El circo entomológico delirante

Capítulo I: Voces olvidadas

A lo lejos, en el horizonte perpetuamente corrompido, se divisa el pueblo de Esperanza Dorada. Su cielo es un negro rojizo antinatural, una cúpula de hollín y químicos oxidados que anula por completo la posibilidad de distinguir el día de la noche. Es un eterno y enfermo crepúsculo. El lugar, que aún conserva un grotesco esplendor de flora y fauna mutada, es un recordatorio constante de cómo la humanidad consume y devora hasta roer los huesos de sus propios hijos. Desde esa distancia ilusoria, el paisaje es un efímero consuelo para las almas cansadas que, de alguna manera, lograron sortear el cementerio de naufragios que es el mar circundante. Pero bajo esa belleza en descomposición, la belleza misma es una traición, y toda esperanza debe terminar.
Es aquí, al acercarse lo suficiente, al sobrevivir la pestilencia del viaje, que el instinto más profundo te hace desear haber sido consumido por la impiedad del mar envenenado. Para entrar, hay que cruzar el gigante de cemento, un muelle que se arrastra hacia el mar, carcomido hasta la médula por la sal corrosiva y el óxido espeso. Los ojos vacíos de vidas sin oportunidades se dirigen al único lugar que ofrece la ilusión de placeres y deseos para saciar el anhelo humano, siempre y cuando la bolsa pese lo suficiente y el alma no se arrepienta.
Los barrios marginales son una llaga abierta. Aunque al igual que el resto del pueblo, se ahogan en un hedor a pescado muerto, orina fermentada y sudor rancio, una capa olfativa permanente que se pega a la ropa y a la memoria. Las calles están inundadas de almas errantes en pena, espectros que se arrastran entre la basura. Esta sección del pueblo, cínicamente administrada por la familia Hernández, está controlada y dividida por camarillas de la propia familia. Son bandas de miembros armados, más que sanguinarios, profundamente aburridos, que no dudarían en cortar una garganta solo para escuchar el gorgoteo húmedo y sentir, por un instante, algo distinto al vacío.
Debido a una población aplastante, los barrios marginales se alzaron tanto como descendieron. Son estructuras laberínticas, un sinfín de pisos apilados unos sobre otros, todos repletos de almas miserables y desesperadas. Pero a estas masas se les tenía que dar una razón para existir y, aún más importante, una razón para temer. Los pozos centrales son un precipicio de cemento agrietado, acero oxidado y basura humana condensada. Hay pisos derrumbados y cadáveres olvidados, cuya presencia sigue pudriendