamos…
Comentó haciendo esa misma risa escalofriante que inquietaba a todos, podía escucharse una especie anormal de risas que se acompañaban en la dicho y desdicha.
—Bueno… de seguro lo que quería decir era sobre la cocina… la limpieza, entre otras cosas… ¿Entiendes?
Los que avanzaban en la fila chocaron con la figura del gusano que les guiaba.
—¡Qué asco…!
Expresó uno de los que chocaron de cara, sintiendo como la baba putrefacta se estiraba al echarse para atrás. Este líquido era viscoso, denso y provocaba un cierto ardor en la piel.
—Debo decir también… Que asco. Los bañaron con jabón perfumado, y se bañaron mal.
Este hablaba como si acabara de probar a los nuevos que iban detrás suyo.
—Bueno, debo serles honesto en algunas cosas…
Expresó este fenómeno tomándose su tiempo, mientras a la distancia se acercaba una suave luz a lo alto.
—¿Qué es eso? ¿Una linterna? ¿Un farol? Al menos hay luz…
Murmuraron entre los grupos que aguardaban en total oscuridad , primero pensaron que era un efecto de la lejanía al estar alto. Pero vieron que está luz avanzaba por sobre sus cabezas hasta llegar casi en medio.
—...
Nadie dijo nada. Tan solo aguardaron impacientes, dentro de la oscuridad húmeda y putrida que mezclaban los olores bajo un velo mortuorio.
—Bueno, bueno. Miren nada más…
Expresó el fenómeno, quien no parecía tan asustado como los nuevos. Aunque viéndole, no sabían que podría ser peor que él.
Todos trataban de comprender pero una inquietud se formaba en sus corazones al ver que era lo que sujetaba las linternas improvisadas. Unas eran telarañas y otras enormes garras con el tejido expuesto, carne, tendones y venas visibles. No se veían como una herida, sino como una forma compuesta, resistente y densa que podía atravesar lo que fuera.
—Saludos. Soy una de las Arañas, mientras el par de descerebrados habían salido a recibirlos, pensamos que esto les ayudaría…
Pronunció una voz femenina, era algo cálida en esos momentos pero podían percibir la profundidad de esta que se percibía como algo imponente.
—Tengan. Los fabricamos a partir de algunas pieles que habíamos recolectado. Fue divertido hacerlo, sin los espectáculos en este tiempo hemos tenido bastante tiempo libre.
Añadió, sonando amable mientras descendían hasta poder ser recibidas por algunos que simplemente empalidecieron y el resto vio la razón de su reacción aterrada.
—Ustedes siempre con sus cosas chicas. Cuando los chicos debían hacer algunas cosas, nos encargamos de…
El gusano comentó, pero guardó silencio siendo interrumpido por la Araña.
—Pretextos, si no hubiéramos ido, habrían desperdiciado todo. En cambio logramos usar los huesos, piel, vísceras e incluso el cabello en cada detalle.
Expresó está como si estuviera orgullosa del trabajo rupestre que habían hecho con restos humanos. Los cuales eran sujetados con sumo cuidado, observando algunas pieles con marcas, tatuajes de camarillas pero por sobretodo rostros que fueron extraídos con cuidado quirúrgico.
—¿Qué opinan? ¿Les gusta lo que hicimos?
Habló la mujer, moviéndose hasta ser visible, dejando en claro que decirle mujer era algo que se tomaba como una idea abstracta dentro de la morfología.
—Quieres que…
Expresó una mujer aterrada pero fue golpeada por uno de sus compañeros.
—¡Estamos muy agradecidos por los regalos! Sin duda es un detalle impresionante que nos dieras el privilegio de poder ver en este piso.
Otra mujer expresó esforzándose en caer bien a la criatura que le observaba con su multitud de ojos rojos.
—Querida, puedo oler su miedo y me parece cautivador. Pero no tengo tiempo para los juegos.
Expresó está Araña, levanta su gran mano sobre las cabezas y frotando con cuidado a un nivel que todos fueran acariciados, sin embargo como se veía en todos lados, la amabilidad era un espejismo debido a que está posteriormente se llevó la mano a lo que parecía un rostro y olió su mano.
— Que asco… Usaron jabón aromático, sin olvidar que los bañaron mal…
Esta se escuchó asqueada como decepcionada en igual niveles, algo que perturbó al grupo nuevo. Algunos que debían estar locos estaban actuando de lo más civilizado ante el gran depredador, solo se les notaba por la inquietud y la postura extraña que tenían que se familiarizada como la de una bestia cohibida.
—Lo mismo dije cuando los probé…
Estas palabras incomodaron un poco, haciendo que el pensamiento de cuando esa cosa los había degustado pero no tuvieron tiempo para pensar cuando una de las garras aplastó al gusano con violencia destructiva.
—No digas tal asquerosidad, es muy desagradable lo que dices.
Expresó la Araña, despegando su mano del suelo con un sonido húmedo y pegadizo.
—... Lo dice la fetichista de los olores… esto duele, pero no tanto.
Expresó el gusano como una lámina que se incorporaba entre risas.
—¿Los preparativos están listos para los nuevos?
Preguntó el gusano, sacudiéndose un poco de polvo de su cuerpo que al final terminaba resbalando.
—Los vestidores están listos, no fue difícil pero habría sido más lindo poder que fueran más detallados… pero usamos todo lo que estaba a mano, incluso las bestias prestaron algunas cosas.
Expresó la Araña, confundiendo a los nuevos, ya que si estos eran fenómenos. Las dudas de cómo eran las bestias, daba un profundo miedo a lo desconocido, algo mucho peor a lo que tenían delante.
—¿Qué hay de las Langostas?
Preguntó el gusano a lo que se le podía llamar mujer.
—¿Qué pasa con esas cosas?
Respondió con una pregunta. Esto trajo consigo una especie de agotamiento a los nuevos por no saber tantas cosas.
—Disculpen, porque no nos presentan al resto y así comenzamos a planificar lo que se hace en el circo…
Comentó una mujer, está era alta, con una figura delgada. Su semblante era armonioso y bello, dando la impresión que tendría como resultado un buen lugar como Mariposa.
—Bueno, tiene razón…
Expresó está algo pensativa. Mientras el gusano divagaba algunas cosas al grupo sobre lo importante de organizar las funciones.
—De todas formas, pueden llegar bajando la escalera y llegarán a los vestidores. Es un atajo.
Esta hizo un gesto coqueto como deseando que guardarán silencio. Trayendo más embrollo en sus pensamientos hasta que vieron que delante suyo habían unas escaleras que antes no estaban ahí.
—¿Por qué nunca me contaste de ese atajo?
Preguntó Silas sobre actuando una indignación teatral por el secreto que le habían estado ocultando.
—No es un secreto, está lleno de entradas y salidas. Solo hay que saber las ubicaciones. Además nosotros siempre estamos en el aire y usamos las telarañas para movernos.
Silas pensó por un momento, como si las palabras de la Araña fueran una profunda revelación.
—Ya veo…
Expresó manteniendo el suspenso.
—Eso es todo. ¡Vamos!
Este dejó la charla sin más, volviendo a su marcha sin más que contarle a los nuevos, marchando con el grupo tras de él, algo confundidos pero asimilando la locura de este fenómeno.
Algunos agradecieron a la Araña como otros se despidieron con algunos gestos. Sin darse cuenta que el brillo de las lámparas no solo lograban dejar tenues imágenes de la Araña y sus telarañas. Sino que también los demás ojos de sus acompañantes y la saliva que caía de las fauces que crispaban de emoción.
Capítulo VII: Falta de experiencia
Tras la llegada a los vestidores, los pensamientos que estaban mejor ahí, eran escasos. Los vestidores eran una serie de muebles curiosamente bien ensamblados a partir de otros desechos, a su vez algunos con piezas sospechosas que nadie quiso mencionar y vestimentas teñidas de diversos colores con piezas pequeñas que pretendían ser llamativas.
En si predominan los harapos, trapos y otras piezas de vestimenta que buscaban ajustarse a los maltrechos cuerpos.
—¡Se ven bien y la pintura les queda fabulosa!
Expresó la figura de una mujer de miembros anormalmente largos, cuyas extremidades terminaban en garras gruesas pero que manejaba con delicadeza al maquillar a los payasos.
—Lástima que algunos tengan sarpullido por esto. Pero evitamos que se les cayera la piel.
Expresó el gusano dando aplausos motivados al grupo que miraba algo asustado la oscuridad que se movía a su alrededor.
—Así que es algo desafortunado mantis. Pero considera esto como un aprendizaje que debes tomar con cuidado y avanzar a tu extensa edad.
El comentario del gusano sonó como un insulto que fue respondido con un movimiento rápido que se clavó en su pecho, provocando que salpicar de forma caótica icor nauseabundo con una excesiva cantidad de líquido viscoso.
—Detesto trabajar con los hombres. Solo tienen cabezas deliciosas, nada más.
Expresó está observando a la molesta criatura empalada reír con su mirada marcada por una extrema hiperteloris. Dándole seguramente el nombre de mantis. Aunque está a su vez concede varios rasgos que le consideran ese nombre.
—Tus palabras son tan dulces. Pero procura no decirlo frente al carroñero o tendremos problemas. ¿Además me lo dices a mi o a él?
Habló el gusano burlesco mientras que provocaba un sonido que tragaba el momento con el deslizamiento de su carne por la extremidad que desgarraba más carne en el proceso.
Fue la pregunta que terminó desatando una coleta de esta mujer sobre el hombre.
—¿Estarán bien? Digo… ya no murió pero… no se la verdad que decir o cómo sentirme al respecto.
Preguntó uno de los hombres, siendo apoyado por el resto. Este retiró la máscara que le dieron como su nuevo rostro, dejando ver algo de su carne expuesta por el químico de la pintura.
—No duele… pero viendo lo que se quedó en la máscara… ¿Está muy mal?
Varios vieron asqueados, en cambio a quienes también le había afectado el maquillaje prefirieron no tocar sus rostros o retirar las máscaras, asumiendo lo que ocurriría.
—No. Para nada. Normal. No. No creo. Bien.
Expresaron como respuesta sin poder decirle la desagradable realidad.
— No ustedes pueden creer que esto es normal.
Gruñó el Mariposa por el poco esfuerzo por mentirle sobre su estado.
—Miren está inmundicia que quedó por cara. ¿Es acaso normal?
Con un gesto brusco mostró los restos que se deslizaban por la máscara. La forma de hablar se aceleraba dejando en claro que aquel compañero desfigurado ya no podía resistir lo roto que estaba.
—Siento… decir… es… parte… de… la… normalidad…
Una figura que estaba parada en la penumbra, con sus cinco piernas semejantes a las de un caballo que brillaban tenuemente por la suave luz contra su superficie oleosa se alzaban como torres que amenazaban con llegar a los mismos cielos, perdiéndose más allá de la mirada de todos, sintiendo que este se alejaba de la propia oscuridad en las alturas.
—Hola. Hola.
Expresaron algunos nuevos. Nerviosos que mirar o cómo hacerlo.
—Saludos… aquí… nos… dicen… caballitos… del… diablo…
Expresó este gran ser con paciencia perpetua, lo cual hacía que el resto que solo le llegaba a las pezuñas dudará.
—¿Como… se… hacían… llamar?
La lentitud de la pregunta fue un impacto que les borró las agonías de este lugar.
—¿Que? ¿Un nombre? ¿Tenía un nombre? ¿Quien era?
Las preguntas llenaron el lugar con penumbra melodía de dolor cuando trataban de recordar cada vez sobre quienes fueron antes de llegar, antes de los González e incluso de los barcos de metal oxidado y madera podrida.
—Es… algo… de… los… nuevos… payasos…
Este dijo, aunque esto le causaba interés por el miedo que reflejaban las pequeñas figuras.
—Tal… vez… son… distintos…
Expresó una voz similar que resonaba igual de lenta y profunda que fue la voz de aquel gigante pero a diferencia no se lograba ver.
—¿Tu… crees? Algunos… lloran…
Dijo curioso por el resultado de tan solo una pregunta, aunque no sabía si fue eso o alguna otra cosa.
—Bueno… ¿Que… hacen… pequeños?
Hablo más fuerte para romper el hielo entre los nuevos que comenzaban a darse cuenta sobre la otra criatura, aunque en su agonía no lograban saber si era la misma criatura o no.
—Fascinante, sin duda esperamos ser de buena utilidad en el espectáculo.
Comentó uno de los nuevos que se mostraba con más iniciativa tratando de ocultar su dolor como aprendieron donde esos sádicos.
—Yo… no…
Titubeó el coloso, el cual parecía enfocarse en aquel joven que resaltaba con sus ojos verdes de los que caían las últimas lagrimas. Ver ojos verdes eran algo extraño en esta profundidades cuando no se trataba de la descomposición.
—Deseo consultarle a usted, cómo es que podemos llevar a cabo el acto en cooperación con usted.
Este procuro ser amable, tratando de encajar en el ambiente que dejaba escapar la locura, se enfoca en el trabajo en conjunto de múltiples individuos.
— …
Un silencio sutil se hizo mientras una especie de duda resonaba como cántico Gregoriano.
—Bueno… siempre… pisaba… golpeaba … o masticaba…
Finalmente dijo lo que hacía, inclinando sus largas piernas dejando ver una especie de tentáculos con ventosas profundas que terminaban como las extremidades de un sol de mar.
—Ya veo… creo que podemos hacerlo de esa forma…
El joven se llevó la mano al cabello de su barba de cabello castaño oscuro. Provocaba un sonido inaudible por la fricción de ésta, sin embargo el joven notó que la bestia o fenómeno reaccionaba a este sonido.
—¿Por qué no tratamos de usar sus tentáculos como trampolín o una especie de barra que nos permita efectuar distintas acrobacias? Pero debemos practicar y asegurarnos tanto los que haremos ese acto como … Tú … Caballito… Si, si. ¿Comprenden?
La mujer era rubia, alta y fornida que no parecía propia de los albergues que los González tenían para el ganado.
Tenía un semblante distintivo, como si se le hubiera criado para el deporte, la supervivencia o más bien la guerra.
—Suena… interesante…
Dio como respuesta el coloso largo que con sus letanías daba a conocer el su voluntad reconociendo a estas criaturas minúsculas en comparación a su magnitud, una de las más altas que habían visto pero inofensivas hasta el momento.
—Gracias, esperamos poder llevar a cabo un buen espectáculo.
Expresó el joven al comprobar el visto bueno de uno de los integrantes particulares del circo, con esto comenzaron así un trabajo en conjunto que no logró terminar a tiempo.
Esto debido al desliz de un hombre al maniobrar su movimiento al siguiente salto con pirueta que provocó un sonido seco acompañado de crujido sonoro de su cuello.
—Hambre… Hambre…
Expresó una de las langostas con un entusiasmo que le era difícil de controlar.
—Pero que… ¿Nos quieren comer?
Expresó uno de los mayores que tenía una complexión robusta, mirando incómodo como estos comenzaban a mi eres alrededor del fallecido.
Sus figuras humanoides alargadas trataban de acertar pequeños jalones pero se contenían al estar a la vista.
—Siempre tienen hambre. Si pudieran comer comerían sin importar que. Pero como tratamos de hacer un cambio, estos están actuando de mejor forma.
El hombre vio a su lado para solo ver a sus compañeros observando hacia arriba.
—Gracias señor araña… es amable.
Dijo este asumiendo ya de quién se trataba.
—Me alegra que comiencen a conocer mi cara, trataré de hacer lo mismo con ustedes…
Comentó relajado en lo que masticaba algo, sin embargo se detuvo en el momento en que cayó sangre, congelando a los hombres y mujeres, sin saber quién más había muerto de ellos.
Desde la oscuridad cayeron restos pero no humanos. Más bien híbridos con extremidades cubiertas de quitina de las que algunas eran atravesadas por pinchos de quitina.
—Condenadas… porque siempre tienen que tener pinchos en todos lados.
Expresó molesta la araña, pareciendo esforzarse en sacar algunos trozos de mosca de sus fauces adoloridas.
—Si quieres… podemos ayudar…
Dijo una joven de tez oscura, parecía que quería llorar pero con esfuerzo trato de ser simpática con lo que había arriba.
—Acepta, los nuevos son pequeños. Será fácil limpiar tu desastre, además el comer contigo llorando es desagradable.
Habló otra voz desde la oscuridad del cielo. Este hablaba un poco más agudo, pero no dejaba de resultar temible.
Fue en eso que se sintió un impacto en el suelo y varias patas de araña aparecieron mostrando la parte frontal del ser, quien tenía en efecto unas mandíbulas con varias marcas de las que brotaba un líquido algo negro pero con notas púrpuras y rojizas.
—¡Hambre! Comida… ¡Pasar tiempo sin comer!
Trayendo consigo murmullos y sobresaltos por parte de otras langostas y de las moscas que corrían frotando su piel con quitina endurecida y sus pinchos entre pelos duros.
—Bien bien… Solo cuando terminen de dividir y hacer porciones, ustedes podrán masticar lo que quieran.
Expresó el carroñero, recibiendo miradas incómodas como de miedo que se enredaban en una triste resignación de lo que terminarían siendo todos.
— No sean así, aquí la comida es poca y hasta que no demostremos que los espectáculos funcionan, la basura y restos no bajarán.
Expresó este coloso entregando el cuerpo del difunto para la repartición de provisiones. En su situación tratarán de hacer todo lo posible para aprovechar cada gramo.
—¡Es hora! Se acabó el tiempo de jugar, es tiempo de trabajar.
Expresó esto sin darles tiempo de ocultar el cadáver.
—Todos en marcha, hagan lo mejor que puedan y recuerden divertir al público y no morir en el intento.
Avanzaron organizados frente a los reflectores.
En los nuevos se veía la angustia, todas sus cabezas repetían los pasos, cada acrobacia y se preparaban pero la vista era inquietante ya que a diferencia de cuando llegaron el escenario era seco, el aire era cálido con el aroma de rosetas de maíz, sudor con lo que reflejaba al recuerdo perdido de la carne seca que se dejaba secar al sol.
—¡Querido público! ¡Agradecemos su espera, hemos rebuscado por el mejor selecto personal circense de todos los pueblos de la península!
La voz del maestre sonó como un trueno que retumbaba con ferocidad en los corazones de todos.
—¡Aqui tenemos a los nuevos payasos! ¡Disfruten del espectáculo!
El espectáculo comenzo tras la presentación del maestre. Era el momento de demostrar el valor de los nuevos payasos, demostrando acrobacias y trucos divertidos que lograban dar emoción a la oscuridad llena de figuras espectadores en el vacío de lo que debían ser gradas.
—Damas y caballeros espero que les gustará este maravilloso acto de nuestros novatos.
Expresó el pequeño hombre con una vigorosa voz que acompañaba con una sonrisa enorme. No obstante, los que salían del escenario cerca suyo lograron oir incontables voces incoherentes que rugían y maldecían sin compasión.
Tras estos salían respirando iban saliendo de la oscuridad las formas a relucir de las criaturas tragadas por la temible oscuridad. Este espectáculo trataba de lo mismo, pero recubierto primero de gritos, burlas en insultos para los fenómenos, estos se coordinaban, luchaban tratando de matar al otro con una coordinación temible para no matar al otro en el proceso.
Los pensamientos se mezclaban en duda, emoción y miedo, dándose cuenta de cómo estos daban un espectáculo ejemplar, sin embargo no vieron la figura del domador intermediando y presionando.
En el momento de ilusión se acabó de golpe cuando los payasos escucharon al maestre presentarles de nuevo.
Con esfuerzo y sus cuerpos cansados, volvieron a su acto para ver cómo los fenómenos volvían a herirse en una danza mortal. No obstante cuando eran llamados una y otra vez, algo cambio. La luz se desvaneció y el anfitrión apareció.
Sus palabras vibraban en sus oídos, mientras sus corazones trabajaban como un motor que estaba en llamas. Hasta los fenómenos que empezaban a salir al escenario sin haber descansado parecían llamarles.
En un último esfuerzo que parecía ser el sacrificio final, dieron todo para realizar un acto que coordinaba payasos y fenómenos como ensayaron antes en una seguidilla de espectáculos simultáneos donde cada uno se esforzaba en llamar más la atención de un público compuesto de figuras inexistentes que reían, lloraban y clamaban por más.
No fue hasta que uno de los nuevos no logró el impulso por el agotamiento y cayó en las llamas del aro de fuego.
Sus gritos fueron alabados por el público, estos entusiasmados pedían más, algunos trataron de apagarlo pero el fuego no se detenía o eran consumidos.
La distracción provocó que los trapecistas chocarán pero fueron recibidos por las libélulas que en el descenso rompieron muchos huesos.
El público reía, el Maestre estaba extasiado por el resultado, añorando que el espectáculo siguiera y otorgará más dulces momentos que robaran hasta la última pizca de esencia del público.
Capítulo VIII: Fenómenos
El grupo emprendió el regreso, un paso a la vez sobre el áspero concreto que rebosaba de alguna antigua suciedad, con la mirada perdida en el vacío. El aire era una amalgama espesa; el vapor fétido que emanaba de las entrañas del pozo se trenzaba con el olor metálico de la sangre fresca y el rancio aroma del sudor viejo. En cualquier otro mundo, alguien podría haber sentido lástima por aquellas almas condenadas que arrastraban extremidades y desgracias por igual; pero aquí, la compasión se distorsionaba. La realidad se retorcía como un espejismo enfermo ante las siluetas inhumanas que emergían de la oscuridad aledaña, moviéndose con una gracia antinatural más allá de los límites marcados por los payasos.
Ninguno pensaba. Ninguno sentía. Eran autómatas atrapados en las jaulas de sus propios cuerpos. Avanzaban por puro instinto gregario, sabiendo apenas que debían mantenerse unidos en las sombras para alcanzar los camerinos, conscientes de que, en su estado actual, eran cáscaras vacías ante cualquier nuevo horror.
—¿Cuanto… fue? ¿Así será siempre?
La voz de una mujer baja quebró el silencio. Tenía el rostro encostrado de sangre seca, una máscara roja que se agrietaba con cada palabra.
—No lo sé…
Respondió un joven pálido, cuyo andar era un vaivén penoso mientras arrastraba una pierna inútil. Esas palabras, cargadas de una rendición absoluta, abrieron la compuerta a los sollozos que el grupo había contenido en la arena.
—Supongo que aún somos algo…
Murmuró una mujer rubia, secándose las lágrimas con el dorso de la mano, con el gesto desolado de una niña que intentaba esconder su tristeza tras un berrinche.
—¿A qué te refieres?
Preguntó una voz escéptica desde la retaguardia, sonando más brusca y rota de lo que pretendía.
—Míranos. Despojados de todo antes de llegar, adoctrinados, convertidos en juguetes para gente enferma que nos cría como ganado.
La mujer hablaba rápido, como si soltar el veneno la hiciera pesar menos.
—Y ahora estamos aquí. En la normalidad que oculta esta jungla de metal y acero.
Sus palabras cayeron con el peso del plomo, pero extrañamente, parecieron ofrecer un ancla a los demás.
—Al menos lograste superar eso.
Comentó una joven de cabello corto que abría paso.
—Yo siento que recuerdo cosas, pero no logro visualizar qué fueron. Es como intentar ver a través de un vidrio esmerilado.
Añadió a sus palabras mientras frotaba su cien, no solo por el dolor a los recuerdos difusos, sino por el corte que tenía en el lateral de la cabeza.
—Ni que lo digas.
Replicó la mujer motivadora, irguiendo un poco la espalda.
—Pero si la vida empieza así en este lugar, pues este será mi hogar. Y ustedes, mi familia.
El eco de su determinación pareció atraer algo desde las sombras. Los fenómenos que acechaban en la periferia de la vista se detuvieron, curiosos ante ese brote de voluntad tan inusual en los recién llegados. Incluso el Tullugal, esa presencia invisible y vasta, pareció vibrar ante la energía de aquel grupo que empezaba a aceptar su nueva y espantosa naturaleza.
—Debo decir que … Es una pocilga, pese a escapar de los González estamos aquí.
Expresó un hombre delgado que acompañaba sosteniendo a uno de los que trataron de apagar el fuego. Aunque su aspecto no era favorable, los fenómenos les dijeron que los llevarían mientras ellos cubrían el resto de espectáculos.
—A mi me da igual, mientras pueda tener un respiro. Ya sea en un mejor o peor lugar, tendré la oportunidad de estar lejos de esos maníacos.
Esbozo con dureza el hombre bajo mientras trataba de extraer un diente de su antebrazo magullado.
—Las moscas no son infecciosas. ¿Verdad?
Expresó esté revisando el diente que soltaba algo de materia purulenta.
—Yo que yo a saber. Solo hay que asegurarse de no terminar como una langosta. ¿Vieron que están recubiertos por piel y cosas raras?
Expresó un hombre rubio el cual con dificultad se sacaba la máscara que desprendía lo poco de su piel quemada por los químicos.
—El Mariposa tiene razón. No son tan malos pero están constantemente sufriendo.
Expresó la mujer fornida que entre todos se lograba ver mejor que el resto.
—¿Me llamaste Mariposa? Entonces tú también serás la Mariposa.
Expresó el hombre dando una sonrisa con la carne expuesta junto a un fluido viscoso deslizándose de su rostro y la máscara.
—...Es hilarante… esos serán nuestros… nombres…
De entre todos los nuevos habló el que nadie tenía esperanza de que tuviera tan solo una pequeña muestra de vida.
—¡Hey! Ojos hermosos. Despertaste, tu rutina estaba que ardía, sin dudas te ganaste el apodo de luciérnaga.
Sonó una voz femenina enérgica que contrastaba con su aspecto triste y apagado.
—Perdón por eso, trato de acostumbrarme al exquisito y refinado humor del circo.
Lo dijo una mujer con su expresión severa que había fallado en su acrobacia y a cambio se quebró el brazo en cuatro ángulos grotescos.
—¿Será que nuestras vivencias nos han vuelto así? ¿O es la inevitable brutalidad cotidiana que nos da nuestro temple a torcer?
Expresó la mujer rubia que le habían llamado mariposa, no le gustaba la idea pero temía por sobretodo
—No se tu mariposa amarilla, pero si no hay comida en mucho tiempo podríamos ver si hay otras opciones de comer algo no tan al dente.
Expresó el hombre velludo que terminó viendo una serie de ojos preocupados.
—Tu… Serás…un… eres… pulga…
Dijo el joven con casi todo el cuerpo quemado. Esto trajo fuertes risas a su alrededor pero no proveniente de sus compañeros. La oscuridad alrededor vibraba en júbilo.
—¡Pues qué quieren que diga! Es lo más optimista que he escuchado.
Expresó una voz enfermiza desde detrás de este hombre, aliviando un poco la expresión de todos los que lo observaban.
—Eres…
El bajo hombre no quiso voltear ya que el sonido, el hedor a cloaca gangrenosa se hizo presente al mismo tiempo que un frío le recorría la espalda acompañada por un líquido viscoso.
—Soy el gusano, relájate. Vengo por ustedes.
Dijo la figura terminando de enrollarse y dar forma parecida a la humana.
—¿Por nosotros?
Se extendió el pensamiento que escapaba de sus bocas como una fría sentencia.
—¡Claro, van en el sentido contrario! El grandullón de por allá me avisó.
A lo lejos, una luz mortecina recortaba la silueta de algo masivo que se interponía en esta. Una sombra de extremidades gruesas, con músculos que parecían nudos de madera vieja, se alzaba como una montaña de carne silenciosa.
—No lo vean tanto que es un chico tímido.¿O caso les gustó?
El gusano rompió el silencio con su deslumbrante humor mientras se deslizaba para ponerse en sentido contrario y empujar al grupo a la luz.
—Este es uno de los muchachos fuertes. Procuren no pedirle que los aplaste, a no ser que lo último que quieran sea ese fetiche. No juzgo. Lo intente con el carroñero. No es que sea de esos, quiero decir…
La multitud sobreviviente de nuevos se movió al lugar señalado, olvidando la existencia del gusano para enfocarse en la figura de aquel escarabajo que era una especie de hombre con su musculatura expuesta, la piel se había calcificado simulando una quitina densa y oscura. Con cuernos brotando de su cráneo como excrecencias de un mal sueño.
—Gracias señor… escarabajo. Gracias.
Fueron esas palabras silenciosas que brotaban como un coro susurrante del peregrinaje que estaba llegando a la luz acompañado del gusano que seguía hablando, aunque ahora eran más incoherencias, las cuales acompañaba con movimientos envueltos en gracia.
—Es conmovedor. ¿No crees?
Expresó una voz dulce y alegre que contrastaba con su congéneres en la oscuridad que envolvía al domador.
—Empalagoso como siempre. No hemos tenido tiempo de hablar desde mi regreso y lo primero que me hablas es sobre los animales defectuosos. ¿No tienes nada más que decir al respecto?
Respondió el domador aplicando su porte imponente, sin embargo a diferencia de muchas veces este tuvo que inclinar la cabeza para observar a quien le hablaba.
—¿Puedes dejar de comer tus golosinas? Eres demasiado grande que debo hacer eso de… eso.
Añadió disgustado dejando en claro que pese a ser iguales, no podía verle fácilmente y le resultaba difícil el hecho de inclinarse a verlo a la cara.
—Inclinar. Se dice inclinar y no te metas con los bocadillos de una dama, no sabes lo difíciles que son de conseguir en estos tiempos.
Este resopló y alegó con una firmeza pomposa.
—Como quiera dama vendedor de los dulces. Pero sabes bien que no puedes desperdiciar lo que solías hacer, ese papel que te habíamos entregado era también valioso.
Expresó el domador moviéndose a la luz como una figura inexistente en tal oscuridad, a diferencia de su compañero que al ver que el domador avanzaba, trato de seguirle produciendo un sonido intenso.
—Espera. No puedes tratarme así. ¿Qué pasa contigo y tu acto que quedó olvidado?
Expresó esté soltando un vendaval que provocó que todos en la oscuridad se lograrán percatar del dulce aroma que no provocaba apetito alguno.
— ¿Piensas que estás libre solo porque tus mascotas están sueltas, hechas polvo y en contra nuestra?
El domador se detuvo finalmente, su aspecto cambió a un color rojizo profundo e intenso, pero parecía contenerse.
—¿Sabes porque te han dejado vendiendo dulces? ¿Sabes… Porque sigues comiendo sin más?
Expresó esté como si su imagen estuviera sufriendo un terremoto atroz que la difuminaba en el lugar en que estaba.
—¿Qué te ocurre? Te ves raro.
El nerviosismo tomó lugar en la voz suave que seguía con su tono pomposo que no podía negar su inquietud.
El domador vibró, mientras su imagen se descuadrada y pasaba a resonar, provocando que se logrará escuchar como este temblaba visualmente.
Dio un paso, luego otro. Sin de mirar enfrente, sin permitir que su mirada volviera a inclinarse ante su congéneres que daba golpes acolchados en la oscuridad. Esto era observado por la nada de la total oscuridad, ni siquiera los fenómenos sabían que ocurría pero ninguno deseaba interferir en rencillas del Tullugal.
Tras un breve instante perpetuo se sintió la caída y como se arrastraba algo grande y húmedo por el suelo en dirección contraria al domador. Quien de un momento a otro se detuvo abruptamente observando extrañado lo que tenía en el suelo.
—¿Qué te pasa?
Este preguntó el domador.
—¿Que?
Expresó estupefacto el hombre de los dulces.
—No entiendo porque estás en el suelo, después de tanto tenemos un momento para hablar entre nosotros.
Comentó confundido llevándose una de las manos a la cabeza para sacar el sombrero de copa y frotar con la otra su escasa cabeza en el lugar donde tenía un gran trozo de metal clavado. Este por lo contrario seguía vibrando.
Capítulo IX: Sombras en la oscuridad
Tras sentir que había logrado explicar con entusiasmo y claridad a los nuevos, el gusano les indicó cómo ayudar a las arañas a trabajar lo nuevo y tratar de encajar dislocaciones.
—Pequeños payasitos. Seré honesto con lo que vamos a hacer.
La figura larga del mantis macho demostraba una cierta inseguridad en la situación en que estaban.
—Dime que sabes lo que haces. Dime qué sabes lo que haces. ¡No se bromea con eso! ¡Suéltame palo!
Gritó uno de los acróbatas que estaba sujetado por decenas de brazos y garras que provenían de una criatura que le llamaban insecto palo por alguna razón.
—Haz lo que debas hacer. Esto será breve.
Pronunció este para introducir una de sus extremidades en la pierna del acróbata mientras el insecto palo jalaba cada parte de su cuerpo con el fin de reponer lo roto.
—Saben, prefiero que me corten la pierna.
Dijo con firmeza el joven de cabello negro que dio media vuelta y se adentro en la oscuridad ante la escena que dejaba atrás, su rostro pálido comenzaba a cambiar de color por lo que le debían hacer.
—Sabes, si vas por ahí, puede que te encuentres con una bestia. No vas a querer encontrarte con una. ¿Cierto?
La voz era familiar, una voz anormal pero que dejaba claro que era femenina.
—Señora araña. Usted no entiende, no quiero que me destrocen como a ese tipo.
No detuvo su torpe marcha, solo respondió deseando encontrar algo que le pudiera brindar cobijo.
—¿Ese tipo? Es curioso. ¿Por qué no se llaman por sus nombres?
La araña quiso resolver su curiosidad y fue directo a la fuente. Esto trajo miradas disgustada por el resto pero no la detuvieron ya que estaban deseando también saber qué era lo distinto de estos payasos.
—Porque no tenemos. A lo mucho los grupos eran separados por barracas y luego por tareas.
Dijo este extrañado por la curiosidad de la mujer por algo irrelevante.
—De todas formas ustedes tampoco tienen nombre.
Añadió tratando de responder con lo mismo que ocurría en ese momento en el circo. No obstante la respuesta lo hizo detenerse.
—Jovencito miedoso. Todos tenemos nombres. Solo que no nos han preguntado, somos arañas. A mi me suelen llamar la señora araña. Pero entre las demás arañas me conocen como Joro.
Esta expresó mostrando una sonrisa al abrir sus fauces en la oscuridad.
Si bien no podía verla, sentía a Joro cerca.
—Así que Joro. Tu nombre es bello, al igual que debes serlo.
Este no sabía cómo era, pero sentía su aroma, respiración demasiado cerca, extendiendo la mano que tocó la mandíbula retráctil.
—Esto… perdón. Veo que eres grande.
Se sentía avergonzado y aterrado, solo deseando saber si está araña le daría un final rápido y lento.
—Gracias, y no te preocupes. No hay señor Joro.
Tal comentario avergonzó al hombre pero no supo qué decir.
—Es broma, lo que tocaste es mi boca. La saliva es inevitable cuando ha pasado tanto tiempo.
Sus palabras si bien eran relajadas y dejaban ver su humor, la inquietud seguía ahí.
—Ahora que estás tranquilo, volvamos. Te colocarán esa pierna en su lugar, creo.
Las palabras resultaban tranquilizadoras pero él no quería regresar, sin embargo la mano de la araña lo sujetó firme y lo comenzó a regresar a la escena de la luz.
En los camerinos se veía trabajar, imitando lo que habían visto, aunque la falta de conocimientos eran compensados con ingenio e insumos artesanales con restos que dejaron los payasos imitando a matasanos, pero desde el incidente no se les veía. Menos a las cucarachas, era como si las hubieran exterminado.
Una vez en la oscuridad, dos figuras dispares se movían con discreción. No obstante el tiempo, la soledad y
—Te lo digo, me ofende que la rata de muelle de la mantis dijo lo de las cucarachas, los marineros de agua dulce de los nuevos me hicieron un motín a la primera que me dejaron al mando.
Expresó molesto Silas a la asociación a tales criaturas que había conocido antes.
—Bueno, debes reconocer que no eres tan distinto a las cucarachas. Trata de no decir tanta jerga del muelle, cuando te pones así no te entiendo.
Dijo la saltarina quien estaba enfocada en saltar con los pies juntos cada vez que se encontraba una grieta en la oscuridad.
— Es difícil imaginar que la tripulación con la que compartiste tanto te quiera arrojar a los tiburones. Son peces lunas por decir que me parezco a una cucaracha, además esos camarones de tierra comen cualquier cosa.
Su cuerpo se movió como un trapo húmedo que cambiaba de forma para posicionarse en una pose dramática.
—Sabes que comes lo que sea que toques y no mueres… hasta el momento. ¿Camarón de tierra?
La pequeña se detuvo en lo que caminaba tratando de saber que era un camarón.
—Además es algo que te cuestionó mucho, ya que a diferencia de los otros gusanos eres muy enérgico.
Añadió la pequeña tratando de retomar la charla aunque las palabras no salieron del gusano extrañando a la niña que pensó en sus propias palabras.
Ambos hicieron una pausa dándose cuenta de algo impactante.
—¡Por el caleuche! ¡Esos holgazanes de agua dulce se la han pasado haciendo de anémonas todo este tiempo mientras nosotros manteníamos el barco a flote!
Gruñó y maldijo a los inútiles gusanos tratando de recordar dónde fue la última vez que los vio extendidos en el suelo.
—Sin dudas eres tan desagradable siempre como una pequeña alimaña. Nunca comprendemos cuando hablas tanta cosa del mar.
Respondió a las protestas del gusano el carroñero dando un manotazo que dejó a este tumbado en el suelo, perdiendo la forma como si las ataduras imaginarias soltaran su cuerpo liso y bulboso.
—Miren lo que trajo la marea. Pero sí es ni más, ni menos que mi hermoso arrecife de coral.
Expresó esté con un gesto poético con su figura recomponiendo su estabilidad luego del impacto del carroñero. Su forma de expresión ya se había vuelto una forma de aliviar las que das que al instante la cabezas aceptaban como algo divertido salvo la del medio.
—La marea es la que trajo tu membranoso trasero. Más vale que te enfoques en las tareas que quedaron pendientes.
Regaño la cabeza masculina que tomaba un aire despectivo ante su compañero, sin saber si volvía a caer en el deterioro mental.
—Ustedes siempre tratan de mitigar el puerto que hay en mi. Cuándo será el día en que me permitieran izar velas.
Se mostró dolido pero la risa de la máscara avivaba la energía desquiciada que ejercía el aire rancio que rodeaba está figura ya humanoide.
—Lo único que te pongas a izar es tu pellejo. Ahora que has vuelto Silas, hay que ver el jardín de setas.
Hablo dando un fuerte bramido en lo que el gusano se movía inquieto, tratando de dar lo mejor en el papel dramático que desempeñaba.
—Por un percebe. ¡Cuando pretendías decir que has descuidado el jardín! Ese proyecto no te lo podría dejar solo a ti. Está claro que tenías que haber dejado esto en manos de tus hermanas.
Protestó este ante la aparente ineptitud de su gran compañero.
—Si vamos a tratar con el jardín jardín de setas. Tenemos que ver si estás pequeñas logran cumplir con lo que no lograron sus antecesores.
Dijo el cuero rebuscando en sí mismo las setas que no parecían aparecer en ningún lado de su rugoso interior húmedo.
—¡No están! ¡Piratas traicioneros! ¡No están!
Dijo espantado rebuscando con más exasperación a cada instante mientras el coloso solo refunfuñaba por el agobio de tenerlo de compañero.
—¿Quién de esos desdichados piratas de agua dulce las habrán robado? Todos son una banda de Bribones. Pero creo que ya sé cuál de las ratas de muelle robo las setas…
Habló este como si ordenará pistas al aire, el carroñero miró a la oscuridad, donde podía ver al resto de figuras a su alrededor sin entender lo que esté tanto hablaba.
—Aquí están las malditas setas, pequeña alimaña. Acaso te olvidaste…
Este saco de sus harapos una tela con los hongos brillantes. Pero las cabezas se sintieron estúpidas cuando estaban diciendo eso, ya que el esperar algo inteligente de un estupido era algo mucho más estupido.
—Muévete.
Añadió finalmente sin permitirse escuchar las patrañas en incoherencias del gusano estropeado.
Tras un largo rato ya habían llegado al borde del piso o eso era algo que asumen todos los que habían encontrado, o escuchado a lo largo del tiempo las grietas en estas murallas que rondaban los moscos.
—Sabes aún no entiendo si es buena idea insistir tanto.
Hablo preocupada la cabeza del extremo, está usualmente era tranquila a diferencia del otro extremo que era agresiva.
— Te lo digo enserio, si logramos mantener esas semillas húmedas por un tiempo. Tendremos brotes.
Respondió afirmando su pensamiento sobre las plantas que se cultivan sin luz.
—Bueno, entonces podríamos juntar basura orgánica y aplastarla hasta que sea como tierra.
El escepticismo era fuerte pero en esas situaciones cualquier idea para traer consigo un bocado de algo comestible era bienvenido.
—Estan hablando ridiculeces. ¡No hay planta que sobreviva en total oscuridad!
Gruñó desde el otro lado del cuerpo. Haciendo que la cabeza siguiente tratara de evitar el vozarrón con el que le tocó vivir al lado.
—Tiene razón. Los dos deberían dejar de…
La cabeza central añadió mientras rozaba el carroñero la superficie rocosa, en el sonido ambiental de la oscuridad y sus lejanos susurros melodiosos, el traqueteo de cadenas acompañaban el deslizar de sus dedos en la áspera superficie de piedra.
—Callate marinero de tierra firme. De los cobertizos los rezagados que llegaron del viejo continente metían estás semillas húmedas en tinajas por días para sacar los brotes y comer algo.
Este se detuvo ante la osadía del gusano ante lo que otros habían hecho. El gusano tras decir lo que pensaba, no deseo saber la paliza que recibiría en respuesta, por lo que se movió danzante llegando a lo que conocían como jardín de setas.
—¡Mira! Nada más. Me escapé de una paliza y me encuentro con otra.
Este río junto a su máscara ante la ironía de la vida, solo lograron reír un poco cuando fue azotado con violencia, logrando extraer trozos de roca del golpe.
—Veo que tenemos moscos en nuestra comida.
Las figuras surgieron de la oscuridad con su brillo. Sus máscaras brillaban en distintos tonos pero lograban transmitir una bella luz de advertencia.
—Me habías dicho que dejaste un guardia, dudo que sean estás cosas molestas.
Pronunció con desprecio el carroñero, solo para dar un paso y comprobar lo que parecía ser restos de alguien que recibió el mismo trato que el gusano.
—Ya no vuelvo a confiar en pulgas, eso sí que dolió. Hace tiempo que no sentía que…
Fue callado mientras recuperaba su forma con una figura que saltó para arremeter violentamente contra este una y otra vez, opacando el sonido del metal oxidado que le murmuraba secretos a la oscuridad.
—Veo que se entretienen. Veré el cultivo, tú sigue con su duelo.
Sin miedo ante los moscos, el gigante avanzó siendo custodiado por estos locos fluorescentes. Portaban armas de chatarra, cada una tan grande y pesada que parecía que necesitaban dos personas para levantarla. No obstante los moscos las manejaban suavemente sin dificultad en cada mano.
—Veamos… parece que crecen bien. Aunque para mí todo esto no tiene sentido.
Protestó mientras comprobaba que el cultivo fúngico crecía mejor de lo esperado en la suciedad con basura que habían mezclado.
—Veo que los antiguos payasos no estaban tan mal, lástima que nunca tuvieron oportunidad.
Pese a su tamaño, tenía cuidado con cada una de esas pequeñas estructuras conocidas como setas que los payasos no lograron apreciar con el poco micelio que juntaron por culpa de disputas en intervención de guardias.
—Esto del micelio dio frutos. Se ven asquerosas. No digas eso. Los moscos parece que lo cuidaban.
Comentó aunque perdió la concentración con la charla entre sí.
—¿Qué?¿Dónde, dónde? ¿Pero qué rayos? ¿Dónde?
Fue la abrupta reacción del resto cuando una de sus cabezas mencionó que vio que el jardín había tenido mantenimiento hace poco, pusieron atención, ya que la superficie había sido tratada, evitando que partes nocivas se extendieran en el resto del hongo. Además alguien se había asegurado de conservar la humedad del jardín.
—Pequeñas alimañas locas. ¿Ustedes hicieron esto?
Expresó alzando su imponente forma, esto fue respondido no como lo hacía el resto. Estas independiente al tamaño y saber que los fenómenos como bestias eran criaturas complicadas, se mostraron decididos a combatir, mostrando poses firmes y dando fuertes golpes amenazantes.
Esto pareció agradarle, por lo que aceptó la invitación.
—¡El jardín! ¡El jardín!
Se escuchó una intensa serie de gritos los cuales detuvieron de golpe a todos, salvo por el mosco que había saltado para acertar el primer golpe, este inevitablemente acertó al gigante que se movió pero no sufrió gran daño, solo un pequeño corte en su piel gruesa y escamosa.
—No tuviste que haber hecho eso.
Hablo amenazante, sus ojos mostraban una furia absoluta. Los gritos del gusano se volvieron ineficientes al desvanecerse en el cólera. Se escuchaba su voz enferma replicar sobre el jardín mientras se enroscada en la figura del mosco, el cual perdía la pelea ya con un brazo dislocado que solo se movía para atacar a su propietario. Otro trataba de acertar cortes precisos en el gusano pero no eran lo suficiente efectivos para liquidarlo o soltar a su compañero.
—No eres nada contra mí. Ninguno de ustedes es capaz de hacer ni el más mínimo rasguño.
Este tenía tres moscas encima y otras cinco rodeándole para acertar golpes en lugares vitales sin conseguir resultados reales. El coloso de varias cabezas mantenía su pie sobre uno de sus rivales, seguía golpeando a un mosco en su mano como si no hubiera nada más en el mundo.
—No se crean especiales infelices. Solo son un par de moscas un poco más grandes de colores.
Sus fauces banean llenas de odio improperios y amenazas sobre su insignificante enemigo.
—¡Saben pollo! ¡No se porque este me sabe a pollo!
Gritó con euforia el gusano quien había dejado a su anterior huésped y se enroscaba en el siguiente.
El fluido digestivo no resultaba efectivo, aunque de todas formas parecía provocar heridas.
—¿Qué mierda dice ese loco? No lo sé. No tengo idea, creo que habla que saben bien los moscos.
Se mostró confundido el carroñero, tratando de sacar a los moscos que estaban arriba de su cuerpo.
—Son desagradables…
Protestó este lanzando lejos al primero para así seguir sacándose la escoria de encima.
No obstante le daba curiosidad el sabor. Desconocía qué era eso del pollo pero parecía ser algo bueno ante cómo se veía al gusano dando golpes y recibiendo de vuelta con decisión.
—Oigan. Tal vez nos perdemos de algo bueno…
Mencionó la cabeza más seria que fue quien sucumbió a la curiosidad.
No obstante fueron las cabezas del extremo quienes guiados por la tentación dieron el primer bocado a distintas moscas.
—¡Condenado gusano asqueroso! ¡Esto sabe a excremento! ¡Juro que voy a dejar de bromear contigo!
Fue la furia de la cabeza del extremo quien reaccionó al desagradable sabor de la mosca.
Esta pese a no ser agresiva como la del otro lado, se sentía engañada por quién era algo divertido en este lugar.
El carroñero arrojó con violencia a la mosca pero la otra mosca fue retenida por algo que era propio de sí mismo. Una protesta enmudecida se hizo presente con fuerza enérgica
—¿Qué ocurre?
Mencionó extrañada la cabeza central ante la presión involuntaria que se generó en el brazo. Las cuatro cabezas de voltearon a ver a quien nunca callaba y era la más volátil.
Hubo un instante en que se perdieron en sus pensamientos en blancos, logrando apreciar como está había mantenido a la mosca con reseñó firme con sus afilados dientes.
—... Que @ …
Expresó con total descoordinación del cuerpo, dejando libre la voluntad de la agresiva.
—¿Qué carajo les pasa? ¡Acaso se volvieron imbéciles!
Este dijo antes de verse obligado a sujetar firme al mosco quien luchaba fervientemente por quitarse las fauces de la bestia de encima, al momento de hablar fue la oportunidad exacta que podía huir, pero fue apretada por la otra mano, sentenciando su destino. Al no tener el hocico ensartado en su carne, se logró ver que habían desgarrado su piel mostrando un líquido dorado resplandeciente.
—Lo estás comiendo… No comas esa basura.
Protestó la cabeza central tratando de tomar el control, no obstante solo fue para liberar al mosco del agarre del carroñero.
—Pero está bueno. ¡No, se escapó mi comida!
Expresó esté pero en el tropiezo del avance del forcejeo entre el control, los movimientos restringidos le hicieron caer, dando la oportunidad que los moscos lo rodearon y comenzaron a entrelazar cadenas.
—Ni se les ocurra que van a pensar en limitarme un montón de…
Rugió pero fue tarde, en un abrir y cerrar de ojos la pelea se vio dominada por el grupo de moscos que actuaron más como hormigas.
—¡Eres un pez luna! ¡Tantas cabezas y dejan al marinero dulce a cargo!
Protestó Silas quien había tenido su momento de degustar en el conflicto, pero hasta el sabía que en una pelea ganada, no puedes subestimar al enemigo.
Este dijo un gritó al sentir la frialdad y aspereza del metal oxidado clavándose en su tejido, ya con el gigante dominado, ya no era ni cerca un duelo parejo. De alguna forma parecía que sabían cómo tratar con Silas lentamente fue superado por los guerreros resplandecientes que clavaron metales retorcidos en su cuerpo, si lograban volver a introducirlo, lo harían hasta que no tuviera movilidad. En ese momento el terror gritaba en su interior cuando se retorcía el metal junto a su cuerpo, el cual trataba por todos los medios de salir de tal cárcel pero cada intento era frustrado con un nudo que impedía extraer las piezas paralizantes.
—¡Gusano inepto! ¡Quema el metal!
Rugió protestante la bestia encadenada.
—... No puedo disolver tan rápido…¿Que crees que soy?
Respondió furioso, esforzándose en retorcerse pero su prisión corpórea ya había inmovilizado su cuerpo membranoso.
En el lugar solo se escuchaban sus bufidos llenos de rabia, dolor y remordimiento al confiarse en una lucha que se pensaba dominada.
Maldiciones e invocaciones a la desgracia que propina la tempestad inmisericorde del mar para sus rivales que usaron sus números para reducirlos a sólo vergüenza que esperaba un final oscuro en manos de sus captores.
Con la carne sometida bajo el yugo del metal, la fiel y carne era frotada contra el áspero y corrosivo óxido, provocando el continuo sonido del arrastre que daba tintineos melodiosos como una marcha fúnebre.
El pozo era el único testigo de lo que aguardaban en sí mismo para aquellos que cantaban victoria antes de asegurarse de que sus enemigos estuvieran reducidos a solo un rastro sanguinolento.
Capítulo X: Bestias de colección
El sonido era lo único que se escuchaba en el mundo, un mundo de sonidos inquietantes que asustaban a quienes no estaban listos para nacer aquí pero que permitían saber que seguían vivos, pero recordando también que vivir no era significado de bienestar.
Se escuchaban a bestiar bramir de furia envueltas en metal tintineante, collares improvisados de metal que se cerraba en carne dura que hacía fricción contra el óxido, el cual a su vez a una de estas atrocidades nacidas de la podredumbre del Tullugal, se estiraba para luego contraerse y retorcerse en un silencio colérico que solo las mentes destrozadas pueden hacer naturalmente. Este horror no gritaba, había sido el más hablador y el más chillón, no obstante no era la criatura a la que se le podía quitar los ojos de encima.
En el vacío de la oscuridad cada paso era eterno y cada intento un esfuerzo en vano por la vida fugaz.
El descenso era confuso e inevitable, algo que debía ser breve terminó siendo la sentencia a reencontrarse con el miedo a lo desconocido en aquellos que el horror se basaba.
—Llevamos mucho tiempo. Si, mucho. Es demasiado, pero no hemos dejado de bajar. ¿En qué nivel vamos?
Era una serie de preguntas y palabras que hacían las cabezas entre sí ante el extenso tiempo moviéndose en penumbra, esto provocaba un caos que tenía como compás el traqueteo y roce con el cemento.
—Gusano. ¿Aún sigues lúcido?
El escarabajo carroñero preguntó para saber si estaba solo o seguía con el cuero en tal desdichada situación.
—Aquí. Y no lo sé, no estoy seguro cuando fue que me vi y tampoco sé cuánto llevo repitiendo los pensamientos de culpa que me torturan continuamente por no lograr nada y por fallar al resto, que será del legado de mi abuelo con una basura como mi hermano a cargo.
Su voz moribunda habitual estaba impregnada en un dolor que no se puede tratar tan fácil, de su cabeza rota brotaban rasgos fugaces donde el remordimiento de haber confiado y en quien no, le habían llevado a un final tan deplorable como lo era ese.
—¿Tienes alguna solución a este predicamento?
Añadió como si supiera que no tendría una respuesta positiva.
—No, no por el momento. Si estuviera afuera como antes o en el cristalino mar profundo, los habría llevado con la pincoya.
Comentó el carroñero, miedo a los ojos de las máscaras de los moscos una sensación de desprecio y odio profundo, no obstante sabía que no habría una mirada amenazante nueva o tan solo una oportunidad de redimir con una pelea que le dejara con el orgullo intacto.
—Está todo enroscado en una espiral de agobio y desgaste que nosotros mismos provocamos pero que no somos capaces de controlarlo.
Este vaciló un momento con sus palabras.
—Te conté alguna vez de cómo me traicionó aquel que me crío y en un descuido fatal deje que me sentenciaron a pudrir mi existencia. Solo así fue que mi hermano más inútil se hizo cargo de la camarilla más importante de los Hernández, todo impulsado por gente deplorable que era de otras familias.
El respondió, entretanto se le podía escuchar como continuaba con el forcejeo de su cuerpo enjaulado en su mismo por el metal, si bien los moscos lo tenían paralizado, se habían dedicado a cubrirlo de polvos varios, uno era el óxido, otro cenizas pero la mezcla seguía extendiéndose como también cubría todo su cuerpo con total desprecio.
—Sabes creo que se escucha bien. Procura hacer algo, no sé a qué lugar nos llevarán, pero será peor que esa pelea tonta que perdimos.
Expresó el coloso sin importarle lo que se diluía de voz del gusano, ya que este trabajaba en conjunto con sus cabezas para calcular y saber a qué altura estaban llegando y con qué cosas se encontrarán.
Este dejó de escuchar lo que decía el cuero, que seguía hablando, ya sumergido en la desgracia de la mente fracturada, se le podía escuchar reír con su máscara burlesca que hacía comedia ante tal escena, en cambio sus palabras estaban sumergidas en tristeza y rebosantes de realismo.
Tras el siguiente piso, logró divisar algo que notaba de antes, era una brecha en el suelo, aquel desprendimiento que antes había usando para esconderse, extendió sus apéndices oscilantes secas, estás se desgarraba y cortaban con el esfuerzo que realizaban, llegando así a sujetarse con el borde y entorpeciendo la marcha.
Los moscos trataron de torcer su cuerpo para acomodar al gusano y llevarlo sin falta pero una posada falsa torció la suerte, empujando a uno de estos carceleros al siguiente piso lleno de bestias que Silas había tenido la desgracia de conocer.
Un gruñido dio respuesta contraria a lo esperado, el mosco tomó impulso para no caer y sostenerse con el tubo que empalaba a la criatura, momento exacto que está se desenvolvió haciendo fuerza en la misma dirección que sus captores, truco que sería inútil si no estuvieran en mal terreno y uno de estos no estuviera sujetado a nada, permitiendo usar de eje a los moscos y llevarse consigo a estos para que se conocieran con la cantidad inesperada de abominaciones inconscientes.
—Gusano, al fin muestras cordura.
Pronuncia el carroñero dando una sonrisa placentera porque el gusano le había otorgado una oportunidad de redimir el orgullo perdido ante su descuido, volcando la situación de la misma forma que estos hicieron.
—¡Están listos chicos! ¡Es hora de que les mandé a lo profundo del océano!
Rugió esté motivado, afirmando dos cadenas en cada mano y azotando a sus dueños entre sí. Pero estos se negaban a soltar mientras otros trataban de recuperar el control que habían perdido ante la desconcentración. Lo que no esperaban era que el gigante aprovechará el descuido de empujar y arrastrar a todos a la grieta con las bestias que rugían y bramaban con hambre primordial.
—Es inteligencia rata de muelle y esa no la tienes tú.
El descenso fue abrupto pero el caos y violencia que se desgarraba en la oscuridad era lo único que daba brillo al atroz piso de muerte y violencia que se llevó a cabo.
—Que recuerdos…
Mencionó el cuero, reviviendo algunos recuerdos de lo que alberga este piso.
—Ese olor… Oh, ya veo donde estamos…
Pronunció el gigante en respuesta antes de ser azotado por lo que pareció ser una inmensa serpiente.
Ante las antiguas enemistades que se enfrentan contra nuevos peligros, no había símbolo de unión o cooperación,tan solo una instancia antes que las bestias se aglomeraron ante los intrusos, estás sin demora chocaban entre sí, en lo que usaban sus garras y mordían por tener su oportunidad para consumir a lo que les atestiguan como un banquete luego de tanto tiempo sin comer.
La pelea de los moscos se volvió una cruel escena de cómo una marejada de miembros amorfos que solo buscaban violencia los sumergía en dolor y sufrimiento. Opuesto a lo pensado, los fenómenos estaban igual en desventaja, ya que amarrados con metal eran azotados por las huestes de entidades bizarras que habían vuelto a pensamientos animales.
La gran bestia humanoide de múltiples cabezas era sometida sin darle oportunidad de respiro. Todos los golpes venían en cualquier dirección, este no lograba detenerlas, no contraatacar de ninguna forma que no lo mostrará como un individuo torpe que en la desesperación propinaba golpes al azar, pero un instante hubo oportunidad de libertad.
Recibió un mordisco en su espalda mientras las ventosas de su atacante se aferran con una terrible absorción que despojó de piel su cuerpo. Este provocó el sonido del metal cediendo, haciendo que el gigante riera.
—Muy bien, chiste de Dandan. ¡Te enseñaré cómo debe morder un verdadero Dandan!
Con sus grandes brazos jalo, terminando el trabajo de las ventosas, para alejarse de las fauces hambrientas que fueron recibidas por un par de manos vengativas que no le dieron tiempo para cerrarse.
La bestia gimió de agonía cuando sus dientes fueron arrancados en el primer instante del forcejeó, varias criaturas continuaron rasguñando sin éxito solo para recibir a esta especie de cetáceos bípedo que volaba por los aires bajo el terrible agarre del carroñero.
—¡Los mataré a todos! ¡No quedará mi mierda de ustedes que puedan encontrar!
Dio un bufido atronador, solo por terminar de azotar al monstruo contra el suelo y arrancarle violentamente la mandíbula.
—Hace mucho que no tenía una pelea… si tan solo…
Este se sintió reprimido sabiendo que el condenado lugar le mantenía en ese estado, pero los pensamientos no le dicernian de su propósito esencial que era embestir, aplastar y atravesar a las bestias con el resto de mandíbula que se había estado desgarrando y fragmentando por el duro uso que le daba su nuevo portador.
—¡No pierdan el tiempo! ¡El DanDan no ha muerto!
Exclamó emocionada la cabeza agresiva, solo para apenas usar su garrote que le permitió recibir gran parte del impacto antes de romperse.
—Ese bastardo es resistente…
Esta y otra más escupieron sangre para emprender una carrera contra este, impactando con una serie de criaturas incluyendo a uno de los moscos.
Por su parte la bestia malherida emprendió una carga suicida con el fin de acabar a quien le había provocado tal herida fatal, este también arremetía y pisaba a todo lo que estuviera en su camino.
El impacto entre estos dos colosos fue abisal, cada uno buscaba dar muerte a su rival, pero el carroñero tenía ventaja ya que no estaba tan mal herido y este le aprovecho de regresar lo que le quitó al Dandan, hundiendo sus huesos profundo en su carne.
Sonó el grito de victoria que solo fue recibido por más bestias de aspecto retorcido que clamaban deseosos por carne y poder ejercer dominancia sobre el resto ante la muerte de una de las bestias más grandes.
El suelo se empezó a humedecer, primero fueron gotas que lo volvieron resbaloso luego se llenó de sangre y vísceras trituradas, sin darle descanso a cualquier criatura ni grande o pequeña.
—¡Quien sigue! ¡Quien sigue!
Se podía escuchar al gigante llamando a más rivales tras un rato de haber vencido a otro Dandan que a diferencia del otro estaba recubierto de escamas afiladas.
—¡Vamos! ¿Acaso no querían darme un bocado?
Aún se mantenía desafiante, tratando de ocultar la fatiga como un temblor en su brazo flagelado que había acabado con la fuerza de sus golpes.
—Aguarden, deben estar dándole espacio a alguien…
Expresó girándose para verificar todo lo que le rodeaba en lo que agudizan sus sentidos.
—...Oigan y si algo viene…
Ninguna quiso responder esa observación a la cabeza más sociable pero era algo en lo que concordaban. Todas sabían que lo que pasaba era algo que nunca habían conocido, era algo que no podía ser de las profundidades.
El conflicto parecía detenerse, el incluso las bestias se marchaban definitivamente, como también estás con todas sus fuerzas no lograban ver motivo alguno, incluso no se acercaban a los moscos quienes aguantaron pese a tamaño y número. No obstante habían sufrido varias muertes en incluso juraría ver más de sus desagradables rostros o máscaras fluorescentes. Era acaso una broma del destino o abrían el escenario para algo más.
—Algo no está bien…
Murmuró la cabeza central que miraba a su alrededores con más angustia que las otras, dándose cuenta que los moscos dejaban sus armas y tomaban a los caídos para desvanecerse en la oscuridad con cautela.
—Esos bastardos locos no huyen nunca… ¡Gusano! ¡Sal de donde estés y corre!
Gruñó el coloso maldiciendo la tonta idea de cuidar del gusano, debía de estar bien. Tan solo debería rebuscar en cualquier tripa de bestia muerta o alguna que esté vomitando ácido que le disuelve los intestinos.
—No está… Ese olor…
Pronunció la cabeza más seria.
—Huele a muerte…Me recuerda a las cucarachas pero por sobretodo a…
Dijo la cabeza central pendiente de cualquier figura con movimiento torpe pero mortífero que fuera hacia ellos, ya que solo podría ganar a esas basuras recubiertas de látex, si le acompañara algún gusano, este coloso sería presa fácil para ser acabada fácil y lo odiaba.
—No creen que…
Dijo otra cabeza dándose cuenta de lo que podría estar moviéndose desde el fondo de la oscuridad.
Chillidos demenciales que terminaban en un coro de voces jadeantes.
—...Parecen ser muchos…
Acompañado de traqueteo metálico frenético, cada golpe que se acercaba daba una chispa con rechinido de engranajes se mueve más allá de lo visible en la oscuridad.
—...Esos bastardos se fueron por qué no hay comida en el metal…
Pronunció notando brazos, piernas, eran extremidades de cada forma extraña y retorcida que buscaban acabar con algo.
Las figuras de fondo parecían estar luchando metal contra metal, luces rojas se movían rítmicamente que se asemejaba a múltiples pares de ojos que esquivaban algo invisible.
Repentinamente sonó un cañón frente suyo que produjo un dolor punzante que le empujó hacia atrás hasta el punto de impactar contra la muralla del piso y poder ver como un arpón atravesaba al gusano para enterrarse en este. La nula luz artificial que apenas alumbraba la abominable oscuridad del pozo permitió ver de lo que estaba compuesto su atacante.
—¡...Condenada amalgama de carne con remaches…!
Fue el estruendoso grito del gigante ensangrentado que caía libremente por el pozo, siendo tragado por el hambriento abismo que este poseía.
Capítulo XI: El pedido
—Hijo de Tiamat, aquel que resguardo los mares por última vez.
Pronunció una voz, estaba rebosante de solemnidad dentro del vacío donde la calma del océano bañaba con su gracia al igual que en los últimos tiempos.
—Has vivido mucho y perdido tanto…
Reflexiona entristecida la voz antes de seguir hablando, como si pensara lo que debía decir con cuidado
—Pequeño que se le quitó el nombre. Espero que te acuerdes aún de quienes te vieron crecer.
Le costaba abrir sus ojos, pero sabía que estaba de regreso a su antiguo hogar. El sonido del mar demostraba una calma que había olvidado, mientras el suave olor salado del mar danzaba en su olfato.
—Sabes que no soy de monólogos…
La voz dulce parecía divertirse con la falta de respuestas de su oyente.
—Se que eres tú, y todas las veces que has hablado nunca has tenido respuesta.
Respondió sintiendo su voz difusa y como una sola. Sus pensamientos eran muchos pero solo podía procesarlos una sola vez, teniendo que pensar más seguido sobre cada detalle que se le presentaba sin poder verlo con los ojos.
—Estoy muerto. ¿Cierto?
Expresó sabiendo que la pelea tuvo que haberlo llevado hasta su máximo, o tal vez murió desangrado o incluso aquella caída finalmente acabó con él.
—¿Tan difícil es pensar que he podido hablarte? Bueno, aquí uno de los dos ha muerto. Y ese no eres tú.
Comentó una risita suave, acariciando suavemente con su extremidad cubierta de quitina.
—Entonces… ¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué podemos hablar? ¡No comprendo nada!
Reflejo todas sus inseguridades y miedos por medio de preguntas que desgarraba su alma deshecha ante tanto pensamiento reunido en una sola forma.
—¡Es desagradable! ¿Si muero, voy a existir eternamente así?
Preguntó abrumado, aterrado por tal sensación incómoda.
—La muerte es transitoria… hablando de eso, creo que es un adiós.
Aquel que le hablaba dijo por última vez antes de que un terrible dolor que le dio espasmos en todo el cuerpo lo despertaron abruptamente, llevándolo a un lugar invadido por el peor hedor que puede uno llegar a contemplar en toda la existencia.
—¡Muere de una condenada vez!
Se sintió un grito desgarrador que parecía un último esfuerzo, todo sonido se sentía amortiguado como todo dentro de sus sentidos.
—¡Los rayos no le provocan nada!
Se escuchó una voz enfermiza que resonaba como si el que hablara estuviera enfermo.
—¡Da igual! ¡Pegale con el látigo!
El mundo caótico se cernía sobre si, sus sentidos se recuperaban lentamente para presenciar como objetos impacta con una figura de piernas mecánicas que estaba recubierta de putrefacción y óxido, el cual supuraba con cada movimiento en respuesta y cada objeto caía a un lateral del carroñero.
—¡El dormilón despertó! ¡Esta..!
Un grito agudo se produjo interrumpiendo las palabras mientras el icor pastoso caía sobre el coloso, el sonido de los dientes de las sierras mecánicas hacían su trabajo sobre la carne.
Cadáveres hinchados de todo tipo y edades desperdigados junto a pilas de desperdicios inundaban la visual de forma grosera.
El ambiente estaba envuelto en gritos coléricos que parecían estar animando un conflicto de proporciones destructivas, ya que tanto por lo que veía como escuchaba, le daban náuseas.
El fondo del pozo era un epicentro de bestias de antaño olvidadas, todo tipo de figuras grotescas que fueron algo mejor o la descomposición del ambiente los había atrofiado.
—No creo haber caído finalmente en Kur…
Murmuró para sí, pero agradeciendo de que su mente estuviera dividida. como una máquina lanzaba fuego.
Era una lucha encarnizada contra las abominaciones de metal de incontables extremidades metálicas y orgánicas, resguardadas por un blindaje pesado que se hundía en un pantano de basura.
—¡Cuidado!
Un grito que resultaba en un bramido gutural atravesó el aire para luego escucharse un estruendo mecánico que caía por su lateral. Se veía viejo y dañado pero espantosamente vivo para algo que unía la carne y metal de las formas más terribles que se podría imaginar.
—Finalmente murió ese bastardo. Juro por lo siete mares si vuelve a levantarse por quinceava vez voy a dejarlo sin más.
Expresó una voz familiar, una que en el fondo agradece escuchar y a la vez no.
—¡Gusano! ¡Explícame qué mierda es este lugar!
Protestó observando unas cuantas bestias que se destacaban por su origen marino como terrestre.
—Bueno, al menos no estamos en Kur… aunque comparado con el circo no hay mucha diferencia.
Expresó la cabeza apática, sin mostrar mayor respuesta ante lo que ocurría.
—Se dice gracias condenada masa de lagartijas del agua.
Gritó una voz masculina entre graznidos desgarradores que maldecían.
—¿Qué le pasa al desplumado?
Expresó el gigante confundido, viendo que algunos trataban de calmar los ánimos de su compañero.
—¿Qué te pasa sabandija monocular? ¿Se te metió una pluma azul en el ojo? Si quieres pelear me aseguraré de sacarte las últimas plumas con mis puños.
Amenazó la cabeza con su agresividad habitual recuperada.
—Verás… en el naufragio los espárragos enlatados son del desvío hasta la…
Dijo haciendo mímica indicando que habían caído desde lo más alto.
—Veo que pasó mucho tiempo… sabes que no escucharé todas tus incoherencias.¿Cierto?
Respondió con fastidio considerando la última vez que el gusano consumió las setas procesadas.
—Los que desfiguran los tuvo que colocar. El último cayó desde la guardería de arriba y ahora se enfrentan con los espárragos en la última lata de la tienda.
Expresó el gusano hablando incoherencias. Por lo cual uno de los grandes tentáculos de un extraño Serkib enorme con su característica figura alargada como la de una larva, dejó ver su rostro por completo que se ubicaba dentro de incontables pliegues dentados, parecía ser una criatura con una conciencia más diplomática que el resto, ya que apoyó suavemente su apéndice móvil sobre la cabeza de este para que le diera su momento para explicar todo lo que ocurría.
—Por donde empiezo…
Este dudó, llevando algo parecido a una extremidad al borde inferior de su extensa dentadura.
—Lo que quiere decir el pequeño es que los he estado observando con la máscara que les di.
La gran figura de mostró con su figura un poco más recta para poder demostrar respeto ante el visitante. Se detuvo un instante para observar al gigante y dio un suspiro sabiendo lo que significaba su expresión como la mirada que trataba de descifrar porque era distinto a los Serkib del mar.
—Si te preguntas soy un Kurgub, soy algo así como una variante más grande que habita en tierra que los Serkib que viven en lo profundo del mar… Bueno y si, también odiamos a las sirenas.
Esta hablo rápido para evitar dar siempre las mismas explicaciones sobre su especie.
—Ya veo… ¿Se conocían desde hace tiempo?
Con la pregunta lograba escuchar al pájaro humanoide despotricar sobre las reuniones sociales. Este con otros partieron para tratar de apoyar al resto de bestias.
—Bueno, el pequeño estuvo antes y estaba con el patético domador quien pensaba que luego de encerrar a los antiguos que eran sus mascotas, nosotros seguiríamos encogiendonos ante él.
Este hablaba con calma, tratando de decir algo de cómo se conocieron.
—Comprendo.
Dudo un instante por lo que no sabía de este complejo viviente.
—Creo que si entiendo. Pensé que las colecciones de bestias eran el cementerio de huesos y esos idiotas sin cabeza.
Dijo el coloso levantándose entre restos plásticos como de algún que otro metal cuadrado. La abominación crujió dando fuerza a sus fauces metálicas pero el cuero de esforzó en acabar con este hundiendo lo que parecía un respirador en el denso ruido que parecía proceder de agua contaminada.
—Bueno. El domador siempre ha sido así con sus juguetes, ya que como buena parte del Tullugal, éste desconfía del resto así que tenía una colección privada en este vertedero…
Su tono reflejaba notoria decepción al hablar del Tullugal.
—¿Ustedes desprecian al Tullugal? Antes habían grupos de arriba que intentaron organizarse pero fueron acabados, los últimos trataron de…
El carroñero se sintió curioso, estos en efecto estaban en una situación precaria pero solo estaban al fondo del basural. No obstante fue interrumpido por el Kurgub debido a su risa.
—¿Que te hace gracia?
Se vio notoriamente molesto por su actuar, pero aguardo antes de hacer algo violento hacia este que parecía estar de su lado.
—Disculpa, es raro encontrar buenos chistes. No nos interesa el Tullugal, menos a quienes usa. Nosotros nacimos aquí y vivimos aquí desde mucho antes. No somos prisioneros, podemos salir cuando deseamos, nos quedamos por capricho, ya que es mejor que estar afuera.
No comprendo su humor, pero lograba entender que lo que menos les importaba era el Tullugal, siendo totalmente despegados a los pensamientos que estos mismos puedan tener con respecto a la criatura.
—Asi que se nutren con la energía vital y …
Respondió dándose cuenta la diferencia que tenían estos consigo mismo.
—Exacto, mismo plano pero distinta coexistencia.
Completo Kurgub, dándole enfado al coloso quien antes de darle un golpe en el centro de sus fauces, algo llamo la atención al centro del caos.
Estos se voltearon ante el impacto de un inmenso Dandan se alzó arrojando a todos por los aires.
—Ese es un Dandan decente…
Murmuró el gigante aliviado por lo ocurrido.
—Si, avisaron que teníamos una situación extraña en la entrada. Así que mandaron a algunos chicos para enseñarle algo que solo se ve en las profundidades.
Respondió ignorando si este le hablaba o no, ya que debía aguardar que estos llegarán mucho antes que está criatura despertara.
La figura enorme del bípedo con tentáculos dejo caer su gran tamaño y peso sobre la montaña de residuos provocando el rechinar de metal a su vez de sonido jugoso de lo orgánico siendo triturado por el Dandan. Este no sintió nada ante el impacto por su gruesa y dura superficie reforzada que arrastro a lo profundo a quien tuviera en su camino.
Las bestias lograban salir a flote o no tenían problemas en moverse en las aguas negras que finalmente mostraban un término a tal conflicto que daba un grotesco coro de alaridos de furia bio mecánica que se rehusaba a terminar su función, pero sus extremidades metálicas y sus huesos expuestos solo chocaban violentamente con la basura que no aguantaba su peso, donde comenzaron a perder su combate de resistencia llevándose consigo a las últimas abominaciones que fueron auxiliadas por los monstruos que les encadenaban o colocaban obstáculos que terminaban siendo el sepulcro que necesitaban siendo arrastradas por cadenas y enormes objetos metálicos y de piedra tallada.
—¡Tengan cuidado! Las paletas de cangrejo dulce tienen nuez moscada a borbotones.
Desvarío el gusano siendo ignorado por todos que parecían disfrutar del metal desgarrando se consigo mismo por algo de aire, revelando un popurrí de carne rancia conectada a tubos que entran tragados por el agua turbulenta.
—Con un poco más de tiempo le puedo ganar a ese Dandan, ese si se ve como un buen rival.
Expresó la cabeza del medio, el cual ignoraba las miradas de las demás cabezas que desconfiaban en su ingenua vanidad.
Estas bestias anómalas mecanizadas con crueldad daban gritos de furia con todas sus fuerzas al resistir ahogándose por las aguas que les condenaban a un final a sus miserables existencias.
—¡Moluscos saltarines! ¡Entendí la inmortalidad del cangrejo!
Esbozo el gusano, el cual observaba mientras daba sutiles movimientos rítmicos.
—Si vas a meterte, más vale que digas incoherencias que sean ciertas.
Gruñó la cabeza central quien le observaba con disgusto, hasta que miro una silueta hinchada que observaba con júbilo. Un hombre o lo que aparentaba serlo tenía su rostro comprimido y alegre pero el resto de su cuerpo estaba compuesto por incontables de bultos grasientos que palpitan bajo su gruesa piel traslúcida.
—Eres el vendedor de dulces. Has aprendido a ocultar tu aroma.
El Kurgub al igual que otros se percataron de las palabras de la criatura y se prepararon para cualquier visita no deseada. Pero esto no sirvió de nada ya que nunca se presentó ante ellos.
—Lamento mi amarga aparición tan poco ortodoxa, veo que este es uno de los rincones no secretos de uno de los demás…
Se manifestó calmadamente con su voz dulce y melodiosa. Su boca permitía ver sus encías púrpuras que contenían dientes negros y blandos que chocaban y bailaban en su lugar.
—Claro. ¿A que has venido…?
Preguntó con inseguridad el carroñero ya que no lograba percibir no siquiera el hedor dulce que emanaba de esta grosera oda a la glotonería.
—Se que puedo resultar empalagoso en este momento, no hemos compartido nuestro dulzor en los dulces pero según recuerdo, no eres de chocolatinas.
Hablo tratando de sonar amistoso, lo cual resultaba más difícil de aguantar que cualquier ridículo actuar que tuviera el Tullugal. Por otro lado las cabezas compartían un pensamiento en conjunto que les incomodaba, ya que está figura grasienta hablaba tantas incoherencias como el gusano.
—Tu eres más de disfrutar de los rompe muelas y los dulces acidos. Eso es todo lo que he conocido desde mi función en el lado del circo, donde endulzo al público pero…
Este decía tímidamente con su voz pomposa.
—He venido a pedir un favor. Creo que te interesará el Caramelito que te estoy ofreciendo. No obstante lo quiero solo a él.
Hablo lanzando las palabras con un ritmo acelerado que parecía más para una melodía.
—¿Que es lo que ocurre? ¿Sigue aquí?
La criatura con forma de larva hinchada se veía preocupada, más que nada por el hecho de ser incapaz de percibir la presencia de esta cosa de ninguna forma.
—Tu caramelo me sabe a agua de sentina, gordo. Me dejas el paladar pegajoso con tanta palabra fina, pero aquí abajo el azúcar se pudre rápido. ¿Qué es lo que quieres de este cuero?
Las bestias se percataron de algo lejano pero una sensación de incomodidad era evidente luego de lo que había dicho el gusano.
—Sera mejor que se recuperen en otro lado. Nosotros haremos lo mismo.
El carroñero ignoro las palabras Kurgub comprendió la situación desventajoza. Ya que según lo que comprendía del Tullugal, había algunos de estos que no lograva moverse o presentarse y solo reflejará una ilusión para este, por lo que comenzó a alejarse junto al resto de bestias.
No obstante este parecía querer desquitarse lo antes posible con quién lo insulto.
Capítulo XII: Mensajero perdido
Sus pasos eran lo único que se sentía en la densa oscuridad que se tragaba todo con terrible tension. No obstante aquello que torturaba con su presencia era ell silencio como una presión que les comprimia sin dejarles gritar, estos avanzaron en la oscuridad que le había dado el domador como muestra de clemencia de su parte, pero fue por el descontrol del vendedor de dulces luego de lo terrible que había ocurrido que había alterado gran parte del Tullugal.
—¡No me interesa los dulces que venda ese rato con forma de fiambre pasado. Es lo menos dulce y dietético que veré!
Sus palabras revelaban el sentimiento ofuscado que tenía ante ese engendro raro. Sin importarle que los muros tuvieran carne, huesos y oídos, deseaba ser escuchado.
—No podrías tan siquiera…
El coloso estaba sin palabras ante el desayuno del gusano que no se había cansado de meterse en problemas, únicamente había visto a un miembro del circo así de enojado cuando otro hacía algo malo a este que tuviera algún significado profundo entre ellos.
—Entonces… ¿Quieres decir que me molestaron solo para buscarles?
Comentó el domador quien avanzaba sin moverse sobre sus cabezas como la brisa enfermiza que era este.
—¡Claro, pero que pez espada! Yo pensaba como percebes se enojaría así cuando le dije gordo.
El color del domador cambio en tantos colores distintos que provocó dolor en la vista, algo que no debía ser posible, pero fueron testigos, como de la rabieta silenciosa que este hizo en el aire.
—Un momento… ¿Todo esto fue porque le dijiste a la manteca que estaba gordo?
Preguntó una vez que su ánimo se regulaba ante tanta tensión vivida en un instante.
—¿No te dijo?… pero que ustedes saben casi todo de los otros. Es como si una cabeza supiera que… espera es como el secreto que me ocultaron del gusano malnacidos
El coloso estaba sorprendido de la falta de comunicación entre el propio Tullugal, este pensaba que era algo que lo hacían más para molestar al resto.
—Más respetos cara de bacalao, yo nací bien. El que me golpearan de más es otra cosa.
Respondió sin titubear el pequeño gusano, señalando al gigante que parecía tener ganas de meterle un golpe. No obstante estaba curando se lentamente.
—Eso explicaría mucho. Pero asumo que en tu familia se golpeaban mucho.
Comentó el domador pensando en lo efectiva que podría ser esa forma de crianza.
—Claro, bueno eso es problema de los mamíferos. Yo nací de un huevo.
Dijo el gigante sin importancia, algo normal de su propia biología. El domador parecía asentir por la información ya conocida pero el gusano solo dio sus risas lunáticas.
—Eso explica mucho.
Murmuró este tratando de ser oído por el gigante, quien no sabía a lo que se refería.
—¿Que cosa?
Decidió preguntar para dar fin a su duda y a lo que comprendía el odioso gusano.
—De porque saliste con huevos.
Apenas logró decir antes de estallar en risa desquiciada que hacía eco en lo profundo de la soledad de la oscuridad que les rodeaba. Aunque la oscuridad no estaba sola, estaba llena del Tullugal.
—¿A que se refieren con huevos? ¿Es alguna broma? ¿O un insulto?
Preguntó el domador observando la escena del gusano que seguía riendo pese a que el carroñero golpeaba a este en una serie de golpes que le hacían abrir sus heridas como un recuerdo vivido en su carne ancestral que pese a su fuerza, el combate le había agotado.
—Oh, bueno tú eres lo que seas. Pues si, los machos tienen testículos y bueno, estos se les dice pelotas, huevos entre otras cosas…
El gusano tras dejar de ser golpeado por lo que parecía ser una golpiza eterna, se sacó el polvo y dijo tratando de explicarle al domador.
—Pero tu no tienes pelotas. Eres un cuero.
Las palabras del domador recubiertas de sinceridad, inocencia fue un golpe que eclipsó el humor del gusano quien se observó un segundo, en lo que el escarabajo carroñero tenía un ataque de risas.
—¿Ahora quien se burla? ¿Dónde tienes tu bolsita con tus canicas?
Este apenas logró preguntar entre jadeos que le hacían tener su piel de un tono violeta.
—Que vergüenza, hasta la máscara se ríe… sabes que no me ayudas. Espera. ahora que lo pienso. ¿se ríe la máscara o se ríe el Kurgub?
Este se sentía humillado sin poder responder, pero le inquieto la verdad de la máscara, está le quitaba privacidad, está reía cuando quería y no la podía sacar de su rostro.
—Debe ser la máscara. No suelen entrelazar los objetos malditos consigo mismos. Eso los diferencia del resto.
Comentó pensando detenidamente cerca de la máscara, tratando de evaluar la gracia del trabajo del gran ser que forjó para traer desgracia a las vidas de quién estuviera cerca de tal constructo.
—¿Quien puede traerme un Jinx?
Añadió el domador pidiendo a esta criatura de la cual ninguno de los dos fenómenos conocía pero este lo comento sin titubeó, como si estuvieran concientes de lo que pasaba por su cabeza.
—Porque tardaban tanto. Debías estar aquí antes, con lo que te tardaste me he puesto amargo.
Se escuchó un gruñido pomposo que resultó incómodo para los tres que hablaban cómodamente en la oscuridad.
—Pudrete manzana caramelizada con gusanos.
Dijo disgustado el domador sintiéndose usado y menospreciado por esta figura frágil que se consideraba como una pieza de su propio ser.
—¿Como te atreves a tratarme de esa forma tan salada?
La voz sonó demasiado aguda, resopló exaltado por tal ofensa a su ser.
—Luego de lo que he vivido , esto es lo mínimo que podrías hacer por mi.
Añadió como si exigiera una compensación con su voz llena de popurrí.
—¿Acaso el gordo tiene los oídos llenos de fruta confitada?
La expresión del domador era de vanidad, este dijo la misma palabra que había usado el gusano contra esta criatura de grasa y terrible hedor dulce mientras su piel desbordaba en un denso aceite grasos y dulce.
—No trates así a una dama. ¡Vil lunático taxodormista necrotico ser hedonista y volátil!
Este explotó mostrando denuevo la asquerosa imagen que habían sido testigo los dos en los pisos inferiores.
Su figura palpitaba con sus bultos carnosos que se amontonaban como si un globo creciera mientras pus dulcemente podrido. Sus ojos se hundieron y comprimieron volviéndose en esferas de vino.
—¿Esto es normal?
Preguntó el gusano al carroñero, tras volver a lo que se preparaba esto.
—Algo así, hace mucho que el hombre de los dulces no discute con el domador…
Mencionó en voz baja con total incomodidad, esperando que ocurra lo inevitable.
—Bueno, vendedor. Ya no le gusta que le digan así…
Recordó al tratarse de este que había triplicado su tamaño y ahora la grasa se desbordaba de la ropa que seguía sin sufrir grandes cambios.
—Bueno, comprendo… cuando estaba con Pablo y Maximiliano estos se toparon con ese tipo de chicas…
Silas interrumpió con gesto de compasión, actuando como si la situación se tratara del conflicto de dos niños que se veían horribles y lo que les rodeaba se podía ver retorciéndose.
El gusano dudo sobre lo que había ocurrido en la taberna del trípode cuando aquel joven sin escrúpulos se había lanzado al deseo asumiendo una vida sin consecuencias.
No obstante no recordaba si había sido el Maximiliano que cojeaba o el que vivía en el cerro serpenteante y que se le quebraba la mano cuando bebía.
—¿Que?
La reacción del carroñero con su simple pregunta trajo de regreso al gusano que vio que esos dos seguían discutiendo acaloradamente. La propia oscuridad se veía como una serie de sombras apelmazado que se agitaban por cada palabra que explotaba por la onda en la imagen de este lugar.
—Nada, cosas que uno hace cuando cumple una cierta edad.
Respondió como si fuera un hombre de vida longeva que iluminaba a las jóvenes mentes inexpertas.
—¿Qué edad tienes?
Preguntó el carroñero, más que nada esperando a que esos dos se calmara luego de discutir.
—Pues… me arrojaron a los tiburones cuando tenía quince… no tengo idea cuánto tiempo paso.
Murmuró tranquilamente sacando mal las cuentas y rindiéndose luego de un buen rato.
—¿Quince años es mucho?
Se vio confundido, ya que eso no era nada, ni un segundo en comparación con lo que había vivido este.
—Algo así, en cuanto caminas ya sirves de algo o te mueres.
Mencionó con total normalidad, ya que si eras capaz de llevar algo, estabas listo para las fabricas o caver en un sitio estrecho te permitirá ser parte de quienes se adentraban en los mejores lugares de la mina.
—Pues es algo normal que uno sea adulto a esa edad. La mayoría toma una celebración por la mayoría de edad a los trece. Te mueres a los treinta… bueno es difícil que llegues a una edad mayor.
Trato explicar en grandes rasgos lo que había escuchado que hacían algunas familias. Aunque sobretodo se hacía para vender aquello que se tenía una sola vez y que según la tradición se dañaba y no valía nada.
—Curioso. Viven poco. Los míos son incubados por cien años en volcanes activos bajo el mar.
Fascinado por la reducida longevidad y llenaba de curiosidad su falta de comprensión verdadera sobre la propia vida que desperdician siendo tan humanos.
—¿Tus huevos?
La estupidez del gusano fue respondida con un simple golpe que le dejó claro que debía callar.
—No, me refiero a mis congéneres. Colocan huevos que son incubados por cien años.
Le hacía dudar sobre la seriedad del asunto, pero la curiosidad era más intensa sobre si estás criaturas de vidas reducidas habían hecho algo con sus diminutas existencias o la habían derrochado sin tener en consideración nada.
—Ya me decía porque la cabeza del medio te salió así. De seguro pasaba una corriente fría.
La nueva burla del gusano fue directa y sorpresiva que causó gracia a algunas cabezas menos a la cabeza del centro.
—Hey. ¿Qué era lo que necesitabas del gusano?
Esta cabeza central habló fuerte para que el domador y el vendedor se voltearan tan solo un segundo, pero la respuesta de estos fue incómoda. Ambos estaban rojos con sus figuras crispadas, como una bestia que aguardaba el conflicto con su rival, por así decirlo sudados y con expresiones que retorcían sus monstruosas formas a algo repugnante.
—... Ve y tráeme esto desde la superficie.
Expresó sin más el vendedor de dulces, retomando su discusión desde el principio.
— ¿Que es eso? Oro…
Sin dudar lo trato de morder pero nada le permitió comprobar el metal, ya que no tenía boca que pudiera morder. Solo el orificio de la máscara le hacía pensar que tenía una. Al observar la placa, está era un rectángulo rudimentario que tenía grabado algunos símbolos extraños. O tal vez letras normales pero al no saber leer, le resultaba imposible.
—Ahi está escrito lo que necesito, no falles.
El gusano asintió, ante la orden del hombre de los dulces. Cuando los pequeños ojos rojizos volvieron a ver al domador, el gusano le hizo un gesto de duda al carroñero quien le devolvió el gesto de no entender la situación.
—¿Por casualidad sabes al lugar que debo ir?
Mencionó el gusano con algo de duda. Pero solo recibió una cacofonia de voces que le respondían furiosas provenientes del hombre hinchado.
—Asumo que quieres que camine por ahí.
Este respondio a la criatura que no daba tregua a sus fauces que rechinaban sus dientes negros insultando y refutando lo que decía el domador.
—Asi que… bueno. ¿Domador, tu quieres algo?
Este dudó por un instante pero decidió hacer una prueba con estas bestias testarudos que estaban envueltas en una discusión que parecía volverse más longeva con cada instante.
—Averigua sobre las criaturas que imitan.
Este solo dijo sin quitar la vista del hombre de los dulces.
—Te buscaré el mejor loro.
En respuesta a la solicitud, prefirió decirle cualquier cabeza de pescado.
—Si, haganlo.
Respondió el domador lo que confundió a los dos, ya que no pensaba que le respondiera, aunque el gusano sentía que tal extraña situación reflejaba una situación más habitual para el de lo esperado.
—Nos retiramos… antes pasamos por unas cosas. Y … Por un percebe, esto es como cuando mi abuelo Solomon se peleaban con algún otro patriarca… Es tu turno, pide algo rápido.
Este ya había hecho su parte y quiso poner a prueba su experimento social con estas criaturas que se comportaban iguales que el anciano patriarca de las camarillas.
—¿Que?
El carroñero no entendió lo que decía el gusano que parecía insistir en meterse entre la tormenta de palabras que se arrojaba cada uno.
—Rapido, lo que sea.
Susurro lo más fuerte posible con la intención de que el carroñero pidiera algo antes que se dieran cuenta.
—Denme libertad por sobre lo acordado.
Resultó ser una petición extraña pero que calzaba previamente en lo que deseaba el carroñero para no depender de esta criatura.
—Ya callense y aprende en cumplir los encargos. Luego que lo traigas te lo daré.
Dijo el domador quien parecía estar echando un par de insectos molestos de su campo visual.
—Claro, a ellos les das cosas ridículas pero cuando te pedí que robaran tus mascotas un grognard…
Resopló el hombre de los dulces como si comenzará una rabieta, dejándose caer y rebotar al impactar contra el suelo.
—¡Jamás! Jamás te daré un grognard. ¡Ni siquiera sabes lo que es esa basura!
Respondió con dureza ante lo que el vendedor trataba de ponerle de frente a un tema que pensaba ya terminado hace tanto.
—Animo, cumplan lo que dicen. Al igual que sus … ¡Grognard!
Dijo el gusano sujetando la mano del coloso que veía que el comentario parecía haber insentivado el conflicto a mayor escala, donde cada quien pensaba que su idea sobre aquello por lo que peleaban era lo correcto.
—¿Que rayos fue eso?
Trato de conseguir respuestas dando una señal hacia atrás.
—Uno al ser cercano a un patriarca viejo, temperamental, y vengativo aprende muchas cosas. Ahora hay posibilidad que cumplan luego.
Cansado dijo el gusano como si fuera algo habitual y por sobretodo infalible.
—No se enojaran? Dijiste que era vengativo. ¿Es por eso que estás aquí?
Preguntando ya que sabía que se darían cuenta por lo que era más lógico. Tratando de darle sentido a lo dicho por el gusano, percatándose de la incongruencia del significado.
—No, se me escapó una pelirroja.
Aclaró tajante, como si deseara dar por terminada la situación.
—Oh. Entiendo. Aguarda. ¿Entonces que es una pelirroja? ¿Se te escapó una presa?
Sus cabezas asintieron pero terminaron con aún más preguntas que antes, ya que no le veían sentido a lo que podría ser una pelirroja.
— Entiendo tu confusión y no la comparto. Que el caleuche te lleve.
Murmuró ignorando a este.
—¡Sabandija que hablas incoherencias!
Ladrón con firmeza, dando un golpe que hundió su cabeza. Esta al igual que todas las veces volvió a su lugar.
—Veamos como quedó el jardín y luego nos aseguramos de cómo podemos ponernos al día del otro.
Decidió ir por la vía pacífica, realizando un gesto sobre actuando como si guiñar con la máscara y sin un rostro.
—¡No coqueteos entre ustedes!
Gruñó el carroñero dándose cuenta de cómo esté de burlaba en su cara. El gusano levantó sus manos y negó todo en silencio.
—Se lo que hiciste, no hagas el gesto de no saber, hiciste un gesto exagerado como si dieras un guiño.
Señaló a este preparándose para dar una carga que detendría al payaso del gusano con sus bromas silenciosas que le enfurecía aún más que su gangrenosa voz para pedir.
—Oye, una vez que encontremos el jardín debemos planear como moverlo lejos del lugar donde los moscos lo encontraron…
Señaló el coloso para tratar el tema de estos vecinos conflictivos.
—Tal vez. Luego lo regresaría al mismo lugar.
Respondió el gusano con una postura relajada.
—Si, podría servir.
Murmuró la cabeza que se destacaba por ser sería.
—Tu crees, en la oscuridad nos tardaremos antes de…
Sin previo aviso el coloso choco con algo inamovible, era frío, áspero. Algo que resultaba familiar en incómodo.
—Que poco cuidadoso. Alégrate que tú cabezota de pez luna no sirva de ariete.
El gusano dijo, deslizando su mano sobre la áspera muralla.
—¿Tuviste miedo de una pared? Pobre de la muralla, nunca se había topado con algo tan duro y hueco como tú cabeza…
Este no termino su actuación que trataba de consolar a la muralla cuando el carroñero le dio una contundente patada que le quitó su forma y lo plasmó a lo largo de la superficie.
—Creo que ahora sí el muro sintió dolor por algo tan desagradable como tú.
Gruñó la bestia limpiándose con determinación para continuar su camino por el borde del piso.
Este trataba de mostrarse relajado, pero algo no le cuadro en este monstruoso laberinto, debido a que resultó muy incómodo orientarse. Usualmente al tocar la pared podía sentir el tacto con esta que parecía señalar el camino, por otro lado en la oscuridad, donde independiente de cuánto corrieran debías de encontrar las escaleras, pero en su caso no. Asumiendo que fue obra del domador, pero eso no explicaba la distancia que resultó demasiado corta hasta su destino. Debía haber pasado tiempo caminando hasta encontrar el piso donde estaba la muralla.
Un escalofrío se extendió por su cuerpo al pensar que el Tullugal había planeado este conflicto, dejándolo en el mismo piso en el que estaba el jardin, aunque dudaba de porque lo había hecho.
Capítulo XIII: Los hongos.
Los pasos eran eco abisal en la ruta oscura junto a la muralla que recorría de forma abrupta y áspera el contorno. Algo muy distinto a lo que era antes.
—Te digo que no es el camino. Es raro, es como si algo en este hubiera cambiado.
Dijo este distante a lo que hacía el gusano, ya que se esforzaba en asimilar la diferencia entre los lugares, ya que entre los pisos, todos llegaban al mismo lugar en la muralla, a no ser que nunca fueran la mismas murallas idénticas.
—Esto es un rompecabezas. Que pasa si nunca se llegó a la misma muralla, sino que caigamos en una muralla idéntica en cada momento… Esto habría sido interesante para los demás.
Hablaba el carroñero ensimismado por la situación en la que estaban.
—Creo que encontramos otra muralla… si, es otra pero esta es sin dudas distinta, la superficie está notoriamente meteorizada.
Busco explicarle al gusano quien se acercó extrañado.
—Eso lo he escuchado cuando advierten de las tormentas para la llegada de los terrores marinos.
Silas recordó lo que solían decir los capataces de la bodegas cuando alguien salía corriendo de la habitación del teletrofono.
—No exactamente. Me refiero a la degradación de la piedra.
Trato de corregir el gigante, asimiento que está pequeña sabandija estúpida no sabía ni siquiera que es una roca aunque lo aplastarla de nuevo con una.
—Oh, como los riscos o piedras marinas.
Comentó el gusano ignorando la mirada de desprecio que mostraban a este, no obstante su respuesta fue recibida con un cambio en la expresión facial del escarabajo.
—Menos mal que tienes cabeza para algo. Aunque no me ayudas con el descubrimiento de una muralla.
Respondió insultando la utilidad del gusano, percatándose que a me duda que pasaba el tiempo. Los efectos de las setas no daban efectos seguros, debido a que la actitud de este se iba deteriorando a medida que pasaba el tiempo.
—He chocado con incontables murallas. Así que… ¿Ahora somos los aventureros de este hoyo? Que curioso.
Las palabras del gusanos le daban a entender que sus pensamientos no estaban equivocados y que esté le empezaría a dejar de ser útil.
—¿A qué te refieres? Creo que seríamos algo así como descubridores.
Trato de seguirle el juego, respondiendo su pregunta que le parecía errónea.
—Dos hombres. Un agujero enorme. Me imagino las imágenes del zoopraxis que harían antes de las noticias.
No entendió la risa de este, ya que en efecto era algo evidente. Pero la palabra le daba curiosidad, parecía algo sacado de la superficie de los inadaptados terrestres.
—¿Qué es eso? ¿Es una máquina? ¿Hace imágenes?
Preguntó con el fin de poder recibir una respuesta que le diera satisfacción de sacarle la duda.
—No exactamente. De alguna forma reproducen momentos de la vida por medio de zoopraxiscope, pero todos le dicen zoopraxis. Hace ilusiones reales.
Este movió las manos falsas, intenta recrear lo que era realmente aquella máquina. El aparato solía encontrarse en un gran salón acondicionado para la visita del público de baja clase y más despojos. De esta forma, el alcalde o algún secretario de secretarios no debía acercarse a tales viles engendros fétidos.
—¿No podrían también hacer ilusiones reales que son falsas?
La pregunta del coloso era algo que hacía pensar, pero el gusano se encogió de hombros, ya que al igual que muchos la política era política y no tenía ninguna función útil para el resto del pueblo que debía trabajar para subsistir.
—No lo sé. Solo lo vi una vez cuando…
Sus palabras sin preocupación se detuvieron al recordar lo ocurrido aquella vez cuando huía de los oficiales.
—¿Cuándo?
La preguntó lo espabilo solo dejándole el recuerdo de aquella bella joven escondida entre el público andrajoso. Lograba sentir su cabello y labios como la primera vez que sintió el sabor del caramelo, no obstante había algo en su mente que le hacía borrar la ilusión. Solo la silueta de una mujer pero era un recuerdo apasionado con matices grotescos que sobresalen de la ilusión que emitía su silueta por sobre los pensamientos de lo que alguna vez sintió que era su verdadero amor.
—Romances de la juventud. Es algo que no…
Esos pensamientos extraños lo ayudaron a espabilar por lo que lanzó una respuesta que no respondiera al grandullón. Si embargo su respuesta sarcástica no concluyó, ya que este dio un golpe preciso que aplastó su cabeza enmascarada dentro de su cuerpo membranoso.
—Deja de golpearme, juro que en una de esas no volveré a ver tu cara de bacalao.
Protestó disgustado con su compañero de muy mal genio.
—No seas idiota maldita sabandija. Te aguanto solo para luego volver a lo mío. Además no hay nadie que cuide de los nuevos.
Sin titubear respondió con su dedo y mostrando una expresión inquisitiva.
—Están las arañas, mantis y langostas. Con estos cuidadores, no podría pasar nada peor.
Este vaciló ante la verdad por lo que prefirió con la verdadera cruel verdad.
—Bueno. Cierto…
El coloso no supo qué decir, ya que esto era verdad, ya que estos son los más sociables o que son capaces de notar a las pequeñas criaturas que son los humanos que son traídos.
El gigante desapareció en un instante entre las piedras.
—¡Oye!
Expresó con la mitad de su cuerpo hundido en la piedra
—¿Cómo es que…? Creo que engordaste, solo te apoyaste en la pared y le hiciste un agujero.
El gusano tomó una postura teatral que manifestaba confusión, tratando de entender lo ocurrido.
—Yo te enseñaré lo que es engrosar, vil renacuajo insufrible. ¡Solo sácame de aquí!
Los gritos del carroñero eran difícilmente audibles desde el otro lado, estos eran sofocados por su propio cuerpo y las murallas de piedra.
—¿Ves algo? Trata de empujar.
Expresó el gusano quien probabajalar una pierna, solo para terminar cayendo de trasero. Este pensó otras formas, aunque al intentar jalar, no conseguía gran resultado. Incluso al ponerse entre las dos piernas del carroñero, recibió un apretón que lo habría aplastado sin dudar.
—¿Ver algo? Creo que veo algo.
Preguntó este aproblemado por la situación, ya que tenía un brazo dentro y el otro fuera, atascados en un lugar en donde no podía usar un punto de apoyo para salir.
—Claro, es como lo que yo veo mientras te empujo. Puedo ver desde aquí unas semanas de cardio y menos fuerza.
Protestó este dando fuertes jalones desde la base de la piedra.
—No… Cállate. Me refiero a… que, estoy viendo algo. Esta grieta tiene algo más.
El gigante se desconcentró pero recuperó la compostura dándose cuenta de que la figura de la grieta lograba emanar algo distinto al pozo.
A su vez se podía sentir un olor húmedo no tan viciado como lo era cada putrefacto piso de concreto sucio.
—Claro que va a tener algo si te entra esa cabezota de bacalao…
Gruñó esté, sintiendo por fin que tanto esfuerzo estaba dando sus frutos. El sonido fue suave al salir pero al caer fue un golpe seco acompañado con los quejidos del gusano que estaba bajo el peso del gigante.
—Te lo digo, echa un vistazo.
Dijo enojado, dando un rodillazo al suelo donde estaba la figura aplastada del gusano quien a medida tenía espacio, lograba enroscar parte de su cuerpo para tener una figura algo normal.
—¿Estás bien? Tienes una marca.
Menciono este apuntando al brazo del carroñero, quien al mirar se percató de que tenía algo similar a pintura, no obstante el olor de este era familiar a tierra húmeda, sin embargo el color era distinto entre rojo y amarillo.
—Oye, creo que hay más…
Mencionó el gusano acercándose al interior de la grieta que se sentía como una herida en el vacío del piso.
—Hay cosas que se me hacen familiares. Eso parece un barco. Oh, alguien pasó una tubería por aquí. Eso parece un perro. O algo… la cabeza se ve rara.
Murmuraba el gusano mientras avanzaba observando cada detalle, aunque este al pisar ignoró los crujidos de restos de piedra, metal y huesos que se extendía por esta ruta retorcida.
—Es cierto, hay marcas en las paredes como si alguien dibujara algo… ¿Algo abstracto? Muchas de estas figuras son simples y desconocidas.
Murmuró el coloso tratando de acercarse y no quedar en la situación vergonzosa de antes.
—Algun idiota rompió estas historias para cruzar este metal.
Dijo, revisando la estructura de las escrituras, reconociendo aspectos de cosas familiares o criaturas extrañas. Había algunas cosas como los moscos marcados de por medio junto a las setas.
—Un poco, pero… oye..
El gusano señaló un poco más allá, dejando al carroñero en un punto fijo, sabiendo que no podía avanzar más con el problema de atascarse en el proceso. Había un trozo de metal viejo, más antiguo que cualquier cosa clavado al fondo de la piedra como si fuera un golpe que empalaba la carne con el fin de quedar clavado.
—Enano. ¿En que está incrustado esa cosa? ¿Logras ver algo en ese metal viejo?
No espero respuesta, ya que las marcas que daban sentido a lo que parecían ser setas lumínicas estaba señalado, no por los moscos, sino unas figuras que se mostraban como gigantes azules.
—Esos no son Nefilim o algún elemental… está cosa es vieja…
Este sospecho de todo lo que le rodeaba, hasta que la ausencia de sonidos molestos le aclaró la mente de lo que pasaba.
—No te calles. ¿Qué es lo que ves? No alcanzó hasta allá.
Dijo el carroñero, tratando de ver las imágenes que mostraban algo parecido a rostros de varias expresiones. El aspecto era familiar pero algo que no conocía.
— ¿Viste los dibujos? Eso es un bosque con cielo rojo. La verdad no sé porqué tiene tantos rostros. Es como si gritaran. ¿Será un lugar peligroso?
El gigante habló hasta que se dio cuenta el silencio confirmaba que había estado hablando consigo mismo, lo cual le hizo maldecir y pasando por varias emociones.
—Asqueroso gusano. ¿Qué pasa?
Gruñó ante la estupidez de este que siguió en silencio.
—¿Para dónde te fuiste? ¡Hey! ¿Hay algo más allá?
la inquietud le recorrió una vez el cuerpo como un frío inesperado que le llenaba de malos augurios. Pero este ya no podía hacer nada, solo regresar y encontrar un lugar que se le haga familiar para volver un futuro.
—¡Si escuchas, volveré al circo. Si no apareces vendré luego con alguien tan chico como tú…
En eso se dio cuenta de algo que pasó por alto.
—Condenados gusanos perezosos. Uno loco y el resto que no está cuando se le necesita. ¿Dónde rayos están escondidas esas sabandijas inútiles?
Rugió furioso por aquellos que pensaban burlar su autoridad al momento de concentrar la organización que tanto les costó organizar en situaciones tan precarias.
—Pero ya nos habíamos acordado de los gusanos… ¿Cierto?
Comentó una de las cabezas que dudo de lo que estaban hablando.
—¿Es así? Si, creo que tiene razón…
Murmuró la cabeza con expresión seria, tratando de comprender por qué se había olvidado de eso.
—Me da igual. Salimos de una pelea y volveremos a patear a algunos gusanos.
Gruñó la cabeza con aires vengativos, esto no inspira nada bueno a las demás con respecto al comportamiento impulsivo de esta.
Capítulo XIV: Las cloacas y rateros.
Las profundidades de la grieta de habían vuelto en una caverna llena de símbolos, los restos de incontables huesos ya no eran un detalle que ignorar, eran un terrible hecho que constituía gran parte de la cueva.
—Estos parecen … moscos pero tienen buenas cosas.
Murmuró el gusano, notando la armadura que portaba, algo que no era usual del pozo.
—Estos tuvieron que haber sido moscos que trajeron desde hace mucho… creo.
La cueva de mantenía húmeda, un olor terroso que inundaba el lugar, pero el silencio que está compartía era extrañamente normal, apenas audible se sentía agua correr, a la distancia pero era un sonido fijo en el ambiente el cual tenía ocasionalmente sonidos que daban una especie de vida.
—¿Pero qué…?
Le fue inevitable no decir palabras ante el descubrimiento. Más lejos habían cuerpos secos que eran claramente humanos, estos vestidos con ropas familiares pero distintas.
—Ustedes son mineros… pero están muy lejos… en cuanto a ustedes. ¿De donde salieron?
Se acercó a estos huesos cubiertos por viejas ropas que daban la sensación a una era mucho más antigua a la de los mineros, o tal vez de la misma era, solo que de algún propósito. Estos estaban cubiertos por una especie de plástico con un tenue color verde desgastado.
—Son extraños… plástico, caucho. Me parece lo mismo pero ustedes no están disueltos y tienen la cara visible. Que raro.
Este inspeccionó los cuerpos, encontrando objetos de los mineros y algunas otras cosas extrañas de aquellas figuras. Algunas varillas y cajas que eran de plástico tenían cartuchos plásticos, todo plástico a su alrededor a excepción de unos instrumentos y notas. Nada de valor, esto lo enojo, por lo cual se desquitó pateando un cráneo que se estrelló contra una lata oxidada que habían atornillado a la pared.
—Para eso hubiera sido mejor, haber rebuscado en los barrios bajos.
Camino más allá de las figuras, encontrando huesos todos humanos a diferencia de la entrada de la cueva, estos tenía prendas y bolsos. Pero todos estaban llenos de tela vieja que se rasgaba con solo tocarla.
—¿Acaso no hay ningún bastardo con algo de valor?
Este estaba molesto, conocía claramente estás situaciones. No obstante le parecía decepcionante que individuos de antaño no trajeran cosas de valor al huir, a excepción del cementerio por el que caminaba había algunas vasijas como las de los alfareros y escrituras tanto antiguas como una con pinturas y grabados distintos entre bifurcaciones que tiene la cueva, el polvo estaba estático, habían cajas de madera, la curiosidad le daba empujones para revisar que había en estos, por lo que se acercó y dejó caer algo de líquido digestivo sobre estos objetos, aclamando la soledad con el chisporroteo.
—No me lo creo…
Bufo lleno de decepción. Dentro de estas cajas habían cajas plásticas amarillas y rojas, un sin fin de símbolos sin valor.
Con furia las golpeó hasta que las cajas plásticas golpeaban y se esparcen por todo el suelo, liberando su extraño contenido que estaba cubierto por vidrio.
—Tanto esfuerzo para los vasos… bueno, podría venderlo a la taberna o a algún comerciante…
Este sostuvo uno, viendo que estaban sucios para luego dejarlo caer, ya que no tenía forma de llevarlo para la superficie.
No obstante un sonido le llamó la atención, por lo que avanzó rápidamente por la cueva que tenía algunas estructuras metálicas y otras recubiertas de plástico.
—Esto es nuevo, pero decepcionante.
El ambiente comenzó a mezclarse con pequeñas esporas que revoloteaban el aire.
—Bueno. Deben haber entrado por algún lado… lo encontré por donde entraron.
Avanzó, revisando esas pequeñas habitaciones, llenas de cuerpos secos y convertido en polvo. Había algunas figuras que dejaban de ser humanas pero no parecían nada del circo. No obstante había muchas setas, hongos de muchos tipos y colores.
—Bueno, tendremos muchas setas para comer… bueno, entre todos los que son venenosos… el grandullón no puede decir que hago un mal…
Un golpe sonó fuerte desde una de estas últimas carpas plásticas, por lo que avanzó atento. En la total oscuridad había una figura parada dentro de la estructura, podía verlo a través del plástico traslúcido, este se movía lento pero con espasmos abruptos.
Se movió lentamente, dándose cuenta que este no era humano, sino que algo más ya que estaba cubierto de vegetación o más bien hongos.
—Llastay. Hey, ¿Me entiendes?
Hablo tratando de comunicarse, asumiendo que podría ser una cría de las cosas que habían traído los González para arrastrar a los nuevos miembros circenses.
La figura de volteo lentamente, su cuerpo estaba seco, los hongos parecían muertos.
—Creo que no eres una cría. Puede que con la edad se vuelven pequeños.
Si rostro parecía buscar algo perdido, no se lograba distinguir ningún detalle de su rostro, solo una mancha seca que se agrietada. Movía parte de esta, podría parecer que deseaba hablar pero solo brotaban esporas.
—Bueno, adiós. No entendí nada.
El cuero se marchó pero sintió un grito ahogado para luego ser golpeado varias veces. Esa cosa vieja trató de sujetarlo con un agarre frágil, no entendió si este trataba de atacar o llamar su atención pero no aguardo y prosiguió a caminar, este podía sentir el sonido del agua de fondo más cerca y el encontrar a alguien con el que no se podía comunicar no le interesaba.
Podía sentir como la figura se tambaleaba tratando de acercarse, hasta que lo encontró. Un pasillo lleno de plástico había una puerta de metal. Esta estaba doblada como si algo quisiera entrar o salir. Era una puerta gruesa pero el que quería pasar por esta, no tuvo piedad alguna.
Un golpe hizo su aparición repentina acompañada por el plástico que se enredaba.
—Eres sigiloso. ¿Cierto?
Esa cosa parecía haber tratado de seguirlo, pese a ser torpe, se movía rápido. Silas se percató que la superficie de su cuerpo que estuvo en contacto con él se había hidratado, lo cual le dio asco pero le hizo entender que como eran plantas, de seguro necesitaba agua.
—¿Me quieres acompañar?
Este trato de volver a agarrarlo pero falló estrepitosamente y uno de sus brazos se desprendió con un sonido seco.
—Mejor te lleno…
Murmuró para sí, arrastrando a esta patética criatura por la puerta y el camino con sus múltiples caminos que parecían llevar a lugares similares con plástico y metal. Al igual que antes había hongos en paredes de la cueva, la acumulación de material biológico había permitido la prosperidad de estos que tenía varias formas que parecían actuar en respuesta con sus presencias. No obstante las tuberías cruzaban por doquier, era una de estas que había un charco de agua turbia. Por lo que dejó caer a este ser escuálido bajo el flujo de agua paulatino, su figura pareció ser una esponja, absorbiendo el charco pero sin tener reacción salvó abrir la boca con un suave sonido parecido a un suspiro agónico.
—Quédate ahí, y ten tu brazo.
Dejó la figura atrás mientras recibía líquido hasta que encontró el origen. Que no era ni más ni menos que un pozo en el que parece haber habido una escalera metálica que se dio con el paso de los años, o por algo más. Los desechos fluían hacia abajo golpeando el metal oxidado pero una gran masa fúngica estaba adherida al fondo dando movimientos lentamente pero totalmente vivos con incontables figuras humanas que le observaban hinchadas y extendidas por los hongos.
—Veo que… bueno, no sé qué hacen ahí pero yo…
Logro oír unas voces desde arriba que callaron, por lo que interesado para donde llevaba este camino decidió averiguar. Este observó el pozo de alcantarillado un breve instante antes de lograr espiar el origen de las voces. por lo que se desenvolvió y alargó su figura para sujetar algunas tuberías que pasaban por los bordes, los bordes de las escaleras sirvieron para sujetarse aunque los bordes amenazaban con cortar su membrana.
Las voces renacieron como murmullos que hicieron eco mientras escalaba, logró subir lentamente pero de forma segura.
Desafortunadamente el esfuerzo no sirvió ya que las voces no se entendían, estaban envueltas en palabras que nunca había oído como si tratarán de pronunciar incoherencias adrede.
Las figuras estaban de pie por un extenso pasillo con una habitación abovedada. Lo que vio daba asco pero nada de otro mundo, ya que parecían ser individuos recubiertos por setas, las esporas brotaban mientras sus cuerpos mantenían su lugar por donde una cañería había reventado y les mantenía húmedos.
—Ustedes son… de mantención. ¿Plomeros?
Al hablar se voltearon, dando con sus rostros hinchados que miraban al vacío. Estos parecían haberse dado cuenta pero aguardaban, manteniendo distancia. Incluso algunos se movieron de su lugar en las murallas o de las uniones que tenían con otros cuerpos, haciendo una figura más grande y grotesca.
—Plomero.
Alguien dijo con dificultad en lo que Silas se acomodaba en la entrada de ese pasillo.
—Si, dije plomero, esos son plomeros… O eran antes. ¿Cuál de todos dijo eso?
Respondió, tratando de buscar entre todos los individuos que estaban ahí.
Pero lo que había respondido le resultó desagradable, había un cuerpo hinchado en traje plástico que había desarrollado un hongo rojizo y negro que era notoriamente distinto al resto. No debía ser un genio de los hongos para notar la diferencia pero este parecía repetir sus palabras.
—Tu… ¿Entiendes? ¿Eres un Llastay? Digo no se que son pero deben ser como ustedes…
Mencionó con inseguridad ante la figura estática que producía una baba amarillenta desde la punta de lo que debía ser unas cabezas.
—Llastay… aire… No hay… cerrar puerta. Mal. Mal.
Este dejó de hablar al repetirlo, empezando a decir palabras propias.
—¡Mal! ¡Mal!
Gritó con un sonido inhumano, similar a una seta al ser apretada contra una sartén caliente. Esto hizo que el resto reaccione agresivamente y saltarán contra el cuero, mordidas, golpes y rasguños. Estos se amontonaban sobre él pero el chisporroteo se hizo evidente entre los cuerpos confundiendo antes de asomar la asquerosa verdad de los cuerpos derretidos junto a las setas y hongos que trataban de unirse a las partes perdidas en un frenético movimiento.
—¡Peces espadas!
Gruñó el gusano deslizándose hacia el borde y saltó a una de las tuberías.
Esta crujió por el peso, mientras las figuras de plomeros corrían erráticos para alcanzarlo, no obstante, algunos de los hombres fúngicos que saltaron fallaron para alcanzarlos, solo para unirse a la masa fúngica del fondo que los envolvía violentamente. Otros quedaron en tuberías cercanas con un poco de suerte, pero no se dieron el tiempo de lamentar a los que cayeron y se empeñaron en alcanzar al gusano
—¡Solo quería hablar con las ratas de muelle. Pero claro, querían ustedes comerse al único que les trata de manera civilizada!
Gruñó, viendo cómo muchos volvían a sus lugares, pero algo se agitaban en el fondo, viendo cómo la amalgama fúngica había subido unos centímetros tras recibir esas cosas.
—Por el caleuche…
Dijo, trepando la muralla nuevamente por los bordes, fue ahí que logró llegar aún piso que parecía ser la entrada de todo. No obstante había otra puerta, está imposible de acceder. Se lograba por la masa fúngica arrastrándose por las murallas, sin saber si se expandía o subía a por él. Fue entonces que por uno de los bordes había una ventanilla metálica, está la abrió mostrando ser una especie de acceso para la entrega de cosas. Sin aguardar a cuánto tiempo le quedaba, se deslizó y aportó lo mejor que pudo, teniendo problemas mientras entraba y empujaba la estructura para cruzar por el resto.
Se sentía agitado pero sabía que estaba mejor fuera. Lo cual parecía un lugar con vigas de metal en el suelo con partes de maquinaria grande que rodeaba por estos. El lugar estaba inundado pero sin señales de hongos, solo insectos y muchos esqueletos. Se sentía aliviado de ver un panorama familiar y seguro.
—Bueno, si esto es… un túnel, debe tener una salida, ya que por lo general las personas hacen lugares con entradas y salidas…
Dudo por un instante, ya que conocía a mucho imbécil que construiría sin una entrada o salida.
Sus pasos sonaban en la gravilla, cada paso alejaba a los insectos que coexistían con un ambiente como el pozo.
—Eso es luz…
Sus pasos fueron sigilosos y rápidos hasta el borde del gran tubo de concreto con barrotes, dejó pasar su cuerpo por este, adentrándose y sintiendo el edor a cloacas.
Fue cuando se acercó al borde que vio a un leproso, este ofrecía pan mohoso viejo a cambio de algo.
Había llegado a algún mercado de las alcantarillas. Sin embargo su alegría fue opacada por un crujir de tuberías.
Este guardó silencio mientras observaba el cabello deslizarse por unas tuberías rotas, como si este fuera un montón de serpientes que usaban este como camino. Observó al leproso con sus ojos como perlas negras.
—Oye. Tu. Calla.
Murmuró tratando que el hombre dejara de ser llamativo para el Enredador. Pero este solo dio un grito atroz al verle como si diera todo de si, desgarrando sus cuerdas vocales en su horror, solo para caer sobre una cama de cabello que se había formado detrás suyo. Su expresión hinchada estaba dominada por el terror, dándole solo un instante para moverse entre los cabellos que le arrastraba de regreso a las tuberías.
El arrastre fue lento pero imparable, los cabellos no se cortaban y se enroscaban con mayor intensidad en la carne del hombre, dando terribles crujidos mientras su cuerpo era reacondicionado para entrar por las tuberías.
—Te lo dije…
Murmuró el gusano para si, saliendo al suelo de la cámara del desagüe con el fin de recoger el pan que dejó caer el leproso.
Este de cierta forma era un premio fácil, el gusano lo observó directo a los ojos rojos que luchaba de dar su último esfuerzo inútil ante la presión de ser comprimido por el Enredador. Pero algo se sintió raro, ya que sentía que el hombre miraba algo más dándose cuenta en el reflejo de sus ojos ante la casi nula luz artificial de la recámara, al voltear por el alcantarillado que cruzó, lo noto.
—Me lleva el caleuche.
Ante el pudo vislumbrar no una forma , sino un manojo de rostros retorcidos envueltos en cabello que se deslizaban sin un origen o final claro, estos rostros fríos, demarcados estaban viéndolo, pero ante el momento de tensión el gusano introdujo un trozo de pan en su rostro con el fin de comer. Pero para su desgracia el pan chocó con la máscara, no solo revelando que le molestaba, sino también que bajo esta no había nada que fuera un rostro o algún orificio que pudiera llamar boca.
Se sintió ridículo al haber olvidado por un segundo que no tenía boca para comer y solo necesitaba tocar las cosas para comer por medio de sus fluidos digestivos.
Capítulo XV: Niños brillantes
A diferencia de otros lugares comerciales, este mercado era poco concurrido lo que resultaba raro, ya que el alcantarillado estaba siempre desbordante de jirones, malvivientes y muchos más individuos que eran llamados por los rateros con sus ofertas arregladas para tener un trueque seguro.
No obstante la situación era distinta ya que estos mostraban una imagen distinta, estos murmuraban y buscaban clientes con sus aspectos andrajos habituales. Pero en el camino que estos deambulaban, un hedor putrefacto de hacia cada vez más intenso por encima de las aguas residuales, era cuando de la oscuridad surgía una figura humanoide deforme, a lo cual los ve deudores seguían murmurando temerosos que está figura monstruosa los devorará, dando así un rumor nuevo de cómo habían muerto.
Para los desafortunados, la luz led brindó mejor vista de lo que estaba moviéndose a su lado, tenía un cuerpo era una especie de cuero hinchado y bulboso que brillaba con un sutil resplandor pero cualquier mosca que se apoyará en este se disolvía revelando su terrible naturaleza.
—¿Qué quieres a cambio?
El silencio fue cortado por una voz moribunda acompañada por una risa seca, esto le provocó un escalofrío como si el invierno le estuviera reclamando, rasgando su piel con piñén hasta sus cabellos casposos color ceniza.
—¿Qué quieres a cambio de una capucha?
Salió una voz enfermiza que se acentuaba con rudeza de la criatura que se detuvo frente a un vendedor que casi se ahoga con su único diente en su boca.
—Te estoy hablando.
Gruñó la criatura impaciente, colocando su fría y húmeda mano sobre la piel que ardía ante el contacto, de su piel podía ver algunos pelillos carnosos que no eran cabello, sino como una especie de piel rugosa que se extiende y contrae de forma involuntaria.
—Si, disculpe… Este… ¿Sabe que es dinero?
Se asustó el vendedor, hablando más fuerte de lo normal, mientras las figuras de compradores y vendedores al descubrir la escena en la oscuridad avanzaban sentidos opuestos para no ser comida o algo peor, dejando a ese desdichado con el fenómeno.
—Te cambio este pan mohoso por una capucha.
Hablo firme la bestia que tenía delante. No obstante el vendedor no pudo sacar palabras.
—¿Qué pasa? ¿Acaso no eres un vendedor fiable? ¿O sospechas de mí?
El hombre maldijo su miedo que le había petrificado, sintiendo que sus oportunidades se acababan ante tal atrocidad que le observaba intimidante bajo la máscara.
—Las capuchas están a cuatro monedas de cobre, si ….
El gusano gruñó su mala suerte de que le tocará un idiota que no estuviera muerto de hambre y quisiera dinero en las alcantarillas. No obstante este maldecía su boca suelta que le había ofrecido otra cosa que la ofertada por el fenómeno.
—Claro, claro… ten, me quedo con un pan… disculpa.
Simplemente aceptó sin dejarle a la bestia hablar, está solo miró la prenda en sus manos. Viendo cómo el vendedor avanzaba por el pasadizo de alcantarillado para poder respirar el aire de agua servidas que olía mejor que esa cosa.
—Condenados comerciantes. Estos marineros de agua dulce seguro no son del puerto. Tuve que haberme alejado mucho y estoy con puros marineros de agua dulce…
Gruñía en voz baja, provocando que cada tanto un transeúnte casi perdiera el alma del susto. Incluso el al estar distraído protestando piso una rata que chilló de forma calamitosa solo para ahogarse en sus propios jugos cuando los jugos gástricos se hicieron más fuertes.
—Al menos tuve una buena cena.
Dijo antes de percatarse que desde un alcantarillado había un tenue brillo confuso. Sin embargo le resultaba muy familiar aquel brillo fluorescente.
Apuro el paso, tratando de distinguir ese condenado brillo, a lo que cruzó una canal en la que flotaban cuerpos y basura, así llegó más en un parpadeo para encontrar aquello que se le hacía tan familiar, alimentando la emoción de su espíritu de bribón de puerto.
—¡Te atrapé!
Gritó sujetando el escuálido brazo de un niño rata, estos eran una de las tantas leyendas que contaban sobre niños que brillaban por unas setas azules.
—Te atrapé pequeña alimaña, no pensé que fueran verdad.
Este murmuró para sí, asumiendo que tras lo vivido el descubrir huérfanos fúngicos fluorescentes, aunque este solo chillaba y pataleaba al igual que la rata que se disolvió, a diferencia que no se disolvió el niño. Solo se esforzaba en huir sin ninguna pizca de suerte en sus intentos, ya que su cuerpo era demasiado endeble.
—Escucha asquerosa rata de muelle. Sé que me entiendes, de donde conseguiste estos malditos hongos y más vale que me lo digas por las buenas o por las malas.
Dijo amenazante, trayendo recuerdos de cuando con su banda aterraba a los residentes de su lado del puerto para conseguir ganancias.
—Maldito, ¡Más vale que hables!
Sacudió al pequeño, consiguiendo que de sus harapos mohosos cayeran trozos de tierra. En el esfuerzo no escucho los pasos que consigo traían una luz cegadora hasta que fue demasiado tarde.
—¿Quién está ahí?
Se escuchó una voz masculina de alguien mayor. No lograba ver nada ante la implacable luz blanca que tenía frente suyo, el ambiente se mantenía denso, no obstante el hedor comenzaba a mezclarse con algo extraño que resultaba en un aroma dulce químico y notas acres que acababan siendo penetrantes.
—¿Quién está ahí? ¿Qué quieren?
Repitió el hombre, quien trataba de aclarar su voz de manera firme, esto resultaba en una situación que le traía recuerdos cuando algún curioso o un oficial les llamaba la atención solo para volver a sus asuntos, no obstante la situación de este curioso que se metía en los asuntos que no le corresponden, era algo desagradable dado a que había conseguido algo importante.
—Largo anciano, no hay nada que ver aquí.
Dijo de forma déspota el cuero, buscando dejar claro que este mostraba un dominio que no pretendía soltar ante un intruso. Aunque lo que escuchaba en el ambiente del alcantarillado no le gustaba, solo silencio acompañado por el agua fluir. No podía sentir alimañas, vendedores, era como si todos se hubieran marchado.
—Esta… Me llamo anciano, bien…bien.
Se escuchó ofuscado ante el trato que le dio el cuero, lo cual trato de disimular infructuosamente pero algo en el ambiente de había vuelto más pesado, desconocía si era producto de este nuevo olor o si era la situación que tenía este con el viejo curioso.
—Veo que hay cosas peores que la muerte… ¿Será que eres un leproso? No, no…
El hombre divago para sí, dudando sobre la procedencia o el padecimiento del monstruo, solo con el fin de provocar al fenómeno.
—Esta basura no podría ser considerada tan siquiera como un saco de gusanos. Quizás alguien defecto la feca más fea del mundo.
Continuo este buscando avivar la rabia del fenómeno que sin lugar a duda le estaba inundando, el gusano que con su apéndice móvil sacudió al pequeño demacrado hasta que unas raíces cayeron al suelo de sus harapos
— Si tratas de hacerte el listo, solo encontrarás una muerte segura. Lárgate.
Amenazó al desagradable anciano.
—En cuanto a ti, pequeña rata desagradable, deja de gimotear y comienza a soltar lo que sabes.
Gruñó para enfocar su atención en el interrogatorio del niño, dándose cuenta que entre las sacudidas, de este se había desprendido algo que resultaba ser una raíz de un color Marfil.
El pequeño fúngico parecía exasperar ante la raíz que parecía ser algo importante para él.
—¿Por qué no sueltas a ese pobre diablo y vienes conmigo?
Las palabras del hombre sonaron serías como amenazantes, ya no daba aires de ser solo alguien curioso, era un tipo problemático, quizás alguien que pensaba ser dueño del lugar. Cosas así eran recurrente en los barrios marginales, no obstante atino a mover su pie para sujetar la raíz.
—Bien bucanero, veamos si tienes agallas. ¿A qué juegas?
El cuero soltó a la rata, la cual corrió zigzagueante por el estrecho conducto de alcantarillado que se apartaba del resto.
El gusano lamentaba no haber sacado información de esa rata, sin embargo creía haber encontrado algo de valor, ahora solo debía darle una paliza al anciano que no conocía su lugar.
—Que gracioso, este cuero está fingiendo ser como un porteño. ¿Acaso te crees del puerto?
Habló burlonamente sobre la criatura, la cual bajo aquella máscara sonriente daba una profunda sensación de odio salvaje.
— Bueno, me hiciste caso en lo que te encargue, por lo que si eres del puerto, debes ser el idiota de puerto más listo que halla existido.
El hombre siguió hablando, sus palabras eran un continuo intento de provocación. Sin embargo el gusano aguantó, ya que no entendía porque este no reaccionaba como alguna otra persona.
—Pirata de tierra. ¿Qué tanto sabes?
Gruñó ansioso por respuestas, sabiendo que había un sonido inquietante de un centenar de pasos que se movían silenciosos.
—Veo que el cuero porteño además de bravucón, es curioso. Es mejor que te mantengas en tus asuntos lejos de este lugar.
Respondió con ironía el hombre, aprovechando de escupir de manera despectiva.
—Esto es propiedad de Hernández, aquí hay algo que debes entender. Independientemente de tu origen, debes seguir lo que te diga un Hernández.
Esto le causó gracia. Demasiada que provocó que riera junto a su máscara.
—Así que un pandillero o jirón que obedece a… la basura de mi… de Azai.
Gruñó maldiciendo el tener que decir el sucio nombre del inútil de su hermano. En cambio, el hombre rechino sus dientes.
—¿Que? Me sorprende que cosas como tú puedan entender eso.
Vociferó este tratando de disimular la sorpresa.
—Debes ser alguien que contrataron, lo más probable es que los tarados que siguieron a Azai. Se dieran cuenta del complot, tratando de tomar una parte de las tierras como propias.
Este hablaba eufórico, las risas apenas lo dejaban hablar, esto estremeció hasta la médula al anciano, quien no deseaba verse temeroso ante una criatura simplona.
—Veo que después de todo, siguen habiendo seguidores de Solomon que se niegan a servir. Triste que se te ocurriera venir a este lugar.
Este mencionó a Solomon, su abuelo pero algo no encajaba del todo.
—Nunca hubieron seguidores, solo enfermo y eligieron al más inútil para colocar a cargo.
Esto detuvo al hombre, quien si bien conocía la verdad y que las familias habían intervenido en los Hernández, nadie sabía sobre la enfermedad del anciano.
—Veo que las sabandijas escuchan más de lo que deberían entre las paredes. Así que veamos…
El hombre pensó por un segundo, queriendo cambiar la conversación.
—Es ridículo lo que intentas hacer anciano, los nietos de Solomon fueron eliminados por puñales en la espalda durante un asalto al ayuntamiento. Jamás se esperaban que los propios compañeros fueran unos viles ladrones doble cara…
El gusano ladrón, este desató una oleada de verdad, una que debía haber muerto con todos los nietos de Solomon, pero ante el, iluminando a una atrocidad que pretendía ser humano, contaba los secretos que los muertos debían callar.
—¿Sabes cual es el nombre de los mercenarios que se encargan de los terrores?
Esto no le gustó, arrojando la primera pregunta que se le ocurrió a la mente, maldiciendo la poca creatividad. Esto dejo claro que el anciano pertenecía a una especie de camarilla externa de los Hernández, alguien que fue contratado, sin embargo no sabía porque motivo seguía insistiendo con el.
—Sabes. Hay algo curioso.
Irrumpió el gusano, acercándose un par de pasos de manera teatral.
—Solomon me enseñó que aquel enemigo derrotado por la mano que sabe blandir es más confiable que la mano que aplasta y quema todo.
Pronunció fuerte, haciendo que el alcantarillado fuera aquel que replicaba su voz a lo largo de la oscuridad.
—Me entristece que no supieras responder.
La inquietud era evidente, incluso de la oscuridad que provocaba la luz, habían pequeños sonidos inquietos ante la escena que estaba manifestando tal monstruo.
—La respuesta a mi pregunta era…
Este habló pausadamente, mirando como el cuero se acercaba a él dando un lento pero firme paso a la vez. Desconocía porque portaba una máscara, posiblemente para merodear, lo cual no era propio de esas cosas. Pero eso no le serviría de nada.
—Las olas rojas, son del mercado marítimo. Son solo bichos raros que solo saben aplastar y quemar.
Respondió la bestia con furia, listo para lo que se ocultaba tras la luz, buscando caer en lo que deseaba este extraño sujeto. Como respuesta hubo un sutil sonido de desprecio por llamarle así, lo cual hacía sentir que esperaba otra respuesta.
—Mala elección de palabras pedazo de carbón.
Se apagó la luz, dejando que la oscuridad consumiera todo, teniendo el silencio como protagonista. La vista fue recuperándose lentamente sin que nadie se moviera. Una serie de pequeños brillos nació de lo largo del túnel, este dejaba ver apenas unas boquillas que empezaban a dar un extraño sonido ceseante, como si soplarán aire.
—¡Fuego!
Gritó el viejo hombre, para que las llamas iluminarán la totalidad de los extensos túneles y recámaras de alcantarillado, el fuego se mezcló con la oscuridad que mostraba varios cuerpos recubiertos de cuero tachonado, salvo por el hombre de barba teñida de blanco que tenía entre todos los presentes, el cuerpo más corpulento que portaba arpones en una mano y en la otra una especie de lámpara grande.
La sala de iluminó mientras el agua fecal hervía junto a basura y cuerpos. Las alimañas, insectos y todo lo que estaba en la superficie era quemado hasta volverlo una figura de carbón que mostraba una retorcida expresión.
—¡Fuego!
A continuación saltaron de las boquillas de las armas arpones delgados que traían consigo piezas conectadas a cables. Todo lo que no estuviera cerca consumido por el fuego, era empalado y empujado a su alcance. Este movimiento terroríficamente calculado trajo una terrible sensación, de profesionalismo.
—Aguarden. Esperen señal…
El viejo hombre mostraba una expresión de odio y de inseguridad, mientras se adelantaba con cautela tratando de percibir el ambiente al igual que el resto de hombres cubiertos de cuero quienes mantuvieron la guardia alta en todo momento.
El ambiente estaba cubierto por el crujido de los cuerpos calcinados y del agua burbujeante que comía todo en una densa sopa.
El anciano sin situbear salto con arpón en mano, seguido de un par de hombres que portaban listo para cazar a esta bestia, solo para no encontrar nada detrás de los vapores que se formaban en toda la recámara.
—¿Que rayos? Maldito cuero cobarde…
Gruñó esté tronando los dientes con su cara roja, lo cual no se sabía si era por su enojo o por el calor que albergaba el vapor, si bien no era el plan capturar un cuero, le habían encargado eliminar cualquier engendro de esta zona pestilente.
—Angus. Mira esto.
Hablo uno de sus acompañantes con la voz apagada por la máscara, al voltear su rostro se volvió morado.
—Condimentada peste, este es más asturion de lo que…
Saltaba la baba mientras despotricaba el anciano, este golpeaba las rejillas de la tubería en las que el gusano se había terminado parando antes de escabullirse. De fondo tras el vapor de podía ver la luz de las llamas iluminando los espacios como si fueran sabuesos tras un zorro escurridizo.
—Se le volvió a trabar la lengua.
Comentó uno de estos, revelando la voz de una mujer de tono profundo que sonaba frustrada.
—Ni que lo digas, por este bicho ahora tendremos una semana difícil.
Respondió con franqueza, sabiendo que no habría descanso, inclusive si pese a purgar todo el sitio, no encontraban a ese cuero. Estarían trabajando tiempo extra.
—Te apuesto que será un mes, Angus no le gusta cuando alguno de esos monstruos.
Hablo la mujer, dando un desafía a su compañero, pero este solo dio un lamentable sonido en respuesta.
—Mejor le avisos a los chicos, quizás uno escape para traer más provisión.
Se movió hacia donde estaba el grupo, dejando a esos dos solos, donde Angus dejaba ya por fin de maldecir al gusano, manteniendo fruncidas sus copiosas cejas en forma de desprecio el gusano no estaba.
Capítulo XVI: La maldición de las tuberías
Para el gusano no le fue difícil deslizarse por la pequeña rendija de la tubería a la rejilla, no obstante el problema fue el calor que aumentaba con la implacable presencia del fuego que consumía todo a su paso, dando luz a la oscuridad un instante antes de devorar el mundo.
—Peces espadas… son…
Este murmuraba maldiciendo a medida que la combustión reflejaba terribles juegos de sombras que parecían danzar y festejar por el infierno que habían desatado.
El agua residual que caía combinada con el combustible ardía como un castigo para los infames, de donde en algunas tuberías se replicaba el eco de los lamentos de aquellos que eran agarrados por las llamas.
—Percebes, esos peces espada me las pagarán.
Murmuró bajo la presión crepitante del fuego y del fluido estallaba al contacto con materiales fríos eso lo persiguió como su sombra, llegando a una intersección de tuberías para varias direcciones, sin embargo el fuego le dejaba una única vía que le obligaba a bajar, algo que no le incomodaba a no ser que volviera con esa masa fúngica.
—Seguro que por eso acabaron en el mercado marítimo, esos pepinos de mar se tendrían que haber quedado en ese lugar.
Murmuraba maldiciendo que tales basuras fueran tan fastidiosas, tratando de vengarse luego que Solomon los expulsará al mar. En su cólera no lograba darse cuenta de su piel húmeda que había dejado de serlo por el calor abrasador y empezaba a acumular óxido sobre esta.
—Cuando los pepinos de mar son así de inútiles hay que… Ésta ha sido una de las mayores equivocaciones de Solomon.
Si bien criticaba a su abuelo, nunca lo podría haber odiado, ese hombre había sido un héroe para él por sus grandes logros.
—Si tan solo se hubiera dedicado a eliminar a los inútiles, bueno. Si hubiera eliminado a inútiles, no habría alcanzado a nacer por el inútil de mi padre.
Este continuó despotricando aunque sus palabras parecían formar una charla consigo mismo.
No dejaba de maldecir entre momentos en los que esquivaba tuberías que se cruzaban y parecían hervir en su interior. No obstante el sonido del calor abrasador y las aguas fétidas en ebullición habían dejado atrás su canción, dando solo espacio en el silencio para el sonido del deslizamiento del gusano por el alcantarillado extrañamente vacío.
No fue en un buen rato que se percató que su cuerpo se había estado secando por la cantidad de polvo de suciedad en los bordes internos de las tuberías oxidadas.
—Que asco, eso me pasa por ser el primero en saltar al abordaje…
Comentó, avanzando por un estrecho conducto que le permitía moverse más cómodo, este está conectado con un sin fin de tuberías pequeñas que se entrelazan y continúan el camino hasta algún lugar perdido en la oscuridad pero el crujir de las tuberías le hizo detenerse de forma abrupta.
—Eso es…
El tiempo que había usado el alcantarillado había logrado distinguir cuando había veces que pasaba alguna alimaña o pasaba alguna descarga.
—No parece una anguila o un cuero… bueno, no he visto a un cuero usar eso, así que…
Sus susurros se detuvieron al sentir como está figura ya pasaba por sobre su figura, pero lo extraño era que viajaba por varias tuberías a la vez.
Algo las usaba, algo grande que ponía en juego su capacidad resistir la presión sin llegar a reventar, dejando las múltiples tuberías retorcidas de dolor.
Un silencio le consumió la calma, dando a entender que había algo más con él, recordando al enredador.
—Malditas sean las mareas traicioneras, lo que me faltaba…
Sin detenerse dejo la idea de moverse como humano y se arrastró como un gusano que era, deslizándose más rápido por este ducto de concreto polvoriento, la oscuridad era una parte de su camino pero un destello le llamo la atención, algo suave, familiar.
—Condenado mocoso, hasta que por fin te encuentro…
Maldijo a la pequeña rata que se le había escapado antes por el montón de olas rojas que jugaban nuevamente para algún bando, y por lo cabeza hueca que era Azai, debía haberles dado la bienvenida.
Se estiró hasta aquella apertura, ansioso de por fin hacer hablar a esa pequeña criatura rastrera, descubriendo que está conducía a una recámara larga con agua en una canal que cruzaba por el medio arrastrando una especie de lodo oscuro, por otro lado, dándole forma a las siluetas estaban ahí, los pequeños hongos resplandecientes, estos estaban en múltiples montículos.
—No esa rata de muelle, pero parece mejor…
Este observó asegurándose que la recámara estuviera libre, revelando que solo había una serie de montículos que parecían puestos para cosechar una gran variedad de setas pero por sobretodo de setas brillantes.
—Es mi momento de conseguir un buen botin.
Susurro, para olvidar al Enredador, que posiblemente el se había metido en el ambiente de esta cosa que andaba cerca, demasiado cerca para su gusto, acechando más allá de la oscuridad que él podía vislumbrar, se forzó en sus deseos y codicia para empujar sé por sobre su sentido común, queriendo tomar algo de ese hongo tan valioso.
Estiró su cuerpo que se había estado secando por culpa del óxido y todo el polvo acumulado en el conducto, por lo que su cuerpo se estiraba, dejado ver fragmentos resquebrajados, atravesando la apertura de metal, está rechino repentinamente por la fuerza que daba la criatura. Sin embargo la pieza al estar consumida por el óxido de muchas décadas de olvido se partió, dejando caer fragmentos al suelo de la habitación, dando un sutil sonido que en la mente del gusano resonó como una tempestad abisal que clamaba por su final.
—¡Por el caleuche!
Se le escapó una maldición en lo que contraía su cuerpo pendiente por si algo venía a por el.
—Me lleva la santa Marta… ¿Era Marta o Martha? Da igual quien condenados sea.
Gruñó susurrante por su estupidez, aguardando a lo que nunca llegó, sin embargo algo le llamo la atención.
Abajo las setas se habían movido, o más bien los montículos reaccionaron al ruido, revelando figuras hinchadas y viejas recubiertas de tierra miscelánea. Estos habían reaccionado por instinto, buscando algo que solo se había vuelto como un pequeño rastrojo en el suelo inexistente para ellos, por lo que en su andar lento y torpe volvieron a sus lugares o se reacomodaron en su letargo.
—Así que… esos hongos son… pero se ven distintos. ¿Será por lo viejos que son?
Extrañado por las criaturas las observó, difícilmente lograba ver detalles desde la rendija en la que fisgoneo, por lo tanto retomó su movimiento, el cual fue deslizándose lentamente hasta que noto que de estos tenían su cuerpo una gran variedad de pequeñas setas de diferentes aspectos como de raíces que se extendían por el misceláneo.
Un crujido le avisó, luego otro que resultó ser más una amenaza que pronosticaba un desastre. En el lugar en que estaba descendiendo, ya le era difícil regresar por lo que dejó caer su cuerpo, como una mugre aparentando ser parte del suelo antes que ocurriera lo que se auguraba.
No fue más que acomodar su cuerpo contra el suelo cuando parte del conducto se abrió y desplomó acompañado del resto de rejilla.
La primera parte desprendida desequilibró el conducto como a las tuberías adyacentes que en conjunto hicieron un contrapeso que derribo el techo de la recamara.
—Me lleva…
Apenas murmuró, aunque si uniera gritado dudaba en ser escuchado por alguien debido al pequeño derrumbe caótico que dejó en claro que sus intentos de pasar desapercibido eran inútiles.
Estas criaturas se levantaron revelando su verdadera velocidad, algo inquietante por su velocidad pese a su aspecto que aparenta una falsa torpeza, comenzaron a registrar casi de inmediato el lugar pese a la suciedad que se levantó por la caída.
Sus cuerpos terrosos se torcieron un poco en la parte interior de su piel interna para dar paso a unas esferas brillantes que permanecían bajo esta membrana venosa, tenían una forma peculiar, como si fueran ojos dejando en claro que sí podían ver, estás se movían explorando y alumbrando con su luz.
Dejando al gusano como una presa que había entrado a la guarida de unas bestias fúngicas las cuales se mantenían buscando al causante de su abrupto despertar, primero se enfocaron en buscar en la distancia como si conocieran de las personas,desafortunadamente no encontraron a nadie luego de un rato, moviéndose por la habitación, estos bordearon los escombros salvo por uno de estos que se acercó a los escombros que seguían crujiendo y descascarado se sobre el gusano quien para peor es pisado por esa bestia pesada que le comprimía, por un instante está cosa se fijó en la mancha sucia recubierta de óxido pero al no percibir su forma, la dejo para avanzar por las piedras y tuberías que temblaron bajo el peso de estos monstruos.
Estas figuras fúngicas gruñian pausadamente en la tenue imagen, mientras sus cuerpos parecían exhalar esporas que se mezclaban con el polvo que había levantado el derrumbe que insistía en inquietar la lúgubre plenitud.
El que había pasado por sobre los escombros de detuvo frente a la apertura del techo, estiró su figura hacia atrás dejando los múltiples ojos al aire denso, estos se retiraron como si fueran un hongo que se abre paso hasta llegar a la altura adecuada para girarse con el fin de ver cuidadosamente las tuberías que por primera vez de iluminaban con brevedad, ya que dentro de la luz que creaba la imagen del mundo de las tuberías no había indicios de ningún intruso.
Pese a no encontrar al culpable, estos se mantenían pendientes con sus miradas iluminando suavemente el lugar con un resplandor enfocando a los escombros con lentitud, asegurándose moverse por toda la recámara, tras lo que fue un tiempo eterno, el cuerpo plano del gusano fue alcanzado por un frío que aliviaba su piel reseca pero que lo instaba a vomitar con la boca que no tenía desde que ha sido un cuero. Esto dificulta su camuflaje por el terrible sabor que el lodo viscoso tenía y se propagaba mientras se deslizaba con su putrefacción para encontrar una nueva ruta.
Un temblor se sintió, provocando un eco ahogado y la caída de algo de suciedad desde las superficies, un sonido inquietante que no era producto de alguna bestia, no una máquina. Parecía ser algo como un estallido que alteraba cada ser y les mantenía alerta.
Ante la presencia del lodo que salía lentamente para buscar un nuevo curso para fluir por la obstrucción del canal, resultó ser una pequeña oportunidad que debía aprovechar, resistiendo las náuseas que le provocaba tocar tal terrible líquido, se trató de deslizar acompañando esta desagradable sustancia de igual forma, tan lento que parecía una burla, una burla que le estaba resultando en su escondite del peligro ideal. Pero las cosas nunca son del todo favorables, ya que desde el otro extremo de la habitación se logró escuchar algo acercándose como pequeños pasos, lo cual colocó alerta a esas viejas amalgamas de hongos, estos aguardaban atentos a la tubería que llevaba a algún sitio.
Una pequeña figura apareció desde la oscuridad que estaba siendo iluminada por los gigantes, esté se mostró pequeña, frágil y demacrada para la edad que tenía realmente. Si bien era acompañado por otras dos pequeñas figuras en mejor estado, estos tenían brotes de hongos lumínicos sobre su piel.
—¡Por el celestial!
Gritó el niño retrocediendo ante las figuras que se alzaban frente a él, tropezando con sus propias piernas, con ese juego torpe de pies de rasmillo el tobillo con una tobillera extraña en su pierna, sin embargo sus torpes pasos temerosos lo hicieron chocar contra los niños ratas que le seguían.
— Esperen un momento, estos…¿Porque hay monstruos aquí?
Expresó confundido a los que parecían ser sus amigos, estos pequeños con sutiles señas trataron de tranquilizarlo.
El pequeño parecía un pequeño roedor temeroso, dando cortos pasos tras las ratas que le ofrecían un lugar. Por su parte el gusano no entendía nada, ya que cada uno de estos a lo mucho daba chillidos agudos como si significarán algo, lo cual el niño de la calle les entendía perfectamente.
—Si ustedes lo dicen lo haré.
Este trato de calmarse, acercándose a las bestias fúngicas con una pose sumisa, pensando en cómo podría expresarles sus palabras.
—Hola…
Saludo el pequeño levantando la mano que solo fue recibida por la mirada brillante de tales bestias que se mantenían en silencio. Por su parte Silas no pretendía esperar a lo que seguía por lo que continuó con su deslizamiento.
—Son…ustedes… bueno deben ser amigos de mis amigos, por eso… bueno ellos me dijeron que me podrían ayudar para no volver a tener hambre nunca más…
Dijo el pequeño de forma ingenua a estas bestias, quienes aguardaban hasta que extrajeron de su mismas unas raíces blanquecinas. No obstante el gusano río con la estupidez que tienen muchos que se puede confundir con la ingenuidad, pero en la vida no hay soluciones perfectas para cada uno de los problemas.
—¿Eso es? ¿Debo … comerlo? Ya comí una pequeña que me dieron…
El muchacho vio la raíz que le habían extendido y trago nerviosamente algo de saliva en su boca reseca, mientras el cuero se acordó de la raíz que había sacado, algo pequeño como decía el mocoso. La criatura pareció insistir con fuerza para que tomara aquella raíz más gruesa, parecía que las opciones del muchacho se acababan.
El pequeño tomó aire y le dio la primera mordida, esforzándose en masticar lo bien para tratarlo, repitiendo para repetir el proceso con el fin de terminar la raíz de textura fibrosa con un sabor amargo y terroso lo antes posible.
—Listo, ya está…
El pequeño mostró la lengua como si esperara a que la criatura quisiera asegurarse, pero estos solo comenzaron su retorno a su lugar de descanso, otro temblor fui inquieto pero los fúngicos estaban pendiente más de lo suyo que lo exterior de la recámara, el propio gusano trataba de acortar lo último que le faltaba para cruzar por una rendija y olvidar a todas estas cosas, pero un eructo le llamó la atención.
—...No me siento bien…
Murmuró el pequeño que se frotaba el estómago en lo que daba eructos constantemente, fue repentino cuando vomitó un torrente de espuma con incontables pequeños hilos blancos que se retorcía en esta como si buscarán algo.
—...Que me han…
El pequeño vómito nuevamente con más fuerza, pero de estas vez brotaba líquido blanco por sus orificios mientras se hacía encima.
—Cabrones, lo envenenaron.
Se le escapó al cuero las palabras que pusieron en alerta a todos, estos chillaron, en lo que los monstruos saltaban sobre este que trataba de evitar este error con una huida rápida.
El niño de fondo comenzaba a tener sarpullido que se hinchaba con úlceras brillantes, su cuerpo ya finalmente dejaba de luchar, dando señales de que había muerto pero no tardó mucho hasta que se levantó con la misma mirada que los otros niños.
—¡Son parásitos, maldita plaga!
Gritó con desespero tratando de atravesar la reja, pero era sujetado por la manada de bestias que hincaban sus dedos correosos en su membrana, anclándolo al suelo con un peso muerto y brutal.
—¡Desháganse mierdas! ¡Estoy muy oxidado!
Bramó con furia al darse cuenta que al estar cubierto de tanta basura y residuos, no podía generar el suficiente líquido digestivo para librarse de aquel montón de engendros fungicos.Silas sintió cómo su cuero se tensaba al límite, a punto de desgarrarse bajo la fuerza de aquellos monstruos hinchados que habían matado a los niños transformándolos en esos niños ratas que brillaban, que ya no entendían de súplicas.
En medio del forcejeo, un pitido agudo y artificial cortó el aire. La tobillera comenzó a parpadear con un rojo frenético, iluminando las úlceras del niño muerto con una luz de advertencia que Silas reconoció de inmediato por las historias de marinos que cortaron sus miembros y tuvieron suerte de sobrevivir luego. Tecnología de superficie, una sentencia de muerte que se aseguraba de dos cosas, que no pudieras huir y en el caso de morir, se aseguraban que estuvieras más que muerto.
—¡Condenados jirones y peces lunas... nos vendieron como carnada!
Rugió Silas, dejando que su carne se desgarrara con sonidos jugosos antes que de reojo un momentáneo brillo se volviera blanco y cegador.
Tras un instante, la recámara fue consumida por un brutal estallido que convirtió el aire en metralla. Los antiguos cimientos parecieron gritar mientras perdían la batalla por preservar su existencia, dejando que un torrente de fuego, lodo y escombros fluyera en todas direcciones, tragándose el último grito del forcejeo.
Capítulo XVII: Fantasmas olvidados
—Dejame entender de nuevo su apuesta. Marjorie apostó un mes, Steban le dio a los primeros días como lo hizo Gustavo y Ernesto…
Pronunció un hombre de aproximadamente treinta años que rascaba su barbilla cuadrada luego de haber tenido puesta su máscara de cuero reforzado por tanto tiempo.
—Pues claro y no te olvides de Mariela quien apostó a la semana. Tu Miguel al no apostar guardas todo…
Habló una mujer con rasgos finos, está tenía rasgos propios del viejo continente como sus cabellos negros finos y bien peinados en un moño que le permitiera mantener la máscara sin problema. Esta al acabar de hablar le hizo unas señas al hombre que le estaría vigilando por el tema de las apuestas.
—...
Con esto Miguel suspiro con agobio por la tarea que le encomendaron sus compañeros.
—Priscila, tu deberías estar en cuanto a los últimos con la marca de dos semanas, el idiota con dos semanas un día, Morrigan con una semana y seis días…
Miguel abrió un bolsillo de su gabardina acolchada hasta que extrajo una libreta para ver quién le faltaba de los apostadores.
—Claro, pero. ¿Por qué te detienes?
Preguntó Priscila confundida por su compañero que revisaba algo más que solo nombres.
—¿Hicieron este juego con las otras divisiones? Si fuera ese el caso, estarían las cuentas mal, ya que por la cantidad y el cobro… Oh, y las fechas que eligió cada uno.
Pregunta el hombre dando un gesto de desagrado ante la idea de haber hecho la lista, por lo que calculo si tuviera que sumar lo de otras divisiones.
—No, bueno, no le pregunté a Marjorie. Pero por lo que se veía todos estaríamos jugando y el costo sería alto con el resto. Además…
La joven trató de sacar cuentas en conjunto con su compañero quien no se veía contento y menos está al tener que también contar o pensar tanto sobre su hermana mayor.
—Si, si. Además en la cuarta división está tu hermana… Raquel…
Irrumpió Miguel comentando sobre la hermana con el fin que ésta desistiera, y le dijera que no incluyera las otras divisiones.
—Ya sabes… cómo… quiero decir…¿Qué haces con los que ya están liquidados?
Titubeó la mujer ante la verdad que había olvidado, por lo que recurrió a hacer una pregunta que le permitiera eludir lo que deseaba provocar Miguel.
—¿Por Gastón, Jeremy y el novato? ¿Desde cuándo te has preocupado por otros? Recuerdo que cuando el nuevo enfermo, fuiste quien tomó sus cosas.
Incrédulo por la pregunta que hizo, le recordó que por un simple resfriado había dado por muerto al nuevo y llevado sus pertenencias a empeñar.
—¡No sé de qué hablas! ¡Todos habrían hecho lo mismo con el novato, además ya está muerto y no me quedé con ninguna cosa suya! Además se te olvidó Jefferson.
Murmuró fuerte como señal de protesta ante la verdad con la que le acusaban.
—No puedo dar por muerto al imbécil hasta que no recuperemos el resto del equipo.
Gruñó, mostrando su libreta con todos los datos que tenían los de su división.
—Qué miedo, pareces un psicópata. ¡Incluso anotaste nuestros pesos!
Expresó está con molestia, quitándole la libreta de las manos. Un nuevo sismo ocurrió con sus sonidos secos que eran amortiguados por la estructura. Esto hizo que algo de polvo cayera sobre sus cabezas.
—Condenados mocosos… no pueden morir sin molestar tanto.
Murmuró para sí, sacudiéndose los cabellos para preparar su marcha con el fin de cumplir con esta desagradable labor.
—Claro, hablando de muertos… ¿Qué haces con lo que queda de los muertos que podrían ganar? ¿Lo repartes con el ganador?
Comenta Priscila con el fin de responder la duda que había sobre el dinero.
—Eso va como bono para las próximas compras de la división… órdenes de Angus.
Dijo Miguel, como si fuera una serie de palabras que estudió con dedicación a lo cual la mujer dio un quejido y resopló en protesta.
Tras de ellos se movían algunos compañeros, preparándose para arrojar más combustible por los desagües con el fin de no dejar rastro de la plaga que estaban eliminando.
Un estruendo los paralizó. La vibración fue tan íntima que el aire pareció desplazarse con violencia antes del temblor hasta que vino el temblor que sacudió en todas direcciones, esto hizo que tuberías de soltaran y expulsan los residuos que tenían, tras el polvo que se empezaba a disipar, una figura de acercó sin quitarse el traje.
—¿Cuántos arrojaron? Deben quedar pocos en nuestra zona.
Comentó alzando la voz, posiblemente por la sordera residual que quedó tras presenciar un estallido cercano.
—Steban. ¿Supiste algo de Jefferson? ¡Jefferson!
Gritó Miguel para que le escucharán este antes de dejar listo su equipo para partir. Sin embargo el hombre le hizo un gesto para mostrar su desconocimiento sobre la situación de este desaparecido.
—¡No lo sé de ese desgraciado! ¡Pero los otros dijeron que fue arrastrado por el Enredador!
Gritó pensando que Miguel estaba también sordo.
—¡Gritale a tu madre! En cuanto a las descargas… Por división son unos cincuenta mocosos de los barrios bajos.
Contó Miguel antes de responder a su compañero que se sacaba la máscara un instante, revelando una calva y una serie de golpes bajo esta que mostraban distintos moretones como de cortes.
—¿Qué te pasó? ¿Le dijiste a Angus que se relajara?
Preguntó Priscila quien dio un bocado de carne seca antes de colocar su máscara con el fin de protegerse de algo.
—Eso debe haber sido costoso. Esto fue parte de porque estoy sordo.
Dijo Steban quien tapó una de sus fosas nasales y exaltó con fuerza para expulsar coágulos. No obstante la sangre fluyó por lo que busco un pañuelo.
—Ten, es mejor que te limpies.
Expresó Miguel extendiendo un pañuelo tosco.
—Si, hablando de Angus. Sabes que Angus se las arregló para tener un acuerdo ridículo con el bastardo nuevo que dirige a los Hernández.
Comentó Miguel de forma despectiva sobre el asunto en el que se involucraron.
—Esto no es una tarea de esos imbéciles. Debieron ser de las otras familias que metieron mano en este asunto. Mira todo este equipo.
Alzó la voz Priscila, realizando una demostración con uno de esos artefactos que arrojaban fuego como los comulgantes a los herejes durantes los días festivos de los santos que realizaban los religiosos.
—¡Calma hija de monja!
Gritó alguien de fondo al ver las llamas extenderse por todos lados.
—Ese es el motivo de que nos dejen aparte. No repitamos la tragedia de Gastón.
Reclamo Miguel a lo cual Steban se vio molesto.
—¡Condenado bastardo! Me debía una ronda después de esta limpieza.
Steban estaba molesto, este pateo una de las tantas ratas que terminaron calcinadas.
—Si lo pones así… cierto, sería raro que nos dieran permiso de saquear todo lo que quisiéramos antes de volar todos los pasajes del subsuelo del mercado.
Comentó Miguel por el asunto de la recaudación de provisiones que hicieron para la extensión de la limpieza pero si lo asunto fue interrumpido por el terrible sonido que azotó sus entrañas, está vez dejándolos cubiertos del polvo de los túneles para ser sacudidos por un sismo que tiró al suelo a quienes estaban mal parados.
—¡Condenados mocosos! ¿Acaso no pueden morirse más lejos?
Gritó furioso Steban con la cabeza dando vueltas.
—¿Quien habla? ¡No se escucha nada!
Gritó la mujer tratando de ponerse de pie. El polvo estaba en todas partes y limitaba la visión de cada uno que usaba sus pequeñas linternas de aceite.
— ¿No creen que esos mocosos inútiles se estarán muriendo de hambre?
Comentó entre gritos Steban pese a que los otros también bramaban por el estallido cercano.
—¿Morir de hambre en el sentido que si se muriera de hambre?
Preguntó Priscila alzando su voz por encima del resto.
—Claro, ¿De que se morirían?
Respondió Steban quien parecía volver a estar sordo como antes.
—Yo creo que habrían sobrevivido una semana más sin comer, recuerden que les dimos algo de comida y agua antes de arrojarlos al alcantarillado.
Mencionó Miguel quien desabrochó sus ropas para finalmente hacer unas marcas en su libreta.
—Esto no cuadra. ¡Y saca esa condenada luz de mi cara!
Gritó Miguel quien se veía alterado y no por la serie de explosiones que habían estado recibiendo en el último tiempo.
—¿Qué te altera?
Volvió a preguntar un hombre del fondo, sin embargo se aproximó a los tres.
—¡Morrigan, esto no cuadra! ¡El margen de fallo era cincuenta y ocho!
Gritó Miguel al hombre que pareció petrificarse al oír la noticia.
—¿Cuál es el margen? Hola Morrigan.
Habló la mujer que revisaba que tuviera la máscara de cuero bien puesta.
—Le avisaré lo antes posible a Angus…
Morrigan contestó con su voz fría ignorando a Priscila.
—Cabrón, me ignoro. ¿Qué pasa?
Maldijo la mujer sujetando a Miguel con el fin de saber lo que ocurría.
—Es la cantidad de detonaciones que registramos. Con el tiempo que pasó debería ser a lo mucho cincuenta y ocho. Pero en el último tiempo llevamos unos setenta y seis.
Este habló inquieto, mostrando su muñeca que tenía un objeto que giraba y marcaba unos símbolos.
—¿Eso es una… cosa… cuco?
Titubeó la mujer viendo cómo este llegaba al centro y luego volvía a girar.
—Esto se le entregó a cada encargado de las divisiones para medir no solo el tiempo, sino que funciona de cronómetro.
Dijo con cierto sonsonete Miguel, lo cual no les interesó mientras avanzaban por las rendijas estrechas que daban un espacio entre tuberías.
—Lo bueno es que si pasa algo prometo cuidar de tu reloj cucu con función de…eso…
Respondió Priscila frotándose la barbilla.
—Procuremos no acabar por culpa de uno de los detonadores de las otras divisiones.
Murmuró alguien en voz baja, envuelto en ansiedad pero impulsado por cumplir con la tarea.
—No me gusta mucho el tema de los Hernández y las otras familias. No me interesa quien pague pero esta clase de problemas son desagradables para tratar…
El ambiente fue tenso, las palabras de fueron perdiendo luego de un rato. Para volverse en una serie de murmullos programados para coordinarse por los sistemas de túneles eran peores de lo supuesto.
Por sus palabras no hubo respuesta, únicamente una acción con calma fría y tensa que les motivaba a terminar con esta situación lo antes posible, estos emprendieron su movimiento en conjunto sin quedarse atrás.
Cruzaron las densamente pobladas tuberias, que les había dado acceso a una recámara segura. Se incursionaron a la estrecha oscuridad de los profundos túneles que se extendían como un sin fin de trampas mortales donde fluía incontables kilolitros de aguas servidas que arrastraban incontables cuerpos sin vida a cada instante, algunos perdiéndose en los túneles eternos.
Capítulo XVIII: Literalmente lleno de mierda
Las calles seguían colmadas de virulencia tras el intento de quemar la orgullosa alcaldía que se alzaba en tal ilustre pueblo que tanto se aclaman por los rincones del mundo. Ante la suciedad residual de la disputa, las tuberías fueron una de las oportunas salidas para desatascar las concurridas calles de tanta mano de obra barata nueva que llegaba a los puertos.
Ante la inmensidad de finados que aglomeran los barrios bajos para su eliminación, las zonas más bajas se habían vuelto un criadero saturado de infecciones y pestilencia que peleaban por tener el sector habitacional más enfermizo.
—¡El hedor se filtra por las máscaras!
Gritó Trevor al grupo que había tenido una considerable cantidad de bajas en su trayecto.
—¡Es un regalo de los malnacidos de los Hernández! Maldice los y cambia el tercer filtro, no quiero a otro regresando las tripas por la boca.
Las tuberías agolpadas de cuerpos recibían y manejaban enormes cantidades de aguas residuales que seguían descendiendo al igual que aumentaba su longevidad, en estas de acumulaban estrías de óxido y sarro de este uso implacable que se les había otorgado como trabajo, haciendo que desde hace mucho dejarán de ser conductos para volverse un denso manojo de intestinos enredados.
—¡Te digo que fue un accidente! ¡Dejen de bromear con eso, solo vomité una vez!
Protestó una mujer que les señaló con furia, para luego despotricar silenciosamente con las risas apagadas del grupo.
—Bueno, al menos nada puede ponerse…
Hablo con cansancio uno de los hombres que cambiaba su filtro.
—¡Calla!
Gritó otra mujer que le dio un golpe firme en el hombro para detenerle.
—...Solo quería decir…
Titubeó tímido lleno de dolores ante el golpe que parecía haberle hecho más daño de lo que parecía.
—No quiero que nadie diga esas malditas palabras. ¿Entendiste, Trevor?
Gruñó sin escuchar a su compañero, siendo apoyada con avenimiento por parte de sus compañeros.
—Manténganse atentos, pronto deberíamos encontrar las escaleras de mantenimiento para bajar a la… a donde bajamos Raquel?
Pronunció uno de los primeros hombres volviéndose confundido.
—William. Es la escalera de mantenimientos está lleva a la recámara inferior de mantenimiento que lleva a las puertas de mantenimiento a…
Esta respondió disgustada, dando otro golpe a Trevor quien reclamó ante el maltrato sin explicación.
—Eso fue para aliviar las ideas y responder. Además no está ninguna de mis hermanas para eso. Asumo que Balthazar, Sonia y Eugenio están de acuerdo que un buen golpe ayuda a recordar.
Se excuso Raquel.
—Esto, bueno tiene razón. El mantenimiento lleva a los ductos de procesamiento de aguas residuales abandonados, ese es el último lugar donde sí ha sobrevivido alguna basura, sería dónde está…
Apoyo la idea de Raquel, seguido de William, quien parecía estar de acuerdo con los demás.
—...Eso no debería estar ahí. No aparece en otros planos…
Mencionó Eugenio con la mano temblorosa.
En el descenso de entrañas renacida por la inclemente avance del tiempo, acompañada de la deformación de los espacios abandonados hasta el punto de volverse cuevas geológicas que impartirán terror a quienes las rondaban en su descenso con el profano fuego que avivaba la sed de sangre de la gran variedad de criaturas y anomalías que persistían en estos profundos lugares cálidos.
—Creo que entramos en una anomalía.
Dijo la voz de Sonia que parecía angustiada, sin embargo no tuvieron tiempo de responderle cuando uno de los sismos se hizo presente, abrumado a todos ante el impacto. Los sismos de las explosiones habían sido recurrentes al punto de volverse algo diario que no parecía tener final. No obstante este caso era distinto, no había sido una detonación cercana.
—...El que esté muerto diga yo…Yo…
Dijo con dolor William el cual trataba de pararse a lo cual todos respondieron con el cuerpo adolorido por el impacto.
—...No te…
Sonia no alcanzó a decir nada más cuando William cayó sobre Raquel quien gruñó y maldijo ante el golpe que avivó el dolor punzante.
—¿Eso es parte de una anomalía? Es…
Gruñó Eugenio tratando de no vomitar dentro de su máscara. Fue otro sismo que hizo presencia con más fuerza. Y luego otro.
—...No…
Pronunció Raquel empujando a William, de fondo se escuchaba vomitar a Eugenio. Las luces fallaban y el ambiente estaba cegado por una oscuridad que peleaban contra el polvo que lo cubría todo ante la presencia de las luces.
—...Abajo… Hemos bajado de pisos… Está mierda cedió. Y bajamos…
Respondió buscando aire con mucha dificultad.
—Si… La próxima… Di que … Es…
El grupo apenas podía gemir y lamentarse, sin darse cuenta que la caída les había dejado cerca de más peligros.
—...No digas… Das jaqueca.
Respondió William que parecía abrumado ante la falta de aire.
Pese a los inclementes temblores, el drenaje mantiene su pulso pese a las incontables décadas de abandono, procesando una mezcla de fermento y bilis que burbujea bajo la presión de los gases cadavéricos. Aquí, el agua dejó de fluir hace mucho, para solo abrirse paso a través de represas de cuerpos hinchados que, al alcanzar el punto crítico de putrefacción, revientan con un delicado coro sordo de chapoteos nauseabundos, permitiendo que el caudal de desechos recupere su curso hasta la próxima obstrucción.
En las orillas de lodo negro de incontables mezclas de atroces procesos debido a la carnicería de arriba, la materia es expuesta a altas temperaturas como de combustión violenta hasta volverse en un componente inestable que provoca asco a kilometros, las ratas se amontonan bañándose en esta pestilente sustancia con la única necesidad que es lograr ingerir algo comestible que llega a estas profundidades. Algunas han cometido el error de roer las raíces de marfil que brotan de las amalgamas de carne fúngica. De su tormento agónico que solo termina con sus muertes, desde sus pechos brotan ahora setas fluorescentes que se agitan con una voluntad ajena, convirtiéndolas en parias brillantes que han perdido toda necesidad de atiborrarse y agredir por pura sed de sangre. Sus antiguos congéneres, enfurecidos por la luz impía que da razón a la vida en las profundidades y el hambre que las condena, las despedazan y consumen, quedando atrapadas en un trance hipnótico que las hace vagar sin rumbo, como pequeños faroles moribundos en la negrura.
Incluso en este festín de inmundicia, hay algo que las ratas han aprendido a evitar.
En un rincón donde el agua residual golpea con menos fuerza, yace una manta de cuero hinchado, con una forma anómala que ha perdido trozos de sí, que parece parte del sedimento de lo que se ha convertido en el recubrimiento de las alcantarillas. Solo los gusanos y las cucarachas más resistentes se atreven a perforar esa piel corrosiva. Alguna rata, cegada por la desesperación, arranca un trozo de esa carne oscura, solo para huir chillando mientras un líquido ácido le deshace el hocico a cada mordida.
—En los mares uno debe tener cuidado con el sol o será carne seca…
Lentamente movió una pequeña parte de su cuerpo que se resquebrajaba por la exposición continua y el daño que recibió, ni las aguas negras ayudaron a su hidratación. Únicamente los gusanos, los más hambrientos y resistentes se habían amontonado en su carne agrietada con el fin de hincharse a gusto sin que otra criatura los molestará.
—Aquamarina, fruto de las cosechas en tierra… tanto jurel y tan poca boca…
Murmura consciente de su propia locura, mientras sus apéndices, moviéndose con una torpeza agónica se mueven para recoger migajas que dejan las alimañas, no obstante fue en un momento que vio una rata lenta acercarse lo suficiente para enroscarla en sus apéndices mal trechos a una de las ratas hipnotizadas.
—...Por… licor…de ombligo…
Con una crueldad nacida de la necesidad, Silas comienza su abominable digestión. En un último gesto respetuoso en lo profundo de la oscuridad, este aplasta a la alimaña junto con un par de setas pequeñas y raíces de marfil robadas, mezclándolas con sus propios jugos gástricos en un pliegue de su cuerpo donde los insectos resbalaban y se mezclaban con movimientos frenéticos.
—Este… será uno de mis últimos intentos… si logró el primer lugar en esta receta de tarta de jurel, prometo reemplazar al capitán por un coral…
El resultado es un brebaje viscoso y prohibido que absorbe a través de sus poros.
—...Delicioso como lo hacía papá… ¿Eso dije? Pero nunca… Es la receta de cuando… yo…
Este avergonzado incluso ante la locura que no podía controlar, dejó caer su máscara que se había vuelto su rostro contra el suelo.
Las alucinaciones no tardan en llegar. El techo de la alcantarilla desaparece para mostrar el cielo del puerto que Solomon le prometió, pero las estrellas tienen forma de ojos brillantes bajo la piel. Silas ríe solo, una vibración seca que espanta a los insectos. El trauma ya no duele cuando se está lo suficientemente loco para ignorarlo. Sin embargo una voz familiar se repite en su cabeza. El murmullo lejano de una voz femenina que parecía una fantasía propia de una sirena.
Podía reconocer un sutil hedor pútrido que se hizo presente al igual que aquella vez dentro del Tullugal, cuando aún era un hombre y no le daban una tarea en concreto.
—Pobre niño, te han roto y vuelto a coser. No eres más que un trapo hecho jirones… Eres un jirón de carne al igual a quienes mataste y que alguna vez te obedecieron…
La voz podía reconocerla ya que cada vez que murmuraba suavemente podía apreciar la muerte respirando, no era un olor nauseabundo, era una putrefacción dulce que le hacía querer arrancar su propia nariz y devolver la comida con la boca que una vez más tenía en el rostro que olvido
—Tantos sueños y verdades has vivido que me estremece cada hoja que leo… Deseo abrir tu ser y conocer más de este mundo. Por otra parte hay quienes te siguen reclamando… cuando veas los cabellos de fuego, con un par de esmeraldas…
La calidez de la voz femenina de volvió pausada, está parecía juguetona pero el mundo que una vez fue un cielo estrellado por ojos se despidió de todo y quedó sumergido en la oscuridad más atroz.
Una cara se hizo presente, era femenina delicada y perfecta con rasgos esculpidos y una piel blanca como la nieve.
—Matala.
El solo deseaba huir pero estaba paralizado mientras aquel rostro parecía moverse estático hacia él, pero fue el mismo que era arrastrado hacia este rostro que le aterraba, no lograba entender si era un recuerdo o producto de su imaginación que se había entrelazado con sus pensamientos y estos daban una atroz danza que le retorcía la mente.
—Matala.
Repitió de forma armónica, delicada y cruel que podría percibirse el deseo por ser obedecida.
—Matala.
La dulce voz repitió como una cacofonía dulce.
—Matala.
Dijo por décima vez mientras recibía ecos sobre sus palabras que se superponen a sí misma, instigada a oírla.
—Matala.
Repitió luego de miles de veces decirlo en una fracción de suspiro.
—Matala.
La voz no era cruel pero en su dulzura condenaba a una lenta y tortuosa angustia que devoraba cada minúscula pizca de calma que pudo tener en su vida.
—Matala.
La voz inundó el espacio, está provenía de todos lados hasta que sintió unas grandes manos sujetar sus hombres por detrás.
—Matala.
Un atroz grito resonó en el mundo igual que la explosión que dejó en tal estado, incapaz de moverse o de regenerarse, a la deriva en un torrente hirviente que culmina en cuerpos y fluidos que combustionan entre sí ante la violencia que ocurría en el mundo hasta caer en tal rincón.
—Yo… bailando estaré pero en terrible diversión estaré por siempre…
Murmuró llevándose los apéndices a la cara donde estaba la máscara, esté con dificultad recobró sus brazos y piernas falsos que eran una forma enroscada de si.
—Estoy listo para el trapecio, si mis ojos no me engañan el acto ha de seguir.
Sostuvo su cabeza un instante, llevándose las manos a la máscara en lo que tambaleaba y caía sobre la muralla, la que ante la fricción dio un sonido áspero mientras se desprendían pequeñas cáscaras.
—Soy… ¿Cómo era el nombre de ese bufón sin rey? ¿Que soy sin un espectador?
Alzó la voz frotando su cuerpo violentamente contra la muralla, arrancando trozos de sí mismo que habían muerto y del propio alcantarillado que habían ocultado los ladrillos de piedra cincelada.
—¿Soy algo que piensa sin una mente. Eso me vuelve un sabio o un loco?
Su voz era un aullido que momentáneamente provocaba que las ratas mirarán antes de continuar comiendo.
—...Que desagradable… Que vulgar…
Una serie de palabras burlescas y pomposas se formaban frente suyo.
—...Tan solo míralo. ¡Qué desparpajo es todo esto!
Comentó el señor rata que mordisqueaba una tira de carne aguda nada que se desarmaba en sus propias patitas.
—Te dije que debíamos ir a otro tugurio. Está lleno de populacho, qué horror.
Protestó la señora rata que mordía a otra por acercarse a su comida.
—¡Hembra loca! ¡No volveré a un rincón como este! La entretención es pésima y dejan pasar a cualquier rata de pulgas sucias.
Gruñó el señor rata de rostro sarnoso ante la agresión de la hembra.
Ante sí mismo podía ver cómo estaban hablaban y burlaban de su pobre actuar, que habían visto a merluzas con más sentido del humor.
—¡Camina aquellos sometidos por su libertad agrietada por la risa de los niños! ¿Por qué pienso? ¿Porque siento? Acaso no basta con esta vida tan… dichosa…
Por fin entre sus gritos la máscara avivó su risa, pero podía sentir como la risa llamaba a un coro de ecos de risas impropias que se avivan consigo mismas y retumban en su cabeza como una horrible presión en su destrozada existencia.
—... Algo… ante la vida quebrada deben haber risas… eso es un… mal tiempo buena cara y de seguro unas sardinas serán de mi agrado…
Se tambaleó, dando golpes en su cabeza que se retorcía en risas, únicamente podía sentir como lloraba sin poder derramar ni la más mínima gota de su ser tan dolido, le resultaba en un castigo irónico de la vida que tampoco le permitía tener la libertad de la muerte..
—¡Seré el primer bufón sin rey, sin amo, sin desdicha! ¡Pero qué infortunio es mi dicha!
Con parte de su cuerpo abierto como una planicie de rojizo pastizales que salpican icor ácido, se rascaba el resto de su cuerpo con desmesura.
Sin uñas, sin dientes. Tan solo un cuerpo como un cañón abierto en la tierra seca que se rehúsa a dejarlo. Su propia existencia crujía con el sonido de pergaminos viejos siendo estrujado por manos invisibles.
El agua negra de la alcantarilla, aunque fétida, no la hidrata. Tan solo se resbalaba sobre él como si el mundo le negara saciar lo poco de sí y exigía que negara lo que alguna vez fue.
Sin titubear dio un salto con fuerzas mientras abría su cuerpo sobre la orilla, listo para darse un festín con las alimañas y restos de todo tipo que tuviera en la orilla. En su estado le daba igual terminar como un hongo, sabía que el espejo de su ser se había roto por última vez y ningún arreglo lo traería de vuelta.
Capítulo XIX: Navegando en las cloacas
En lo profundo de la oscuridad se escuchaban pasos alegres desde las cloacas repletas de alimañas que se alimentaban de los cuerpos que se movían pon un caudal espeso y burbujeante, se podía ver cómo este hervía por el alza de las temperaturas que había vuelto los túneles en saunas fétidos, con la humedad adicional ya no se escuchaba el crujir de las costras desmoronando lo antiguo de su carne.
—...Es un horno… No, no lo es. Es más como un caldo de mariscos fermentado….
Su voz hacía presencia en la asfixiante atmósfera que le rodeaba, daba patadas contra el suelo levantando a las ratas que caían como una pasta licuada. Esto no lo hacía para eliminar ratas, lo hacía con el fin de arrancar las partes viejas de su carne ennegrecida luego de volver a morir por culpa del sedimento.
Su cuerpo seguía destrozado pese a moverse y seguir con vida. Su andar seguía como un trapo húmedo, pero a cada paso lograba unirse cada membrana consigo misma para extender sus tejidos que luego se recogían como una nueva tela de carne viviente pese a supurar icor y otros fluidos que se entremezclaban mientras salía a flote la carne nueva de un terrible tono putrefacto que se asemejaba a su tono anterior, solo que con toques suaves a rosa venoso.
—Mira nada más, es un asco todo esto…
Esté removió la costra, revelando como el tejido había hecho pequeños apéndices digestivos entre su carne y la costra que se abrían paso por esta misma consumiendo el apéndice digestivo que tenía cuerpo el cuerpo resguardando su sanación.
—Pero qué es esto… No eres parte de mi, pero lo eres…
Esta membrana lentamente se alimentaba de la costra corrosiva, apenas duras expulsando lo que lograba deshacer en un líquido pastoso impregnado en metal, al ser jalada la costra antes de terminar con los pequeños apéndices largos no terminaban su trabajo de fragmentar la superficie seca de óxido y olvido que la carcome como si su cuerpo fuera una doncella de hierro que lo resguardaba y oprimía, clavándose a sí mismo en total silencio inmisericorde.
—Bueno, no creo ser padre pero una cosa es cierta y es que puedo dejarte andar conmigo.
Le hablo al trozo de carne que actuaba como un coral de sí mismo, moviéndose y percibiendo la humedad del ambiente.
Con más soltura dio una tras otra soltura para seguir su marcha al abandonar gran parte de los restos que seguían cayendo en el camino que dejaba atrás cubierto de sangre de todo tipo de plagas sin piedad se había vuelto parte de la recuperación luego de arrancarle cada vestigio de su cuerpo muriendo por la inmundicia que le rodeaba, ahora podía moverse más limpio aunque el dolor que tenía su cuerpo era una sensación abrumadora que lo recorría hasta lo que parecía alguna médula de su cuerpo, aunque de cierta forma le lograba transmitir la sensación de vida, algo nostálgico en irónico como si el destino llamara a la crueldad como única vía de supervivencia en la naturaleza de concreto.
—... Si, creo que ya está…
Su ojos como perlas negras miraron por última vez lo que era antes de desgarrarse para ser libre de la agonía, en la desesperación había conseguido aliviar su vivir, tan solo tuvo que sacrificar parte de su mismo que se extendía por metros como capas de piel gruesa que se difuminaba en el pedido ambiente por la petrificación que tenía.
— Bien, estoy fresco como una brisa marina.
La escena de los túneles era ya de por sí macabra , esto daba rasgos más abominables a estos profundos senderos intransitables, donde el gusano avanzaba realizando una peculiar danza que hacía estremecer a toda infección virulenta en cada una de las retorcidas plagas que miraban a escondidas más allá de la negrura del abismo de los túneles.
—Era una vez, aquellos que danzan por la dicha en el espíritu de los circos pasados con el fin de avanzar recordando de donde se originó el circo…
Una gutural voz se abría paso junto con los ecos por los túneles extensos que conectaban a diferentes salas en las que se arremolinaba diversas fuentes de líquido denso pero variado, algunos rebosaba de cuerpos hinchados de todas las edades. Más allá, encontró otra con un líquido que brillaba hermosamente como si fuera un cielo estrellado hasta que las ratas caían en su negrura y en un bello acto parecían estallar en la rápida disolución de su ser.
—Si esto fuera el circo, podríamos dilucidar de inmediato sobre que lugar es para cada payaso.
Entre risas y aullidos que lanzaban fábulas preguntas y respuestas, este daba un espectáculo de por si, ya que lo que parecía un pequeño carnaval, tan solo provenía de un mismo cuerpo.
El sonido de las cascadas de aguas servidas arrastraba cuerpos y residuos burbujeantes por las altas temperaturas que habían vuelto el ambiente húmedo.
—¡Pero qué bello es el mundo que me rodea!
Hablo alzando sus brazos como si tuviera compañía que baila en dicha con él, quien llevaba su retorcida danza por las sucias cloacas.
—Si no tuviera que volver a decirle a cabeza de ancla que no era buena idea la grieta, podría hacer este lugar un buen escondite…
Observó con dificultad el ambiente lleno de vapor, este podía ser terrible pero en comparación con el pozo o cualquier lugar del pueblo, se veía acogedor.
Las ratas se veían agotadas, lentamente se movían por el calor pero avanzaban en números considerablemente grandes al reunirse en estrechas brechas, en tanto se dio cuenta de algo extraño que era el aumento de las que corrían en sentido opuesto a él, aquello le indicaba que se movía por buena dirección. Entre el chillido de las ratas que daban vida al alcantarillado, comenzó a formarse el aroma de suciedad y cabello quemado para finalmente mostrar desde la negrura el surgimiento de las pequeñas y no tan pequeñas con el cuerpo rostizado.
—Esto me recuerda a las noches en la bodega del muelle.
Sin embargo ante la situación de las ratas que aparecían, habían otras que tenían peor suerte, ya que en su carrera por salvar sus vidas, para peor se caían al agua hirviendo con un final más rápido pero cruel que las que seguramente morirían por las quemaduras. Estas finalmente se acumulaban hervidas para hacerle compañía a los cuerpos que se abrían tras cocinarse en su propio jugos pútridos.
—... Creo que he encontrado compañía, lástima que la vista es tan buena…
Murmuró tratando de ver lo que provocaba un tenue resplandor conocido que avivaba su brillo cruel desde lo profundo de una gran tubería, de esta se escuchó primero un terrible lamento, incontables voces cantaban por lo perdido.
—...Mi hijo… ¿Dónde está mi bebé?... Mi hijo…
Resonaba terriblemente la voz llena de una desagradable nostalgia que hacía estremecer los huesos, ya que luego de esto se hicieron presentes los demás gritos que resultaban en un contraste terrible, ya que estos gritaban blasfemias como súplicas por su salvación.
—¡Corre!... ¡Socorro!¡Socorro!...
Gritó un hombre dando un último grito agudo.
—¡William! ¡Mierda!
Gritó Eugenio que se escuchaba horrorizado por lo ocurrido por su compañero.
—¡Corre! ¡Corre!
Gritó una mujer que parecía notoriamente alterada. No dejaba de repetir las palabras una y otra vez.
—¡No me queda más!¡Raquel, debes…! ¡No! ¡Suelta, suelta, suelta!¡No!
Dio un gélido grito callado por el estruendo de los huesos y la carne siendo comprimida y esparcida.
Esta era una seguidilla de gritos de desesperación de múltiples personas que hablaban un sin fin de cosas que parecían incoherentes hasta que los primeros se hicieron presentes.
—¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡No podemos seguir en este lugar!
Paso el primero como una sombra que se había quitado todo con el fin de llegar antes a algún lugar dentro de la total oscuridad.
—¡Corre! ¡Corre! ¡Marjorie, Raquel! ¡Olvídese de ellos!
Gritó a todo pulmón un hombre desde el otro lado de la bruma, de la cual se podía ver cómo figuras luchaban como las historias de epopeyas antiguas que lamentablemente se sumergía en la auténtica realidad que abandonaba todo rastro de valentía, ya que aquellos imprudentes fueron los primeros en perecer.
—¡Quema! ¡Quema!
Gritó Morrigan que trataba ser de los primeros que al no ver por donde corría se zambulló directamente en las aguas burbujeantes.
—¡Ayuda!
Imploraba a gritos mientras se esforzaba en mantenerse a flote para salir del caudal enfermizo, solo para comenzar a reventarse en llagas y hervir como el resto que era arrastrado lentamente por el canal.
—¡Marcus, Igor, vuelvan bastardos!
Sus ojos se posaron en los dos que se apoyaban el uno con el otro al estar llenos de heridas, estos lograron verse en los ojos de su compañero que enrojecen luego de que sus pupilas acabarán como canicas blancas dentro de sus ojos similares a bolas hervidas, su boca entraba agua hervida que rompía su lengua y paladar. Sus labios se hincharon y se desprendieron.
—...
Seguía tratando de salvarse pero únicamente brotaba sangre a chorros de sus orificios, la carne tierna terminaba de desprenderse por completo antes que alguien logrará pensar en darle una respuesta por su cobardía.
—¡Deja que se la coman! ¡Olvídese de toda esta mierda!
Gritó un hombre cojeando al tener su muslo abierto por una forma extraña como si una sanguijuela le arrancará el trozo de pierna.
—¡Debe haber alguna…!
De un mordisco su máscara fue engullida con una buena parte de su rostro. De sus palabras solo quedaron sus aullidos de dolor mientras más bocas con aspecto triste lo consumían.
—¡Deben moverse o terminaran como esos idiotas!
Rugió un hombre calvo que parecía defenderse sin mucho éxito del pánico.
Tras de él venían algunas figuras acolchadas con su equipo a rastras o perdido, al igual que parte de estos. De pronto tras de estos venían otros dos que arrojaban fuegos que se extendían por la habitación y provocan más vapores nauseabundos.
—¡Apenas le hace efecto! ¿Acaso el fuego no purificaba?
Gritó uno de estos con voz ronca, aquel tenía el pecho abierto por un mordisco, sujetando la carne colgante con una mano hecha jirones.
—¡Les dije que era una mala idea lo de los detonadores! ¡Juro que si muero me llevaré a Angus conmigo!
Gritó otro tratando de quemar a la atrocidad que se acercaba lentamente, este no veía como su arma se fundía en sus brazos, carcomiendo la superficie de su chaqueta.
—¡Bastardos! ¡Cobardes! ¡Cobardes!
Se pronunciaron insultos envueltos en bramidos llenos de dolor de una mujer, está estaba siendo sostenida desde el pecho directamente luego que la gabardina cediera por múltiples cabezas de mujeres llorando que se alargaban por cuellos de gusanos hasta una gran y gruesa pashmina peluda que ocultaba bocas y huesos pequeños de infantes.
—...Mi hijo… Mi hijo…
Esta bufanda peluda de color azabache rodeaba a una mujer enorme que flotaba con su rostro blanquecino al igual que el resto de su cuerpo cubierta por finas membranas que se movían en tonos púrpuras suaves. Su expresión era una llena de pena al igual que los que brotaban de esta. Su vestido tenía un sutil diseño de encaje que a Buenos ojos se desvelaba que estaba compuesto de pliegues de gusanos y bocas extras que aguardan a los inoportunos que pensaban que lograrían esquivar a tal abominable criatura.
—¡Es una condenada llorona! ¡No tenemos el equipo necesario!
Gritó un hombre como si eso explicará porque abandonaban a su compañera.
—¡Que se joda todo el mundo! ¡Nos está matando a todos! ¡Al carajo con Raquel!
Gritó Trevor descontrolo ante el caos, tratando de jalar a sus compañeros para que le escucharán, no obstante sólo pudo ver a su compañero arrojar su arma fundida hacia la figura que no se inmutó debido a que atravesaba los objetos inanimados.
—¡Trevor! ¡Que los celestiales te castiguen cobarde de mierda!
Gritó furiosa la mujer, apuntando con su lanzallamas al máximo, este comenzó a colocarse brillantes al igual que el de su compañero, mientras crujían y rechinaban sus válvulas que habían excedido su resistencia.
Aún así la mujer continuó sin nada que perder, enfocándose en someter al monstruo con lo último que le quedaba haciendo que las llamas envolvieron a la bestia y a esta misma que ya estaba gran parte quemada por los fuegos amigos.
—¡Por tetragramaton! ¡Creador celestial! ¡Arderá por el fuego purificador y su luz …!
Algo habrá provocado el disgusto de la llorona, tal vez el fuego en su rostro o el rezo inconcluso pero las bocas arrojaron a la mujer hacia el cuero sin notar la presencia de este espectador.
El arma al caer al suelo apenas dio un golpe y envolvió todo de un potente brillo que calcinó cualquier cosa que tuviera a su alrededor pero la llorona no se inmutó conservando su expresión indiferente.
Por otro lado, el gusano que observaba la escena se vio involucrado cuando la mujer fue arrojada a él, sin saber si esto era una clase de burla, ya que de todos los lugares de dirigía cayendo como una muñeca rota, por un instante que tuvo pensó en esquivar y escuchar su dulce crujir.
En un movimiento exagerado se movió tomando sus brazos para dejar que el impulso de la caída le diera fuerza para girar en un audaz baile que detuvo a la llorona que observaba esa extraña escena sin cambiar su expresión.
—¡Veo que el meteorólogo acertó el día de hoy! ¡Había dicho que vendrían horrores del aire pero en cambio están cayendo bellas damas!
Dijo dando una pose elegante y exagerada como si se presentará a la mujer.
—...
La mujer se vía inconciente, apenas se distinguían rasgos finos, un cabello negro bien cuidado recogido para lo que parecía los restos de una máscara.
—Bueno, veo que es una chica ardiente.
Bromeó riendo consigo mismo sobre el estado de la mujer, prosiguió a apoyarla en el hombro como un maniquí y empezó una danza para continuar su camino.
—...Mi hijo… Mi hijo…¿Dónde está mi bebé? …Mi hijo…
Murmuraba cada una de las bocas que se abrían y cerraban dando consigo sutiles pero secos castañeo con sus dientes tras cada largo lamento que parecía estar envuelto por el dolor de la pérdida.
—No de ustedes pero esa cosa parece todo menos una llorona… como que se agusano la sopa de mariscos…
Este comentó a su compañera de baile que arrastraba sus pies con apenas un gemido que salía de su boca.
—¿Entendiste? ¡Es muy cómico!
Expresó demostrando estar contento con sus risas en conjunto solo para callar las risas en seco por el silencio de su compañera.
—Vamos, no me dejes quemarme con ese chiste. ¿Entiendes?
Volvió a tratar de hacer reír a su compañera quien solo lo pudo ver con sus ojos nublados por el calor extremo al que estuvo expuesta.
Por su parte la llorona extendía sus cabezas por medio de sus largos cuellos de forma rápida como latigazos que conseguían adherirse y extraer trozos de carne. Las heridas que fueron expuestas a líquido negro que brotaba de aquellas cavidades similares a ojos, terminan volviéndose negras por la necrosis que avanzaba como veneno aunque de los rostros que brotaban de esta, no eran más que rasgos para camuflarse de los gusanos, los que abrían y cerraban sus bocas llamando a cualquier niño ingenuo que pudiera caer en su trampa que liberaba líquido negro pegajoso.
—...Mi hijo… ¿Dónde está mi bebé?
Tras la disipación de los residuos del estallido, el monstruo parecía percatarse de la pequeña forma humanoide que se formaba a metros de distancia, este era percibido como algo igual a las presas que había estado siguiendo, salvo por unos detalles sensoriales en la forma que tenía esa presa junto a otra moribunda.
El gusano con la máscara burlesca produjo un fuerte ruido, en respuesta al ser observado por la llorona que lamentaba, sin expresar otra cosa que su mensaje para atraer a las deliciosas presas ingenuas que llegaban a escuchar claramente su llamado por los niños, su necesidad de alimentarse de niños, perdidos o no.
—¡Señora! ¡Señora! Es la señora de la gran nariz. Aquella que lamenta a su hijo solo para robar y se queda con hijos de otros. ¡Qué vergüenza!
Este grito danzando con la mujer colgando a su costado, no obstante antes que diera un paso más la dejó caer como un saco de jaibas, haciendo que se golpeara contra el suelo, únicamente amortiguada por las ratas y cucarachas que huían del calor abrasador.
En ese instante la cortina de vapor se abrió para darle paso como una flecha de horror a una de las cabezas lamentadoras que voló extendiéndose con fuerza contra el gusano.
—¡Pero qué bella mujer! ¡Veo que te has arreglado esos bellos dientes!
Expresó esté sintiendo como la cabeza mordía con violencia hambrienta su pulposa carne que parecía ser desgarrada por los azotes de la fuerza de sus fauces, no obstante todo glotón tiene un límite, está sintió el terrible sabor que se entrelaza entre la putrefacta sensación de los hongos residuales que fueron quemados y amontonados en lodo negro químico con cadáveres reventados que le hizo dudar si había confundido algún desperdicio con una presa.
Con fuerza trató de arrancar la pulposa carne membranosa que se resistía a separarse, inclusive no daba señales de provocar daño auténtico como gritos o la carne contrayéndose y defiendo ante la pelea con sus dientes. El forcejeo con tal nauseabunda figura que no actuaba como otras presas, al ser apretada expulsaba baba extraña para acompañarlo con un dolor intenso que parecía deshacer sus fauces.
La cabeza chilló de dolor, para contraerse de vuelta a su cavidad en la figura que actuaba como una aglomeración de gusanos. Desafortunadamente para estas la cabeza traía un invitado no deseado, el cual se había sujetado firme a la parte baja del cuello del gusano que padeció espasmos antes de dar un terrible grito.
El resto de la colmena de gusanos se preparó ante la caída de la cabeza al ser desprendida por la desintegración de una de las partes de su cuerpo.
Ante esta pequeña presa que había demostrado ser un estorbo a estas en su banquete, se deslizaron fuera de sus rendijas y rincones que se habían establecido en aquel cuerpo grande que aparentaba cierta calidez maternal, por la pronta proximidad de aquella pequeña sabandija que tenían delante que no dejaba de reír y moverse en pasos inusuales al resto de presas, las demás cabezas de arremolinaron contra este, forzando su mordida tratando de abrir y destrozar el cuerpo del gusano solo para darse cuenta que el cuerpo perdía su forma humanoide y se volvía un manto de cuero putrefacto que por sus vellosidades digestivas se aferraba a la piel de estos gusanos.
—¡Damas! ¡Si que son cariñosas! No se preocupen que hay de mi para todas.
Habló fuertemente con una voz moribunda pero alegórica, lo cual caía perfectamente en su actuar y aspecto tan dispar.
Este las soltó en un giro artístico donde rehizo su forma y se abalanzó sobre la llorona.
—¡Dame un beso mi amada, nadie nos descubrirá!
El gusano enmascarado apretó su máscara que estallaba en carcajadas contra los grandes y carnosos labios de la llorona que tenía su expresión vacía, solo vasto un momento para oír el gruñido de esta, revelando la verdadera boca que se esconde dentro de la carnosa piel que simulaba ser un rostro, empujando su piel hacia atrás y mordiendo al gusano circense como un perro rabioso con mandíbulas retráctiles, este gusano de por sí era muy diferente al resto de cabezas, se podría decir que era un alfa dentro de la colmena de gusanos que componían a aquella figura que llamaban llorona.
—Es raro… Siempre me relaciono con mujeres algo intensas.
Pronunció como si la mordida no fuera más que una caricia ante la tempestad que vivía realmente. La furia de la llorona se detuvo de forma abrupta por el dolor, está produjo un bramido y gimió llena de agobio mientras su fauce se abrían para dejar atrás sus colmillos fundiéndose en la baba pestilente, pese a agitarse con ferocidad , su parte frontal se derretía en una sopa que conservaba algunos rastros de dientes internos y piezas de lo que alguna fue su máscara para cazar infantes.
—¿Acaso beso tan mal? Creo que se me olvidó la menta…
Respondió aquel gusano desquiciado que veía a la llorona agitarse y retorcerse, ya no daba aquella voz maternal, sino una serie de chillidos agudos llenos de auténtico dolor. Antes que el gusano logrará dar un paso, está se movió como un espectro regresando por el túnel que había entrado, salvo por el detalle que podía atravesar todo aquello que no era orgánico, dejando una estela de sustancia pegajosa en la muralla en su retirada.
El payaso ante el abandono de aquel contrincante tan repentino se quedó viendo por un instante, solo para recordar que había alguien que podía decirle el camino o ser un bocadillo con menos pulgas que las ratas.
—¡Otro cliente satisfecho!... Rayos, sueno como a Britney del burdel… el burdel, esa condenada mocosa. Me pregunto si sabe lo que …
Este rebusco como si tuviera bolsillos en su cuerpo.
—¡No está el oro! ¡Mi precioso! ¡Como! ¿Quién?¡Dónde!...
En su desequilibrio mental se dio cuenta que no tenía el encargo del hombre de los dulces o como se quisiera llamar, en cambio no tenía nada, salvo por algunas raíces y hongos chamuscados sujetos en la parte interior.
Fue una tos envuelta en el manto de la muerte que le llamó la atención, aquella mujer que había quedado en el suelo seguía con vida, podía serle de ayuda para encontrar aquella pieza de oro.
En su caminar se percató de algo que había dejado atrás la llorona, una de sus cabezas que había derretido en el proceso. Recordando cómo había sido arrojada la mujer quemada como un bulto sin importancia.
—Los que terminan así no tienen muchas oportunidades de salir de esa…
Murmuró, como si su mente se esforzaba en procesar ideas en su mente fragmentada, desconociendo si era este quien las genera o era solo una fase más al tener su conciencia tan desgarrada.
—...Muchos juegan con la vida, tal vez pueda servir de matasanos improvisado…
Murmuró, tomando algunas ratas para sacarse la baba ácida de sus apéndices que simulaban ser manos, lo cual hacía que estás chillaran al ser arrojadas y volverse pulpa líquida contra el suelo.
—Bueno, no se ve tan mal para ser mi primera vez como matasanos. ¿No lo crees?
Le pregunto a la cabeza cercenada de la llorona, está seguía tratando de morder y agitarse sin éxito al no tener tantas partes de su mismo. Sus manos la cargaban con delicadeza, ya por fin sin el exceso de líquido digestivo, enfocándose en aquel bulto quemado y sangrado que era evitado por las incontables plagas que parecían ya no alejarse por el fuego sino por la escena que estaba pronta a ocurrir.
Capítulo XX: Sol bajo tierra
Risas suenan en la asfixiante red de túneles retorcidos que ascendía entre restos de estructura que se había asentado y vuelto cavernas secas o inundadas por acueductos desplazados por la fuerza del agua que ante la presión triturada todo a su paso.
—...No me veas así… Ni tú, ni yo vamos a pasar por ahí. Debes dejar de hacer malabares con mis ideas, a este paso quedaré como pez luna.
Comentó a su compañera de viaje que guardaba silencio en la total penumbra de la aterradora tumba que se había vuelto el alcantarillado.
—De verdad, debes tener en cuenta que puedo ser del puerto y se de caudales… bueno no soy pescador así que no te puedo hablar mucho del agua. Conocí a muchos pescadores, a la mayoría los extorsionaba… extraño esas funciones lejanas del circo cuando aún había libertad en la obra… Un momento…
Se excuso como si su compañera de viaje le estuviera colocando problemas ante la situación.
Ocasionalmente se escuchaba algún crujido estructural o la caída de una pequeña piedra, al igual que algún desafortunado que quedó entremedio de la estructura colapsada.
—No pienses que soy un pez luna por ello, sabes que ningún cabeza de percebe habría logrado reemplazar tantas piezas faltantes por unas mejores… bueno, con eso te explico que no soy bueno jugando con rompecabezas.
Vaciló explicándole a la nada sobre cómo no podía ser tratado de tal forma, ya que él había sido quien la había restaurado y la arrastraba con un arnés a partir de cuero y los abrigos tachonados.
—Bueno, si gracias.
Respondió con su voz enferma, no hablaba con nadie pero en su mente pasaban un sin fin de charlas. En tanto este daba pasos seguros por el alcantarillado que parecía hervir a cada instante un poco más pero ella estaba inerte, pálida y fría.
—Muchos si te vieran ahora dirían que estás muerta. ¡Pero mírate! Reluce tu ser en alegría, solo te falta hablar con esa actitud!
Le dio ánimos al cuerpo mientras lo arrastraba a partir de nudos hechos por los cuerpos de los mercenarios de la ola roja que habían tenido un final terrible, por lo que aprovechando lo aprendido viendo lo que habían hecho las hembras del circo y algunas cosas aprendidas en sus vivencias en el puerto, imitó una burda y grotesca forma de nudos de carga para facilitar el arrastre de su compañera.
—...
Un sonido suave salió de sus labios resecos, esto hizo voltear al gusano.
—Parece que tienes sed. Deberías beber un poco más de la bebida especial.
Este tomó una rata que había muerto hace tiempo y la vació desgarrando su vientre hinchado luego rebuscó en su interior donde había reunido algo de su líquido digestivo había mezclado gran parte de los objetos que extrajo del lodo pestilente, por lo que solo tuvo que añadir el líquido espeso que guardaba a partir de gusanos, restos de la cabeza del gusano llorón y setas para contrarrestar la acidez y no quemarla.
Tras un rato jugando a ser, su propio recipiente químico le pareció que estaba listo, moviendo un poco del componente al borde de la rata muerta.
—Bien, abre grande.
Este murmuró como si se tratara de un infante pero era una mujer con notorias quemaduras en su cuerpo que había sido parcheada por tiras de carne, piel de dudosa procedencia.
El líquido fue vertido desde el vientre bajo de la rata y círculo por todo su torso abierto deslizándose por la boca de la difunta rata como si se tratara de un embudo.
—El carroñero de seguro sentiría envidia de mi ingenio.
Expresó con orgullo, observando que esté cayera sin ahogar a la pobre mujer en el proceso hasta que le parecía que ya era suficiente de darle de beber, usando el resto para gritarle las extremidades envueltas en cuero extraído luego del conflicto de estos contra el enjambre de gusanos.
Está sutilmente movió un ojo de forma imperceptible, mientras el gusano frotaba un poco el fluido en sus heridas y extendía restos de la cabeza del gusano llorón.
—Para ser un gusano tan deprimente que llora todo el tiempo, está realmente apegado a la vida. No sé cómo esta cosa no ha muerto, mira. Sigue llorando.
Este movió la cabeza sin cuidado sobre la mujer, dejando caer lágrimas sobre su piel, no obstante a diferencia de la reacción con otros, está solo se deslizaba sobre la sucia piel abultada de ella.
—Disculpa, nunca me enseñaron modales… bueno salvo esos modales frente a un patriarca…
Añadió recordando un poco lo que le enseñaba su abuelo. tipo de reacción ante la podredumbre.
—...
Esta respiraba, se le escuchaba algo obstruida al respirar pero lo hacía sin problemas, únicamente había empezado a lagrimear mientras miraba fijamente a la nada. Parecía tener imágenes grabadas en sus ojos que habían dejado de ser normales con una mirada penetrante y elegante. En cambio reflejaban oscuridad, un revoltijo de rojo y negro que revelaban una verdad que no había sido capaz de percibir hasta ahora, ya que ella sin saberlo ante la oscuridad, era capaz de ver sin ninguna fuente de luz.
—Descuida, te ves un encanto.
Este le dijo levantando el ánimo.
—Mirame, yo cuando desperté estaba tumbado como un cadáver de semanas. No los jirones querían comerme… no del todo.
Añadió a su charla casual con la mujer que mantenía la mirada perdida, pero habían pequeños movimientos bajo la agrupación de nudos de carne, cuero y piel.
—Debes ser consciente que vamos a tardar un poco así de la cuenta pero me aseguré que fuera cómodo para ti… ¿Cuánto tiempo ha pasado?
Titubeó al darse cuenta que el tiempo había pasado más rápido de lo esperado ya que los gusanos que comían de los restos ahora eran los que depositaban a los siguientes herederos. Pero se sacudió la cabeza para no perderse en tanto pensamiento inútil retomando la marcha, observaba detenidamente como el lugar que era distinto al anterior, ya que había cambiado un largo tiempo, mostrándose con más humedad que oprimía, cocinando todo lo que permanecía mucho en esta.
—Bueno, se que la humedad me ayuda pero esto creo que es una cruel broma, además se está volviendo muy caluroso. ¿No lo crees?
Mencionó el abrupto aumento de temperatura que había incrementado en conjunto con la humedad, por lo tanto este hizo un movimiento melodramático que fingía sacarse el sudor de la frente.
—Menos mal que hay algunas habitaciones en descenso que han logrado tomar el aire frío antes que se convirtiera en un ambiente intratable.
Siguió con su charla eterna, sin percatarse de la lágrima negra que caía por la mejilla de su compañera.
—Oh, claro que sí. Pues hace mucho que no me metía en una cámara frigorífica. Eso me trae muchos recuerdos.
Tras un largo tiempo contando chistes y revisando a la mujer esté recordó el encargo por lo que siguió hablando incontables horas, únicamente se detenía en lugares fríos para descansar, hablar aún más y seguir.
La mujer no parecía despertar de su transe, pero había empezado a reaccionar con algunos gestos, como seguir con la vista.
—Mira, parece que encontramos a otros más, eso quiere decir que cerraron estas puertas,
Este señaló por lo que la mujer hizo un sutil movimiento que fue celebrado por este, vio como habían algunos compañeros de otra división que trataron de huir pero al parecer los habían dejado morir en este lugar.
—Así que tú eres de esos imbéciles, menos mal que te he encontrado. Habrías muerto por las quemaduras, la infección o la misma plaga hambrienta.
Comentó esté con la risa acompañándolo mientras el burbujeo del agua era lo único que se escuchaba mientras fluía por el drenaje.
—...Infección…
Salió una palabra de la mujer que detuvo al gusano que de forma abrupta deslizó su cuerpo para volver a formarse frente a la mujer, su posible rostro estaba frente a ella, con las canicas negras que eran sus ojos viéndola cuidadosamente, ansiando poder oír lo que tenía que decir después de tanto.
—¡Qué emoción! ¡Está dando sus primeras palabras!
Dijo con gran emoción al oírle murmurar nuevamente.
—...Fuego… Quemar…No… Quemar… Purifica… Yo…
Esta apenas decía palabras, sus ojos se llenaban de lágrimas ante cada una que resonaba llena de dificultad, dolor y pena.
—Yo… No… Hice… Nada…
Pronunció mostrando que trataba de procesar todo lo que había ocurrido en ese momento lleno de desgracia.
—...No… hice…. No… Yo…Quemar…
Sus palabras eran lentas y pausadas acompañadas de una notoria hiperventilación debido a los recuerdos que le venían, cada una de estas la repetía una y otra vez.
—Eso es, trata de respirar este aire refrescante. Respira. Respira.
Dijo el gusano sabiendo que necesitaría un momento para que terminara de revivir cada momento del calvario una y otra vez.
—Yo… Estoy… Veo.
Esta balbuceó, dándose cuenta que en la oscuridad absoluta del túnel no tenía problemas para ver cómo se componía todo aunque el aspecto social que le permitía ver aquello como compañero resultaba raro. Quiso frotarse los ojos pero no pudo sacar sus manos del saco hecho con restos, el hedor era intenso y le resultó difícil de manejar sus extremidades entumecidas.
—No… puedo. No puedo…
Esta apenas lograba mover las manos , sintiendo la superficie húmeda, con múltiples texturas sobre lo que debía ser su mano pero que tocaba mayor superficie de lo usual.
—Tranquila, a todos nos pasa. Pasaste por mucho.
Este palmo su cabeza como si eso logra calmarla un poco, solo fue que está dejó de repetir palabras cuando sus manos salieron al exterior. Pero la mujer no quedó tranquila, al mover una mano, se movían más cosas debajo de esta. No sabía lo que había pero no reconocía su cuerpo solamente.
—¿Negras…?
Fue lo primero que vio y que se salió de su boca confundida está se ahogó pero las movió, confirmando que eran suyas salvo por más movimiento debajo de lo que en parte era los restos de un compañero, este era más un rastrojo de pellejo sujeto a la tela de su vestimenta.
—Mis… Yo…
Hablaba para si, sentía como temblaba de pánico sin romperse. Solo estaba fijamente a sus manos que habían dejado de ser propias pero que podía sin problema moverlas pese a estar entumecida.
—Aun estoy procesando lo de mi primera vez, espera a que lleguemos a un lugar más templado y puedas verte.
Este le dijo siguiendo el avance pero la mujer no se detuvo, rasgó la piel que liberó centenares de larvas en insectos alimentándose de sus compañeros.
—...
Esta no dijo nada y el gusano que la llevaba en su monólogo no se había percatado del rasgado húmedo, asimilando lo con algún cuerpo que reventaba ante el clima.
—¡Eso sonó fuerte! Cielos, uno después de mucho se termina acostumbrando a las sorpresas que te entrega la cloaca.
Hablo el gusano pensando que había sido un cuerpo hinchado ante el clima implacable que dio su último estirón por la acumulación de gases y calor.
—¿Qué eres? ¿Tienes nombre?
Expresó la mujer inclinando su rostro pálido a la figura enroscada.
—¿Que soy? Bueno, es irónico… Bueno…
Este divagó sobre las preguntas que le hizo.
—Deber… Tener nombre. No ser como esas cosas.
Se esforzó en hablar la mujer, su mirada era penetrante como un arpón que atravesaba la carne del gusano.
—...Silas… Me llamaba, me llamo Silas, ese nombre me dio mi madre. Parezco una rata de muelle hablando así.
Este se contuvo un poco, cambiando un poco su actuar a uno más normal.
—Ya veo… Silas, mi nombre es…Raquel.
Esta tuvo fuerte dolor de cabeza, sin embargo no fue nada por cómo se sentía realmente.
—Yo era parte de este grupo, de hecho mi hermana Marjorie era la segunda al mando…
Esta hablo dando una sonrisa irónica. Ya que de todo nunca pensó que extrañaría a sus hermanas.
—ya veo… estos percebes de la ola roja, fueron los que las conocieron o ustedes los conocían de antes…?
Trato de profundizar más con su compañera ahora que estaba consciente pero está no dio respuesta alguna y dejó de escuchar.
Se volvió a ver el cuerpo, solo para ver una figura blanquecina y negra alargada. Ya no tenía solo un par de manos que eran negras como si la necrosis la hubiera consumido por completo, sino que tenía otras más abajo que perfectamente podían ser lo suficientemente grandes para aplastar a un individuo adulto con una sola, sus costillas recibirán gran parte de su nuevo abdomen, el cual tenía ahora huesos que parecían cicatrizar en un caparazón que resguarda su cuerpo en segmentos acorazados.
—...
La carne estaba hecha de jirones burlescos que llevaban a orificios circulares, estos tenían algo dentro, lo que alguna vez había sido una piel tersa. Esta tenía un aspecto familiar, una especie de membrana, idéntica a la de los gusanos que se repetían en su mente que repetía el ataque con cada pestañeo, reviviendo a sus compañeros y camaradas vueltos estropajos que ahora le rodeaban y la habían cobijado todo este tiempo hasta que se había vuelto en eso.
—...En que me …
Sin darse cuenta el resto de prendas y piel agusanada la cubrió, el gusano se había percatado de su estado.
—Debes dejar que se recupere, tu proceso será algo complicado, pero… bueno, nunca hice esto pero…
El gusano trató de explicarse pero no sabía cómo explicar que le había pasado a la mujer, ya que tampoco sabía lo que le pasó a él.
—¿Tú me hiciste esto?
Esta alzó la voz furiosa, señalando a la figura enmascarada con odio.
—¡Claro que no! No intencionalmente…
Respondió insultando ante la reacción de la mujer, sus movimientos fueron de hecho sofisticados y sutiles.
—¡Bastardo! ¡Me convertiste en un monstruo! ¡Bastardo!
Esta gritó furiosa, su intento de levantarse solo sirvió para elevarse unos metros y caer, siendo recibida por el gusano.
—¡Entonces! ¿cómo es que sobrevivir? ¡Cómo me convertí en esta mierda!
Comentó llena de sufrimiento, dolor y furia ante la terrible serie de acontecimientos que le llevaron hasta aquel momento.
—Mírame a la cara, y dime sin mentirme… ¿Porque…? ¿Por qué me salvaste? ¿Porque preferís convertirme en esto antes que dejarme morir…?
Esta no lograba contener el llanto, lágrimas negras caían como cascadas de su rostro pálido.
—¡Calla cabeza de bacalao, no te das cuenta que ni siquiera sé qué habría pasado si lo hubiera hecho bien!
Gruñó el cuero con la verdad.
—¿Crees que quería verte vivir? ¿Crees que me importaba? ¡Estamos solos, jodidos y muertos! ¡En este mundo a nadie le importa que nos pase, ni siquiera antes de ser fenómenos!
Gritó alzando su voz como nunca pensó lograr hacerlo, sentía que su voz se rasgara en cualquier momento por la fuerza pero aún así siguió.
—¡Ni siquiera cuando eras de esa banda de enfermos les habrías importado!
¡De seguro los mandaron para jugar a ver qué tan estupido era un grupo de sardinas estúpidas para inmolarse bajo el suelo!
Añadió sin tener miedo alguno lo que pensaba sobre la situación, ignorando si traería consecuencia sus palabras. Y en efecto la mujer trató de dar una bofetada que funcionó más como el arañazo de una bestia antes que el de una mujer.
—¡Alégrate de no haber estado consciente y haber muerto!
Respondió al golpe sin dejar de sujetar a la mujer en sus apéndices que simulaban ser brazos.
—¡Preferiría haber estado muerta!
Gritó en respuesta, afirmando con una fuerza antinatural con sus manos al gusano el que guardó silencio por el dolor que le producía que está comprimiera de tal forma su carne,era enroscada cruelmente en sus puños.
—Yo… joder, siempre busco locas…
Este apenas dejó escapar su voz de sus pulmones inexistentes.
—¿Que dijiste?
Preguntó está entre sollozos histéricos.
—Que es mejor soltar el peso que tienes, luego puedes… pensar sobre la situación. Hablaremos…
Si sobrevivo a tu agarre…
Este dijo resistiendo no dar un alarido hasta que se dio cuenta Raquel que estará destrozando cada pequeña parte del gusano que había sido sujeta y apretada.
—Perdón, perdón… es solo que no se que es…
Apenas clamó de pena antes de reanudar el terrible chillido que hacía temblar al gusano por lo fuerte que sonaba.
Un tenue brillo apareció desde atrás. Este fue visto por ambos que se voltearon, parecía distante pero aquel fuego recorría con intensidad todo el túnel.
—...Mierda…
Pronunció la mujer atónita por lo que se aproximaba a ellos.
—No hay tiempo, debemos correr… debe haber algún pozo… o algo.
Este le dijo jalandola pero estaba estática como una estatua.
—¡Muévete! ¡Muévete!
Rugió tratando de hacerlo tan alto como ella había llorado en su oído. Lo cual dio éxito, su movimiento fue lento y torpe mientras reptaba como un insecto por el suelo, su movimiento de volvió más fluido
—¡Eso es! ¡Puedes hacerlo rápido!
Por otra parte el fuego no se quedaba atrás, seguido de la fractura y temblor de la estructura de alcantarillado que daba su último alarido de dolor antes de ceder por completo.
Raquel se esforzó, trató de que su cuerpo diera lo mejor de si, podía tropezar pero no detenerse, logrando tomar velocidad mientras parecía levantarse sin problema por sobre los dos metros en una carrera temeraria.
Estos saltaron piedras que atravesaban el suelo, pasaron por debajo de tuberías que descendían acompañadas del peso del resto de la estructura como la sentencia de muerte.
—¿Por donde?
Alzó la voz que apenas parecía nacer de su boca.
—¡Yo que voy a saber!
Hablo en un dolorido tono desgarrador tras ser golpeado por trozos de muralla.
—¡Mira! Un … carajo…
Señaló ella sin dejar de correr o ver si él veía lo mismo, solo sabían que debían correr pero lo que tenían adelante no les daba un gesto de suerte.
—¿Qué hacemos?
Gritó ella mientras se les acababa el tiempo.
—¡Ni idea… improvisa! ¿Tienes alas?
Respondió esté viendo el final del túnel.
—¿Cómo que si…? ¿Tengo?
Esta dijo confundida, tratando de ver su espalda solo para ver que el fuego estaba llegando hasta donde estaban.
—¡M…! ¡No tengo, improvisa! ¡Tú eres del circo!
Esta gritó aterrada, revelando que todo ese tiempo había escuchado cada palabra.
—Cómo es que… ¡Me dejaste hablando…!
Este se vio ofendido ante la falta de interés que está le había mostrado, ocultando que había oído su monólogo desde mucho antes pero antes de caer este fue azotado por una barra de metal que golpeó lo que parecía su cabeza, salpicando icor negro.
Raquel antes de saltar lo sujeto, viendo cómo éste perdía su forma y dejaba que la inercia lo arrastrará.
—¡No me dejes condenado, cuero! ¡Juro que le contaré a lo que sea el carroñero sobre lo que le hiciste!
Gritó furiosa mientras el suelo ruinoso la dejaba atrás y la estela del sedimento estructural cediendo era arrastrado por sus figuras que se perdían en la nada.
Capítulo XXI: Capitán de excremento
El pueblo se envolvía en aullidos desgarradores ante la inclemencia de los sucesos inoportunos estaba ardiendo, y hundiéndose en su propia inmundicia, los estragos se vieron luego que la nube de sedimento se disipara, los sismos iniciaron desde el este para acabar en la caída mayoritaria del sector oeste, provocando una grieta que consumió la estructura de siglos de deterioro perpetuo que fueron resueltos solo con el interminable encubrimiento de los desperfectos del sistema.
—...Por un demonio, eso estuvo cerca…
Murmuró una voz femenina que trataba de recomponerse tras una carrera mortal.
—Me alegra haber salido contigo, no es por cariño. Solo porque tienes varios usos.
Esta hablo sin esperar respuesta, ya que si compañero de huida seguía inconsciente.
Desde el aire se podía ver la magnitud de lo ocurrido tras la desaparición de un cerro que se convirtió en un acantilado urbano.
—¡Ayuda! ¡Arde, arde! ¡Me quema! ¡Ayuda!
Fue el grito de un hombre que desde la ventana saltó sin esperar seguridad, únicamente para encontrar una salida a su tormento mientras el fuego se daba un festín con su cuerpo luego de consumir gran parte de las casas de un sector.
—¡Mamá…! ¡Papá…! Tengo miedo… ¡Mamá…! ¡Papá…! ¡No me dejen sola…!
Una pequeña vagaba por las cornizas de una casa en ruinas al borde de la nada, estaba cubierta de polvillo que se entremezclaban con su moquillo y las lágrimas que no tendrían a nadie para secarlas.
La pequeña no era la única, a la distancia se escuchaban como surgían alaridos agónicos más allá de las ruinas, miles estaban atrapados en sus hogares que se volverían pronto sus tumbas por la ausencia de ayuda.
—¡Ayuda! ¡Se está cerrando! ¡Ayuda!
Un grupo de personas estaba tras una gran puerta de lo que fue una bodega. Está ahora estaba entre dos calles que lentamente se cerraban, no obstante la gente corría de un lado a otro frente a esta.
Las personas clamaban por ayuda, rasguñaba, mordían y destrozaban la madera consigo mismo por una pequeña oportunidad de supervivencia.
Incluso algunos pares de ojos vieron a Raquel y a Silas descender lentamente por el cielo, aquello no les importaba solo les importaba una salida de aquel terrible final. Ya cuando las paredes los comprimían unos con otros, fue la última bocanada de aire que pudieron tener sin que los oprimieran hasta la última gota.
—Conservaron la esperanza hasta el final, serán bien recibidos…
Raquel murmuró, queriendo rezar por los muertos pero en su situación apenas lograba guiar su descenso por la calamidad que seguía ocurriendo bajo sus extremidades retorcidas.
Nadie se preocupaba de quienes se encontraban peor, solo trataban de marcar lo que era de ellos y para los que estaban con ellos.
Pues quienes estaban mejor ya estaban todos centrados en la reconstrucción y toma del espacio para repoblar las zonas afectadas.
—¡Suéltalo! ¡Suéltalo! ¡Ladrones! ¡No! ¡No…!
Un anciano grito mientras sujetaba un jarrón que al caer reveló algunos frutos secos que fueron rápidamente comidos por los saqueadores.
—¡Viejo inútil!
Le gritó el hombre quien comenzó a patearlo, está escena fue vista por quienes transitaban, al ver la escena se acercaron para ayudarlo. De esa manera todos lograron dar una golpiza ejemplar al anciano por no ceder sus cosas al resto, por lo que la turba se disolvió para buscar más cosas en el camino.
—¡Sacame! ¡Sacame!
Los que estaban atrapados bajo los escombros gritaban por una mano que le sacara de tal calvario, pero solo pasaban por arriba, escarbando ocasionalmente cuando algo parecía brillar, los saqueadores no fueron los únicos que pisotearon el lecho de muerte de los inoportunos que aún no morían, sino las propias víctimas del desastre se conglomeran injustificadamente sobre terrenos inestables con el fin de hacer alguna casa desvencijada como propia o el más mínimo objeto como suyo volviendo todo un caos peor debido a las peleas entre estos mismos.
—Esto es malo… Es muy malo…
Murmuró Raquel que descendía lentamente sujetada del tenso cuerpo del cuero.
—¡Bella durmiente! ¡Despierta! Por los celestiales… nos harán…
Expresó está temerosa, afirmándose con todas sus fuerzas al cuerpo sin forma del fenómeno.
—¡Engendro infeliz, despierta! ¡Estos bastardos están locos, nos harán trizas tan solo poner un pie en el suelo!
Trato de sacudirlo pero era difícil ya que el húmedo y extraña textura del cuero era algo difícil de sostener lo que la hacía tener miedo a soltarse.
—Eres una mujer de fe… ten buenos pensamientos y los…
Raquel no sabía cómo reaccionaría la gente pero sabía que eran peligrosos si pensaban, por su parte nadie veía la figura amorfa de casi cuatro metros descender, planeando con una cosa apestosa más extraña que está.
—...Condenados saqueadores. Van a joderme si se pone a gritar.
En su monólogo breve formado por susurros, miraba como se agolpaban en riñas cada vez más grandes por lo que parecía ser algo de valor. Pero la estructura seguía temblando y estallando con violencia, desparramando miembros, vísceras y polvo. Permitiendo que aquellos que estuvieran distraídos con el ambiente no tomarán en cuenta su aterrizaje.
—¡Ahí! ¡Ese lugar nos puede servir!
Gritó emocionada, solo para ver cómo alguien gritaba horrorizado ante su presencia, por lo que trato de maniobrar y caer lo más rápido al drenaje expuesto.
—...¡Monstruos! ¡Monstruos!
Se podía oír a alguien gritar cerca pero Raquel apenas escuchaba al estar ensimismada por guiar el descenso pese al viento que provocaba la expulsión de ondas cálidas al exterior.
Sin darse cuenta algunas lágrimas caían sobre el suelo, pero aquel que la vio recibió un par en su rostro.
Las lágrimas entraron en su ojo y boca pero la piel también se vio afectada al pudrirse en pústulas y llagas hinchadas que desgarraban su piel.
—¡Auxilio! ¡Duele!¡...!
Este dio un par de gritos estridentes que si captaron la atención de todos a su alrededor que observaron cómo el caos se profundiza en su carne que se exponía y doblaba mientras las venas abotargadas se extendían, algunas se reventaban antes de extenderse más. Esto desafortunadamente para el hombre solo era una forma en que moría más lento, ya que la necrosis o lo que estaba matándolo se aseguraba de no dejar espacio libre de su cuerpo recorriendolo para dejar su sello de muerte que se volvía de un tono púrpura azabache.
—...Que asco… Acércate y tocalo… Que miedo…
Era la mayoría de los susurros y muchos más que se conglomeran alrededor del difunto, una breve entretención para aquel pueblo dorado.
—...
Pese al aspecto seguía vivo, observando sin saber que aquello que se alejaba lo había condenado a un trágico final, debido a que apenas pudo seguir viendo al monstruo sin poder decir ninguna palabra mientras graznidos enfermos apenas salieron de su boca.
Todos voltearon a ver al hombre que se volvía una aberración pestilente que representaba más a algo demoníaco, en tanto la sangre mezclada con materia brotaba de sus orificios hinchados, ahogando a ese desdichado de forma terrible y lenta, siendo una entretención para el resto que disfrutaba de la distracción antes de seguir saqueando.
—...
La mujer quedó muda por lo que veía, ella lo más probable es que estuviera juzgando o quemando a aquel hombre enfermo.
—Desde está altura me doy cuenta de lo malo… Que se ha vuelto todo… Nuestra avaricia nos hace caer en la pestilencia y aún así solo logramos caer más en la depravación que nos entrega el morbo…
Esta observaba en escenas como se producía la violencia de la gente que aprovechaba de burlarse de la miseria del resto.
—Sin duda hay que dejar de contaminar, ese tipo estuvo un instante ahí y quedó así… Deberíamos haber quemado todo el pueblo… No… Todas estás almas merecen redención antes de ser liberados de su carne pecaminosa…
Murmuró, sin percatarse de su descenso final, replanteando como se ha vuelto todo para mal. Sin darse cuenta de la verdadera causa, no naturaleza cruel del mundo.
Solo fue un golpe con un objeto inmenso que le hizo reaccionar.
—...Que dolor…
Se cubrió un momento la cara, tratando de ahogar sus insultos.
—Rayos… No…
Solo logro atinar a decir mientras caía rebotando contra los restos con los que se había estrellado, estos parecían ser vestigios de una vivienda que estaba partida en dos, de los cuales uno de los lados estaba volteada.
—...Al menos nadie me vio…
Gruñó llena de dolor, sabiendo que si hubiera sido su antiguo ser, habría muerto contra la muralla antes de darse cuenta.
—Silas, más vale que no estés vengando te por lo que te hice antes. No te escuché todo… solo una parte larga,despierta.
La mujer agitó la parte del cuero donde estaba la máscara, asumiendo que aquello era su rostro.
—....
Esta no tuvo respuestas, por lo que decidió darle un par de cachetadas para comprobar que estuviera inconciente.
—Este idiota no puede estar consciente… tendré que arrastrarlo…
Murmuró ofuscada pero antes de llevarlo le dio unas cachetadas más, esto hizo que luego de mucho ella se sintiera de buen humor.
—Cuando estemos mejor, me aseguraré de volver a darte unos golpes de agradecimiento…
Cerca de ellos se movían quienes tomaban la basura que pensaban que tendría algún valor o no, ocasionalmente alguien era apuñalado pero todos seguían en su tarea.
—¡Dale! ¡Mátalo! ¡Mátalo! ¡Eso es!
Se escuchaba los gritos del público improvisado dando aliento a los que se destrozaban originalmente por algo insignificante que les pareció valioso, pero ahora se destrozaban por el deseo de arrebatarle la vida a su desconocido rival.
—¡Eso! ¡Vamos! ¡Acabalo! ¡Acabalo! ¡Degollalo, eso es!
Aclaman al vencedor de la pelea antes de voltear a ver otra que levantaba polvo y esparcía sangre sin piedad por todo el suelo.
—Es curioso… ¿Silas también verá así?
En el clamor de los combates ella se detenía, intrigada por cómo de las heridas podía ver la esencia diluirse como un gas, de aquellos más cercanos el olor y su respiración. Por alguna razón estaba viendo más cosas de las que comprendía.
Por lo que cuando ocurrió una pelea grande entre saqueadores y sobrevivientes que exigían para sí todo lo que estaba repartido del desastre, éste se escabulló como un zorro astuto entre los restos de murallas, techos y suelos que se entremezclaban en el caos, ignorando los restos de mobiliario y personas que se arrastraban en su último esfuerzo.
—...Pobres miserables… que los celestiales se apiaden de sus perversas almas infieles…
Murmuró está viendo cómo se destrozaban por pan viejo o un par de zapatos rotos que parecían haber sido robados de alguien adinerado por el emblema que traía consigo.
—...
Al dejar de ver la escena vio aquella figura pequeña que le miraba temerosa.
—Oh… saludos…
Por su parte Raquel apenas lograba distinguir lo que veía, ya que por sus ojos aparecía una niña que se entremezclaban con otras figuras y presencias que nunca había visto o que se había detenido a verlo mejor. Podía percibir el aroma, calidez de la pequeña pero le irritaba algo que la pequeña portaba sujeta a su pecho.
—Eres una niña…¿Cierto?
La joven a pesar de la mugre cubierta de polvo, lograba reflejar un cabello colorín, sus ojos eran oscuros pero brillaban como la noche más hermosa.
Pese a tener la mirada perdida a la lejanía por sobre las atrocidades que tenía frente suyo, la niña se mantenía quieta, en silencio. Sosteniendo un medallón viejo de plata que tenía el emblema de la iglesia.
—...Hermana, tengo miedo…
Murmuró la pequeña dando un par de pasos a Raquel, quien confundida miró a su alrededor.
—Tranquila pequeña… no te alarmes, soy una buena mujer….
Dijo Raquel, actuando como una persona amable y paciente con la pequeña, dándose cuenta que la pequeña tenía un medallón, llamando su curiosidad por si era el material aquel pequeño objeto o el desagrado era provocado por lo que estaba imbuido.
—Sí, hermana, se lo agradezco mucho. ¿Qué hace aquí? ¿Acaso un ángel de la guarda la llamó?
Preguntó la pequeña que dio una sutil sonrisa a la mujer bestial, mientras a sus espaldas algunas de las formas en su piel se movían sutilmente, cambiando aún sin dar una forma exacta en lo que terminaría.
—He escuchado el canto de los celestiales y … eso te has portado bien.
Respondió Raquel mintiendo a la pequeña sin miedo, aunque se percató que tenía un problema, posiblemente en la vista.
—Me confundes niña, hace mucho tiempo que dejé de ser monja… Deje aquello atrás y me encamine más en la vida y la devoción lejos de la tierra que me vio nacer. Uno haga lo que haga debe difundir la palabra.
Explicó algo cansada, pensando si decirle esto a la niña traería más problemas que solo darle un piedrazo en la cabeza.
—Debo decir que la fe te protegió. Eres afortunada de que los celestiales quieran que tú ser tenga un propósito más allá de lo que pensamos.
Dijo finalmente soltando la piedra que tenía en una de sus grandes manos, esto llamó la atención de la pequeña que solo pensó que era otro desliz del terreno inestable.
—¿...Qué ocurre pequeña…?
Reaccionó confundida Raquel ya que la niña además de guardar silencio en su postura tímida, estaba llorando en silencio para no molestar a Raquel.
—... Disculpe abadesa… no fue mi intensión confundirla… no me acuse a los celestiales, no quiero terminar como mis vecinos.
La pequeña niña lloro ante su grave error, mostrándose arrepentida de sus palabras al menospreciar a la mujer que no tenía nada que ver con la iglesia.
—¿Tus vecinos? ¿Era con quienes vivían?
Preguntó viendo los restos cerca de la niña que fueron aplastados desde abajo hacia arriba, en cambio la pequeña negó con la cabeza al ver el rostro observar a quienes fueron aplastados antes.
—Yo vivía más … vivía en otra casa la cual tampoco está…
Se sincero la pequeña para aclarar el pequeño mal entendido.
—Mis vecinos eran pecadores, hablaban de más y los diáconos se los llevaron. Yo vivía con ellos por lo que me dejaron sola en esa casa….
Respondió tratando de hablar lo mejor posible pese a tener la vista nublada y la garganta seca como si la obligarán a comer canela.
—Aguarda pequeña, entiendo eso, he visto mucho en cada pueblo y te puedo asegurar que las lenguas de serpientes se lo merecen.
Respondió hinchando el pecho Raquel ante la verdad que decía, ya que las mentiras de por si podían traer terribles desenlaces.
—No puedes quedarte aquí, debes ir a un…
Esta dudo en sus palabras, incluso cuando se acercó a esta la pequeña. Tuvo miedo de que sintiera sus manos que parecían una variación espeluznante de unas manos congeladas. Hasta a ella le daba algo de miedo.
—Bien, espera jovencita… será mejor que pienses que al celestial le preocupa verte llorar. Es bueno llorar pero no por pequeñeces.
La pequeña asintió limpiándose los ojos con sus harapos sucios que seguían llenos de polvo. En tanto Raquel quiso mandarla al convento pero recordó el calvario que era esperar ayuda junto a los miles de desamparados que peleaban por un espacio. Por otro lado estaba la iglesia llena de pomposos que no verían nada que valiera su peso en oro o los torreones pero ninguno le brindaría ayuda.
—No… No…
Esta dudo, negándose a las ideas de la cabeza, volviendo a soltar una piedra. Si bien era lo más fácil, la niña parecía buena.
—¿Sabes dónde están los torreones de piedra?
La pequeña se congeló al oír tan infame lugar, pero vio la silueta de la mujer aproximarse con confianza, arrastrando su extensa figura.
—Debes ser fuerte y usar muy bien el conocimiento que aquel de alas doradas te dejo con su sacrificio. Lo que te diré es muy secreto y puede traerte buena fortuna…
Esto hizo dudar a la niña si era una abadesa o la encarnación de un celestial que bajaba a darle guía. La mujer cuando se acercó a la niña, mostró realmente su estatura, agachándose y acercando su rostro de bellos rasgos finos, su aroma era peculiar pero reconfortante ya que le traía recuerdos a su padres que trabajaban en las fábricas volvían de sus turnos eternos a su húmedo hogar.
—Debes preguntar por Joseph hijo de Liam que es el verdugo mayor, este hombre hombre te ayudará…
La pequeña asintió ante la indicación de la gran mujer.
—...Gracias por preocuparte tanto por mi…
La niña dijo viendo que la enorme figura desplazarse hasta una grieta, sabiendo que no la volvería a ver, la llamó con fuertes susurros antes que desapareciera con los vestigios de las figuras borrosas.
—...Gracias abadesa…
La pequeña se apuró en acercarse, lo cual la mujer pensó que le contaría algo infantil de su inseguridad al ir a los torreones o algo así.
La pequeña tomó suavemente una de las manos superiores de la abadesa, pese a que está doliera al tacto le dio un beso de agradecimiento.
—Bien… pequeña… ¿Como te llamas?
La pequeña titubeó ante la pregunta que nadie le había hecho antes.
—Perdone abadesa, no tengo nombre…
Raquel se llevó la mano a la sien, conteniendo sé para no darse un manotazo por preguntar tales cosas a un niño.
—Como eres huérfana, es decir que no tienes padres, ni nadie que cuide de ti. Uso mi poder de abadesa y te nombró como Cecilia Della Tempesta Ferrante.
Raquel alzó la voz parándose firme, dándose cuenta tarde que podían verle si se levantaba por completo.
—¡Pero abadesa! ¡No puede darme nombre y apellido! ¡Sobre todo dos!
—Corazón, tranquila. No tengas miedo al presentarse, los celestiales te han bendecido.
Con ello te conviertes en mi hija y heredera. Eres hija de Rachelle… pero si nos volvemos a ver qué solo me llames Raquel.
Le dijo a la pequeña que no podía expresar nada, únicamente se mostraba asombrada por lo que acababa de ocurrir.
—Gracias Raquel…
Esta murmuró para sí, manteniendo su figura escondida de la gente que se aglomeraba con el fin de recuperar todo lo que les fuera útil o no.
El drenaje volvía a responder con la fetidez que les había despedido, golpeando las fosas nasales mientras el caudal arremetía sin piedad por los grandes túneles.
Estos los azotaban y sacudían en todas direcciones por la gran de de alcantarillado que recibía la presión de la zona hundida.
—¿...Porque me mojas…? Desperté… Creo que ya desperté…
Palabras conocidas sonaron dando desvarios habituales.
—...Aun no es mi acto, porque no esperas a que las arañas hagan su presentación y les tiras unas moscas….
Murmuro el gusano adolorido, tratando de recordar que fue lo que ocurrió. Fue ahí que tuvo vagos recuerdos, recobrando mucho de lo que había experimentado en su viaje, incluyendo que no recordaba que fue lo que nunca le.dijoeron traer.
—¡Hasta que despiertas! Pensé que habías dejado por fin de hablar.
Alzó la voz la mujer al percatarse de su compañero recobraba el conocimiento tras un rato.
—¿Acaso no huimos de toda esta inmundicia? Había un… percebes…
Expresó esté sosteniendo su cabeza como si estuviera por abrirse.
—¡Te golpearse al caer al precipicio, te salve y ahora volvemos para escapar del caos!
Dijo orgullosa de sus palabras pero el gusano río junto a su máscara ante lo que parecía una verdad absoluta por parte de Raquel.
—¡Desde luego! ¡Aquí huele algo mal, o mi nombre es Sandro! ¡Y no lo es!
Silas replicó jugando su nombre que no era el propio como broma ante la desconfianza que tenía a la palabra de esta.
—¿Me llamas mentirosa condenado gusano blasfemo?
Gritó furiosa ante lo dicho por el gusano solo antes de enredarse en cabello largo.
—Pero que… ¿De donde salió este cabello?
Se vio confundida la mujer, pero Silas si hubiera tenido color de piel sano, se habría puesto pálido.
—¡Es el Enredador! ¡Pensé que se había quedado… me lleva el caleuche…
Este se vio envuelto en cabellos también, pequeños y finos hilos que se sobreponian uno sobre otro, obstruyendo su viaje.
—¡Es un mito! ¡Es como decir que las sirenas o los Hernández tienen algo de inteligencia!
Esta estaba inquieta al no librarse de tanto cabello que tenía delante.
—¡Bucanera de agua dulce! ¿Te crees muy chistosa? ¡Cuando lleguemos al circo tendrás que limpiar la cubierta con la lengua!
Respondió enfurecido el cuero ante su compañera que le acababa de insultar a toda la familia, sin saber que todo lo que se decía era una verdad a la vista es ignorada por todos. Esta solo atino a mirarle extrañada ante la palabra extraña que había dicho recientemente.
—¿Que rayos es un circo?
Preguntó pero la tubería se terminó antes de recibir una respuesta dejándolos caer en una gran recámara cubierta de agua helada.
Unos murmullos y lamentos inundaban la gélida habitación que estaba envuelta en tuberías que la atravesaban y ramificaban. Algunas de estas trazaban el hielo que comenzaba a formarse en la superficie del agua.
Capítulo XXII: Mercado de la alcantarilla
—¡Carajo! ¡Demonios! ¡Infeliz! ¡Rata inmunda! ¡Condenado…!
Gritó Raquel saliendo del agua gélida, apenas consiguiendo respirar, dando chapoteos torpes con sus brazos sin saber cómo estabilizarse.
—¡Calma capitán de tierra! Acaso tratas de hundirnos a los dos?
Protestó Silas quien trataba de afirmar a su compañera que le daba golpes y zarpazos accidentales en sus intentos de estar quieta en la superficie del agua.
—¡...Porque… tan fría…! ¡Es demasiado… fría!
Murmuró molesta la mujer con los dientes castañeando exageradamente, está era ayudada a nadar por Silas quien no tenía problema para moverse por el frío líquido nauseabundo, si bien aquí también había cuerpos, no estaban a simple vista, bajo el agua como un sutil roce con el final de muchos.
—Veo que no te gusta bañarte en invierno. Aleja esas armas o me sacarás los ojos.
Río el gusano en voz baja, le resultaba hilarante el chiste que dijo sobre el peligro que resultaban los pezones de Raquel.
—...Te aseguró que si pudiera …
Raquel gruñó como una bestia embravecida, solo deseando acabar con el desagradable hombre que no sabía si lugar, ni el momento para dejar escapar sus palabras sucias.
Esta con el movimiento brusco se había enganchado y jalaba inevitablemente el cabello como una marioneta, maldiciendo para sí que no pudiera golpear a la sabandija con todas sus fuerzas.
—Si me escucharas… si escucharas sabrías de estas habitaciones que están más bajas que el resto… ¡Deja de ahogarme!
Gruñó esté, sintiendo como el cabello flotaba a la deriva por el agua sin un origen o un final aparente.
—...Ten… Cuidado… Nos… enredamos…
A duras penas logró decirle a su compañera quien miró detenidamente cómo era que lentamente el cabello había hecho su trabajo y en cualquier movimiento en falso podía cada uno terminar estrangulado.
—Me mantendré quieta, tu desata los nudos…
Estos si bien no emitían más o menos fríos al contacto provocaban un roce inquietante como si alambres al rojo vivo se tratara. El contacto con ellos daba incertidumbre si serían capaces de cortar la piel sutilmente para provocar malestar sin revelar su acción dañina.
—Que tal esto… quédate quieta. Baja el trasero… Prioriza dejar de hundirme intencionalmente y estaré despejando el camino de toda esa maraña de cabello desagradable.
Añadió tratando de levantar a la mujer que seguí moviéndose bruscamente para estar a flote.
—Como si fuera tan fácil… Eres… Tu solo tienes que flotar… Respirar…
Protestó estirando sus extremidades para mantenerse estable en la superficie, empujando de manera suave con sus partes traseras.
—¿Por casualidad puedes respirar?
Raquel se vio invadida por un sin fin de dudas sobre la fisionomía del gusano que al final no era más que una especie de cuero animal pútrido e hinchado.
—...Hazme caso, yo te guío.
Murmuró sacando la cabeza a la superficie, buscando algún lugar firme o de poca profundidad para deshacerse de su pesada compañía.
—Bueno, pero no te propases…. También puedo hacerlo.
Lo regaño dando un golpe a la máscara. Este dio un bufido extraño al recibir el golpe que le mandó de regreso al agua.
—Que no me…está bucanera de agua dulce, pez luna…
Volvió con fuerza a alzar su cuerpo solo para maldecir, este con sus pequeños apéndices digestivos trataba de mover los pequeños cabellos que parecían quemar bajo el frío del agua séptica, apenas logrando desviar la cantidad de pelo hacia abajo para que no les enrede.
—Calla… ¿Escuchas eso? Hay algo…
La mujer trató de silenciar a su molesto compañero cuando logró percibir que del viciado aire frío que danzaba envuelto en bruma proveniente del microclima húmedo. Había continuos ruidos parecidos a murmullos sobrecogedores. Pero entre ellos había un áspero rasqueteo fuera del habitual zumbido de las tuberías.
—Claro, estamos junto a él. Ya nos tiene esta cosa… el problema es que no se porque no nos ha hecho picadillo.
Trato de explicarle la situación a Raquel, quien se sacaba el cabello.
—Aun sigues con eso, es solo cabello… bueno, tal vez mucho cabello en un mismo lugar.
Esta mujer tomó como una situación normal, donde lo que priorizo era salir del agua helada. Lo cual parecía por fin estar lográndose ya que el gusano se sujetó a los restos de una reja que sobresalía del agua.
—...Rayos… eres más dura que arrecife de coral…
Gruñó el cuero mientras ascendía sin problema, dejando a la mujer en el agua, está flotaba a duras penas, sin lograr sujetarse bien a la plataforma de metal.
—Ayúdame y sube ahí… no creo que esto sea muy seguro.
Raquel señaló la estructura de concreto como un lugar más seguro para que le pudiera ayudar a subir.
—Dame la mano.
Mencionó el cuero que se enroscaba en un pilar y los brazos de la mujer, la cual se percató que el cabello la estaba reteniendo por lo que comenzó a jalarlo, descubriendo su gran resistencia.
—Alto, no cortes el cabello, con cuidado desenroscando eso… Créeme… es mejor.
Aguardó un instante, asumiendo que el nerviosismo del gusano era por una buena razón.
—...Bien … Bien… actúas raro, así que voy a… tener cuidado…
Raquel titubeó, rara vez había visto a otros ponerse tan nerviosos antes que el desastre se desatará.
—Cuidado ahí.
El gusano la detuvo con un grito susurrado, acercándose a su torso donde un mechón de cabello estaba entre las piezas de hueso de su tórax.
—Deberíamos movernos un poco.¿No?
Dijo ella algo impaciente, si el gusano estaba tan preocupado por algo aquí deberían moverse.
—…Eso…
Ella dijo antes que el gusano le respondiera, viendo más allá de la oscuridad de la recámara del alcantarillado, donde podía ver con claridad cómo el cabello se acumulaba en una torre viviente de pelo del que salen rostros con expresiones atroces de horror inhumano.
—¿Que…?
Preguntó este que no tenía tan buena vista como la mujer, sólo podía asegurarse de evitar enredarse con el cabello que tenía cerca.
—Hay que salir…¿Qué es esto?
Respondió con preocupación, tratando de no despertar lo que fuera el Enredador, sin embargo ella pudo apreciar que la habitación estaba con incontables objetos, algunas tiendas improvisadas.
—Porque rayos preguntas que es esto, estamos en el mercado de la alcantarilla, eso quiere decir que estamos cerca de los barrios rojos… o del muelle… o de la… olvídalo, está lleno de estos lugares pero…
Le explicó en susurros fuertes, tratando de aclarar el lugar en el cual estaban en tanto solo se logró confundir.
—...Este está lleno de pelo…
Añadió inquieto sin saber porqué este sitio estaba plagado de una criatura que nunca había tenido un lugar fijo en el alcantarillado.
—Camina rápido, ya te creo… solo no quiero ser enredado por el Enredador en sus pelos…
Gruñó la mujer dando pasos muy lentos y calmados, tratando de calmar su respiración. En el frío suelo escarchado podía ver restos de pan mohoso, bolsas de mercancía.
—...Esto es importante…
Mencionó el gusano levantando tela vieja, asegurándose de no jalar del cabello que estaba cuidadosamente camuflaje para que algún incautó tomará objetos llamativos.
—Buena idea, dame tela negra… se cómo hacer…
El gusano ya se había cubierto de varias telas pareciendo leproso por lo que motivó a su compañera para ocultar su aspecto monstruoso.
—¿Quieres ser viuda? No creo que a tu marido le guste verte así.
Este dio risas silenciosas, asegurándose de callar tanto a la máscara como a sí mismo, aunque este no tenía boca y no sabía por dónde hablaba.
—No es tiempo de humor tonto, debemos salir…
Protestó la mujer quien con gran habilidad doblo la tela y dio origen a nudos pequeños para tener un hábito decente, aunque carecía de pomposidad religiosa.
—...Creo que así estamos bien… cállate…
Raquel habló bajo, para luego verse entre sí, comprobando que se veían como individuos normales. Al menos para alguien con cataratas. Esta trató de callar a su compañero dándose cuenta que el roce de algo como si tratara de prender algo no era proveniente de él.
—¿Qué rayos? Tu cállate…
Respondió el gusano algo exasperado con su voz lo más baja posible.
—¿Qué suena así?
Este añadió sabiendo que su compañera era la que mejor vista tenía en la oscuridad y podría descubrir el sonido que amenazaba el ambiente mortuorio.
Una sutil chispa se lograba formar a metros de distancia donde parecía cerrarse la habitación.
—...Cerdo… hijo de…
Cuando se percató fue demasiado tarde ya que el fuego del lanzallamas prendió la mecha del gas que seguía saliendo, para así pasar desapercibido con el apestoso aire viciado, logrando pasar desapercibido. En gran parte de la habitación.
—¡Arde basura asquerosa! ¡Arde! ¡Asegúrate de arder hasta desaparecer!
Gritó una voz masculina conocida, una voz vieja llena de furia que volvía cada palabra como un bramido colérico que no se detenía pese a que el fuego se extendía en todas direcciones de manera peligrosa.
—¡Agachate… !
Gritó suavemente Raquel con miedo en su mirada.
—¿Acaso se pelearon? ¿Cómo pelea un grupo de locos corsarios conocidos por su brutalidad, inmoralidad y falta de sentido común?
Preguntó Silas confundido ante la situación que pudo evocar tal resultado, ya que ante la inquietud de la mujer, parece que había sido un acto bastante malo contra su capitán.
—Si ves a tu superior siendo tragado por algo desde una tubería… claro que no seguirás sus órdenes y te aseguras de seguir con el grupo de sujetos armados…
Explicó que está tratando de disimular que fue algo más sorpresivo de lo esperado.
—Aguarda, se robaron su espectáculo y abandonaron …
Preguntó aguantando la risa por la ironía de las cosas.
—Callate. Debía ser algo breve pero se alargó y los que fueron por suministros volvieron con noticias que habían sellado las formas de entrar o salir…
Raquel habló rápido, buscando explicar cada una de las cosas que llevó a lo ocurrido.
—...Un motín… ese bastardo se lo merecía.
Respondió el gusano con el caos del fondo avivando en locura iracunda por parte del Enredador dio un chillido pintado con matices de dolor y furia ante los invasores en aquel espacio. Por lo que movió el cabello violentamente en todas direcciones como si un huracán de cabello azotara la habitación.
—¡Así que la llorona merendó un grupo de desertores! Ese hombre sí que tiene trucos bajo la manga…
Río de la desgraciada situación en la que Raquel perdió más que compañeros, está miró al gusano con la máscara. Aquello que parecía ser su rostro donde ocultaba las dos canicas que hacían de ojos, fue con estos que pudo revivir la situación que le llevó a perder a sus hermanas, logrando por un momento sentir el calor de aquella habitación fermentada con los miles de cadáveres de sabandijas y humanos que eran arrastrados por el cauce atiborrado.
—Mujer… Oye, Raquel… Circo llamando a Raquel…
No fue hasta que el cuero le dio unos golpecitos en la mejilla para traerla de regreso. Estas dolieron un poco por el resentimiento del cuerpo ante el frío, pero el cambio abrupto de la habitación le estaba ayudando a recomponerse.
—¿Cómo que hombre? Pero si tenía…
Lo primero que atino fue a responder lo último que recordaba de la conversación anterior.
—Es como el carroñero… aunque este es un gusano que … verás los gusanos son raros, te lo explico cuando te muestre la colección de gusanos del escarabajo…
Debido a las palabras del cuero que hablaban de cosas que ocurrían en el circo, Raquel volvió a verlo confundido, sin saber cómo era que sabía eso. Este dio un gesto delicado, tras unas cuantas frases sobre la falta de comprensión de las hembras a los machos. Su conversación fue ahogada por el conflicto que les rodeaba, obligándolos a moverse de restos de tiendas, tratando de no ser visto por ninguno de los dos duelistas.
—¡Arde! ¡Arde! ¡Arde!
Gritaba fuera de sí Angus quien con las llamas se veía su rostro deformado por la furia y el dolor, ya que este había perdido sus rasgos finos como definidos por los años en el mar. Uno de sus brazos estaba desgarrado como si lo hubieran querido desmembrar, solo dejando restos de cabello enredado.
El hombre mostraba restos del traje que mostraba signos de haber sido atacado por algo más que el enredador, aunque sostenía un arma más grande que tardaba en verse sobrecalentado, este se aseguraba de quemar hasta la última pizca de cabello, de los cuales se podía ver cómo marañas de cabello se separaba en cabellos con rostros solitarios que gritaban en ataques suicidas contra el hombre que estaba rodeado de combustible.
—Debemos salir. Ese imbécil nos va a rostizar.
Dijo con una expresión de odio Raquel, tratando de cubrirse detrás de unas tiendas mientras el cabello ardiente arrasaba con lo que tenía en su camino, despojando al mercadillo abandonado de su quietud tras su abandono repentino.
—¿No quieres un dulce? Es raro encontrarlos.
Comentoel gusano esquivando la corriente de cabello que cortaba el aire y se aseguraba de tomar una gran bolsa de dulces.
—No es momento… Pero tomalos, podemos venderlo en una botica.
Pese a la quietud una oportunidad como canicas dulces no podía ser desperdiciada por nadie, pese a ello el caos de la habitación revolvía todo sin piedad.
—¡Tu! ¡Deberían haber muerto!¡Todos deben estar muertos!
Angus gritó furioso al par que en el descuido al momento de su hallazgo, fue expuesto con el terrible estruendo de jarrones y vasijas rompiéndose contra el suelo como algunas herramientas de metal estrellándose y rebotando contra el suelo.
—¡Esquiva!
Gritó el gusano rodando para esquivar al Enredador que clavaba el cabello contra el concreto, dejando en claro que en ese lugar no había aliados.
—¿A cual?
Respondió Raquel arrojando una caja que se volvió cenizas contra el viejo hombre.
—¡Da igual, solo sobrevive!
Gruñó Silas, ahora pasando por debajo de las llamaradas que dejaban una estela de cabellos quemados a su paso junto al característico aroma de estos.
—¡Cuidado atrás!
Gritó Raquel logrando esquivar dos columnas de cabello que descendían como guillotinas sobre esta. Por su parte Silas a duras penas esquivo el cabello que menciono Raquel, siendo sorprendido por otro salir de de tuberías que por su parte en el caos, ni siquiera debido al fuego que los consumió.
—¡Mujer! Digo…¡Raquel! ¿Sabes si tienes una habilidad?
Gritó Silas mirando a la mujer que se encontraba de hombros.
—¡No es tiempo de bromas!
Bramio Raquel azotada contra la muralla, sin embargo no sintió el impacto contra esta.
—¡Yo los descubrí en una situación mala…! ¡Condenada maraña de pelos de payaso!
Gritó Silas antes de ser igualmente golpeado por el Enredador quien clavó sus cabellos como si fuera una lanza.
—¡Este percebe no se derrite! ¿Dónde estás…?
Este fue clavado por dos lanzas de cabello, mientras el fuego amenazaba acercándose cada vez más a él.
—¿Te fuiste? ¿En dónde estás?
En mal momento tuvo el infortunio de darse cuenta que los cabellos no lograban derretirse, y si lo hacían tardaban mucho tiempo. Tiempo que no tuvo cuando las llamas lo abrazaron, librándose de su empalamiento.
—...Estoy aquí…Ayuda… Nunca había… volado…
Surgió desde la muralla, la mujer estaba flotando sin control. Hasta que volvió a ser golpeada por el Enredador, arrojando a la mujer como un globo hacia arriba.
—Carruseles desquiciados lo que faltaba…
Suspiro el gusano quien dejaba atrás restos de su figura calcinada por el fuego de Angus.
—¡Te maldigo! ¡Debo haberte matado desde un principio!
Gritó Angus tratando de volver a quemarlo pero este desapareció en las aguas frías que se encontraban agitadas por el cabello que empujaba cuerpos arrasando el suelo endeble que fue dañado por el tiempo cruel, silencioso y paciente.
—¡Nadie te quiere, todos te odian! ¡Comete este gusano!
Gruño Silas a duras penas dando lo mejor de sí al esquivar y moldeando su forma para acomodarse al pequeño espacio en el que estaba siendo asediado por ambos.
Este se burló del viejo pese a los cortes y quemaduras que recibía en sus intentos de esquivarlos.
—...
Esto exasperado a Angus que sentía que no conseguía nada por lo que pese a estar rodeado, Ajustó las llamas para liberarlas con mayor intensidad, provocando que las válvulas se volvieran locas del arma y los motores expulsaran llamas.
Esto fue aprovechado por el Enredador que clavó su cabello incontables veces en la parte baja del abdomen.
—...No creas que me he olvidado de ti…
Bramó con sangre cayendo de su boca, sus dientes se apretaron y antes de una estocada más, jalo el gatillo directo a la maraña de cabello.
—¡Arde…!
Pronunció extendiendo el rugido por encima de todo lo que había en la habitación, pero este por el rabillo del ojo lo vio, el gusano trataba de escabullirse y dejarlo en vergüenza una vez más.
—¡No te dejaré escapar! ¡Los llevaré a todos conmigo!
Chilló expulsando sangre a borbotones por su boca, moviendo el arma contra el gusano que apuraba el paso, ya que la cercanía significaba un final seguro.
—¡Hey! ¡Cuidado!
Gritó Raquel cayendo sobre Angus, desviando el torrente de fuego al suelo. Esto produjo un agudo chillido del hombre que ahora ardía mientras la mujer chocaba contra el suelo, rebotando hacía dirección contraria.
—¡No! ¡Me estoy mareando! ¡No! ¡No!
Comentó la mujer volviendo a desaparecer por las paredes. El gusano sin perder tiempo fue a la salida, con la gran bolsa bien cuidada, notando lo que Raquel no noto.
Angus se había callado, en su rostro se. Deslizaba una lágrima negra, está no le pertenecía pero esa gota era lo suficiente para hacerlo suyo quiera o no.
—No… Monstruos… Traidores…
Apenas se le podía oír entre los chillidos agónicos en tanto la carne se hinchaba y volvía en tonos negros con un suave brillo violeta en lo que tardaba en avanzar por sus venas hinchadas. No obstante este no se detuvo, siguió quemando como el Enredador también se desquitaba con este, atravesando la carne sin misericordia y torciendo su cuerpo envenenado.
—Esto… no me quedaré a ver quién gana…
Dijo para sí, esquivando al Enredador mientras el fuego envolvía todo.
—...No te detengas que… no te perderás…
Murmuró para sí, alejándose del caos, sin sentirse tranquilo al atravesar la entrada.
—Válgame… estoy… vivo… ¡y el tesoro es mío!
Expresó dándole un abrazo a la bolsa de canicas dulces.
El gusano apuro su andar, temeroso a que le reclamarán o provocarán
que perdiera su preciado botón. Deseando tan solo revisar que su botín estuviera a salvo. Pero un sismo lo hizo centrarse en correr, y dejarse de payasadas. Aquello parecía haber dado por concluida la pelea entre aquellos monstruos. Debía avanzar y encontrar a la mujer voladora antes que los metiera en problemas.
Capítulo XXIII: Salida o entrada
Raquel estaba perdida, subía y bajaba sin control, salvo que en ocasiones chocaba contra una muralla.
—...Esto es perturbador…
Murmuró en lo que se movía sin poder sujetar nada, solo terminaba estrellándose con algo y luego traspasando lo mismo al rato.
—Bueno, más bien es aburridamente perturbador… no se si logremos hacer algo más adelante si no puedo saber cómo controlar esto…
Murmuró pasando por otros pisos antes de chocar con una muralla de la recámara de mantención de plomeros, está habitación estaba únicamente por ratas que provocaban el sonido de sus dientes contra huesos. Sus ojos le confunden desvelando como cada vida provocaba colores extraños que eran como un resoplido de vida que iba y se marchaba.
—Ni cuando coloque mucha nuez moscada en la pasta del convento vi tantas cosas raras…
Murmuró, llamando la atención de las ratas al igual de algo que estaba arriba entre las paredes, apenas era una silueta legible pero era grande como un hombre, este solo atinó a soltar colores antes de desvanecerse en los restos de las murallas con casilleros oxidados.
—¡Cuidado rata! ¡Cuidado…!
Lo último de la rata fue un chillido que acabo húmedo al ser arrastrada a través de la pared que la destrozó contra la pared.
—No volveré a comer rata… bueno, a no ser que sea en brochetas de rata…
Murmuró girando viendo una sutil marca líquida en la muralla está era como una saliva cristalina similar a la baba de un gusano o un caracol.
—¿De donde rayos sale eso?
Dudo está observando su cuerpo, únicamente sus lágrimas eran el único líquido que seguía la leyes y caía para desvanecerse en los suelos.
—Bueno, lo vivo, agua… ¿Qué más debería tener cuidado?
Murmuró, cuando no logró transitar más allá de una pared descascarada.
—...Más agua… No se porque no puedo pasar por donde está y caigo cuando está frente mío.
Refunfuñó fastidiada, tratando de averiguar si sus extremidades más grandes y bestiales servían de remos.
—Me veo ridícula, seguro que el gusano diría que soy coma ballena aprendiendo a caminar.
Gruñó para sí misma, enojandose con el gusano imaginario que la señalaba y hablaba incoherencias.
—No, estaré así un largo rato… asumo que el gusano estará mejor.
Pasó un rato, minutos eternos perdiéndose por ductos de ventilación o alcantarillados abandonados, los cuales tenían infortunadas alimañas que terminaban destrozadas contra sí mismas.
—Me he ido acostumbrando… mi cabeza…
El sentimiento de incomodidad al no poder evitar aplastar aquellas alimañas se desvanecía pero el enojo por golpearse repetitivamente contra las murallas aumentaba cada vez más, apenas logrando darle zarpazos en señal de venganza.
—Estoy harta de chocar y flotar sin saber a dónde voy…
Se sentía inútil ante la serie de inconvenientes que le habían producido esta inexplicable situación.
Fue cuando cruzó por una pared, descubrió a dos individuos equipados con ropa de trabajo sucia, iluminaban el camino mediante cascos mineros avanzando por el gran espacio de los alcantarillados, estos alumbraban el suelo tratando de no caer por las tuberías.
—... Han desaparecido muchos, da igual si mandan a diez de nosotros, seguimos desapareciendo.
Murmuró aterrado un hombre que se agachaba, este marcaba el avance de los dos. Raquel podía ver con cuidado como de estos habían colores llamativos, formas inusuales que se parecían a los que vio en la niña pero iban y venían como la espuma del mar, igualmente sentía que su corazón se calmaba al saber que habían personas tranquilas recorriendo las alcantarillas siendo conscientes del peligro pero no histéricos.
—No hables de esa porquería, si hablas mucho de cosas malas… vamos a ser los siguientes.
Habló susurrando a su compañero, igual de temeroso por lo que asintió energico ante la situación en la que estaban involucrados.
—Los climas han estado igual… de feos. ¿No? Cielo rojo, nubes negras con matices verdosos…
Hablo fingiendo estar teniendo una conversación distinta. Esto le pareció una forma tonta de evadir la situación, pero era algo comprensible.
—Si, es cierto. Mi hermano contó en el funeral de mi cuñado que la mina encontró más forajidos dañando las minas urbanas, por lo que le dieron un aumento para liquidarlos.
Comentó con una sonrisa, que mostraba con la poca luz sus dientes negros. Su rostro estaba curtido por la exposición de sustancias dañinas, dándole una extraña urticaria en su pálida piel.
—Oh, eso es fabuloso, así que tú hermana está disponible…¿Crees que el diácono permite casarnos?
Al igual que su compañero, su piel era pálida y venosa, está se había vuelto un cuero duro por la exposición química y la humedad, dándole un aspecto más bruto.
—Olvidalo, ese bastardo de mi cuñado es primo de uno de los diáconos. Ese bastardo dejó escrito que prohibieran que mi mujer fuera feliz con alguien más. De hecho debemos agradecer que había un superior presente… no se que hacía pero la cosa es que detuvo el entierro ya que no veía necesario enterrar a mi hermana con el cuerpo. Desde entonces la familia de mi cuñado ha encerrado a mi hermana.
Comentaba apretando sus dientes que se oían rechinar, sentía como le hervía la sangre de la manera en que aquel hombre había destrozado a su hermana, quien era culpada por la muerte de su marido.
—Le dije a mi padre que aquella familia apestaba, tantos años y no conseguimos nada bueno de ellos.
En tanto su compañero solo asentía, ya que trataba de contar con los dedos de su mano libre cuánto debería pagarles por permitirles ser marido y mujer.
—Oh, eso es bueno… ya era caro darle dinero para renovar los votos con otras personas.
Se dio cuenta que el costo sería aterrador si lo hacía por medio de la iglesia.
—Pidelo en la alcaldía, puede que tengas éxito. Sabes cómo son los que trabajan ahí, una cosa por aquí, otra por allá y resuelto.
Le dijo su compañero quien enfocó algunos cuerpos vagando por las aguas mientras eran comidos por los gusanos.
—Creo que… nada, nada. Sigo pensando en eso que no hablaremos hasta volver.
Añadiendo que ambos guardaron silencio como si un depredador estuviera acechando desde las sombras.
—Mucho tiempo, pero trataré de hacerlo. Conozco una Rattue…
Murmuró respondiendo lo que su compañero proponía, no obstante él tenía otro plan.
—No. ¿De verdad conoces a uno de los Rattue? Se dice que esos bastardos consiguen todo lo que les pidas a cambio de dinero.
Dudo por un instante de su compañero pero está si bien era mujeriego y peleador. Nunca había dicho una mentira en su presencia.
—Conozco a los Rattue, pueden conseguirles unos chismes de los secretarios administrativos, así pueden acceder más barato.
Dijo Raquel quien fue buscada hasta que la lograron enfocar, dando un terrible grito de los hombres.
—¡Fantasma! ¡Monstruo!
Gritaron simultáneamente sin ponerse de acuerdo de aquello que veían, una voz femenina que venía de una mujer pálida envuelta en telas negras sin dejarle ver casi nada pero su cuerpo estaba sobre tuberías muy arriba.
—Tranquilos… No queremos llamar a esa cosa…
Rápidamente murmuró fuerte para que ambos guardaran silencio, temerosos más de ser quien es llamarán al Enredador que aquella extraña mujer.
—No soy exactamente un fantasma o un monstruo… pero la cosa es que… ¿Pueden decirme dónde rayos estoy?
Raquel comentó, tratando de ser lo más simpática posible, algo que no había sido durante mucho tiempo, ya que por lo general se había acostumbrado a tomar las cosas de otras formas.
—Si…veamos, esta es la tubería que está conectada con la ruta catorce, pero puedes tomar la escalera veinticuatro pasado por el salón de mantenimiento del sub sección tres.
Raquel no entendió lo que decía el hombre de aspecto más brusco, que murmuraba claramente para no tener que repetir lo que no entendía la mujer.
—Recuerda que está la estructura de ventilas que puede facilitarle el acceso pero debe evitar caer en el canal cinco que conecta a la ruta veintidós…
Los hombres habían seguido hablando sobre caminos y datos que Raquel no entendía y tampoco necesitaba, por lo que decidió acercarse, de un brinco salió de su anclaje y cayó segura frente a estos mostrando una altura de casi tres metros fácilmente. Ambos callaron, horrorizados y curiosos por lo que quería la mujer.
—Chicos, verán… solo quiero saber si estoy encima o debajo de… ¿Entienden? ¿Que tenemos arriba nuestro?
Preguntó Raquel acercando su rostro, tenía facciones delicadas que armonizan, aunque a su vez se volvía. Aterradores con los detalles de sus ojos negros que lloraban lágrimas.
—Que difícil… oye, ¿Tú te ubicas arriba?
Preguntó si compañero, quien estaba sacando cálculos con los dedos.
Los hombres estando cerca podían percibir su aroma a químico o combustible que emanaba de la piel anormal que tenía la gran mujer, al mismo tiempo las luces advertían sobre aquello inhumano, carne necrofaga bajo la tela que era traslúcida a los buenos ojos.
—No… Bueno… Sobre lo que hablábamos, esto que va desde … arriba debería estar… la calle… por la esquina…
Ambos se miraron teniendo miedo por fallar. Cada uno divago temeroso de la manera en la que pudo mientras sus rostros sudaba gotas frías.
—No tengo todo el día.
Dijo ahora con un tono distinto al igual que su expresión gélida que daba pánico al solo verle. Estos podían sentir que aquello era más aterrador por su presencia tétrica que por su cuerpo anormalmente grande.
—...Entre las tiendas comerciales de los Fernández y los Ruiz…
Lograron soltar como un coro de niños temerosos ante un gran público.
—Oh… A propósito. ¿Saben de una recámara inundada que está muy helada donde hay una tubería y una sola entrada?
Añadió para ubicar la habitación y si era factible acercarse a ella.
—Pues… hay dos que están al este, cerca de la grieta pero el resto que están bien están al oeste.
Explicó volviéndose a colocar el sombrero, enfocando arriba, el lugar donde estuvo la mujer. Este pensó por un instante de como había hecho para llegar a esa altura, era notorio que era alta pero no lo suficiente para llegar a esas tuberías.
—Si, claro. Que bueno… digamos que deje atrás a mi compañero, a mi ex jefe y al Enredador…
Dijo aproblemada ante el suelo que presenciaron, ya que no había resultado que le resultará favorable, salvo que todos murieran.
—Debi haber cobrado por adelantado… o llevarte los dulces.
Gruñó para sí entre dientes sabiendo que se había desviado mucho al oeste y algo hacia el norte. Lo más probable es que debía tratar de avanzar un poco más antes de perderse y posiblemente encontrarse con cosas peores.
—¿Viste al Enredador?
Dejó escapar el que tenía salpullido, quitándose el casco en señal de respeto y dejando a la intemperie un cabello grueso y graso que estaba un tanto largo, manteniéndose sin canas.
—¿Como era? ¿Tenía cuernos? ¿Tenía miles de rostros?
Comentó el otro exaltado, queriendo saber Porfin que era aquello que tanto los había atormentado.
—No es… es raro. Es solo cabello y rostros unidos por más cabello sin nada aparente…
Esta hizo gestos tratando de mostrar un poco como era.
—¿Rostros y pelo?
Fue la pregunta que ambos se hicieron, ya que si bien nadie había visto aquella atrocidad, siempre se veía algo de este. Siempre cabello y un rostro.
—Si, rostros de todo tipo que parecen gritar de miedo o dolor. Y luego una cabellera densa de color negro que se enreda por todos lados y si no te das cuenta te aplasta… o, también te corta o atraviesa. Es una locura apenas logró salir viva… no se si estoy exactamente viva…
Esta afirmo su declaración de los hechos, confundiéndose en lo último, ya que no había conocido algo vivo que atravesará cosas.
—¿Qué eres?
Preguntó uno de ellos al oír tanta confusión de la mujer. Esta solo guardó silencio, pensando en aquellas palabras tan simples que se volvían un misterio para si misma.
—Es algo que me gustaría saber, ya que un cuero…
El chillido desesperado de una rata se vio envuelta en dolor mientras perdía pelo y su cuerpo se deforma a como una masa negra de pústulas y materia que se retorcía ante la necrosis que le negaba una muerte simple y rápida.
—¿...Qué carajo…?
Una lágrima cayó sobre otra rata, está se retorció y chilló como su semejante, pero antes de seguir sufriendo está murió repentina con un sonido seco de sus huesos romperse.
—¿Se mató? Paolo, es la primera vez que veo a una rata rompiéndose el cuello…
Dijo el compañero de nariz fina, quien dio un paso atrás recibiendo una mirada de odio de su compañero al dejarle cerca de aquel horror.
—Bueno… es normal… llevas unos diez años aquí… tu…
Titubeó Paolo quien miró a Raquel a la cara, viendo las gotas negras caer de sus ojos como pozos lagrimeantes.
—¿Qué ocurre? No… entiendo…
Si bien su aspecto era de aires temibles y agraciados, podía ver un reflejo de miedo y condición en su expresión ante la escalofriante muerte de las ratas
—¿Es broma? Espera…Digo…
Expresó descuidadamente como si no pudiera creer la noticia burlesca de un compañero. Este sintió que se congelaba su cuerpo.
—Quiero decir… es algo natural. Supongo… mira a Paul, ni siquiera sabe ponerse su traje él solo. Todos hemos hecho cosas indebidas por naturaleza… Si.
Apenas logró decir tartamudeando. Sentía que su cuerpo era inundado por un sudor frío que presagiaba su muerte.
—Natural…
Murmuró con expresión afligida, levantando su brazo negro y examinando su mano ennegrecida, sintiendo como sus dedos se frotaba suavemente entre si, algo inquietante pero con la luz de los cascos parecía una danza siendo presentada bajo reflectores que avivaba el movimiento de las partículas de aquellas tuberías cerradas.
—Ya no se que es natural… digo…
Movió su figura, revelando el resto de su cuerpo que parecía una sombra grande con algunas manchas rojas. Se veía como hueso negro que la recubría bajo la tela negra.
—En… este mundo es tan diverso y da tantas oportunidades… Pero… No se…
Alzó sus brazos y apretando sus garras ante la impotencia de abrirse con claridad, los hombres la observaban con el chillido de la rata muriendo.
Así que en un acto de respeto Paul le dio un suave pisotón en la cabeza, uno que sabía que la mataba pero a su vez asegurarse que esa cosa no le hiciera algo a su bota. Paolo miraba de reojo por si tenía que apartarse de su compañero pero ese no fue el caso.
—Es como si lo que hay ahí fuera. Nunca nos hubiera considerado parte del esquema de los celestiales… O que no fuera parte de nosotros…
Raquel suspira para luego mirarlos una vez más. Ambos se notaban fríos, centrados en lo que la mujer hablaba salvo cuando mencionó a los celestiales, confundiendo a los hombres que deseaban saber cómo una bestia proveniente del abismo podría saber de los celestiales. Temiendo que aquella cosa fuera algo que no le tenía a la luz.
—Bueno caballeros, debo decir que son una buena compañía en estos momentos…
Raquel secó sus lágrimas que nunca dejaron de fluir envueltas en aquel manto mortífero que anunciaba un final desdichado.
—No te preocupes, es bueno encontrar a alguien y desahogarse…
Respondió Paul quien arqueó las cejas en un intento de simpatía.
—Tu… mencionaste a los celestiales, por casualidad eres…
La duda superó a Paolo por lo que simplemente le dijo directamente a esa criatura, pero antes de terminar recibió un pisotón de Paul.
—¡...Creyente…!
Paul dejó soltar la lengua con una excusa antes que su compañero fuera a decir algo que los dejarán como esas ratas.
—Si, como cualquier monja. Bueno, fui monja hace mucho. Eso fue antes de decidir subir a mi primer barco…
Ambos no sabían qué decir, aquella cosa de pesadilla con rasgos femeninos contaba sobre su religión, su función en la fe, algo que ellos mismos habían terminado dudando.
—...Entonces ahora eres una… ¿Qué clase de cosa eres?
Paolo continuó, pero está vez Paul le dio un puñetazo para callarlo.
—Joder. Tu boca de cloaca… mocoso impertinente.
Paul estaba furioso que su muerte no fuera mi más ni menos que por la impertinencia de uno de sus compañeros. A su vez Paulo con el labio partido se regresó con una expresión de furia ante la repentina agresión.
—Me recuerdan a mis hermanas, bueno… no eran mis hermanas de sangre, pero se entiende.
Intervino solo por qué les pareció graciosos, estos al ver la gran figura de Raquel entrometiendose, se limitaron a darse algunos golpes suaves en los brazos para demostrar que ya estaban en paz.
—Si, pues para mí es un misterio pero pueden considerar mi persona como una abadesa. Así es como me llamaron la última vez.
Estos guardaron silencio, dando un gesto de respeto por conocer a una criatura tan civilizada como lo era una abadesa. Por otro lado, a Raquel le pareció divertido decirle a estos desconocidos de la misma forma en que la pequeña Cecilia le había llamado.
Capítulo XXIV: Entrada o salida
Raquel tras hablar con los plomeros y ponerlos al tanto de la situación que aconteció al oeste, o lo que fue el oeste, emprendió una caminata al este con el fin de encontrar a Silas que parecía esconder más que solo incoherencias y desdicha porteña.
—Pues… según sus indicaciones debería ir a la derecha para continuar el camino por una serie de túneles, pero si sigo derecho… me ahorro el adivinar por dónde ir.
Habló consigo misma, pensando cómo lograr atravesar aquella pared sucia por tanto tiempo trabajando que parecía más un sedimento natural que cualquier otra cosa. Apoyó sus manos sintiendo la fría piedra contra estas. Un segundo vio sus manos, estas eran un poco más largas, imagino atravesar la muralla, lo cual no resultó sintiéndose tonta por un rato.
—Lo hacía sin querer… ¿Acaso hay agua al otro lado?
Gruñó golpeando la muralla con sus palmas, pensando que podría sentir la sensación de pasar a través de esta, lo cual le pareció ilógico ya que nunca sintió nada distinto.
—Pasar… ¿Como cruzar una pared? Uno cruza con una puerta…
No obstante imagino que frente suyo había una puerta para atravesar y encontrar más alcantarillas húmedas con tuberías y suciedad.
Avanzó con los ojos cerrados solo para golpearse la cara.
Esta gritó de furia y maldijo por los celestiales tanto que hasta el cielo logró oír tantos insultos que nunca se habían dicho.
Esta furiosa pensó en un agujero que haría un agujero en la condenada pared, se movió con cierta gracia bestial para abalanzarse contra esta pero para su sorpresa la atravesó.
—¡Agujeros! ¿Es una broma?
No entendía cuál podría ser la diferencia hasta que pasó por su cabeza la situación.
—Una puerta está cerrada… No…
Volvió a mirar la pared, está vez pensando en una puerta o más bien el marco, avanzando y descubriendo que en efecto lo podía atravesar.
Tomó una bocanada de aire turbio de alcantarillado, resultando más en una bocanada amarga que en una de suciedad. No quería perder los estribos por lo que se hizo la idea de una puerta para comprobar, dándole toques a la pared y así terminando su experimento que si bien fue un gran logro, a cambio tuvo que perder la compostura.
Logrando hacer que su extenso cuerpo logrará pasar paredes con facilidad, o tal vez no tanto debido a que se olvidaba de ver una pared y mentalizarse que no es una pared.
Sin embargo, por su avance rápido noto lo que no había visto antes. Su cuerpo recubierto con huesos negros, al igual que sus miembros que ya no eran extremidades normales, sino mas bien grandes garras negras necróticas que resultaban algo intimidante, propio de algunos dibujos de la biblioteca cuando la vieja bibliotecaria dormía.
—No sé cómo funciona mi anatomía… me da miedo ir al baño, aunque no necesito ir al baño…
Murmuraba para sí, tratando de localizar como era su nuevo cuerpo por la parte de abajo, pero se distrajo un poco notando que su cabello era una de las cosas que se mantenía normal, agradeciendo no parecer cuero podrido.
—Eso parece mi trasero… fabuloso, necesitaré más tela. Lo bueno es que…
Esta movió la parte trasera, moviendo lo que podría definir como trasero, o lo que fuera de un insecto.
Se detuvo sobre su charla de su anatomía que le confundía, sintiendo un vacío mientras caminaba por los túneles, como si una pena amarga se apoderaba de ella, quien en sí, nunca había tenido mayores sentimientos por lamentar la pérdida de alguien o abandonar a alguien a su suerte.
De hecho, al pensar en abandonar a alguien a su suerte, se dio cuenta de lo contradictorio de reencontrarse con el gusano.
—¿Por qué? No le debo nada a ese bastardo, soy libre de hacer lo que me plazca. Por otro lado parece conocer algunas… ¿Por qué estoy teniendo está conversación?
Se cuestionó, sintiendo que hacía los mismos tontos monólogos que esa membrana con patas.
Renegó con la cabeza ante ideas tan infantiles, había huido de su vida para encontrarse a las monjas que por su parte robo y abandono con la intención de volverse corsaria y acabando finalmente en aquella banda de desgraciados.
—…Que extraño…
Se detuvo, tratando de pensar una causa para ese padecimiento que parecía una especie de tristeza más fuerte.
A su vez en las pululantes aguas negras podía ver las sabandijas parasitarias recorriendo las inmundas aguas de un lado a otro, observándola mientras respiraban y emitían aquellos colores. Los cadáveres también los mostraban pero en menor frecuencia, dándole la sensación que tenía que ver con lo vivo. Pero aquello que vio antes le daba mucho en que pensar.
—Veamos, no tuve que haberme ido tanto por las paredes…
Dijo entre gruñidos al darse cuenta que no había más lugares frente suyo, pensando que debía de estar en algún lugar o hueco por el cual recordar dónde estaba.
— ¿Cómo hago para subir o bajar?
Protestó esforzándose en subir o bajar moviendo los brazos, lo cual la avergonzó en gran medida, ya que parecía un ave torpe aprendiendo a volar, planear imaginar unas escaleras, pero no hubo resultado, por lo que pensó en subir con una soga que nunca logró alcanzar, terminando sus ideas. Salvos por aquellas que le hacían saltar hacia abajo, ella no sabía que había o de qué forma bajaría y si podría detenerse.
—Esto debe ser un castigo celestial por mi mal comportamiento…
Raquel se detuvo, sintiéndose observada o más bien acechaba, no obstante vio un par de ratas que le observaban desde el borde de una tubería observó sus ojos negros verle con odio, el pelaje estaba erizado, antes de espantar a esas alimañas insignificantes, el conducto del alcantarillado repentinamente crujió y un gran insecto atrapó a una de las ratas que apenas dio un par de chillidos al desaparecer en la oscuridad.
— Esa plaga no se cansa de andar acechando… Bueno, ya no es mi problema.
Se dijo para sí, viendo cómo otro de esos insectos como ciempiés de patas largas y algo curvas por sus articulaciones, agarraba a la otra rata de un agresivo movimiento desde un rincón de las grietas del hormigón.
Sabía que esas alimañas siempre atacaban en grupos grandes, sus mordiscos eran muy dolorosos y si había una hembra, era una muerte segura sin cuidados adecuados.
De repente saltaron encima varios de esos insectos, mordiendo, rasgando y enroscándose con el fin de acabar con ella.
—¡...No de nuevo…! Tuvimos que haber iniciado con ustedes… Deja… ¡Alto!
Raquel se vio furiosa, golpeaba una y otra vez a los insectos, tratando de apretarlos con fuerza, exprimiendo sus cuerpos de quitina hasta que la pasta carnosa de su interior reventara, expulsando aquel terrible hedor.
—¡... Maldición…!
Logró decir sacándose uno de los insectos mordiendo su nuca.
Continuó un rato, incluso uno se vio afectado por una lágrima cuando trato de morder su rostro, pero su carne se hincho por debajo, empujando de forma retorcida su cuerpo, el caparazón de quitina se trizo ante la presión de las pústulas y la materia saliendo del insecto que se retorcía dando agudos chillidos de dolor que nunca acababan. El ambiente envuelto en la densa cantidad de gases propios de las aguas negras, se mezclaba con el nocivo gas que producía las entrañas de los insectos muertos.o
—Condenadas alimañas…
Bramó sacándose los de encima, solo para que más fueran al ataque mientras los que se sacaba de arriba se recuperaban.
Sin embargo todo cambió cuando uno de estos insectos trató de morder uno de los círculos membranosos de sus laterales que reventó con facilidad, lo cual asustó pensando que esos eran sus puntos vitales, justamente a la vista de todos.
—¡No!
Apenas pudo gritar cuando las fauces de dientes caninos y molares retorcidos mordieron entre los suaves pliegues que habían entre la quitina.
—...Mierda…
Solo pudo decir antes que más de aquellas membranas se rompieran expulsando algo de líquido que extrañamente olía a líquido amniótico. Estas cosas eran rostros de aspecto llenos de dolor brotaba para atacar a los ciempiés, partiendo los y volviendo a cortar hasta hacerlos trozos pequeños de sí mismos.
—... Mierda…
Volvió a decir confundida y aterrada. Pensando en los miles de horrores de esas cosas que brotaban de ella, algo desagradable como lo fue con la llorona. No obstante estos rostros con cierta familiaridad humana femenina, emitían sonidos confusos sin una sola palabra clara.
—...Mierda… Mierda…
Estos castañeaban sus fauces chicas tratando de pronunciar algo hasta que el primero lo consiguió, tras otro hasta que de Raquel brotaba un horrible coro de lloriqueos que pronunciaban la palabra que dijo.
—Yo… soy Raquel… Gracias por ayudarme, creo… ¿Ustedes son yo? ¿O son parte de mi o soy parte de ustedes?
Cada vez que lo pensaba más y más, nacían más interrogantes que se enredaban y no le permitían pensar en nada al respecto por la situación tan rara que vivía. Las cabezas ante su condición solo se mantuvieron haciendo sonidos raros con sus bocas y moviéndose como gusanos.
Fue en la de momento que recordó algo de la llorona por lo que se llevó las manos a la boca por si ella también era un gusano, lo cual descartó al sentir que tenía la boca normal. Saco la lengua solo para ver la punta, aliviando se que tampoco tuviera un gusano o boca en la lengua.
—Así que… Bueno. ¿Algo que me quieran decir?
Dijo Raquel quien junto sus manos, con paciencia y deseo de saber algo que aquellas cosas supieran.
—...Amén…Amén…
Estos sollozaron aquella palabra, confundiendo la por lo que las separa, haciendo que se callaron y al volver a hacerlo, estás volvieron a exclamar amén por el gesto que ella hacía.
—Oh, Benévolo celestial, bajo tu protección nos amparamos, Aquel que gobierna sobre la divinidad con los celestiales; no desoigas las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos de todo peligro. Oh, generoso celestial, guía mi espada contra aquellos que te rechazan, permíteme usar tu fuego para hacer cantar coros gloriosos a tus celestiales en manos de quienes te olvidaron.
Raquel pronunció unas oraciones de los versículos que estudiaba en el convento. Esta alzó las manos mientras aquellos gusanos oscilaban ante las palabras.
—¡Amen, bendito sea quien gobierna con los celestiales! ¡Amen!
Estos exclamaron alegóricas frases que Raquel recordaba que se decían luego de aquellos rezos. Esto le recordó ciertamente a algo familiar, algo de su adolescencia que dejó atrás.
Lentamente las cabezas con rostros volvían a los lugares entre su carne, pero está vez sin la membrana, dejando sus rostros en aquellos lugares como un pequeño grabado bajo la tela negra.
—Bueno… supongo que será eso por el momento… gracias.
Dijo extrañada, siguiendo por aquel pasillo hasta encontrar una puerta, está tenía el cuerpo de un compañero, que tenía severas heridas que indicaban que murió debido al ataque en conjunto de los insectos.
Al cruzar reconoció aquel pasillo, uno por la que habían entrado con su división.
—¡Condenados traidores!
Gruñó viendo que era uno de los nuevos que había muerto en los primeros días, dudando por un momento sobre la situación de una de las divisiones que se desvaneció sin más en los primeros días.
—Nos saborearon… Será posible…
Inspeccionó y vio algo de equipo por lo que reviso, ahí estaba la bitácora de uno de los idiotas que iba su hermana. De forma hábil lo abrió y empezó a leer, cuidadosamente vio como este anotaba la exploración, profundizando en la biología y cosas sin sentido.
—¡Esto no es lo que buscábamos, esto no es por lo que nos pagaron!
Arrojó la libreta que se destrozó, de esta salieron múltiples dibujos y garabatos. Al acercarse vio algo inquietante. Había algunos garabatos de cuando encontraron a los Kelpies deambulando por aquella sala de máquinas.
Las cabezas salieron como si su estado estuviera conectado a estos, se veían agitadas ya que entendían la situación que debía haber sido un truco para eliminarlos o simplemente jugar con ellos.
—Gracias por …
Raquel se calmó un poco pero una de las cabezas hizo un movimiento agresivo hacia uno de sus costados donde el estrecho espacio de concreto llevaba por una especie de camino.
—¡...Hereje…!
Exclamó la cabeza, llevando así la primera voz de un coro de voces que ya no lamentaban, sino que bramaban de un dolor intenso de odio.
—¡...Hereje…!
Rugieron mientras se escuchaban de regreso palabras que se apagaban con su presencia.
—¿Alguien ha visto…? Ayúdenme… ayúdenme…
Lamentos intensos graves se desvanecen con el reemplazo de chasquidos inquietantes.
Fue entonces que sus ojos deslumbraron aquello que tanto lo había atormentado y llevado a la muerte. Era una llorona, apenas distinta a la otra por el aspecto de sus rostros, al igual que Raquel sus cabezas salieron dando intensos chasquidos con sus fauces. Sus bocas estiradas como un gusano, se abrían y cerraban dejando escapar un espeso líquido negro como las lágrimas de la llorona.
—...
Aquella criatura que no había fundado en perseguirlos ahora estaba a metros suyo como si su presencia perturbara la lógica de aquel monstruo. Sus cabezas se mantenían gruñendo y gritando palabras que variaba en formas despectivas para llamar a los que no reconocían la voluntad celestial.
—¿Qué es lo que quieres? ¿Crees que tengo miedo?
Gritó ella mostrándose desafiante a esa cosa.
—¡Vamos! ¡Flota hacia mí, te aseguro que tú sangre blasfemia será lo único que caiga al abismo luego que te empañe en los jardines de impíos de los obispos superiores!
Gritó con furia, siendo acompañada por los gusanos que daban palabras de apoyo para ella, listos para castigar a esa atrocidad. Por un momento una idea loca le pasó por la cabeza, puede que el celestial tratara de mandarle una misión importante que era difundir su palabra en lo más bajo de lo bajo.
—¿Quieres comerme? ¡Somos la espada del celestial! ¡Soy la luz que desciende para iluminar el abismo!
Gritó a todo pulmón, mientras se alejaba aquella criatura la cual podía ver cuidadosamente como también emanaba tonos, si bien se presentaban agresivos, ahora se habían desvanecido con su violencia contra ella. Aquello lo tenía y le parecía un logro magistral contra los abismos.
—...Todo estaba premeditado… Es parte por lo que he nacido…
Murmuró está a carcajadas, logrando sentirse libre y aliviada por lo que pensaba que era una revelación divina.
Después de morir y renacer nunca pensó que volvería a tener aquella sensación de serenidad en su pecho, pero lo tenía, había muerto y renacido solo para cumplir la tarea de los celestiales.
En sus delirios había olvidado todo aquello que había en la libreta, como algunos objetos junto al equipo. Sin embargo fue muy tarde cuando escucho el crujir del suelo cuando algo se arrastraba seguido del chillido de las ratas.
Con coraje en mano y una gran decisión se volteó para enfrentar cara a cara al peligro una vez más, sus cabezas atacaron antes comprimiendo la carne podrida que rebosaba en jugos gástricos que chorrearon en icor ácido.
En ese momento no pudo detener el puño que había hecho con sus garras que se dirigían a gran velocidad contra la máscara del gusano, quien dio su última carcajada al tratar de sorprender a la abadesa.
Capítulo XXVI: Navegante inexperto
El cuero se sentía una vez más en el suelo, frío y sin forma al estar inconciente. Ya no se molestaba tanto en reaccionar o se ponía nervioso, si ha de morir, lo habría hecho dando su última carcajada pero no fue el caso. En cambio era arrastrado, escuchando a un grupo cantar cosas religiosas que se sentían difusas, pero con el tiempo lograba escucharlas mejor.
—...Sobre las tierras del último rey marcharemos…
Murmuraba una voz femenina con intensidad, su voz resultaba encantadora y agraciada.
—Amén, el fuego viene.
Dijo el coro femenino con alevosía melancólica.
—Para lavar las manchas de nuestros crímenes.
Donde cada estandarte portará la voluntad
Del único y verdadero Rey.
Recordaba este cántico cuando era pequeño y los creyentes buscaban a quienes no demostraron la suficiente devoción.
—Es aquel que gobierna sobre los celestiales.
Las mujeres alzaron su voz con una precisión algo extraña, dando el tiempo justo para no interferir o resonar fuera del coro mientras avanzaban.
—Los falsos profetas serán la leña,
Y los reyes serán hervidos en su orgullo.
Que su grasa sane nuestras heridas,
Y que su ardor consuma los abismos.
La mujer terminó con su canto, dando recuerdos inciertos de ser conocida de Silas.
Este pudo ver el negro espacio que le rodeaba que iba volviéndose más nítido, logrando dilucidar el repugnante túnel de alcantarillado, pero el ambiente de sentía distinto, más ligero con el aroma de la muerte y la inmundicia más fresca golpeando su nariz inexistente.
—¿Estamos arriba?
Fue la primera palabra que pronunciaba desde hacía rato, lo cual asustó a Raquel quien dio un pequeño grito, asomando su rostro pálido, si bien su expresión no demostraba ninguna emoción, lograba percibirse una cierta alegría.
—Hey, es un gusto verte…
Respondió Silas pero vio que luego aparecían más cabezas que lo observaban, la mayoría de ellos tenían el rostro bicolor como si se estuviera sanando.
—¡Santa Martha! También es un gusto verlos, eso sí, lamento que se… quemaran.
El gusano trató de incorporarse pero su cuerpo pesaba de manera extraña, como si estuviera desconectado de lo que quería hacer.
—¿Qué ocurre? Por alguna razón no puedo moverme…
Preguntó confundido.
—No sabía si eras tú así que te envenene por si eras otro cuero.
Respondió con sinceridad para continuar arrastrando al cuero sin preocupación, por lo que esté suspiro y continuó siendo arrastrado por esta.
—¿Cuantos cueros encantadores con máscara conoces?
Preguntó sarcásticamente el cuero, por lo cual sin detenerse, Raquel se puso a pensar como si la cantidad fuera mucha.
—Deberías considerar que los celestiales colocaron pruebas para preparar al fiel de ser engañado por la brujería de los abismos.
Explicó la mujer convencida que cada aspecto de la vida que juega a favor o en contra es producto de la intervención de los celestiales. Ella miraba hacia adelante con confianza, los pasillos del alcantarillado estaban iluminados con viejos focos amarillentos que tiritan ocasionalmente, amenazantes de abandonar su labor y dejar los extensos pasillos a oscuras, únicamente con el agua sucia de fondo arrastrando torrentes de excremento fresco.
—Bueno, creo que estás en esa etapa de la vida en que quedas como un pez espada. Pero te entiendo, será divertido ver tu fase de fanática religiosa.
Comentó el payaso, torciendo un poco su cuerpo para enderezarse y ver el camino.
—¿Ustedes han transitado por aquí antes?
Preguntó curioso mientras Raquel tararea un himno de alabanzas al celestial.
—Eso es el cántico de la luz del celestial.¿No?
Preguntó a lo cual ella giró su cabeza bruscamente de una forma algo inquietante.
—Desde luego, lo aprendíamos en el convento. Recuerdo que fue emocionante participar en el coro de la iglesia cuando era joven.
Expresó, mostrando una especie de alegría en sus ojos. El gusano sentía que su parte baja ya debía ser nuevamente un costrón de suciedad extensa.
—Yo fui… las misas eran buen momento para robar las galletas y…
Comentó el gusano como uno de sus únicos recuerdos más agradables de su infancia. Pero los rostros se le acercaron.
—¡Comerlas con melaza!
Interrumpieron los gusanos de forma alegre, dando un sonido final como si saboreara el dulzor metálico con aquella oblea blanca y seca, adhiriéndose en la boca con la viscosidad de aquel dulce parecido al petróleo. Eso sí el no dijo nada, recordando lo que pasó a uno de sus amigos cuando lo atraparon con las galletas consagradas, aquello no se les borraría de sus recuerdos, ya que el pequeño se volvió parte del jardín de los impíos que tenía el sacerdote Liam y el sacerdote Cormac.
—Cierto. Las aguas con heces empiezan a mezclarse con el aroma irreconocible a la maresía pútrida.
Comentó cambiando el tema, no deseaba abrir recuerdos tontos de la niñez y tampoco estaba tan loco para provocar a una bestia fanática.
—Tienes buen olfato, yo aún no siento nada. Bueno, son cosas de quienes nacieron en el puerto…
Razonó ella misma a la idea que dio el gusano sobre poder percibir las cosas.
—¿Me escuchas?
Habló fuerte para llamar la atención del gusano que con fuerza torció la máscara para observar al frente. Sus ojos como canicas negras observaban como el camino ascendía dejando las cloacas.
—Perdón, estaba… estaba pensando en la canción de hace un rato. Veo que hemos ascendido bastante. ¿Me distraje tanto?
Preguntó al final, ya que sentía dolor en la parte baja por lo que al ver se percató que todo ese tramo había dejado la huella de su cuerpo siento destrozado lentamente con su fluido ácido como un recuerdo de dolor que apenas percibió.
—Si, pero me complace que puedas moverte, tendrás que actuar como alguien normal. Tienes que conseguir algo de ropa… Sabes…. Que cubra el cuero podrido que eres…
Esta respondió con aires neutrales pero que estaban entintados de altruismo que lo trataban peor que escoria.
—Se la puedo quitar a cualquier desdichado. O a algún muerto…
Comentó moviendo su cuerpo, forzando sus apéndices móviles y digestivos para recuperarlos del entumecimiento.
—¿Sabes orientarte por las calles?
Preguntó ella algo inseguro ante la idea de recorrer este lugar desconocido.
—Por Favor, no me insultes de esa forma. Soy un experto navegando por las calles.
Desenvainó su forma, rotando en el suelo, enrollándose para alzarse en su forma humanoide.
Hizo como si tomara los huesos que no tenía y dio una última sacudida para sacar desperdicios clavados en su carne.
—Bien, ya estoy mejor. Como dije… No hay lugar de los barrios bajos que desconozca.
Abrieron la puerta del drenaje, está llevaba a un pasaje lleno de basura, humedad y alimañas.
—¿Ves? ¡Estoy en casa!
Exclamó, acompañado de la risa de la máscara que portaba.
—Supongo, creo que podríamos orientarnos mejor de lo esperado, solo no hay que meterse en problemas.
Raquel le habló de forma reflexiva, pensando si había forma de llegar a una parte alta o una que les permitiera saber el lugar en el que estaba.
Miró como una de las ratas cojeaba entre sus extremidades, dándole un pisotón con su garra, pensando en aquellas bestias impías que el abismo había creado para opacar la luz de la creación de la creación.
Al volverse no vio al cuero en el momento en que estaba antes.
—...
Guardó silencio, mirando y escuchando por si este la llamaba. Pero en aquella situación nada, por lo que dio algunos pasos tímidos, observando y dando un paso en silencio. Esta aguardaba minutos en su avance que le hacía tener algo de inquietud de lo que había ocurrido, pero cambió su expresión, sabía que debía seguir las órdenes del celestial para ser su espada en lo profundo del abismo.
—Bien… entonces si el gusano se perdió, yo me guiaré con las enseñanzas de los celestiales.
Murmuró dándose valor, a lo cual sin revelarse los rostros en su cuerpo en forma organizada exclamaron amén. Pero hubo algo distinto, una voz adicional, que no estaba sincronizada como las otras.
—Veo que me extrañas.
Dijo el gusano detrás suyo, mostrando la ropa de un indigente, los harapos apenas eran tela y llevaba vendas sucias y viejas cubriéndose el cuerpo, estás se serían a su carne húmeda y rota, dando una sensación aún peor al verlo, dando como efecto que desearás no verlo.
Lo extraño era que en su aparente mano jugaba con dos bolsas de piel de dudosa procedencia.
—¿Cómo es que…? ¿De donde sacaste eso?
Estaba demasiado confundida, tratando de idear alguna pregunta para entender cómo había terminado con todo eso.
—Por favor. ¿Piensas que es mi primer día en las calles? Incluso tengo tela negra para ti.
Este extendió sin molestia la tela sobre el torso bajo de la mujer, está era algo gruesa, menos deshilachada que la que tenía.
—Gracias pero conseguiste mucho en poco tiempo…
Dio un gesto de agradecimiento comenzando las labores de doblado y algunos cortes para simular un extenso vestido por medio de elevar su cuerpo a una posición más recta.
—Efectivamente, pude conseguir más. Pero no vi a los Rattue que me debían cosas. Así que hice lo más sensato… robar, usurpe, delinquir, extorsiones, manipulaciones, estafe y …
Este habló y describió algunos crímenes que había cometido como algo del día a día. Aquellos delitos no eran nada de importancia para él ya que habían acciones que realmente se tomaban como delito cuando tenían que ver con gente de rango social.
—No puedes estar hablando enserio… ¿Sabes dónde estamos?
Se llevó las manos al cabello, rascándose la cabeza y pensando en cómo debía tratar a este gusano por lo que hacía, cuestionando el verdadero designio de los celestiales. Pudiera ser que estos deseaban que está usará al gusano impío para llegar a los abismos y así darle luz a la miseria.
—Bueno, no pero estaba la fábrica de zapatos de los Zalazar. Estos deben de tener la planta al norte donde están los artesanos, lo digo por el sabor a metal y muerte que tiene cada rincón de suelo de este lugar.
Expuso su idea señalando lo que parecía ser un edificio siendo reparado.
—Toda la tierra está compuesta por metales pesados o alguna forma química naturalmente nociva o fabricada para matar de un sin fin de formas… eso no ayuda.
Expresó está mujer, descartando la orientación del gusano.
—Aguarda. Podemos perfectamente ir y venir para solucionar todos estos problemas.
Propuso el gusano, pero la mueca negativa de la mujer parecía que no aceptaba tal propuesta.
—Si hacemos eso nos perderemos.
Respondió con una negativa breve, agravando su tono para marcar su desición.
—Si hacemos según mi orientación no nos perderemos pero si deseas podemos hacer un camino mío, luego uno tuyo y así hasta seguir el camino que te digo que es el correcto.
Habló con determinación, asegurando que su lógica era claramente la correcta en aquella situación.
—Caminemos, debemos encontrar el lugar para salir de aquí.
Con esas palabras ella camino a la dirección que le parecía la correcta, dejando al cuero viéndola un instante.
—No me harás caso. ¿Cierto?
El gusano se quedó quieto, viendo cómo la mujer avanzaba por las callejuelas sucias y ruinosas. Únicamente iluminadas por la poca luz artificial que recibía de algún que otro rincón lleno de podredumbre.
—Claro que no.
Respondió ella sin mirar atrás, con el coro de voces repitiendo la palabra no, como una forma de sátira cruel para el payaso.
—¡Pobre de mí! Esta es la triste vida de un pobre bufón que ve a los reyes tropezar con su propia idiotez.
Expresó esto de forma teatral tras la mujer, él se movía con gracia y delicadeza, augurando lamentos de desdicha. Si bien ella permanecía callada, los rostros ocasionalmente responden, revelando que pese a su actitud, le gustaba participar en la bufonada teatral del gusano.
—Quédate callado, escuchó voces…
Murmuró, señalando la ubicación de dos personas que parecían discutir. Uno estaba contra la pared hasta que el otro comenzó a apuñalarlo sin cuidado, uno tras otro la cuchilla vieja y oxidada entraba con dificultad en la carne, desgarrandola. La sangre salpicaba por doquier, su respiración quedó como el jadeo de un perro rabioso, pero su botín estaba a mano. Una pequeña bolsa de cuero.
Este sonrió, sentía que su suerte mejoraba, sin percatarse de los rostros que aparecían de la oscuridad del callejón.
—...No matarás… No matarás… No matarás…
Exclamaron los rostros a su espalda, abriendo sus ojos como pozos de sangre negra como el petróleo, adoptando una mirada cruel e inquisitiva ante el pecador.
—Has de romper los mandamientos con tus transgresiones graves… por la misericordia del celestial… ¿Hay algo que decir?
Preguntó la mujer de manera fría, el hombre con el cuchillo en mano, aún escurriendo la sangre tibia. Se volteo listo para acabar con cualquiera que se interpusiera en su camino, pero no.vio nada, tan solo un manto de tela negro del que parecían haber rostros de fondo.
—...Al no decir nada prosigo con la condena…
El corazón le latía rápido, escuchando la voz de la mujer ausente hasta que miró hacia arriba. Cara a cara con una mujer que fácilmente lo triplican en altura.
—...
Sentía que el alma le abandonaba pero para su infortunio eso nunca pasaría. Lágrimas negras como la brea cayeron en el rostro entrando a los ojos de aquel asesino, no tardaron en hacer efecto.
El gusano observaba como Raquel hace cumplir con lo que le parecía justo por orden divina, viendo cómo lo que fue un hombre moría sin morir.
—A… Por… Por favor… Ayuda…
Una voz rasposa atragantándose con algo acompañó a los sonidos ambientales del callejón que se entremezclaban con la ruidosa calle y las alimañas hurgando la basura.
—...Ayuda…Yo… No quiero… Morir… Ayuda…
El hombre apuñalado seguía vivo, muriendo lentamente en su propia sangre.
—Parece que tuvo suerte, si mal no recuerdo trabaja un…
Un crujido desagradable envuelto en la humedad de las vísceras esparcidas por el callejón hicieron callar a Silas. Este observó fríamente como su compañera había acabado con ese pobre diablo.
—O podemos hacer eso… bien, supongo que hay que continuar, además nuestro amigo invita unas copas.
Avanzó el gusano dando un movimientos humorísticos, seguidos de risas y tomando la bolsa de cuero que había quedado sin dueño.
Este no espero, simplemente hizo como si nada ocurriera, ya que sería algo extraño que actuará así, sobre todo sabiendo que la mirada negra de la mujer sin expresión lo observaba en silencio, una expresión sin humanidad, pero qué era lo más humano que se podría conocer.
El Callejón pareció quedar en silencio un instante, uno que fue eterno y mortuorio, movió sus extremidades lentamente, pero a escondidas su mano frotaba sus fríos dedos aún con el líquido tibio.
Aquella gran criatura entró a la agitada calle que nunca permitía descansar a sus peatones que debían trabajar y la propia esencia rota de la vida cotidiana negaba detener a los vehículos ni carruajes en su labor de bombear la funesta vitalidad del pueblo, tanto tiempo como pudieran hasta que la eternidad pareciera nada con su funcionamiento.
Una figura enorme entrando a las calles, conservó la expresión de desconfianza y desprecio que se tenían los unos a los otros, empujándo se en las aceras inundadas de gente que ocasionalmente caía a la calle para volverse parte del suelo pútrido que no conocía descanso, su presencia se veía como algo irracional dentro de la normalidad más normal que puede hallarse en aquel pueblo es sin duda algo más que no se debe dar importancia.
Capítulo XXVII: Mar a la vista
Tras el transcurso de horas por la extensa calle que albergaba multitud de locales rocosos como abarrotados que nunca han cerrado sus puertas, viviendas hacinadas y fábricas incontables que se alzan como monumentos del progreso que ha perdido logro alguno en su avance.
—Así que… ¿Eres de aquí?
Preguntó el gusano retorciéndose entre la multitud que avanzaba sin rumbo exacto.
—No. Soy de lejos.
Respondió sin dar lugar exacto. En tanto se agachaba para evitar los cables que por el peso de la densa cantidad mal instalados caían y se tambaleaba cada uno peligrosamente.
—Comprendo. ¿Cómo se siente el clima ahí arriba?
Preguntó el gusano observando a Raquel volver a agacharse casi un metro de su porte para hablarle.
—Esto apesta a una mezcla de químico, muerte, humo y a pies mojados…¿Y por allá abajo como van las cosas?
Respondió de igual manera sin saber si el gusano se burlaba o realmente tenía curiosidad al respecto.
—Pues igual, solo que el olor a suciedad del cuerpo parece concentrarse de enorme forma. Es como meterse dentro de una almeja podrida que fue pasada por el trasero y axilas.
Respondió con risas, moviéndose teatralmente como si estuviera muriéndose envenenado por el olor. Raquel no dio respuesta alguna pero para sus molestias los rostros revelaban como serpientes propias sus más profundos pensamientos, dando risas sin sonido ante la idea de la almeja en el trasero.
—¿Te has dado cuenta de tus fanáticos?
Expresó el gusano acercándose de modo indisimulado sin miedo a ser insultado por quienes chocaba.
Por la pregunta prestó más atención a su alrededor permitiéndole detectar aquello oculto a simple vista.
En la marea de cabezas miserables ocasionalmente podían escuchar voces de transeúntes con ciertas indumentarias creyentes y en otras no que tomaban una postura más tímida de respeto cerca suyo pero de igual porte escondía aires confusos de odio, amor y satisfacción por su presencia.
—...Si, hay quienes están al tanto de mi presencia…
Su respuesta fue como un estallido seguido resonante de risas del gusano junto a su máscara.
—¿No crees que estás exagerando?
Añadió pero sus palabras parecieron ser tragados por el sonido, ya que en sí, los peatones lo observaban con más desprecio independiente de las usuales miradas que iban y venían despectivamente de pie a cabeza, el comercio latía como un relámpago abrupto que amenazaba con agolpar a las personas en aquellos espacios hasta que comenzarán a ser más agresivos los unos con otros.
—Por lo general no suelo ir por estas calles, pero creo ubicar dónde estamos.
Dice Silas señalando una tienda por alguna razón. Era una tienda de un tono rosa chillón desgastado por los años y el descuido ante un ambiente corrosivo.
—Eso es una taberna… ¿Realmente vas a ir por unos tragos?
Respondió dudando si el gusano exagera o sus incoherencias tenían alguna coherencia. Extrañando de igual forma el aroma que envolvía este lugar.
—Si, sobre todo ahora que mi boca está reseca. Esta es la taberna donde sirven los mejores fermentos de fruta. Lo llaman el gran pequeño rosado.
Este bromeó ante su rostro inexistente, únicamente identificable por la máscara que tenía incrustada en la carne, este hizo señas con sus apéndices a donde debía ser su boca inexistente bajo la máscara.
—Ya veo, yo no estuve mucho tiempo en el puerto, pero estaban… Los mismos estilos de tiendas. O en el mercado marítimo… siento que hay cierta similitud extraña.
Esta pareció perderse en sus pensamientos por un instante, debido a que el patrón de edificios antiguos estaban juntos de la misma forma, solo cambiaban las reparaciones roñosas, salvo por el puerto marino donde estuvo sus últimos años, recordando momentos de su vida como corsario.
—...Yo… ¿Por qué lo llaman gran pequeño rosado?
Preguntó dándose cuenta de lo que hacía, deseando desviar la atención de sus problemas durante su vida. A lo cual el gusano pareció algo pensativo.
—No lo sé. Nunca he entrado ahí, suelen entrar muchos oficiales. Debes saber que estamos en una situación algo desventajada…
Expresó esto sin interés alguno de tratar de averiguarlo. Sobre todo ahora que era algo menos que tiras extrañas de cuero seguido de una mujer tan alta.
—Eso sí, aclaremos que el estar bien tampoco es lo mejor, debido a que cuando te crees seguro es cuando más vulnerable eres.
Dijo el gusano quien se veía tranquilo esquivando a las personas. Robando las pertenencias.
—No entiendo tu desdén…para mantenerse seguro. Considera que uno para alcanzar esa sensación debe lograr pasar una serie de pruebas donde reconoces que no hay más peligros al Estado que firmaste con resiliencia…¿Lo logras entender?
Replicó Raquel cuestionando el comentario del gusano quien le miraba de reojo sin mencionar una palabra para escuchar su opinión al respecto.
—Es simple, todos haríamos lo mismo en circunstancias iguales, quieran o no. Es la lógica social.
Se manejó de manera teatral, hurtando más cosas a
—No entiendo esa lógica. Ante los ojos de los celestiales cada uno independientemente debe actuar según lo escrito al rojo vivo. Aquellos que fallen son…
Aclaró Raquel sin más preámbulos dando su razonamiento de manera clara pero el gusano dio un largo suspiro de cansancio.
–¿Disculpa? ¿Acaso no crees que los mandamientos están bien?
Está preguntó cómo sería la sentencia de muerte, aunque el gusano no se inmutó a diferencia de transeúntes que cayeron y fueron pisados por quienes estaban apurados o que no deseaban ver aquella mirada de muerte sin expresión.
—Es simple. Eres hermoso, carismático …Puedes vender o venderte. Eres… violento, cruel serás rechazado… a no ser que encuentres un lugar apropiado. Si eres despiadado, inclemente y astuto, los tendrás bailando pero el juego empeora.
Dijo el gusano tratando de aclarar las cosas según su punto de vista ya que nada fuera de cómo se comportaba la calle era diferente. Debido a su pensamiento la gran mujer dio un sonido de exhalación de exasperación.
—¿Qué pasa con quién es bueno, bondadoso, honesto…? ¿En aquella lógica no hay cosas buenas?
Preguntó la mujer tratando de desbaratar su pensamiento negativo, ya que consideraba que la
—Ese es un muy buen chiste… Es muy bueno…
Dio fuertes risas de Silas, junto a él los transeúntes pasaban, donde un hombre que pasaba gritó de forma terrible, sacando su mano, la cual estaba empapada en baba, la que provocaba que se derritiera lentamente debido al ácido digestivo.
—Siento decepcionarte.
El gusano se volteo dándole un golpe a aquel ladrón que trató de robarle al cuero. En aquel momento de pánico y desorientación por la descomposición de su mano, retrocedió perdiéndose entre la muchedumbre. Se escuchó un grito seguido de un golpe cuando pasó un camión sobre un bache
—Claro, hay de esos… Los buenos, están en la cuneta. ¿Piensas que la honestidad mantiene las relaciones? Mentira te odian más que si mintieras siempre. ¿Quienes son Bondadoso? Escuche de ellos, duran poco con tanto chupa sangre…
Mencionó cada individuo que Raquel pensaba como alguien bueno.
—¿Que más dijiste?
Preguntó el gusano algo confundido, pensando que le faltaban cosas por aclarar.
—Eso fue lo que dije.
No dijo nada, caminando mientras el mar de pequeñas cabezas corrían a los laterales ante su presencia.
—Pensé que habían más, luego eso sí, si eres de clase alta o muy alta… o super alta, puedes hacer lo que quieras pero todo con una repercusión tanto para ti como para el resto.
Aclaró el gusano dando un gesto de no saber más.
—¿Tú en qué categoría entras?
Preguntó una cuestión directa, la cual le hizo dudar.
—Es una buena pregunta, soy alguien astuto pero me arrojaron por la borda. Soy alguien confiable, astuto con cabizbajo.
Aclaró, haciendo a Raquel meditar sobre la estructura social, está se asimilaba al convento donde dependiendo del rango tenías más libertades, derechos.
—No puedes marcar a todos como si fuera una estructura malvada que elimina toda esperanza de rectitud.
Protestó, tratando de evocar a un sentido más optimista según su vida en el convento.
—En ese tiempo cuando era pequeña y el mundo era un vasto misterio lleno de tesoros secretos… Yo me dedicaba a aprender y cultivar por medio de trabajos, prácticas que se basan en los mandamientos. Incluso me… tengo muchos recuerdos…
Su aclaración de los hechos se volvió en unos susurros que la abstraen con gran dolor.
En su niñez y juventud recordaba que de todas las cosas vividas, habían detalles que no había pensado con notoria claridad. Fue cuando se aclaró la jerarquía que llevaban a cabo en el convento, muchas veces las monjas actuaban déspotas y formaban a una perfección inexistente, ya que siempre los de más abajo solían recibir lo peor, sobre todo cuando aquello se posaba en personajes específicos que no repetían patrones negligentes, si no que adoptan posturas más peculiares que hacían mirar al resto a otro lado.
Una de estas eran las serpientes que aquellos débiles liberaban para dañar al sacerdote Liam quien debía castigar a quienes soltaban las serpientes seductoras.
Aquella noche fría en los dormitorios, se oía a los comulgantes patrullar moviendo los inciensos que se entre mezclaban con el aroma de la madera húmeda y el ocasional orín, donde ocasionalmente alguno aún se mantenía llameante pero aquella luz no resultaba en la mínima pizca de piedad alguna.
— …
En sus oídos podía percibir el retumbar de los pasos de las monjas moviéndose con coordinación inquietante, era el momento de mayor pánico, cada paso podía significar el castigo, cuando su andar cambiaba es que habían encontrado la puerta de gruesa madera, preparándose para escoger a un pequeño pecador que dejó escapar aquellas serpientes invisibles.
—... Recuerdos… Recuerdos…
Murmuraban sin coherencia las cabezas, hablando sobre si mismas con desaires amargos, el gusano se giró al notar que la gran mujer se demoraba en moverse más y más.
—... Uno ha vivido incontables cosas, entiendo eso. No lo comparto, ni me pongo en tus zapatos.
Hablo fuerte, viendo que la mujer parecía volver en sí.
—Muévete y luego en la oscuridad puedes llorar.
Dijo con un tono frío y directo que repercutió en ella, quien en silencio sabía que no podía actuar como si las cosas de su infancia le molestarán ahora. Sin embargo, viendo al gusano marcharse a la entrada del puerto. Se dio fuerzas para moverse, aquella habitación ya no existía, solo en su mente al igual que Liam quien daño a tantos que consideraba débiles.
Por su parte dejaba de pensar en ello, ya que ahora era otra persona y además tenía la misión otorgada por los celestiales.
—...Se me ha dado una tarea importante…
Murmuró para ella misma pensando aún, Raquel podía escuchar el sollozó de uno de los rostros que parecía tratar de ocultar su pena. Sabía que aquellos gusanos en sus laterales eran una marca viva en el mundo para abrirse ante el resto, dejando en claro su devoción por los mandamientos.
—No elegimos nacer, no elegimos vivir, ni morir. Pero ante la voluntad celestial debemos abrir nuestra piel y superar cualquier dolor mortal con el fin de exponer nuestra verdad al mundo.
Pronunció mirando al cielo carmesí con tonos negros y verdes, no aguardaba ser respondida por la bendita luz, solo el silencio que necesitaba para demostrarle que aún debía completar muchas tareas antes de acabar.
Retomando su avance a partir de aquel punto viendo lentamente la marejada brava que golpeaba el hormigón y piedras talladas por la constancia del mar negro, este arrojaba basura o muerte a los suelos del puerto en un signo recurrente de odio que se había vuelto eterno.
El gusano sabía lo que se sentía terminar siendo pisoteado y devorado por aquellos cerdos morbosos pero sabía que era una lucha interna que se mantendría ardiendo en su alma.
El agua salada, estaba envuelta en el sabor de inmundicia y metal pesado, era ahí que veía las antiguas botas marinas que trabajaban de manera aberrante, azotando sus demacrados cuerpos curtidos por el odio del mar para que nunca tuvieran que ser reemplazados por la fatiga, los pistones nunca dejaban de arder siguiendo con la tarea de mantener con vida los motores que bramen día y noche gracias al odio del mar que lleva siglos sin dañarlos.
—Gusano. ¡Hey! Gusano. Responde. ¡Gusano!
Gritaba la gran figura casi acostada por el estrecho pasillo.
— ¿Para dónde vamos?
Preguntó la abadesa agachándose para pasar por debajo de los incontables mecanismos y tuberías hidráulicas que alimentaban ese complejo abandonado por la mano de Dios y sus creadores.
—Vamos al circo, para ello debemos entrar al territorio del asombroso Solimán.
Expresó como si aquello le emocionara en gran medida.
—Podríamos haber ido directo, cruzar el territorio de los Fernández y estaríamos ahí.
Habló fuerte para que esté le escucharán mientras buscaba abrir la vieja puerta de metal.
—No entiendes, nadie puede entrar así no más así territorio y nos llevarían ante esa basura que podría reconocernos…
Expresó algo molesto y distraído, sus pensamientos se arremolinaban en cómo habían sido traicionados y usados como desperdicios. Teniendo miedo de no saber cómo actuar ante su propia sangre estúpida.
—¿Hay guardias o algún cabecilla que pudiera meterte en problemas con solo verte ahora?
Preguntó mientras empujaba el metal chirriante que dejaba la marca de sedimentos en su lugar de guardia.
Al abrir la puerta el sonido fue aún peor, pero estaban obligados a entrar, las olas embestían como si fuera una muchedumbre que arrojaba basura pero a su vez como un gigante implacable que trataba de llevarlos a sus fauces. Al entrar a la habitación, fue seguido por la mujer, empujando de regreso la puerta metálica, asegurándose que pareciera no haber sido usada por nadie.
Ahí el sonido era insoportable ya que era donde estaba la primera sección de motores que se movían al rojo vivo, arrojando fuego y chispas en su trabajo titánico, lo que iluminaba la habitación que estaba cubierta de años de olvido pero los motores expulsan ondas de esfuerzo marcando por exhalaciones hirvientes.
Trataron de hablar pero no fue posible por lo que se hicieron señas para solo seguir mientras se cubrían los oídos.
Lamentablemente para el gusano eso no era muy posible al no tener oídos.
Cruzaron la primera puerta cambiando de habitación en habitación de maquinaria vieja muy compleja para el conocimiento actual.
Entre todas las salas de máquina, habían llegado a una distinta, tenía consigo una forma extraña a lo extenso de esta, la siguiente puerta era más como una pesada bóveda con las murallas eran gruesas, como las propias puertas que eran difíciles de mover, sin embargo el esfuerzo concede una recompensa grande al estar ahí, ese esfuerzo valía la pena al no haber nada en ese lugar, solo había un pasillo con un suelo cuadriculado, polvo que cubría el suelo y algo de mobiliario escaso. Sus pasos resonaban en aquel vacío inquietante.
—Así que… habías dicho que te podría reconocer. ¿Quién es? Aquel que deseas acabar por ser un insulto a la razón… ¿Quién es tu enemigo jurado que te daño tanto?
Preguntó ella con aires de querer desentrañar parte del pasado del gusano, mirando fijamente a quien hizo sonidos molestos por tener que explicarle o tan solo pensar sobre Azai.
—Veras… Yo… Yo lo perdí todo cuando esto de los Hernández ocurrió, aquí fue donde me volví lo que ves ahora.
Le costó empezar pero estaba dispuesto a abrirse un poco a ella sin revelarle toda la verdad para conocer su verdadera identidad.
—Veamos…
Murmuraba para sí, observando las paredes rayadas y todo lo que habían hecho en momentos de aburrimiento antes de aparecer y desaparecer en el pueblo. Lo único que se escuchaba a la distancia era su movimiento en la nada. Esto les tomaría tiempo en llegar al lugar de los Hernández.
Capítulo XXVIII: Escalando sobre huesos
El gusano se detuvo girando su cuello en una postura casi de noventa grados. Fingió dar unos resoplidos con el movimiento de sus apéndices para soltarlos.
—¿Qué pasa? ¿Eres tímido?
Preguntó la abadesa viéndole con una seriedad que ocultaba su notoria burla ante la tardanza, que fue respondida inmediatamente con un bufido extraño pero que tenía aires de enojo.
—En absoluto, pero soy más de tomar que desvelar mi vida.
Respondió, sabiendo que decir sobre sí mismo para que no sepa su origen con claridad.
—Mi madre me tuvo, pero murió joven. Por lo que fui un niño pequeño sin nada en el puerto por lo que tuve que ser astuto o acabar como alimento de jaiba.
Expresó, pensando en la ausencia de un padre, pero saber que aquel bastardo disfrutaba la buena vida como mujeriego.
—Un viejo me encontró, me crió y me enseñó a ser un bravo más del puerto pero siempre poniendo mi astucia primero.
Explicó sabiendo que el viejo Elías nunca adoptaría a un pequeño granuja por encontrarlo entre cajas luego de ser usado como juguete por unos cerdos que eran de los propios jirones de los Hernández.
—Este viejo era amigo de un jefe de camarilla, ese era otro viejo Bravo de Puerto que se burló de él por recoger una basura moribunda.
Trato de explicarle, apoyándose un poco en la fría y polvorienta muralla, de forma cuidadosa movió sus apéndices haciendo rayas.
—Asi que tuviste la oportunidad desde joven de no ser un simple perro. Tuviste la oportunidad de ser un bravo de Puerto como son los bravos antiguos.
Dijo ella ladeando la cabeza sin reconocer el torpe dibujo que hacía el gusano con tanto detenimiento.
—Si… esos viejos siempre serán lo mejor… la cosa es que la traición o la toma de poder para ser patriarca de Azai, estuvo repleta de secretos, ya que tuvo mucha intervención de terceros.
Guardaron al final sabiendo que fueron las otras familias.
—Me mandaron luego de fallar en algo ridículo… debía ser un guardia más abajo que los propios pisos bajos. Luego pasó lo que creo que se sabe al respecto.
Terminó no queriendo detallar, pero la abadesa no estaba conforme, este gusano no era capaz de ocultar el aroma de la mentira.
—¿No quieres contar nada más? ¿No se te olvidan algunas cosas?
Dijo la mujer, acercando su rostro a su compañero, manteniendo el mentón casi rosando el hombro del gusano.
Este por su parte no le gustaba como está le insistía, mirando de reojo aquel rostro pálido, con aquellos ojos negros viéndole como si auspiciaran la confesión de un condenado.
—Bien. Era guardia, me envenenaron y en el proceso me… Operaron… Es difícil de explicar. Una cucaracha me comió la pierna…
Dijo el gusano con seriedad deteniéndose solo para ver si le seguía el paso.
—¿Cucaracha? Tú eres un gusano… me habías hablado del carroñero que era un escarabajo al igual que el taurus…
Esta dijo, procesando que parecía que aquel circo era más una colección de un entomólogo.
—Claro, tal cual. Bueno… Desperté cuando los jirones invadían el ayuntamiento. Pero eso fue tramado para matar a la mayoría de los hermanos de Azai. Yo volví cuando me topé con un Fernández, estos estaban haciendo alguna clase de prueba. Cuando llegue al burdel me encontré con una reunión de todos los patriarcas. Luego me arrojaron de vuelta en aquel pozo.
Aclaró lo sucedido, pero dejando una duda persistente, si fue la mayoría, como acabaron con el resto. O era posible que siguiera alguno con vida.
—Ya veo… aguarda. ¿Una reunión de patriarcas?
Ella preguntó incrédula asumiendo que lo ocurrido debía ser en efecto obra de los patriarcas que nunca se reunian. O lo hacían para tramar contra otros.
—Si, habían también representantes, era todo muy asquerosamente pomposo y tóxico.
Dijo el gusano alzando las manos en señal que era poco interesante, un extraño sabor recorrió sus apéndices al pisar el suelo.
—...
Estuvo apunto de decir algo por el lcsabor a carne quemada con cenizas pero hubo algo que le inquieto, siendo el aroma y la falta del zumbido latente que era ahogado por la densa estructura para transitar y no sufrir por los tronadores motores que funcionaban desde muchísimo antes. Mientras trataba de percibir el ambiente, dio un suave movimiento extraño cerca de la muralla, para poder así golper una puerta de los laterales para comprobar algo.
—¿Que ocurre? ¿Has visto algo, o algo cambio?
Susurro tratando de oír mientras el gusano inspeccionaba la superficie de la puerta blindada. El aire era algo denso, sintiendo el aroma del humo que parecía haber inundado el pasillo.
—Silencio.
Sus palabras fueron casi inaudibles pero claras, empujó la puerta, la cual amenazaba con chillar alertando a todos que estuvieran en el silencio.
El sutil aroma fue un poco más intenso que se entremezclaban con el polvo y aroma de maquinaria.
—...No entiendo, no escucho, ni veo nada…
Murmuro luego de observar que estaba todo en calma. Su compañera no comprendía el actuar como si el peligro estuviera frente suyo, buscando exhaustivamente aquello que no estaba ahí hasta que luego de unos pasos se dio cuenta de lo que ocurría.
—...Exacto, deberían haber motores que te hacen zumbar los oídos. Pero solo hay silencio…
Respondió con susurros, envuelto en preocupación. Lo cual le hizo pensar a ella que algo malo acontecía.
—...Mira…
Habló suave, extendiendo su brazo para señalar las máquinas durmientes, una de estas estaba abierta como si algo hubiera desgarrado el acero como manteca blanda, habían pilas de cenizas por doquier, dejando en claro que sucesos acontecieron aquí mientras el gusano no estaba.
—Eso es raro.¿Sientes el olor?
El gusano se acercó a la máquina que fue destrozada y en si albergaba en sus entrañas marcas confusas que daban origen a un agujero con forma de nido pequeño.
—¿Te refieres a carne chamuscada?
Preguntó la abadesa, observando el suelo donde habían restos de lo que parecía ser carne seca, trozos calcinados y huesos quemados por completo.
—¿Escuchas?
Murmuró, escuchando pequeños pies en la sala, era un sonido inquietante seguido de mordisqueó y ocasionales chillidos por peleas.
—Ratas… No deberían estar aquí…
Dijo el gusano a lo que la abadesa con agilidad avanzó de manera rápida y cautelosa, descubriendo el montón de ratas que huyeron a toda velocidad al presenciar a esa criatura.
Frente suyo habían cuatro cuerpos con lo que parecía ropa, algunos restrojos de sus prendas dañadas eran verdes. Junto a ellos había un sombrero verde oliva y algunos pequeños metales fundidos como también lo que parecian pistolas.
—Encontre la causa creo… ¿Lo volvemos a prender?
Señaló uno de los cuerpos que estaba de espaldas sosteniendo un interruptor de encendido, si bien era algo familiar, el ver su estúpida cara seca aún le podía asustar.
—No… sigamos con el camino…
El gusano sentía recordar a uno de los oficiales que le habían resultado temibles antes, preguntándose como habían acabado así. El primer teniente no habría venido a un lugar como este si no fuera por algo especial ordenado por el juez, o que pudiera disgustar al juez de gran manera. A su alrededor no se veía mucho salvo por lo que parecía ser un pequeño collar familiar.
—¿Que encontraste?
Preguntó la abadesa, quien guardó silencio de inmediato, produciendo rechininidos con los dientes de los gusanos de sus laterales.
—¿Lo reconoces?
Preguntó el gusano, asumiendo que está le conocía a la perfección.
—...Son grupos paganos… Herejes el infieles que pretenden tener la razón bajo una autoproclamada verdad divina…
El cuero solo asintió, viendo cómo su compañera casi mencionaba a los propios creyentes de sus creencias.
—Eso es fascinante. Bueno la verdad es que no, solo no entiendo porque trataron de apagar los motores… o quizás querían prender los motores…
Murmuró para si, caminando de regreso, sabiendo que lo que ocurriera que no interfiera con cercanos suyos o sus intereses no era de su incumbencia.
—¿Te vas? ¿No quieres detenerlos?
Le pregunto solo para recibir un gesto de hombros.
—No es asunto nuestro. ¿Sabes? Digo que si pensaban hacer algo, lo habrán hecho o si los iban a detener los habrán detenido.
Expresó apoyándose en la puerta notando que en esta habían hecho el mismo símbolo con las marcas de lo que parecía pintura seca.
—Condenados blasfemos… Debieron haber usado este lugar en el descontrol del asedio del ayuntamiento. Esos herejes deben ser purgados.
Gruñó la mujer seguida por un coro que bramia maldiciones a los infieles.
—No.
Dijo el gusano de manera fría.
—¿No? ¿Qué me quieres decir?
La breve respuesta la descolocó, haciendo que se enfureciera ante la idea de dejarles florecer en paz.
—¿No me vas a dirigir la palabra luego de decir lo correcto? ¡El pueblo está en una situación terrible! Imagina que esos herejes lograrán su cometido y en vez de tener una iglesia soberana, se dividiera el pueblo, las familias o las propias personas en dos iglesias que buscan iluminar con los mandamientos de los celestiales! ¡Absurdo!
Este no respondió, simplemente se movió de regreso a la pared, pateando y pisando estás sin cuidado, se colocó junto a los cuerpos, revisó algunos de ellos estos encontrando metal cerca de los cuerpos pero su tarea no era los pequeños metales fundidos, sino la palanca, jalandola bruscamente, haciendo que un terrible grito de la maquinaria suspendida daba señales de vida, seguida de chirridos y golpes brutales que se aceleraron hasta volverse en el zumbido habitual. Entre ambos se podía ver el motor destrozado vomitar torrentes eléctricos seguido de chispas y llamas ante la combustión de su cuerpo fallando en su labor que de alguna vez seguía cumpliendo después de la muerte.
—¡No fue otro grupo religioso!
Exclamó el gusano aterrado por lo que envolvía la sala con electricidad que circulaba de manera anormal.
Ambos estaban aterrados, Raquel expulsó un bramido vacío que le quitaba el aire por lo que más temía encontrar en su vida.
—¡Brujería! ¡Brujería!
Los gusanos gritaron expulsaron sin cuidado saliva negra, entre ambos la luz que provocaba aquel círculo era solo el epicentro de un estallido que había consumido toda carne y dejó cenizas que acabaron con todo lo vivo.
—¡Condenados brujos infelices! ¡Maldigo sus asquerosas almas negras malditas y deformadas por sus prácticas profanas!
Rugió a todo pulmón viendo cómo en el dentro se encontraba una figura seca que estaba sujeta por cadenas ancladas por alambres y lo que parecía tejido orgánico que conectaba con incontables jaulas de metal deformado lleno de cuerpos secos.
—¡Las huestes de los abismos reclaman lo que sus ancestros robaron para aparentar ser más fuertes! ¡Solo son ignorantes y estúpidos deseosos de poderes desconocidos! ¡Eso te pasa por condenar tantas vidas por la asquerosa vida que es tuya!
Sus gritos parecían ser más fuertes que las propias máquinas, no obstante el gusano se veía alterado. Había oído pero no le interesaba lo que hacía aquella gente autoproclamada como usuarios que practicaban y ejercían la brujería.
—¿Qué quieres decir? ¿Sabes lo que pasó?
Gritó el gusano sin lograr apartar la mano sobre la mano del difunto que se negaba a soltar aquella palanca.
—...Hernandez…
Murmuró una voz muerta y seca lo que le quitó toda fuerza del cuerpo. El cuerpo del primer teniente Zubin se volteo, mostrando de tener aún pequeño brillo aún, como si se hubiera mantenido todo este tiempo vivo para cumplir con su condenado deber.
—Siempre fuiste un pirata duro, esos que mi abuelo habría deseado tener de primer oficial. Has logrado tener mis respetos Zubin.
Dijo el gusano de forma fría, viendo cómo aquella terrible aparición se esforzaba en hablar.
—...Apaga…Mata…
El cuerpo marchito del hombre que fue consumido por el calor, expulsaba los últimos vestigios de vida para advertirle, pero esto era demasiado tarde.
—...Matalo…
Su mandíbula crujió resonante soltando trozos de carne seca.
— Mátalo… antes… que…
Sus restos crujieron expulsando cenizas de sus entrañas por el terrible esfuerzo, esto era visto por la abadesa que ahora trataba de decirle al gusano que desconectará aquel infernal aparato, pero este ya lo intentaba, sin lograr cumplir con su objetivo.
El panel tiritaba como si estuviera bajo abominable presión, el gusano por su parte no le interesaba, sintiendo como la electricidad lo golpea bruscamente, dando azotes inclementes que lo quemaban una y otra vez.
La abadesa observó de forma terrible como aquella figura seca volvía a moverse, agitando un asqueroso bulto en su pecho como si latiera luego de morir, una forma de burlarse de la muerte.
—Debo hacer algo… Debo…
Esta observó las máquinas chirriantes, cada chispazo, las figuras calcinadas y el hedor de la maldad que comenzaba a emanar del cuerpo que crujía tratando de despertarse de su letargo tras morir.
—No puedo matarlo sin algo de plata… Acero bendecido… Fuego sacro…
Ella pudo ver un suave reflejo al borde de la habitación. Había un viejo espejo con más cosas, eso parecía ser una especie de altar improvisado.
—Celestiales… Guíenme… Soy tu espada.
Murmuró seguida de los gusanos, emprendiendo una carrera entre los relámpagos y llamaradas que parecían tratar de detenerla pero pese a ser electrocutada y quemada. Su objetivo era uno solo y no pensaba fallar, su cuerpo era azotado por la electricidad, haciéndola tropezar, seguido de llamas que consumían la tela y hacían que su carne y hueso agonizan en terrible malestar por aquella magia maligna.
Al llegar al pequeño altar lo vio, una pequeña daga profana que parecía ser usada para sacrificios, un espejo roto con marcas de haber sido bautizado por la oscuridad y velones negros compuestos de especias imbuidos en cilindros de grasa humana.
—...
Su mente procesó, vio y trató de entender si alguno le servía pero nada parecía ser lo debido para acabar con una aberración.
—Yo… Puedo… Oler vuestro patético miedo…
Pronunció una voz grave y pesada que le dificulta hablar luego de tanto, su mandíbula se movía de forma extraña, mientras observaba a Raquel con una extraña diversión.
—...Sin discípulos… Sin mis Invunches, pero cuando los disecciones y aprenda a crearlos… no voy a necesitar ningún otro juguete.
Expresó con alegría, hasta que sintió que la fuerza de las máquinas comenzaba a fallar, logrando ver de reojo como aquel cuero humanoide con un objeto maldito pegado a él estaba bajando la palanca.
—Eso es… extraño… seres de las aguas muertas… eres insolente.
El brujo dio un soplo por medio de sus fauces de dientes largos, lanzando así una bola de aire que se unió a los rayos y fuego.
El cuero no fue estupido y se alejó del tablero, arrancando su membrana por el esfuerzo, cayendo en el centro de la habitación.
La energía lo atravesó haciendo que diera un grito de dolor por cómo su cuerpo era hervido por la electricidad que recorría cada apéndice hasta el más pequeño que temblaba de agonía por el golpe eterno.
El brujo se descolgó, arrastrando el tejido orgánico de vuelta a su cuerpo, de por si era seco, una piel humana estirada sobre sus huesos que fueron imbuidos con la magia más aberrante y grotesca para llevarlo a superar sus defectos.
—Debo… reconocer que eres… Aceptable. Por lo general ustedes no son listos, solo son animales…
Murmuró levitando, acercando al gusano como una presa en una telaraña, los ojos lo veían con interés como si pudiera leer cada pensamiento.
—Tu… Tu no eres un cuero… pero tampoco un hombre… Que clase de magia han usado para crearlos…
Habló fascinado, quería comenzar a jugar de inmediato con sus nuevos juguetes, solo debía abrirlos.
Con sus manos tenso enfocándose en el cuero, sus cuencas vacías tenían la llama de su crueldad más viva que nunca, tratando de apoderarse de cada parte de aquel pequeño gusano.
El cuero perdió su forma bajo la presión que lo envolvía, dejando caer lo que guardaba en su interior. El saco cayó golpeando y esparciendo el polvo seguido de incontables bolsas que rechinaban como si tuvieran monedas. Pero algo le llamó la atención, una masa viscosa fétida pero intensa y misteriosa para él.
—¿Qué ven mis ojos? ¿Es esto un secreto de los señores del cambio?
La figura espeluznante descendió junto al gusano sin dejar de torturarlo, haciendo que sus membranas parecieran dividirse y exponer sus tejidos al aire, deseando saber qué era lo que parecía ser una rareza de incontables posibilidades con esa masa.
—¿De qué está hecho? Dime… Dime tus secretos y verdades… Dime todo.
Hizo presión en el aire con sus manos empujando el intensificando el peso de la atrocidad en aquel cuero que empezaba a perder su conciencia.
—La… Bola se la saqué al … percebe que tienes de cerebro.
Expresó pese a un terrible dolor, sintiendo como sus tejidos volvían a abrirse para ser jalado alrededor del círculo, dejando al descubierto una serie de finas vísceras como también una protuberancia que resguardaba algo.
—Gracioso… Es bueno morir riendo…
Murmuró el brujo con su voz grave y seca que parecía opacar cada atisbo de sonido con el fin de imponer su voluntad sobre el ambiente caótico, acercándose lento pero implacable al gusano.
—El que ríe… último ríe mejor… sería aburrido…
Murmuró el gusano mientras escuchaba que algunas partes suyas volvían a ser jaladas y desgarradas por el placer de aquel ser que murmuraba buscando secretos en la mente de este.
—No tienes nada de valor… solo eres un estupido que no tiene nada en su cabeza.
Pronunció el brujo, dando un jalón para partir en dos al gusano, este tiritaba ante su temible ejecución, solo apenas llegando a decir algo. Consigo la máscara reía estrepitosamente, lo cual enfureció al brujo por quitarle el gusto de oír con claridad cualquier atisbo de dolor de su víctima.
—...
El joven hombre partido en dos dijo algo inaudible al brujo, pese a estar destrozado, seguía soltando oraciones, haciendo que el brujo con disgustó reconsiderara eliminar aquella plaga destruyendo cada minúsculo trozo de su cuerpo. Asegurándose de no dejar nada más que una pasta sanguinolenta.
—Si pretendes decir unas últimas palabras… Dímelo claro…
Expresó, pero el gusano volvió a murmurar en voz baja palabras que apenas eran audibles pero que no lograban tener un sentido claro. Lo cual enfureció al brujo que lo acercó para oir sus palabras finales.
—Pez espada… lee mis pensamientos…
Ese extraño insulto y ese deseo no eran problemas para él para tratar con algo tan patético, con simple deseo banal lo hizo, viendo lo que parecía creer el gusano, viendo lo que pensaba que era a la criatura que le fascinaba usar un arma para empalarlos, por lo que en un abrir y cerrar de ojos soltó a gusano y canalizar su fuerza para tratar de contener a la mujer que debía estar portando un objeto imbuido, pero solo vio la otra mitad del gusano aproximarse torpemente al no tener cabeza.
—Que descaro que tu última acción sea una broma…
Dijo este aceptando que el cuero era un ser inútil que quiso tomarlo por sorpresa, sabiendo que este había preparado una trampa para envolver le las piernas y derretirlas.
—Sabes que si veo tus pensamientos, también veo tu pobre intento de engaño. ¿Cierto?
Se alzó una vez más, siendo sujetado en las piernas por el cuero que trataba de unirse una vez más. La resiliencia del ser defectuoso le gustaba, haciéndolo pensar que podría jugar un poco mal con él.
—Solo aquel que asume su victoria, está destinado a perder…
Comentó una voz femenina con fuerza, haciéndolo mirar hacia arriba.
Sobre su cabeza estaba la abadesa que trepó hasta el techo y se impulsó hacia el suelo, con sus garras desgarró la parte frontal del brujo, que no pudo decir nada, perdiendo mandíbula, carne y huesos en el camino.
—...
Un balbuceo incoherente sin poder recomponerse ante el brutal shock que le dejó la mujer, dejándolo consciente pero en un estado vulnerable y grotesco nacido de su marchito cuerpo tembloroso, al verse noto como se quemaba o más bien la gracia de la pestilencia lo reclamaba volviendo su carne una mezcla de necrosis que se llenaba por pústulas burbujeantes que le retorcía la carne por la herida, siguiendo así por cada parte de su cuerpo próximo a esta.
—¡Los abismos te buscan pequeña sabandija. ¡Rechazaste al celestial! ¡Rechazaste la luz! ¡Ahora solo te queda caer en las profundidades más allá de los abismos!
Raquel dio un rugido amenazante que hasta ella misma se habría sorprendido de escuchar. Los ojos temblorosos del brujo la vieron con sed de venganza.
—¡Los abismos te reclaman! ¡No hay salvación! ¡No el fuego sacro traerá redención!
Exclamaba cada uno de los gusanos que tenía en los laterales, mostrándose en un cántico alegre que auguraba el destino del brujo.
Este cayó un poco pero manteniéndose a metros de la enorme criatura que aún sostenía su otra mitad. El brujo la miraba con odio, con todas sus fuerzas trataba de ejercer su poder pero por la herida ejercida, no era capaz de concentrarse sin necesitar pronunciar un cántico, pero este carecía de gran parte de su cuerpo frontal.
Sentía que de forma involuntaria estaba su cuerpo convulsionando envuelto en un dolor que casi había olvidado por completo. No entendía cómo su cuerpo sufría por algún veneno mortal, ya que nada que afectará a un humano debía afectar ahora como un ser de mayor fuerza, dejó de querer matar a la mujer que le había dejado en vergüenza, centrándose en su propio cuerpo viendo bien si podía hacer algo para sanarse, pero solo pudo observar que su carne rasgada estaba clavada con trozos afilados de vidrio de un espejo imbuido en energía abismal, untado en grasa humana y lo que parecía ser un veneno necrotico fuerte de algún ser parasitario.
—...
Pese a que parecía derrotado, solo pudo reír ante el ingenio de la bestia semihumana, ya que si bien le propinó un severo daño, no era suficiente para ser algo significativo o haber logrado hacer algo más fuerte que eso, pero al igual que sus palabras anteriores una voz desagradable se hizo presente.
—¡Hey! ¡Creo que tienes algo para relajarte!
Gritó el gusano quien había sido olvidado, estaba ahora empuñando la daga de acero de sacrificios, está también había sido engrasada, y cubierta con el veneno que le lastimaba acompañado de una serie de trozos de cristal.
— …
Ambos sabían que tardaría mucho en subir para clavar su corazón, antes que el brujo atinara a eliminar aquella plaga moribunda por lo que al gusano en un momento de desespero hizo lo que le vino a la mente para acabar con tal ser perverso.
Este extendió sus manos que se tensaron ante el esfuerzo de sobreponerse a la situación actual, deteniendo parte del cuerpo del gusano que pretendía subir pero el gusano no se enfocó en su corazón, en cambio hizo todo lo contrario, introdujo la daga por el ano desgarrando sus intestinos, esto descolocó al brujo que dio un lamento grotesco de dolor, soltando su fuerza sobre el gusano.
Este al estar suelto por fin de su contención intangible, pudo ejercer mayor daño al despreciable ser.
—¡Por los celestiales! ¡Era el corazón!
La abadesa gritó con una mezcla de angustia por el ataque de su compañero quien al oír eso, obedeció, empujando su apéndice más allá logrando empujar la daga hasta el pecho.
La escena si bien era abrumadora en inquietante, es ataque no se había concretado, el gusano atravesó el pecho con la daga.
—¡Atraviesa el corazón! ¡Atraviesa el corazón!
Gritó con fuerza una vez más, teniendo de fondo el coro de voces que claman por qué el gusano atravesará el corazón del monstruo que alguna vez fue humano.
—¿Dónde rayos está el corazón?
Gruñó alzando su voz desgarrada, propinando puñaladas en el pecho abierto de aquel portador de magia abismal.
—¡Es esa cosa que tiene deformada!
El brujo estaba consciente de cada uno de aquellos atroces actos hacia su ser pero no podía hacer nada por evitar que el cuero finalmente lograra clavar el cuchillo en su corazón.
El brujo no reaccionó, no tuvo más tiempo, pensando que finalmente la muerte lo había venido a buscar, deseando salir de aquella pesadilla retorcida donde las criaturas de horror se habían puesto en contra de un conocedor del mundo más allá de la supuesta verdad.
Fue tarde que se dio cuenta que no podía morir evitando así evadir lo que cometió aquel monstruo con su cuerpo, tampoco lo que seguía haciendo. Su corazón fue clavado una y otra vez en terribles movimientos.
—Gusano, es suficiente.
La abadesa se acercó asqueada por la escena, pero podía sentir que era un castigo que merecía aquel brujo. Lo cual era un castigo que daba satisfacción a quienes habían sido sacrificados por este.
—¡Gusano!
Gritó con fuerza por el ensañamiento del gusano con el cuerpo. Este al escucharle gritar se relajó, dejando clavada la daga en el bulto que debía ser su corazón.
—...Se acabó… eso sí que fue horrible…
Murmuró el gusano, empujando su cuerpo fuera de aquella cavidad marchita y desfigurada. Viendo todo el caos, la magia se desvaneció y ellos aún vivían.
—No exactamente, el brujo tenía gente… Discípulos que trataban de reanimarlo… Eso creo… Nunca había visto un brujo, solo relatos.
Dijo Raquel inquieta mirando el techo con cadenas y jaulas que terminaban de agitar tras la violencia, conservando el estruendo de los motores.
—¿Primer brujo? Ni lo parece, era el mío también.
Comentó su compañero, tratando de avanzar con su cuerpo entrelazando el tejido abierto por aquella fuerza que ejercía el brujo.
—Conservas el humor, es bueno… creo que no enloquecimos por ser fenómenos, o tal vez solo sea un intento de encubrir el daño que ya teníamos en la psique…
Habló ya con más calma, sintiendo que los dolores que tenía clavados se volvían sólo calambres y tensión en su carne y huesos.
—¿Me estoy sanando? ¿O solo es la energía de la violencia?
Preguntó tratando de revisarse, a lo cual el gusano iba a decir algo pero el estallido llameante de las vísceras mecánicas del motor.
—... No, puede que tengas algo de regeneración. Digo que el cuerpo se recupera… Es normal. Pero no será tan rápida como la mía, piensa eso como la de una estrella de mar… estrella …
Explicó a la mujer pero su esfuerzo fue confuso, acabando pronto de hablar, ya muy agotado como para hablar. Su explicación fue entendida por Raquel, está miraba sus cortes y raspones, notando que habían dejado de sangrar, quedando como una costra fea en su piel que había dejado de ser una maraña de restos necróticos por una coraza o piel robusta que mantenía un tono muerto grueso como cuero de una bestia o piel pálida venosa que augura muerte a una mucho más gruesa pero traslúcida permitiendo ver que debajo había más capas dejando una inquietante idea si está habría de quedar así o seguiría cambiando.
—...Al menos no te partió…
El gusano se mostró algo inquieto ante el estallido sin saber si era posible que nuevamente estallara. Sentía que si le pasaba una cosa más en esos momentos, posiblemente no lo contaría.
—Debemos seguir, en un par de habitaciones podremos llegar al acceso del mercado de alcantarilla donde podemos ir directo. Estoy seguro que los guardias se darán cuenta que hay algo raro y nos dejarán regresar… creo.
Dijo el gusano recogiendo lo perdido, dudando un segundo si la mezcla pútrida con hongos tenía realmente algún valor. Por su parte la abadesa estaba recuperándose de aquella experiencia pero sentía su ser iluminado al eliminar a un agente corruptor de los abismos.
Mientras en aquella habitación las máquinas seguían en marcha, manteniéndose perpetuamente, el brujo solo pudo escupir el veneno que le habían metido en todo el cuerpo. Sintiendo solo dolor y desespero mientras se descompone ante ese veneno que hinchaba su marchito cuerpo lleno de sufrimiento, podía sentir que los muertos se arremolinaban a su alrededor deseosos de venganza, una que no podrían conseguir pero el estado en el que estaba le complacía.
Capítulo XXIX: Pinta a desastre
El par de fenómenos retomaron el camino por el azumagado pasillo polvoriento. Ocasionalmente se filtraba una gota solitaria en el extenso corredor.
—Eso sí es nuevo, bueno, supongo que era cuestión de tiempo que hubiera algún problema en la estructura.
Murmuró el gusano con fatiga, este daba quejidos en lo que su cuerpo abierto se recompone, incluso se recostó ya que su torso se empezaba a deslizar por el corte.
La mujer por otro lado igual estaba agotada, su cuerpo no estaba tan dañado, pero podía sentir malestares en su piel gruesa y bajo la quitina con magulladuras.
—...Sin duda esto me trae recuerdos…
Volvió a hablar el gusano tratando de poder pasar el tiempo con aquella mujer que se la pasaba manteniendo el silencio cortante salvo cuando se detenía a tomar aire calmadamente.
A su alrededor podía ver restos dispersos de una pelea, algunos muebles rotos, marcas en las superficies de las paredes.
Aquellos rastros de violencia en la soledad no les era de interés, hasta que un hedor repentino les advirtió de algo mucho peor que delincuentes dañando mobiliario.
—Creo que es momento de analizar un poco más a fondo este lugar. ¿Los objetos rotos son habituales?
Dijo la abadesa de manera seria. Procurando observar a detalle por algún detalle que advirtiera con anticipación por algo peor.
—Bueno, creo que sí alguien se peleó… puede que dejaran el cuerpo tirado.
Le respondió con el sonido de los insectos revoloteando, aumentando a cada paso, un leve zumbido les llegó a sus oídos hasta volverse intenso seguido por el movimiento de incontables gusanos revolcándose en la baba pestilente.
—¿... Y hay moscas?
Preguntó la abadesa viendo al gusano quien redujo la velocidad un poco con el fin de saber a lo que se refería. Apareció el primer cuerpo que era de un oficial, este mostraba heridas como si una bestia hubiera consumido su rostro y torso. De aquellas heridas pútridas supura líquido que era consumido por incontables gusanos.
—¿Moscas?
Preguntó el gusano dudando sobre lo que había preguntado, viendo a su alrededor por si había moscas, ya que era algo extraño.
—Si, moscas. Tú eres un gusano…
Murmuró Raquel, pensando lo raro que era todo eso de los insectos.
—Pues debe ser que alguna entró por los cadáveres… ¿O tal vez me siguieron?
No entendió la pregunta repentina pero se intrigó al respecto, ya que ese pasillo siempre estaba cerrado y cualquier alimaña terminaba muriendo de hambre encerrada. Salvo que había comida a montón, ahí estaban tres cuerpos más, estos parecían matones pero tenían también signos notorios de violencia al haber sido destrozados por una especie de bestia que no hubo conocía.
—Pues sí, la verdad me da curiosidad que no se pongan encima mío, usualmente cuando lo hacen terminan derritiéndose. Eso me recuerda cuando probé a un mosco. Hay dos tipos, uno que sabe terriblemente mal y otro que sabe a pollo.
Se respondió a sí mismo, contando una breve anécdota de cuando pelearon con los moscos.
—¿Los moscos? Entonces en el circo hay moscas y moscos. ¿Cómo son?
Asintió la mujer con un gesto aún de duda, queriendo saber más de aquel sitio.
—Pues nada especial, las moscas suelen ser locos caníbales que actúan coordinándose en grupos que te atacan dependiendo cómo actúa el cabecilla...
Comentó tranquilo, explicando en grandes rasgos lo que había entendido de esas cosas.
—¿Nada especial? Eso me resulta terrible.
Respondió con preocupación si había seres que no entendían la importancia de la fe.
—...de todas maneras, con los fenómenos la cosa cambia…
Este dijo continuando con su descripción de los hechos. A lo que ella asintió dudando en sus palabras.
—Las moscas de los fenómenos son engendros retorcidos que tienen ojos deformes, fauces retorcidas y un cuerpo con miembros extras recubiertos con hueso en forma de clavos.
Añadió, dando una zancada para evitar uno de los cuerpos agusanados. Pero a diferencia de los anteriores cuerpos mutilados y destripados, este tenía marcas de quemaduras o más bien como si algo a alta temperatura hubiera atravesado su pecho y subido hasta borrarle el rostro.
—He visto trucos malos pero ese se lleva el premio. He visto lo que causa eso y de seguro que fue de un brujo.
Comentó el gusano, para luego ver a la abadesa que tenía una expresión de considerable disgusto.
—Similar a la maquinaria dañada… Deben haber peleado contra discípulos.
Su voz fue fría e intensa, rebuscando alrededor algunas otras marcas.
—¡Oh! ¡Mi miembro desapareció! ¡Mi precioso miembro! …Era como una pequeña versión de mi…
Exclamó el gusano que aprovechaba de rebuscar en todo su cuerpo, distorsionando cada parte buscando algo.
—...
La abadesa ya no tenía su inexpresivo habitual, sino una mueca de asco ante ese degenerado.
—¡Eres mal pensada! Trabajo en funciones de todo público. ¿Acaso piensas que ando por ahí meneándome?
Protestó el gusano tratando de defender su honor ante tal acusación de depravación.
—¡No es lo que piensas! Cuando encontré los hongos, quede seco, por lo que se hizo un miembro de mi cuerpo, pero ya no está…
La mujer le ignoró, adelantando y tomando el liderazgo de su marcha. Esta ya no tenía cuidado con algunos cuerpos, dando pisotones húmedos que crujían contra la podredumbre.
—...Solo diré que ya tenía mis sospechas por lo que le hiciste a ese hereje del abismo…
Sentenció con frialdad, perdiéndose ante la vista de una serie de más cuerpos con medallones de aquel culto que adoraba a la divinidad.
—Vamos, no me dejes como degenerado, como iba a saber que la debilidad del brujo era una especie de bulto extraño que palpitaba.
Busco librarse del gusano pero hasta el sentía que aquello no tenía justificación.
—¿Crees que puedes decirme que meter un arma por la parte baja de quién sea sería lo más lógico?
Encaró la mujer sintiendo que se le ponía la cara roja de la vergüenza, pero su rostro no mostraba ni la más mínima muestra de color.
—Pero lo mató. ¿Acaso querías que le diera cortes en el talón? Esa era la forma más rápida de provocar el mayor daño.
El joven aclaró con todas sus fuerzas el poder justificar su actuar en la situación.
—Es como si creyeras que entrar en la inmundicia del enemigo te hiciera más fuerte, cuando solo te hace más rastrero… ¿Entiendes? Además, si fuera el caso, imagina que la cavidad es igual de dura que el exterior y lo único que logras es quedar aplastado en…
Estaba mortificada sobre cómo su conversación llegó a ese punto, escuchando a los rostros dar sutiles sollozos que parecían tratar de desviar la atención.
—Desde luego que no, deberías verme al moverme por la alcantarilla.
Fue con esas palabras que luego estudio por el breve momento de silencio incómodo que se presentó entre ambos que entendió que ya no podía seguir evitando la marca que le había quedado tras aquella vergonzosa victoria. Una que no sería contada por nadie.
—Eso no es… en fin, un problema menos, solo debemos recuperarnos.
Murmuró, dando por zanjado lo ocurrido, asumiendo que las cosas ya debían desviarse a temas como sus heridas antes de encontrarse con otra sorpresa.
—¿Seguro que esto va a dar resultado? Estamos expuestos, puede que nos encontremos algo o a alguien en el camino.
Ella mencionó, pensando que sería lo más precavido encontrar una manera de resguardarse hasta estar mejor.
—Se que parece arriesgado pero aunque no lo creas el camino es muy largo. Cuando lleguemos a las calderas podemos esperar un breve momento.
Este actuó sin interés, preguntándose si ante tanta violencia, las calderas aún serían un lugar de resguardo o una manifestación brutal de la violencia encarnada.
—Calderas, asumo que es parte de todo esto… es antiguo. ¿No?
Murmuró Raquel mirando el techo que había comenzado a deformarse por la erosión.
—Claro. Es viejo, está abandonado pero es seguro.
Afirmó el gusano, viendo más marcas de gruesos cortes en las paredes.
—…debemos llegar al mercado y mostrar que tenemos dinero. Con dinero todo se soluciona.
Sus palabras si bien eran ciertas y ambos entendían que el mundo en cualquier parte actuaba de tal forma, se mantenía el sentimiento de inseguridad al sitio al que estaban llegando.
—Volviendo a hablar de cosas… dime. ¿Cómo fue que supiste que los moscos saben a pollo?
Preguntó Raquel viendo a su compañero para aliviar la tensión entre ambos. Este volteo la cabeza, o más bien solo mostrando la máscara de metal y hueso que la observaba, aquellas canicas como ojos negros le decían que la veían.
—Claro, estaba con el carroñero y cuando fuimos a ver el jardín de setas estos …
Hizo una pausa dudando.
—Los moscos no hablan solo aparecen y hacen algunas cosas pero casi siempre te golpean. Así que piensa en personas de más de dos metros que están súper musculosos…
Este explicaba dramatizado con posturas pero algo pareció dejarlo impactado.
—¿Qué es lo que pasa?
En un movimiento brusco se puso en guardia, viendo si algo se había acercado cerca suyo.
—Creo que son mujeres…
El gusano soltó tras pensarlo mucho, como si aquello hiciera que el mundo temblará ante esa verdad.
—Imbécil.
Fue lo único que dijo antes de darle un fuerte golpe por su estupidez.
—¡Espera! Mira… Está es la puerta.
Señaló una puerta que había pasado hace un instante. Esta tenía sujeta una tela amarrada, por lo que el gusano se deslizó con gracia para presentar la puerta que buscaba, en cambio la abadesa permaneció confundida observando la continuación del pasillo.
Si bien la puerta estaba frente suyo, la abadesa vio que el pasillo seguía, con unas bancas y seguramente más mobiliario.
—¿Hacia dónde lleva?
Preguntó ella a lo cual el gusano se apartó de la puerta y observó la oscuridad junto a ella.
—Es una buena pregunta. Muchos han ido pero ninguno ha vuelto. En fin.
Declaró y dio por terminado el asunto. Rápidamente sujetó la puerta, notando algo raro que era el frío que tenía esta pero no le dio mayor importancia, haciendo fuerza para que se abriera. Provocando un estruendoso ruido metálico comenzó a dar vuelta el sello de la puerta, dejando escapar los aires gélidos.
—¡Me lleva el caleuche!
Gritó apartándose ante el ardor del viento gélido que estaba saliendo como si el aire estuviera presionando para salir.
—Esto es malo…
Murmuró para así, observando sus apéndices que se habían escarchado con temible facilidad.
—¿Las calderas no son así?
Preguntó la abadesa sintiendo que el frío se apoderaba de todo calor que tuviera cerca, está ya sabía que era producto de los abismos. De alguna forma parecía que habían caído en la locura del aquelarre, por lo que estaba preparándose para encontrar lo peor.
—¡Claro que no! ¿Desde cuándo has visto una caldera más helada que un témpano de hielo?
Se quejó el gusano señalando la puerta con horror.
—Bueno, te sorprendería la infinidad de cosas que puedes encontrar luego de huir del convento, uniéndose a una banda de corsarios… cuando navegas… Bueno… asaltada, robaba y quemaba pero de puerto en puerto navegaba.
Expresó la abadesa, con su aspecto sin emoción alguna como si tratara de competir con la corriente de aire.
—Veamos qué es lo que ha causado esto…
El cuero abrió abruptamente la puerta dejando salir el resto de frío que emitía el salón convertido en un espejo de cristal gélido que emanaba escarchas desde estalagmitas glaciares que habían envuelto a decenas de cuerpos.
—Mira… Un discípulo. O lo que queda de él…
Señaló Raquel haciendo un gesto de odio con la boca, moviéndose primero dentro del sótano de calderas que se había vuelto una tumba congelada.
—Está tan frío que congeló la caldera
La maquinaria había muerto congelada o más bien perecido ante el choque térmico que desfiguró el metal, la caldera como otros resultaron aplastados ante la presión del frío contra su vitalidad ardiente, volviéndose un detonante que consumió la mitad de la sala, dejando a quien estuviera fuera del rango a merced del frío que no les dio tiempo de evitar. En la habitación todo estaba detenido en un terrible momento agónico para todos los que estaban dentro tanto del foco del frío como de las tuberías torcidas, maquinaria expulsando remaches y placas más débiles como un arrebato traicionero.
—Se sacrificó… cuanta blasfemia…
La abadesa se movió desde un punto a otro, señalando como causante un hombre que tenía la mano sosteniendo su corazón como foco de hielo, un viejo libro con marcas azules estaba en sus manos.
—...Maldad… Maldad…
Gruñian sus rostros que daban sollozos de ira. Estos gusanos de los costados con cada palabra podía exhalar bocanadas de vapor que parecía condensarse cada vez más.
De un zarpazo destruyó aquella estatua de hielo, que expulsó un último suspiro de frío para normalizar la temperatura del lugar.
En cuanto al hielo restante, debía tomar el curso normal de las cosas y derretirse.
—Mira, esos deben haber sido manipulados por magia morada… creo que era así.
Mencionó el gusano señalando estatuas que parecían fanáticos que se habían hecho marcas en el cuerpo para idolatrar a los brujos, entregando parte de sus pieles para que estos confeccionen sus instrumentos malignos.
La abadesa se acercó a estos dándose cuenta que tenía razón, a través del hielo estaban sus rostros deformados, ojos ausentes que únicamente pertenecían a su amo por lo que se les desplazaban por los de algún animal.
—Es una de las peores magias…
Murmuró mirando con inquietud al gusano que parecía ser un habitante infame de Puerto, pero sorprendía y daba sospechas con información que está vez se divulgaba para que nadie conociera de tales maleficios.
—Es inevitable, no hemos llegado a salvar a nadie y no queda nada por hacer. Solo podemos seguir con lo nuestro.
La actitud del gusano era aún más inquietante, era tan natural, insensible y de manera despectiva por todos que murieron a causa de todo lo que regurgito el aquelarre. La máscara reía pero el gusano no, este estaba consternado, deseaba salir y respirar otro aire viciado y pútrido que no fuera aquel, sentía que su mente palpitaba trayendo recuerdos atroces por no haber salvado a nadie, de solo ver cómo estaban los cuerpos siendo quemados.
La culpa lo consumía, deseaba gritar y llorar, desgarrar aquella membrana que era su cuerpo y sacar su verdadero yo de aquella pesadilla pero sabía que no había nada dentro. Solo lo que él era ahora.
Capítulo XXX: Desastre desastroso
El gusano lideró la marcha, pero cada paso era una coreografía del horror más patético por haber tardado tanto en aquel lugar. No era solo dificultad, era el sonido de algo que se desprende. Un sonido roto y húmedo, un rastro de algo que ya no le pertenecía. Se detuvo ante la puerta que conectaba al mercadillo, no por aguardar por su compañera, sino tratando de mentalizarse y obligarse a hacer aquel desafío que tenía adelante pero la abadesa no se movió.
Raquel había perdido aquella mirada inexpresiva que atravesaba la carne. Ya no era aquel ser cruel con devoción retorcida, solo lo miraba con una mezcla de náusea y una tristeza que pesaba más que su propia armadura de quitina.
—¿Por qué no lo dijiste antes?
Su voz vibró, rompiendo el silencio gélido de la caldera.
— Podría haber ayudado… haberte sostenido para que pudieras estar seguro.
Silas no respondió de inmediato simplemente dejó escapar aire como si la ironía de la situación le estuviera golpeando una vez más para calmar por lo poco de conciencia que se había esforzado en conservar. Sus apéndices digestivos, antes frenéticos, apenas temblaban bajo una capa de baba cristalizada que parecía querer sellarlo en vida. Se giró con una lentitud de bisagra oxidada.
—¿Qué pasa? Muévete.
Escupió las palabras como si fueran el medicamento más malo en la despensa de un matasanos, pero la voz moribunda habitual le salió rasposa, como si tuviera lija en la garganta.
—¿Acaso no te ves?
Raquel señaló el suelo. No era solo sangre. Eran jirones de esa membrana que él llamaba cuerpo, pegados al hielo como papel mojado. Silas se estaba descalzando de su propia carne.
—Se que soy feo como el trasero de un borracho
—Cuánto más vas a fingir. Te estás quedando en el camino, trozo a trozo, y actúas como si fuera un truco de magia, lo que has dejado atrás jamás volverá a ti.
Resopló con disgusto la mujer buscando hacer entender al gusano que su distorsionada mente debía acabar de asentarse para seguir adelante
—Son gajes del oficio. Tú más que nadie debería saberlo.
Dijo Silas arrojando la primera piedra filosa a la persona de Raquel, está sabía perfectamente lo que quería decir al mencionar esas ásperas palabras. Ella era culpable como de la banda de la ola roja de su propia muerte y de incontables vidas a cambio de dinero por una tarea que se salió de control.
El gusano por un segundo, pudo sentir como aquella máscara de metal y hueso parecía dejar de ser parte de el y empezaba a pesarle toneladas.
—El espectáculo debe seguir hasta que el telón caiga. No seas una espectadora difícil, Raquel. No te queda bien.
Expreso con enfado el gusano,disgustado profundamente a la mujer. La cual pese a ser ella que busca hacer entrar en razón a lo que alguna vez fue un hombre. Era ella la que está siendo cuestionada.
—¡El telón ya cayó, Silas! ¡Debes entender que tanto está vida como la otra no son un juego!
Rugió ella, dando un paso al frente que hizo crujir el suelo congelado.
—Te han mutilado, te han quemado, te han partido a la mitad…
Su voz parecía más a una frágil hoja de papel que la habitual voz de autoridad que solía tener.
—¿Y para qué? ¿Para llegar a un mercado de ratas? ¡Si sigues así, lo único que llegará a ese circo será tu máscara vacía!
La desesperación de Raquel no era solo por él. Era el pánico primario de quien ve a su único lazo con la cordura desintegrarse. Si Silas moría, ella se quedaría sola con los gusanos de sus costados y sus recuerdos de monja, pirata, o más bien de humana.
—El telón sólo cae cuando no queda nadie mirando.
Respondió Silas como si resoplara amargamente, y esta vez hubo un destello de furia real en sus ojos negros.
—Mientras tú me miras, yo sigo en escena. Soy solo un gusano más en todo este lugar, soy un bufón o fenómeno que resguarda la conciencia de los demás con su sufrimiento, el hombre que no puede morir porque no tiene nada por lo que vivir.
Su voz se descascarada con cada palabra en el frío impío que quedaba en la habitación.
—¿Entiendes eso, mujer de fe? Solo soy lo que tú ves. Si dejas de mirar, dejó de existir al igual que en lo que tú crees que eres, nunca fuiste nada para tus fantasías religiosas, solo está en nuestras mentes.
Añadió gruñendo como una bestia que se desangraba lentamente luego de haber caído en la propia trampa que había puesto.
—¡Mientes!
Le espetó ella, negándose a creer que la única oportunidad de encontrar valor a su existencia ahora no era más que un simple momento de autocompasión.
—Hablas como cirquero, luego como porteño, luego como un mártir. ¿Quién eres, maldita sea? ¿Quién queda ahí dentro detrás de todo este cuero podrido?
La pregunta golpeó a Silas más que cualquier cosa, había alcanzado lugares donde el brujo pudo llegar.
—...
El silencio que siguió fue más opresivo que el aire gélido. Silas dio un paso hacia ella, pero su pierna falló, obligándolo a apoyarse contra la puerta metálica. El contacto del metal congelado con su carne expuesta hizo que un siseo de dolor escapara de sus dientes.
—Soy lo que dejaron de mí… al igual que tú te volviste y rechazaste…
El logró responder con susurros, y por un instante, el bravo de puerto desapareció.
—Una colección de restos que se niega a ser enterrada. Y tú… tú eres una pirata que juega a ser santa porque le tiene miedo a la oscuridad de su propia alma. ¡Acróbata manco!
El insulto fue absurdo, desesperado, un manotazo al aire. Silas pateó el suelo con la pierna que aún le respondía, un berrinche de un hombre niño atrapado en una pesadilla de carne pestilente que se desgarraba y trataba de recuperarse en aquel residuo de frío mortal.
—¡Salgamos de aquí!
Bramó él, aferrándose a la manivela de la puerta. La membrana de sus manos se quedó pegada al metal, arrancándose al tirar, pero no soltó. En cambio apretó resquebrajando lo que se había adherido de él mismo y se esforzaba en liberar.
—¡Lleguemos al condenado circo antes de que me olvide de cómo se camina!
Añadió soltando una risa cruda, no por la máscara sino por su propia voz.
—Gusano, no me importa. Quiero que te muevas o no llegara nada de ti.
Habló con frialdad, sabía que el autoengaño era evidente en ella pero no le quedaba más que aceptar sus fantasías y dar continuidad a esa nueva asquerosa vida que le había tocado.
—Ve a morder a alguna mosca, yo me encargo.
Gruñó pero era demasiado tarde. A diferencia suyo, la mujer se movía rápido en aquella habitación gélida. Pudo sentir que está gran mujer sujetaba su cuerpo y lo arrancaba sin cuidado.
En sus manos, el resbaladizo gusano no hacía más que ser una baba que crujía ante el más mínimo movimiento, demostrando su fragilidad ante tales bajas temperaturas.
—Cuando dicen que estorbaba es que debes hacer caso..
Gruñó la mujer, sintiendo que los coágulos de icor negro que caían del gusano quemaban más que antes, algo que debería haber predicho pero que trato de ignorar, dejando al gusano sobre su espalda.
—Cuando lleguemos a ese lugar te daré tantos sermones que hasta los celestiales se aburrirán de presenciar tal reproche.
Gruñó la mujer tanto por el dolor que le provocaba el gusano como la fuerza que ejercía sobre la puerta recubierta de hielo, pero ante la insistencia de esta para abrirla logró aflojar entre rechinidos lentos.
—Prefiero que me hagan de hombre bala que escuchar tanta basura de religión.
Gruñó el gusano que vio como los gusanos de los laterales se acercaban para escupir palabras contra él.
—¡Blasfemo! ¡Impío!
Brotaban palabras religiosas ante su negativa.
—Si que es duro tener un público tan difícil… En el circo espero que te dejen un espectáculo aparte. No quiero oír tanta patraña de la fe.
Dijo estirándose sobre el lomo de la abadesa, tratando de evitar salpicar a la mujer con lo que debía ser sangre, ya que está le quemaba sin cuidado.
Este agradeció el gesto en su mente, pensando que no quemarla sería la mejor forma de transmitirselo, ya que si lo dijera sería una acción rara.
—¿Desde cuándo eres un hereje pagano que no cree en los celestiales?
Gruñó apretando los dientes la abadesa, considerando arrojar al gusano al centro de la habitación para que se volviera una estatua más o más bien una alfombra si es que lo estiraba.
—Como si me fueran a castigar…
Reclamo el cuero ante el reproche de la mujer por su actitud. Esta no quiso decir nada, tratando de sentar su fuerza en la puerta bloqueada que en su compañero que nunca podría hacer callar.
—...
Ella con un impulso firme consiguió finalmente destrabar la puerta que crujió como si estuviera oxidada para liberar una atroz bocanada de carne podrida, excremento y un sin fin de olores propios de la falta de higiene. El aire parecía entrar en nubes pestilentes como otras gélidas que no se tocaban al haber habitado mundos diferentes. Pero a medida que se conocían, la diferencia entre el aroma de muerte y putrefacción se volvían uno.
—Gracias Santa Marta por traernos de regreso…
Dijo este, aliviado por el aroma y el aire cálido como encerrado en el mercadillo. Este funcionaba tal cual, vendiendo alimentos rancios, mal elaborados. Rameras de poca clase que a un costado llamaban a los callejones para dar sus servicios o ejecutar a algún que otro cliente por más dinero o algún disgusto.
—Bueno, es bueno que volvamos… se ve todo normal…
Murmuró ella mirando cuidadosamente a su alrededor.
—Por cierto es Martha. No Marta, más respeto con una santa.
Este solo le pudo ver maldiciendo que todo religioso tuviera el atino a corregirlo. Además de asumir que la mujer era de palabra y estaría diciéndole una y otra vez cosas.
—¡Monstruos!
Alguien gritó aterrado, lo cual desencadenó una serie de alaridos en improperios ante lo que sus ojos observaban.
—Carajo…
Murmuró Raquel mirando que no portaba nada que la cubriera si cuerpo bestial enorme, a su vez se veía avergonzada por no llevar nada, reflejando cierto pudor temiendo lo que ocurriría. Pero un movimiento detrás suyo le dolió, el resbaladizo y ágil movimiento del gusano sobre la quitina dañada se hizo notar hasta que un sutil peso desapareció con una piruleta limitada con el fin de no volver a partirse en dos.
—Cuidado al hacer eso. Y cuida las cosas, es mi turno de salvar nuestro pellejo.
Expresó el gusano apuntando en pararse y mostrar el medio hombre que era ahora para centrar la vista en su grotesca figura.
—¡Damas y caballeros! ¡Niños y niñas de todas las edades…!
Empezó con su voz muerta fuerte como un trueno que vibraba en el aire en aquel mercadillo lleno de basura y panico.
—¿Alguna vez han visto un circo? Un lugar donde hombres y mujeres arriesgan sus vidas para darle vida a la suya?
El público parecía dudar un instante, viendo con confusión y horror a ese grotesco ser que debía ser obra del mal. El gusano dio vida a lo que hablaba con posturas elaboradas con su cuerpo flexible pese a estar destrozado.
La abadesa vio esto como una oportunidad para rebuscaba tela para cubrirse y guardar el tesoro que había obtenido con el gusano que le dejó en el lomo.
—¡Escuchen bien! ¿Conocen a los trapecistas? ¡Gente que salta y hace piruetas en un pelo…! ¿A los pirómanos? ¡Estos dementes que viven en llamas…! ¿A los escurridizos magos? Magia permitida por la iglesia…
Aclaró aquello de los magos antes que se les pasará por la cabeza quemarlos por herejes.
La gente ya no tenía, estaba interesada en aquel vomitivo ser que hablaba de cosas extraordinarias y se movía con una soltura escalofriante.
—¡Sean los primeros en ir al circo y conocer todas las maravillas y sorprendanse con los fenómenos, incontables seres que los asustaran, confundiran y darán risas a montones con su acto de fenómenos!
La multitud dejó de dispersarse y en cambio se aglomeró en grandes cantidades para oír con total emoción lo que les proponía aquel fenómeno.
—Lo hace muy bien para estar loco…
La abadesa murmuró ya con su cuerpo cubierto, si bien no eran telas negras del todo, cumplían la función de evitar que alguien se espantase de golpe.
De la misma forma que la gente venía ella vio que incontables matones y jirones aparecían y desaparecían llamando a más personas de mala clase.
—Esto es un problema…
Apenas murmuró, tratando de acercarse al gusano cuando gritos comenzaron a extenderse por la multitud, al parecer los matones de los Hernández habían empezado a disolver a quienes venían a ver los fenómenos.
—Estamos en problemas, ponte esto.
Dijo Raquel observando sobre la marea de cabezas con sarna y caspa.
—Si, el anfitrión del circo me tendrá mucha envidia cuando se entere que la gente entra al circo por mi.
El gusano río con fuerza junto a su máscara, viendo la expresión inexpresiva de su compañera que parecía mostrar tintes de preocupación.
—Es momento de apurarse… compremos unas cosas y vamos al circo.
Señaló caminando de manera graciosa en el suelo de mugre y adoquines de siglos pasados.
—¿Qué?
Expresó fuerte la mujer confundida ante la idea del gusano.
—Confía, salí por cosas, al menos no volveré con las manos vacías. No debería haber salido. De hecho no sé cómo termine saliendo… ¿Por qué lo dije?
Expresó el gusano dejando en claro que la situación no se trataba de volver al circo, sino más bien volver y no ser pillado en el proceso, esto hizo que se llevará una mano a la glabela sintiendo que todo esto se estaba volviendo en una situación mucho peor de lo esperado.
—¡Alto! ¡Alto…!
Gritó un hombre fornido que apenas era un tercio de la altura de la abadesa. Al igual que todos los otros, nadie supo qué más decir.
—¡... Ustedes no pueden… No pueden estar aquí!
Gritó otro que por los nervios parecía estar apunto de vomitar, incluso pese a parecer ser quien más armado iba con un arma hecha con basura.
—¿Es eso cierto? ¿Quién lo dice?
Preguntó Raquel recorriendo cada rostro hambriento y sucio con la mirada inquisitiva de un verdugo.
—Debes decirle… Di algo… No huyas, debes decirle…
Susurros entre los hombres estaban ahogados por el terror, ninguno deseaba morir o saber qué clase de horrores experimentarás antes de morir.
Por lo que entre ellos se peleaban entre gritos silenciosos para sacar a quien tuviera mayor rango.
A su vez la gente explicaba aquella figura enorme que recordaba a una figura religiosa.
Por su parte el gusano ya había conseguido un loro y otras cosas en múltiples cajas. Todo prometido con un pagaré del guardia Rufus, era raro pero el fenómeno iba de puesto en puesto contando sobre aquel hombre castrado que le gustaban las ancianas sin dientes.
Ante el silencio mortuorio que provocaba Raquel, se avergonzaba de poder oír claramente como este divulgaba secretos de los guardias entre las rameras de los callejones.
—Y bien ¿cual de ustedes piensa empezar a decir lo que vienen a detener?
Hablo firme deteniendo la discusión silenciosa y haciendo que a muchos les diera un escalofrío sepulcral que amenazaba con ensuciar sus pantalones.
—Yo, juez. Digo jueza… perdón. ¿Qué eres?
El hombre era joven y probablemente de alto rango debido a sus contactos, todos pero sobretodo el sintieron el peso de sus palabras como el filo de la guillotina, aterrados por aquella bestia colosal con el rostro de una mujer que se podría catalogar como exótico por sus rasgos finos.
—Soy la abadesa, un miembro del circo. No quiero que interfieran con nuestro encargo o se las verán con el personal a cargo del circo.
Muchos se miraban confundidos, otros aterrados. Nadie entendía qué era aquello del circo o del personal que tanto hablaba ese ser.
—¿Qué rayos es eso? ¿Un circo? ¿Qué es?
Un sin fin de preguntas surgieron entre el miedo, sobre todo ante la incertidumbre que deja pasar a una rareza por el territorio de las camarillas.
—Miren esto.
Dijo la mujer, observando a su alrededor un breve instante para luego realizar un sutil movimiento para sostener una rata que se movía a los pies como el resto de alimañas, está chilló. Trato de roer aquella garra que lo sostenía sin éxito, dejándole indefenso ante su captor.
La mujer sacó una lágrima negra de su mejilla que bailaba desafiando con desbordarse hasta que estuvo en el lugar correcto. Punto en el cual la dejó libre, un clavado con una caída perfecta que se zambulló en la cabeza de la rata que no tardó en reaccionar.
—...
Nadie entendió hasta que la rata con una mirada de horror no pudo evitar lanzar un único chillido de dolor que se mantendría con ella por el resto de su terrible existencia.
Su carne se expuso negra sobre el pelaje, mostrando un color enfermizo que se extendió arrancando toda muestra de vida. Su venas se abultaron extendiendo la putrefacción necrótica mientras se retorcía, ya no volviéndose prisionero de aquel monstruo que lo capturó, sino de su propio cuerpo.
El silencio fue absoluto, salvo por los pantalones y trapos que eran vaciados, acompañando como una melodía a la voz de la rata que gritaba en terrible dolor mientras su forma dejaba ser reconocible y permanecía en un estado de sufrimiento que ninguno lograba dilucidar.
—¿Entienden ahora?
El mensaje fue claro, ninguno se atrevió a decir una palabra, empujándose para regresar a los asuntos propios, teniendo de fondo el sonido del gusano riendo y la abadesa dando por terminada de la rata con un pisotón con una de sus grandes garras bajo la tela.
—Así que… Ya te conocen. ¿No?
Murmuró el gusano dejando de ver el suelo y alzando la miranda a los ojos negros como el petróleo a la abadesa que le miraban con su habitual seriedad.
—¿Has terminado de chismear? Sabes que los chismosos son castigados por tener la lengua maldita.
Gruñó la mujer, mostrando los dientes perlados como una forma de desprecio dándole golpecitos en la máscara para destacar que este fuera consciente de lo que le estaba hablando.
—Puedes meterte tu brida de la lengua en un pepino de mar.
Reclamo el gusano de mala gana.
—¡Impío! ¡Hereje sin valores al desconocer a los celestiales!
Gritó Raquel ante la respuesta porteña del gusano.
—¡impío! ¡Impío!
Repitió una voz estridente que estaba junto a las cosas del gusano.
—...No me digas…Simplemente eres un chiste.
Salió un lamento de boca de Raquel, quien observaba al emplumado imitador con su áspera voz.
—Se llama Loretta Lorenzino.
Exclamó el gusano orgulloso de su adquisición.
—Puedes decirme… ¿Por qué? ¿Y porque Lorenzino? ¿De qué sirve ponerle a un loro un nombre del norte?
Raquel se veía más molesta de lo normal, algo que confundió al gusano que levantó la caja donde estaba el loro.
—¡Loretta! ¡Loretta!
Decía el ave sacudiendo la pequeña caja en la que habían metido.
—Lo se Loretta, tu acto en el circo será de oro, solo ignora a los envidiosos…
Este le habló a la caja que daba ocasionales chillidos en respuesta.
—...
La mujer calló, incluso los gusanos se mantenían en silencio procesando la situación.
—No seas aguafiestas, Loretta es una bella loro de los valles altos.
Dijo este viendo que la mujer se había callado por completo, sintiendo que se le había olvidado algo.
—¡Aguarda, eso es! ¡Loretta es del Valle Norte! ¡Es una norteña!
El cuero expresó enérgico demostrando una risa anormal que se juntaba a su máscara, todo esto por hacer lo que parecía un chiste para él. La abadesa no aguantó, recogió algunas telas que el gusano había comprado y avanzó, dejando a este avanzando detrás suyo. Al ver a su compañera tan decidida a avanzar, señaló al descenso de la calidad de vida en el lugar dentro de una espiral laberíntica que llevaba al borde del pozo, aguardando a ver lo que le deparaba el destino en aquel oscuro lugar.
Capítulo XXXI: Paquete entregado
—¿Quién es?
Preguntó Loretta luego de varios chistes de toc toc.
—Nadie.
Respondió el gusano al recibir la pregunta.
—¿Nadie que?
Volvió a preguntar el loro sin necesitar que le digan las palabras que debía decir.
—¡Exacto! Por eso el Nochero del cementerio salió corriendo. ¡Porque no vio a nadie y las tumbas se abrieron solas!
Respondió con euforia el gusano que tenía a la par con su máscara y el loro que había adquirido a reírse como su compañero de chistes.
—...Pueden tan siquiera guardar un momento de silencio…
La abadesa suspiro ya con el ánimo destrozado luego de tanto malos chistes, dando miradas lagrimeantes de vez en cuando a su alrededor.
—¡Silencio! ¡Silencio!
Exclamó chillando el loro con moviendo de su cuello con gracia sobre el lomo de la abadesa, o más bien su cola que se escondía bajo incontables mantos roñosos. Esto resultaba algo anormal para quienes transitaban en las empobrecidas calles de los barrios bajos, los cuales estaban atentos por el rumor que se extendió rápido como la última plaga.
Todos los ojos llenos de lagañas, conjuntivitis y cataratas estaban viendo con una sensación extraña, al ser una mezcla de horror, asombro y curiosidad. Viendo frente suya dos figuras monstruosas avanzar en plena calle, ahogando cualquier susurro con tu temible forma.
El gusano era aquel que se movía fingiendo ser un hombre, su cuerpo era un manto de cuero podrido enrollado en sí mismo para dar una forma humanoide.
Por otra parte estaba la abadesa que por sí sola hizo temblar a todos los curtidos y sanguinarios malhechores de los Hernández que estaban listos para destrozar a quien se interpusiera en su camino.
—Ella, la que llora… La abadesa, ella ahuyentó a los malos… ¿Qué es eso? Con solo una lágrima dicen que mató a cien hombres, que estos se pudrieron en vida hasta desaparecer…
Apenas eran audibles pero de miles de bocas surgían nuevas historias de la temible abadesa que había aparecido desde todas direcciones y de ninguna.
—Por los celestiales… escucha tanta palabrería, es como si un Glossopsyrus estuviera suelto.
Gruñó la abadesa, realizando un sutil movimiento para pedirle a los celestiales resguardo para acabar con los rumores antes de que el mal se propague de forma virulenta.
—¿Qué es?
Preguntó el gusano, observando como la mujer miraba con molestia su intrusión.
—Nada. Nada de lo que un mortal debe hablar o ese parásito tomará más víctimas.
Expuso con fuerza, sintiéndose un bramido silencioso peor que el rugido de una enorme bestia, con ello los susurros se callaron.
—¿Nada que?
Preguntó Loretta, hablando como si éste fuera otro chiste.
—Nada que sea procedente de los chismosos.
Expresó el gusano trayendo preocupación a la mujer que comprendió que el gusano merecía un castigo por saber aquello que debe ser ignorado.
—¿Cómo sabes que es producto de los chismosos?
Preguntó con furia Raquel, entre cerrando los ojos al ver al gusano que resultaba ser un sujeto de muy dudosa procedencia.
Por su parte el dúo río a carcajadas fuertes, aquellas risas ásperas fueron un despliegue de incomodidad para todos los que los observaban.
—...
La abadesa guardó silencio, sabía que no podía decir nada o hacer un espectáculo delante de tanta gente. Estos caminaron desviándose del camino y entrando a un descenso ruinoso, este parecía un descenso improvisado para descender por pisos que se hundieron permitiendo descender criaturas grandes.
Los dos pasaron finalmente la entrada del pozo, sintiendo como el aire perdía vida y comenzaba a sentirse pesado bajo la mirada.
—¡Hey! Que Mierda…
Murmuró un hombre joven que tenía una vestimenta distintiva al resto de guardias, este se sacudió las manos pensando que decir ante esas cosas.
—Saludos… ¿Qué hacen aquí? ¿Cómo es que salieron?
Preguntó un hombre acercándose con precaución mientras las bestias estaban avanzando. Este era joven, inexperto y nunca había visto algo tan espantoso como un fenómeno a la luz. Solo su presencia tras el manto de la oscuridad.
—Es bueno que esté esto. No sé cómo serán los otros Tullugal pero sería incómodo haber pasado por los salones comerciales que ofrecen los Hernández. Ya sabes todo eso y el poco espacio.
La mención del nombre del laberinto viviente del pozo fue la gota que descolocó a la mujer, haciéndola perder la confianza por completo en el gusano.
—¿... Qué dijiste…?
Chilló la abadesa con el estruendoso grito de sus gusanos que salieron desde bajo la tela demacrada que la cubría.
—¡Joder!
Gritó el hombre cayendo, ensuciando tu tosca ropa y despeinado su cabello ceboso
—¿Qué te pasa? Solo dije que era bueno que estos pisos de viviendas se aplastarán y dejarán el descenso para cosas grandes.
Explicó el gusano, dando una señal con la mano al cuerpo de la mujer, el cual no sabía porque ahora se alteraba tanto por algo tan obvio.
—¡No! ¡No! ¡El nombre del lugar!
Estaba fuera de si, estaba horrorizada y deseaba haber escuchado mal aquel condenado nombre.
—Ah, pues es el circo…el pozo. Y bueno, también se llama Tullugal.
Aquella última palabra fue un detonante atroz que líquido toda sensatez.
—¡Tullugal! ¡Tullugal! ¡Tullugal! ¡Tullugal!
Gritaba nuevamente el ave al oír la nueva palabra, dando un chirrido alegre.
—¡Gusano maldito! ¿Qué sabes de la demonología? ¿Que ofreciste para encerrarme?
Las compras volaron, desparramando la tela sucia y deshilachada quedando regada en el suelo de hormigón trizado, Loretta voló hasta el hombro de uno de los guardias que dieron unos pasos sin saber si intervenir o no.
—¡Hey! ¡Alto!
Gritó el joven guardia mirando al resto que tenían la misma expresión de confusión y miedo. Esta se arrojó como fiera contra el gusano, sus garras daban embestidas contra este que apenas las esquivaba.
—¡Traidor! ¡Hereje! ¡Me engañaste! ¡Traidor!
Gritaba con dolor la abadesa dando golpes a la máscara que crujía ante la fuerza, por su parte el gusano solo sonaba húmedo, su sangre ácida salpicaba lentamente provocando un suave sonido de fondo.
—...
Nadie se atrevió a meterse, ya que parecía que cualquier intento de diálogo era inutil, no solo por ser ignorados al momento de hablar, los movimientos brutales de la mujer que azotaba lo que fuera el cuero, no era más que un sacrificio sin sentido.
—Llama a alguno de los viejos…
Murmuró el muchacho acercándose a una compañera regordeta. Mientras el gusano era arrojado al borde del pozo.
—...
Esta estaba absorta al igual que el resto, pero nadie podía o quería mover un músculo a no ser que aquellos se acercarán.
—¡Rápido! ¡Qué esperan! ¡Agatha! ¡Thomas! ¡Juan! ¡Los quiero que se muevan ahora, antes de que terminemos en el fondo del pozo!
Rocio el joven, haciendo que se le marcarán las venas de cuello y su color pálido se volviera en un rojo brillante.
Los demás guardias apenas lograron asentir, emprendiendo una carrera en búsqueda de los viejos que quedaban.
—¡Traidor!
Un grito desgarrador lleno de pena salió de las fauces de la abadesa, está bramia como una bestia que había llegado al extremo. Sus lágrimas brotaban a borbotones y los gusanos serpenteante en el aire de manera caótica.
—¡Jorge! ¡Que está…! ¡Que Mierda es esa cosa!
Andrea apareció pronunciando el nombre del joven, su carne estaba hecha jirones retorcidos que se sostenían por vendas algo nuevas. Junto a ella ayudándola estaba Agatha que se veía notoriamente nerviosa.
—¡Vieja bruja! ¡Yo voy a saber qué es lo que ocurre! Esas cosas parece que vinieron solas al circo pero de la nada pelearon!
Respondió Jorge con miedo, abriendo sus ojos permitiendo ver su color castaño claro. La mujer abrió los ojos con horror, no por presenciar a los fenómenos pelear, sino que la presencia del asqueroso gusano y su mordaz lengua.
El aire era denso y cada vez se acentuaba como la oscuridad que se arrastraba como pequeñas alimañas a su alrededor.
—¡Gusano! ¡Gusano! ¡Déjate de juegos!
Gritó tratando de llamar a este con el fin que terminara sus tonterías. Esto llamó la atención de gusano que se volteo a la mujer leprosa
—¡Andrea…!
Apenas pudo decir antes que un manotazo la azotara contra la pared detrás de aquellos guardias.
—...Veo que sigues casi entera… ¿Cómo te ha ido? Yo he estado como una trucha fuera del agua.
Exclamó con tranquilidad el gusano que ha vuelto a caer pero ahora cerca de los guardias.
—... Pensábamos que te habías muerto… pero estabas… ¿Dónde habías estado?
La mujer gruñó, mordisqueando lo que le quedaba de labio superior.
—Por un condenado… Déjame entender…
Se apartaron cuando la abadesa arrojó restos del suelo contra el gusano que sonó como una esponja viscosa.
—¿Porque mierda volviste?
Gritó la mujer sujetándose la cabeza por el dolor que este fenómeno anormal le provocaba. Por cada acción irracional, no obstante este hablaba casi normal y no divagaba como era de costumbre cuando no consumía la basura que usaban polvos raros.
—Maravilloso, no tengo dudas de que es algo aceptable para la colección.
Habló extasiado el domador, viendo cuidadosamente a esa criatura que nunca había visto en su vida.
Un grito intenso llamó la atención de todos, dándose cuenta que la oscuridad había tomado gran parte de la habitación.
—¡Abominación del abismo! ¡Tu existencia es un error por la corrupción de los abismos!
Dio un intenso bramido la abadesa que era sujetada por la propia oscuridad que se extendía como garras codiciosos.
—Así que cumpliste con tu tarea de traerme un cambiaformas.
Expresó el domador quitándose el sombrero, demostrando un clavo de metal viejo que tenía unas escrituras curiosas, pero que silenciaron a la abadesa, dejándola inexpresiva.
—¿No crees que estás siendo ridículo?
Soltó el anfitrión en un resoplido al ver al domador quien se enteró por los guardias de la llegada de fenómenos.
—¡Ridículo, ridículo!
Repitió Loretta con entusiasmo, cómoda en las enormes garras del domador que parecía emocionado con tal pequeña criatura.
—¿Ves que te imitó? Espléndido.
Reaccionó repentinamente la criatura con entusiasmo.
—¡Ciertamente le veo mucho potencial!
Añadió la pequeña figura del maestre de ceremonia que se arreglaba el bigote. Este observaba atento con sus cuencas vacías con cierto júbilo que escondía bajo su habitual sonrisa.
—No hablarán en serio…
Dijo el anfitrión con su alto porte, este no siguió debatiendo con los demás ya que sería ilógico de su parte discutir con lo irracional.
—Bueno, al menos tienes eso… sea lo que sea ese fenómeno.
Dijo el anfitrión señalando a Raquel que observo de manera fría que incluso el personal de circo sintió un escalofrío.
—¡Excelente! ¡Sin duda es brillante! Apruebo está adquisición. ¿Esta cosa es para el vendedor de dulces?
El anfitrión pareció complacido, apenas acordándose de un recuerdo vago de su otra parte.
—Soy abadesa. No eso.
La abadesa dijo de forma seca, sin duda era alguien que no estaba para humor.
—No eso. No eso. No eso.
Repitió la voz del loro jugando en las manos de domador, si bien no era algo como un doppelganger, su aspecto relucía en emoción por lo lindo que era.
—¡Qué encantadora criatura! ¿Deberíamos iniciar un espectáculo para ella?
Exclamó la criatura mirando a sus contrapartes con entusiasmo.
—El resto es muy simplón para ella.
El Maestre expuso rascándose la barbilla con sus grandes manos.
—Pero yo soy igual de encantador.
Respondió el Gusano colocando una pose teatral.
—Claro que no.
Dijo el domador perdiendo aquella extraña similitud de alegría que tuvo hace un momento.
—me agradas chico pero no tanto
Murmuró el maestre con franqueza, moviendo la mano como si no estuviera muy seguro de la respuesta.
—No.
Gruñó Andrea, quien desde lejos levantó la mano en señal de insulto, esto fue repetido por el gusano en silencio.
—No
Pronunció el anfitrión, sin entender bien aquel gesto con la mano.
—Bucaneros de agua dulce, en fin, hablando de dulce. ¿dónde está el que me encargó esto?
Mencionó el gusano agitando la bolsa sucia del alcantarillado que habían sacado de las alcantarillas.
—Ese idiota dudo que te pidiera eso, pero te llevo a el. Ahora.
El anfitrión gruñó al gusano. Los demás se mostraron escépticos por el tipo de golosinas que habitaba probar el vendedor de dulces.
—¿Qué? No, debo buscar al carroñero. Tengo algo para él.
Protestó el gusano pero sin previo aviso fue tragado por la oscuridad, seguido de los objetos esparcidos en el lugar.
—Asi que en cuanto a ti… ¿Qué podemos hacer contigo?
Dijo el anfitrión, tomando una pausa tranquila ahora que el gusano se había marchado.
—No es parte de nosotros o similares, es como algo nuevo… tal vez deberíamos hacerla parte de mi colección.
Comentó el domador dudando de la complexión de aquella criatura que nunca había visto, no obstante era un ejemplar único que deseaba tener.
—No.
Dijeron ambos al domador. Quién pareció querer decir algo, ya que sus colores se volvieron agresivos pero Loretta repitió también la palabra no, por lo que se quedó callado murmurando a esa pequeña criatura tan interesante.
—Soy la abadesa y no podrán hacer nada contra mí. Los celestiales resguardan mi alma, soy la espada del celestial y haré arder los abismos.
Los tres guardaron silencio, no obstante el maestre que guardaba silencio formó un puro que encendió con un chasquido, dando bocanadas de aire.
—... Arder… Arder… No me parece una luciérnaga. ¿Qué opinan?
Dijo el domador dudando ante su especialidad, como si esta criatura fuera un desafío. Los guardias se retiraron finalmente, aunque algunos con más prisa, ya que parecían haber estado escuchando las conversaciones.
—Maravilloso, déjenme este escarabajo para mi. Se cómo hacer una función ideal para ella.
Expresó con júbilo el maestre, dejando escapar el denso humo.
—Me rehusó a servir a seres abismales como ustedes. Moriré luchando por la luz.
Gritó la abadesa con furia, forzando aquellas garras que habían estado sometiendo su cuerpo. Estas a duras penas la controlaban pero ella no pudo hacer nada más.
—Cariño, no quiero que te unas a la oscuridad… quiero que ilumines. ¿Entiendes?
Murmuró el maestre para la mujer sonando como un embaucador, este hombre pequeño no parecía nada ante aquella criatura de unos cuatro metros fácilmente. Pero la abadesa por la manifestación que apreciaba de este, era una criatura de temer.
—No caeré en tus asquerosos trucos.
Protestó con mirada fatal, apretaba los dientes con bestial odio, seguida de su mirada y aullidos nacidos de los gusanos atrapados bajo las garras provenientes de la oscuridad.
—No es engaño, desde las profundidades quiero que seas una llama de esperanza. He visto que cuando hay cierto contraste… Todo se vuelve más… interesante.
Este trato de sonar agradable, incluso honesto aunque no lo parecía acompañado de una sonrisita pícara. Raquel sabía que con seres corruptos no podía negociar o hacer tratos, pero estaba en una situación desastrosa.
—... Yo quiero ayudar a guiar a los descarriados. Cuando vea que no son más que un gran fraude me marcharé.
Expresó la mujer con orgullo como si mirara un pelotón de la muerte con coraje ardiente. Al domador le parecía extraño que el maestre hubiera cambiado tanto como para ser más sociable o demostrar empatía con algo.
—Desde luego, aquí están todos muy descarriados. ¿Quieres uno?
Ofreció el maestre, pero fue rechazado por la mirada. Este expulsó una brisa de humo denso una vez más, se sentía complacido.
Mientras, los brazos descendían haciendo desaparecer a la gran mujer.
—Harás lo mismo de la última vez. ¿No?
La risa que dio el maestre fue estrepitosa al ser descubierto por el anfitrión. No obstante el domador no sabía de qué hablaba ese dúo, ya que se había perdido gran parte de los sucesos.
—No, esto será mucho mejor.
Expresó con satisfacción, recordando aquel juego que había ocurrido tras bambalinas.
—¿Qué fue lo que hiciste? ¿Hiciste aquello que te dije que no hicieras?
Preguntó el domador, deseando conocer más a fondo lo ocurrido.
—¿Sabías de sus dramas?
Expuso con asombro el anfitrión, observando impactado a los dos.
—...No exactamente…
Murmuró el maestre.
—Claro que era por los temas de los dramas internos, no puedes hacer que los insectos forman colmenas para agotar las y pensar que…
Este fue interrumpido, no por un movimiento, sino que una perturbadora sincronización,donde el domador perdió el sombrero por el actuar del anfitrión y luego el maestre dio un golpe limpio a la pieza de metal clavada en su cabeza, provocando un daño notorio que desencajó la expresión de la máscara que tenía de rostros. Este se estremeció doblando su propia imagen.
Capítulo XXXII: El regreso a casa
El Tullugal parecía temblar de nuevo. Pero estos sismos no eran como el que sintieron hacia un tiempo, esto era un retumbar sonoro en la oscuridad ante el eco de las propias sombras que se movían en esta de manera hostil.
Los nuevos por su parte se notaban más inquietos tanto por cómo habían llegado los nuevos luego de la segunda entrega pronosticada con anterioridad.
—¿Por qué? ¿Por qué?
Exclamó asustado en pánico un hombre con el cuerpo quemado.
—Calla cobarde, es algo que suele hacer.
Murmuró una voz en la oscuridad. Esta atrajo la mirada de todos los hombres que estaban con formas extrañas pero sin duda alguna habían sufrido incontables quemaduras que les deformaba el cuerpo cada vez mas.
—... Pero… por favor haz que pare…
Suplico uno de estos a su compañero pero hasta él sabía la respuesta. Algunos sollozaban como niños pero la situación era clara y debían avanzar.
—¡Deben hacerlo con más gracia!
Rugió la voz áspera desde la negrura haciendo que estos se soltaran en su forma de caminar, haciendo que la oscuridad recibiera quejidos y lamentos al forzar sus cuerpos destrozados.
—¡Sonrian! ¡Tú! ¡Esas piernas deben hacer un brinco juguetón! ¡Vamos!
Dio más gritos por los resultados improductivos.
—¿Qué más quieren….? ¿Qué más quieren…?
Uno de los que le quedaba algo de su cabello rubio exclamó sucumbiendo al dolor.
—¡Nada! ¡Esto es el circo y debemos cumplir con nuestro propósito para no morir!
Gruñó el hombre revelando su mirada que había perdido su brillo pero conservaba aquellos ojos verdes característicos.
Tras de este se iluminó el camerino, o más bien lo que parecía un salón donde incontables hombres se preparaban para un espectáculo que les arrebataba una parte de ellos cada vez más profunda.
—¡Eso no es vida! Dejen que se acabe esta agonía…
Sollozó uno de ellos mientras volvían al camerino, ninguno quería ver el cuerpo destrozado de aquel hombre que estaba carcomido por las llamas y cenizas como una nueva piel que conservaba el calor y resguardaba aquel rancio y húmedo interior cálido de visceras.
—Vida… ¡No hay en ningún lado vida!
Respondió con dureza.
—¡No fuimos nada antes, ni después! ¡Creen que por conseguir un lugar alto podrán vivir!
Añadió agitando su mano huesuda con furia controlada. Algo de humor escapó de sus fauces perfectamente retorcidas.
—Calma vieja luciérnaga, no quiero que brilles aún, falta mucho para el quinto acto.
Comentó con su voz elevada pero sin desafiar una mujer de ojos inexistentes, si bien parecía carecer gran parte de su piel, su cuerpo había crecido y sujeto partes de tejido delicado como una túnica bajo sus brazos.
—¡Tronadora, por favor! ¡Haces que sean débiles…! Además deja de usar estos camerinos, ya no deberíamos estar enseñándoles.
Gruñó la luciérnaga pero lo único que consiguió fue la risa suave de esta.
—Tranquilo, tu pasa desapercibido, mientras yo vigilo. ¿Entiendes?
Dijo de forma calmada, pero sin duda alguna su voz era intensa. Su risa suavizó un poco el ambiente pero no significaba que la situación fuera favorable. Ante ellos, lo que alguna vez fue una cantidad obscena de miserables, deformados, enfermos y muchas más cosas de gentilicio. Ahora no era más que un puñado de trastornados y cobardes.
—Bueno, tiene razón. Es más…¿tu eres mujer? ¿No deberías estar en el sector de los varones… o no se…
Uno de los payasos habló pero cuanto más salían palabras y demostraba su condición, su voz era un hilo perdido pero lo suficiente suave para sobrevivir en el silencio mortuorio que se formó dejando que los susurros llegarán hasta la oscuridad.
—¡Cómo te atreves a tratarme así!
Gritó llena de furia la mariposa, su voz conservó su elegancia pero se impuso como un cañón que abrió los silencios de las bestias de la oscuridad que estallaron en carcajadas guturales.
—¡Lo dijo!
Estalló una voz ronca y áspera desde arriba, está fue reconocido por todos como de las arañas, ya que sería raro de los caballitos del diablo o los zancudos. Nadie sabía que estaban ahí, ni los fenómenos que parecieron algo disgustados por su vigilancia.
—No me lo creo… Te doy media presa la próxima vez.
De las risas unos parecían algo disgustados por haber errado en el juego que habían hecho.
—¿Es mujer?
Dijo un hombre sucio que tenía ojos celestes claros, un color extraño que se parecía a los muros recién hechos de las fábricas. O las pinturas extrañas que entre mezclaban verde y azules en paisajes salvajes.
—Tengo un busto, tengo partes…. Privadas.
Dijo aquella mujer que conservaba rasgos delicados pese a estar a carne viva, su carne y hueso se mantenían limpios como también agraciadas dentro de la terrible crueldad biológica que se había vuelto.
—Desde luego es mujer, mira su rostro perfilado! Además no tiene un cuello pronunciado como los varones.
Dijo uno de los hombres como si tratara de defender a una bella damisela, a los más viejos, en especial a las arañas se recordaron del odioso gusano que había desaparecido hacía un tiempo indefinido.
— Curioso… Me preguntó si podremos hacer un gusano… El gusano estaba haciendo cosas con el carroñero.
Murmuró una araña, dudando sobre lo que habían hecho ese dúo antes de la desaparición de ambos.
—No digas locuras. No lograron nada.
Respondió una voz, parecía un zancudo, de este apenas se podía ver la figura de carne y huesos estirada con aquellas estrellas colgando de su parte superior.
—¡Por la santa Martha! ¿Por qué están todos aquí?
Pronuncia un hombre robusto, este se veía Moreno y de aspecto bravo, alzando la voz hacía la oscuridad.
—...
Desde la oscuridad pareció haber un mar de miradas a su alrededor. Aquel hombre se mantuvo firme pero apenas pudo tragar ante la sensación que generaba.
—No sean así… Deben ser conscientes que no saben de las telarañas ni de la oscuridad…
Respondió una voz femenina que se acercó. Primero una pierna, luego otra, mostrando después una mano y otra pierna tras otra.
—¡Orquídea! Tiempo sin verte. ¿Entiendes? Discúlpame cariño.
Expresó la mariposa tronadora con su imponente voz como una canción alegre. No obstante la mantis no siguió avanzando, solo dejando sombras de su cabello largo como un resto de humanidad bajo incontables restos desgarrados que parecían una pila andante de carne andante.
—Bueno, con la señora alegre, el secreto de la telaraña va a dejar de ser secreto…
Refunfuñó una de las arañas, no obstante esto solo era un secreto para guardias y nuevos. Este era una forma de usar las grietas y lazos dentro del Tullugal permitido por la bestia.
—Tronadora. Acaso volviste a probar las setas azules?
Expresó está fría, con fastidio. Su voz era plana como si se tratara de una muñeca rota.
—Algo viene…
Dijo una araña con preocupación, hubo un instante que miraron a la oscuridad en silencio, algo bajaba pero desconocían si venía algo nuevo o solo era un desperdicio.
Un sutil crujido aviso para luego abrirse la oscuridad del cielo de hormigón.
—Tenemos…
Murmuró la luciérnaga, este se mantenía atento, observando tanto arriba como abajo.
—...Caerá aquí.
Respondió, esto hizo que se aseguran de ver al cielo con una oscuridad anormal, atentos a lo que caía, pero fue la figura anómala que se estrelló contra el suelo con un sonido húmedo.
—¡Que Mierda! ¡Siempre es lo mismo!
Hubo un grito de los payasos que parecía estar en colapso al ver el cuerpo aplastado en el suelo, sin mostrar forma exacta, ni una pizca de restos de algo sólido.
—Apesta… pero…
Murmuró uno de los nuevos mientras se acercaban, la tela caía desde arriba lentamente.
—...Huele a podrido… ¿Por qué arrojaron cadáveres así?
Respondió antes el joven de piel sucia, rascándose la cabellera tensa por la mugre.
—No es habitual… siempre tienen cuidado arrojando las cosas. Incluso si están muertos…
Murmuró la luciérnaga, dando pasos seguros hacia adelante asumiendo cualquier posible suceso.
— Esto es… ¿Es un cuero?
Exclamó confundido uno de los hombres detrás de la luciérnaga.
—Es un condenado cuero… ya nos bastaba con los flojos que teníamos.
Dijo frustrado pero sentía que algo no estaba bien.
—No… aguarda… es raro…
Murmuró la mantis, mostrando su cabeza partida mostrando un cráneo alargado que rajaba la piel, dejando en claro que todo intento de mantener la carne unida entre sí era una fantasía cruel.
—Joder.
Expresó un hombre que dejó escapar lo que pensaban todos los payasos, la mujer era enorme pero solo una maraña de carne que ejecutaba brutales giros y danzas hermosas entre sí.
—¡Caracolas marinas! ¡Pero qué es lo que ven mis ojos!
Un grito estalló, era ronco y áspero. Pero lleno de emoción, muchos de los nuevos vieron extrañados al hombre de mar pero este dio un gesto confundido, dando una sensación de mayor inquietud.
—¡Adoro cómo han cambiado el mobiliario, lastima que no conservaron la idea de la tarántula, era muy agradable como ajusto la piel!
Gritó mientras la masa de cuero giro y movió errático por el suelo. Parecía estar buscando algo, parecía estar reconociendo pero se le escuchaba hablar como si fuera un reencuentro de viejos amigos.
—...
Los fenómenos guardaron silencio pero el montón de hombres se disolvió en pánico, dejando a algunos pocos.
Los gritos de terror iban desapareciendo en la oscuridad o callados abruptamente al chocar directamente con las piernas de los zancudos en su huida ciega.
—Veo que se olvidaron de las lecciones.
Este se detuvo y elevó dando forma a su piel retorciéndose sobre su propio cuerpo para centrar la máscara como si fuera su rostro.
—Me acuerdo… Hola…
Expresó la luciérnaga rascándose su nuca calcinada.
—Veo que el tiempo ha sido despiadado contigo.
Dijo la tronadora, lo cual provocó una estruendosa risa por parte del gusano.
—¡Adoro tu humor ricitos de oro! Veo que tienes buen ojo para el humor.
Este estalló en carcajadas, no obstante la mujer sólo pudo dar una mueca rígida y fingir que le causaba gracia la broma.
—Este… Es un conocido. ¿No?
Preguntó la mantis orquídea, se veía seria y desconfiada de aquella figura ruidosa.
—¡Mucho gusto! ¡Mucho gusto! ¡Mucho gusto! ¡Mucho gusto!
El gusano exclamaba alegre, dándole un saludo de mano en cada una de las manos, garras y piezas de extremidades que puedan parecer una mano. Algunos viejos rieron en silencio, el resto no entendió el chiste.
—¿Qué le pasa?
Preguntó la mantis molesta.
—Es … Bueno es un fenómeno pero debería estar más abajo, ya sabes…
El hombre quemado respondió con frialdad, viendo aquello como una amenaza.
—Tranquilo, es raro, está roto. Pero seguro…
Trato de defender la luciérnaga a aquel gusano que caminaba exageradamente a este.
—¡Pero si es…! ¡Ojos hermosos! Me alegra verte.
El gusano le dio un agradable abrazo, donde el silencio de todos dejaba únicamente las risas del gusano. Bajo esta risa se escuchaba como la baba del gusano chisporroteaba al contactar la carne abrasiva de la luciérnaga.
—Así que… Díganme. ¿Dónde está el carroñero? Tengo mucho que contarle, de hecho tengo… ¿Dónde lo tengo?
El gusano se revisó de pie a cabeza o más bien de un apéndice a otro sin lograr descubrir dónde había quedado la sustancia extraña que había hecho con setas.
Todos lo que lo sabían, miraban con inquietud, no sabían cómo responder al gusano. Nadie sabía cómo reaccionar, aquellos años habían traído y abandonado incontables vidas, ahora el gusano debía enfrentarse a la realidad que siguió sin el.
Capítulo XXXIII: Torreón de piedra
Su mirada se reflejaba en el curso cristal mientras aquel mundo ardía en decadencia. Una pobre aglomeración de formas de vidas que acabaron convirtiéndose en parásitos que aborrecía tanto.
Dio un suave suspiro que pareció lija en su alma, ella había leído y aprendido cada uno de los libros y se había vuelto parte esencial del funcionamiento del sector comercial y la mayor parte del puerto. Cómo todas las mujeres de su familia, había tomado ese ancestral edificio ruin como el centro de operaciones de todo el tránsito.
—... Dime…
Sin apartar su mirada a esas sabandijas que pensaban que eran semejantes a ella. La sombra dentro de su velo que se disolvió en una forma gaseosa de sombras interpuestas.
—...
Un simple sonido largo, más como el lamento de una bestia cruel que no podía cerrar su chueca y desproporcionada boca que sacudía su lengua lentamente como el vaivén de una serpiente. Una sustancia traslúcida con matices negros de formaba entre sus dientes rotos que se juntaba y ante ponían uno encima de otro dando espacios extensos en sus encías anotadas dentro de un pálido muerto.
—...Han… Llegado… Se les… Solicitud para ingreso…
Preguntó la entidad sirviente de aquella joven mujer. No obstante, las palabras no le gustaron en absoluto.
—A qué te refieres al decirlo plural. Explicármelo.
Expuso la mujer de piel blanquecina con un enfado gélido, su expresión era inexistente, no obstante esto inquietó a esa lúgubre forma etérea.
—...
Aquel ser apenas pudo un chasquido de miedo, pudo ver con sus ojos grisáceos bajo el manto gastado a esa joven mujer que imponía su cruel autoridad sobre las sombras.
—... Nosotros…
Pronunció, viendo a la joven mujer alejarse de la ventana para acercarse aún pequeño mueble ébano, este tenía un tejido claro como diseño en su madera.
—Nosotros. Nosotros. Debe ser lamentable siempre hablar según nosotros para solo hacer la función de uno…
Suspiro con desprecio ante aquel siervo inútil para su estatus. La mujer abrió las pequeñas puertas batientes.
—... Tú… No sigues el… acuerdo. No puedes… No puedes actuar… tan…
Este gruñó para advertir de las palabras de aquella joven insensata que evocaba crueldad y dominio sobre las sombras que le rodeaban.
Estos sabían que la joven debía actuar bajo el juramento de sangre pero está tras la mayoría de edad no había demostrado respetos a su estirpe, a diferencia del resto de matriarcas y familiares. Esta era una semilla que se alejó demasiado del árbol pero que había logrado brotar.
—La matriarca está muriendo y sigue gastando su tiempo en dos cosas patéticas.
Gruñó la joven rebuscando en un libro, está se paró y camino sin prestar atención a la ventana.
—Reuniones sociales con esos pobres infelices y lo otro que el condenado libro que fue robado hace tanto. Creo que estoy a la altura de la situación para disfrutar llamar como desee a unas pequeñas criaturas que no han podido hacer su trabajo durante tanto tiempo.
La joven rugió elegantemente, provocando que esté finalmente diera una postura de respeto, dando una sonrisa de satisfacción sabiendo que está mala semilla provocaría grandes cosas.
Fue en ese instante que la puerta de abrió de golpe desvaneciendo las sombras de la habitación, a su paso apareció una figura alta y delgada, un cabello cuidadosamente peinado. Esta tenía puesto un vestido negro de criada, su mirada fría y sanguinaria como la dama blanca de cabellos oscuros como la noche.
—Veo que la jueza ha traído consigo a una de sus perras guardianas.
Dijo de forma pomposa, sin prestarle atención a sus invitados. Está simplemente dio vuelta la siguiente página donde aparecían dibujos de figuras largas como serpientes. La mujer dio un paso a un costado de la puerta y tosió para llamar la atención de la habitación habitada únicamente por una persona.
—Humildes familiares inferiores. Presten atención a su exuberante y diligente jueza Leonor Marie Gutiérrez Gillibrand.
La mujer expresó con gracia y suficiencia, mirando por un instante de reojo a la joven que guardaba silencio ante tal desvergonzado acto de una alimaña en su presencia.
Pasos que debían haber sido pesados por su dueño, no emitían sonido alguno, un cuerpo abultado se movía con gracia bajo un vestido finamente bordado.
La mujer en sí era enorme, una calamidad de metabolismo que reposaba en lo que parecía una tonelada de grasa en un cuerpo de un gigante, primero de agachó asomando su sombrero mili que si bien habría cubierto a una mujer normal, este solo podía cubrir hasta sus hombros, manteniendo su rostro totalmente oculto.
—Saludos… Joven dama Marta Fernández.
Pronunció la mujer mientras su cuerpo empezaba a oprimir de gran manera la puerta. La fina madera pareció un momento haber dejado de crujir en lamento para aceptar su destino pero logró salir lo último de la mujer.
—Bueno. Es un gusto ahora verte por completo, por un momento pensé que me habría quedado encerrada en el cuarto piso.
Comentó la joven avanzando a un pequeño mobiliario para charlar, pero noto algo, la asistente de la jueza le acompañaba para acomodar el sofá. La puerta había quedado un instante abierta cuando un bolso enorme con pequeñas manos sosteniéndolo como si fuera una gran barriga. Debajo aparecieron pequeñas piernas que daban pasos torpemente para cargar el equipaje, al voltear la puerta noto que había una pequeña niña de cabello rizado que trataba de estar ordenada a duras penas.
—¿Dejaste el negocio familiar?
Preguntó Marta colocando una expresión de sorpresa a su invitada que aún dejaba caer su peso en el sofá para calcular dónde depositar su cuerpo.
—¿Qué quieres decir?
Dijo la jueza dejando caer su cuerpo dando un golpe fuerte que fue el sismo que pareció dar vuelta la habitación. Esto lo hizo intencional, ya que la mocosa sabía cómo jugar con su boca de dientes filosos.
—Nada, solo vi que estabas tratando de hacer cruzas para mejorar la especie. Debo recordarte que si juegas con perros mestizos, no obtendrás nada con valor.
Ambas parecieron disfrutar esa clase de burla tonta, salvo por la sirvienta que aguardaba como una estatua por una solicitud de su ama.
Antes que alguien dijera o hiciera algo otro estruendo azotó la habitación.
—Valgame, veo que les has enseñado a ser tan disimuladas como lo eres tú. ¿O me equivoco?
Pronunció Marta con una sonrisa falsa que solo era una mueca forzada por la entretención otorgada.
—Joven, debes conocer tu lugar en la sociedad, deberías dejar de actuar de esta manera.
Respondió cortésmente Leonor, desde el grueso velo se lograba sentir el cruel mirar de aquella mujer.
—Pues si que eres una anfitriona encantadora.¡Hey cosas feas! ¿Una ayuda?
Expresó la pequeña con desacato, rompiendo el ambiente pulcro del salón. La sirvienta había perdido el color blanquecino de su rostro y reemplazado por un color que solo se podía ver cuando un herrero formaba el acero.
—...Lucrecia… Cállate…
Pronunció en palabras sin sonido la dama que acompañaba a la jueza, al igual que un ventrílocuo, apenas podía verse en sus ojos como contenían el cólera de un millar de infiernos en contra de la pequeña.
—Pero Krizia… de qué sirve un montón de esos tipos feos si no sirven para nada.
La pequeña soltó la maleta sobre unas sombras que parecieron haber sentido el peso de la maleta seguida del sonido.
—Cuidado pequeña. Esa maleta es valiosa, para mí no tiene valor pero tiene más valor que tú.
Expresó Leonor hacia la pequeña que no demostró miedo, únicamente dio un gesto cortés seguido de una enorme sonrisa.
—¡Gracias Leonor! ¿Quieres que prepare las cosas de la maleta?
La pequeña llamó en seco a la distinguida jueza por su nombre sin considerar reconocimiento de su estatus en lo más mínimo.
—...Lucrecia…
Su nombre salió de su hermana como un terrible lamento traído de brisas olvidadas del mar.
—Pues aunque sea una falta de respeto. Es satisfactorio el poder escuchar el lamento de tu perro. Digo, habría sido mejor haberlo provocado yo pero es aceptable.
Marta cruzó miradas con Krizia, la cual parecía desear acabar con esa pequeña alimaña de los Fernández.
—Este lugar es chico y feo.
Expresó la niña sin modales alguno, aprovechar de decir lo que consideraba de la lujosa casona Fernández, ya que los torreones eran más un laberinto tortuoso que finalmente llevaba a los aposentos de la familia con gran espacio debido a lo que les ocurria. Esto pareció una lima en los dientes pero por sobretodo a Krizia que parecía sufrir.
—¡Cállate de una vez! ¿No ves que estamos frente a la jueza y estamos donde otra familia?
Reprochó Krizia jalando la oreja de su hermana con gran enojo, generando los quejidos de la pequeña que trataba de pegarle a su hermana.
—Calma Krizia, harás que se moje la joven dama. Procuremos mantener los modales, la pequeña entiende las cosas un poco literal.
Expresó la jueza con júbilo, llevando la mano bajo el velo que por un instante pareció amenazar con desvelar lo que ocultaba. Ese comentario hizo reacción a Marta con desprecio y una sensación de vergüenza profundo, está sentía que sus mejillas ardían pero mantenía un tono blanco.
—...
Marta estaba incrédula por el insulto que estaban haciendo a su nombre con un comportamiento como tal.
—Bueno, creo que te olvidaste que te dije que te sorprendería, ahora me debes unas diez monedas.
Comentó con superioridad la jueza a su joven anfitriona que estaba absorta por el comportamiento infantil de las dos mujeres. Había conocido a Krizia desde hace un par de años como con la jueza pero nunca la había visto bajar la guardia o actuar sin aquella máscara sanguinaria.
—¡Hermana! ¡Deja de… sueltame las orejas! ¡Le diré al inquisidor que eres bruja!
Gritó la niña tratando de zafarse del agarre de sus oídos que estaban rojos, por su parte la hermana mayor tenía una expresión tensa, maldiciendo miles de improperios entre dientes.
—¡Esto es maravilloso!
Expresó riendo la joven, tratando de ocultar su sonrisa perfecta bajo la tapa del libro. De este callejón algunas notas viejas.
—Me conmueve que mi presencia de algo de vida a la amarga vida de una joven que tiene todo y puede tener más.
Dijo de manera pomposa la jueza, dando un sutil movimiento de manos. Las hermanas observaron la escena, a lo que la mayor se recompuso de golpe, a lo que su hermana pequeña siguió con dificultad sus pasos.
—¿Cual es la situación actual de tu sector?
Preguntó directamente la jueza cambiando el tono, esto significó el preparar los bocadillos para la merienda, a un costado pareció que las sombras habían abierto el gabinete de un gran mueble, este poseía una gran tetera que parecía mantenerse caliente sin cambiar de temperatura.
—Lo mismo de siempre, la reconstrucción es perpetua, pero se ha edificado por todo el borde de la grieta y los puentes de cobro han sido un éxito.
Dijo la muchacha. Viendo cómo la pequeña observaba la máquina con entusiasmo y curiosidad.
—En el salón de empleados también teníamos una de esas, no son malas pero están pasadas de moda.
Expuso sin pelos en la lengua la pequeña sin darse cuenta que esto causaba disgusto incluso fuera de la anfitriona.
—Veo que la han entrenado muy bien…
Comentó la joven recibiendo la taza de líquido denso, su color rojizo y aroma acre era característico de aquella hierba infusionada.
—Te seré honesta, desearía adiestrar a la pequeña bandida de mejor manera, pero resulta ser un caso particular…
Dijo la jueza, llevándose la mano al pecho, tomando la taza como si nada, realizando un movimiento perfecto para darle un sorbo. La pequeña colocó una expresión de preocupación al verla beber el líquido hirviendo, pero su cara cambió al ver a su hermana que tenía listo el carrito de merienda.
—...
Las palabras no salieron, donde inclusive la jueza escuchó o habría comprendido, pero las hermanas entendieron lo que dijo la otra sin emitir palabras.
—...Ya veo, es difícil pero confío que lo puedes manejar, además solo son momentos en que las pequeñas sabandijas son insoportables.
Respondió Marta, pensando en aquel nombre, le gustaba en cierta manera. Dentro del árbol genealógico Fernández estaba aquel nombre, por lo que seguramente le sería más fácil aplicarlo.
—Tu abuela es insoportable.
Contraatacó la pequeña antes de ser noqueada por un movimiento suave pero casi imperceptible de la jueza usando su mano al tocar la patente de la niña.
—Entiendo que le tienes tanto aprecio como al resto de… Bueno, uno siempre tiene debilidades por algún tipo de mascotas.
Respondió la jovencita mientras la pequeña caía como un costal de papas sobre la alfombra trabajada con finos hilos entrelazados para dar una serie de figuras realizando una acción.
—La juventud de hoy en día es lo que siempre nos sorprende y termina sacando de quicio.
Habló la gran señora, a lo que Krizia asintió agradeciendo, asegurándose de colocar las delicias en los finos platos de plata.
—... Eso no lo niego…
Marta sintió que sus palabras eran más como el susurro del viento que palabras desinteresadas. Al ver con disimulo a la pequeña, ésta seguía respirando, algo extraño, ya que la jueza actuaba más cruel con sus subordinados. Por lo que esté acto de misericordia era raro en aquel ser.
—La tetera es solo la que tienen los oficiales.
Añadió la jueza dando otro sorbo que pareció un gesto eterno.
—Te has vuelto blanda. Bueno… por dentro también al parecer.
Fueron esas palabras las que hicieron temblar la pequeña taza bajo una terrible presión.
—Sabes, debes entender que el actuar debe ser preciso como una lobotomía a un culpable por robo… El deseo de alimentar a tu familia no puede ser significado de poder hurgar en la basura de la zona comercial.
Comentó Leonor dando movimientos llenos de fuerza para transmitir el peso de sus palabras con mayor impacto.
—En efecto, desde el fallo que desplomó la zona urbana, hemos tenido que impartir precios más altos y más personal para rotar con cada intervalo.
Marta siguió el juego de Leonor con optimismo.
—Esto ha hecho que tengamos que añadir dos barcos más.
Añadió la joven, deteniéndose para coger uno de los bocadillos, este parecía un pequeño bizcocho con un mouse cubriéndolo, acompañado de una suave cubierta de fruta cocida.
—Ya veo. Si, pese a haber separado las funciones de la iglesia como órgano de justicia. El trabajo se ha mantenido movido tras dividir nuevamente el sector de los torreones en verdugos, captadores… y más.
Esta dijo para acabar de hablar usando un movimiento de manos con desdén.
—Bueno. Es parecido aquí, debo asegurarme de cambiar y eliminar constantemente a las madam como cualquier posible incitador para ayudarse ¿Has tenido algún problema con el nuevo alcalde?
Preguntó la joven causando una risa estridente de la mujer que agitó la suave masa de su cuerpo.
—Jovencita es lo más chistoso. Da igual qué clase de inútil miembro de la familia inferior coloque al patriarca de los Ruiz como político. Esa plaga solo es peligrosa cuando se arrastra con perfil bajo, dejando esa empalagosa estela de almendra.
Dijo la jueza desprestigiando a esa familia que se había hecho con el control de la política a lo largo del tiempo que ha existido el pueblo.
—Dime. ¿Has pensando en darle sanciones a los González por el tránsito dentro del pueblo?
Comentó la joven, lo cual hizo dudar a Leonor.
—Si, pero tienen el acceso a tierra salvaje.
Señaló, tragándose un pastel de un bocado. Sus retorcidos dientes corridos sonaron como el cierre de una trampa mortal, dando terminó de aquel bocadillo dulce para una mujer titánica.
—Tomarían la opción de usar los carros de la capital… ya que las bestias no estarían interesadas en el metal.
Dijo la joven, como si fuera ella la que tuviera que resolver la problemática por el cobro de ganado a la capital.
—Además con la inversión en activos siendo accionista de esa familia o compañía, me conviene que la logística se divida.
El comentario resultó como una muestra clara de la mujer en que el poder simplemente recae en la audacia en ingenio de quién estuviera al mando.
—...
Una mano pequeña sacó un bocadillo y lo llevó hacia debajo de la mesa, solo para oírse el golpe en la frente de su hermana ante la frustración.
—Parece ingenioso el tema de criar mestizos. Podría usarlos para realizar encargos…
Dijo entusiasmada la joven con una sonrisa que parecía casi genuina en ese encantador rostro de expresión gélida.
—Me gusta, hacer que cada encargo implique más peligros…
Añadió la jueza pero se quedó callada un momento. Ese silencio dejó en evidencia el masticar de Krizia con algo de crema en la boca.
—¿Ha ocurrido algo?
Preguntó con seriedad Marta, sabiendo que esa atrocidad de mujer debía estar por hablar algo serio si se quedaba callada. Por su parte Krizia disimuladamente sirvió el brebaje.
—¿Por casualidad ustedes trajeron daevas en sus embarcaciones?
Preguntó directamente Leonor a la joven que pareció molestarse por la pregunta, o más bien lo que significaba aquella pregunta. Lucrecia observó ya reincorporada a su función de sirvienta, aunque uno de sus
largos rizos caía en espiral. Aquella palabra como daevas había tenido el último mes ocupado a la jueza, tratando de localizar lo que provocó un continuo estado en pánico como de paranoia, era un ambiente sumergido en un terror continuo a los oficiales.
Capítulo XXXIV: Payasos castigados
Silas miraba el piso, nunca pensó que lo que había apostado el idiota del carroñero con el anfitrión había sido más pesado de lo que podría haber implicado.
Le hacía pensar, fue un orgullo arcano que desbordaba en aquellas cabezas huecas o fue solo que su corazón opaco aquellas mentes y le decía que el gusano no le había traicionado. Que solo debía esperar un poco más, que aquella desgracia de hombre y fracaso de monstruo se había perdido y caído en sueños luego de haber perdido el juicio como la conciencia por tanto tiempo.
El gusano alzó su mirada, la luz iluminaba su máscara, ésta pesaba al igual que todo su cuerpo pero por sobre todo su corazón que había sido desgarrado ante la pérdida, alzó su brazo con fuerza, moviéndolo con gracia, seguido del siguiente.
Se agachó como un títere roto, sobre él pasaron cadenas llameantes, escuchando de fondo el sonido amortiguado de una emoción sin valor alguno.
Dobló su cuerpo para esquivar la siguiente tanda de golpes frontales consecutivos que lanzaban chispas como un tornado que fascinaba a todos.
Por su parte no entendía el sentido de aquella emoción.
Un nuevo movimiento se produjo en su cuerpo, esta vez la cadena pasó de forma transversal, hiriendo a un payaso que corrió por el escenario en llamas, dando alivio cómico al público dentro del espectáculo de destreza de aquel bufón enmascarado.
Tres cadenas cayeron desde lo alto y cuatro más rodaron en su dirección, por lo que corrió hacia estás logrando evitar la última para impulsarse y llegar hasta el otro extremo antes que la cadenas impidieran que su paso estuviera bloqueado.
—Maravilloso… Maravilloso…
Dijo el maestre fumando un puro ante la demostración de habilidad que le permitía consumir más vida.
—¿Desde cuándo lo amas? Además no entiendo la necesidad de andar diciendo que yo hago apuestas para matar insectos. Sabes que no me interesan.
Crítico el anfitrión, este mostraba su rostro consumido por la furia al ver a aquella plaga recuperar la gloria que se había olvidado luego de aquellos años.
—Debes entender que es para dar mejores resultados, solo mira lo destruido que está.
Exclamó el maestre señalando al gusano para luego reírse de él.
—Además somos el mismo ser, esa basura ya se fue pensando que nos debía. Pero nunca volverá, en cambio tenemos al gusano que hace más y sufre más. ¿No es hermoso?
Respondió el maestre, conservando su puro. Pero su expresión sonriente se torció a una mueca de desaprueba notoria.
—¿Y qué hay de mi? ¿Acaso no importa lo que sienta o que ese gusano sea una molestia para mí?
Gruñó preguntando el anfitrión, esto hizo que el maestre diera un resoplido arrojándose el humo del puro en la cara.
—Escucha bien. Tu idea no funcionó, mi idea de destruir paso a paso a estas alimañas nos ha dado más que trabajar con la plaga de afuera… Además si no era él el que sufriera. ¿Acaso yo podría haberte hecho que tú usarás ese lugar?
El maestre dijo amenazante, el anfitrión sabía muy bien, el Tullugal había sufrido por su ineptitud y lo que hacía el maestre era recuperarse. Si el no coopera a su ser, podría ser el siguiente en desaparecer. O ser restringido de manera tan terrible.
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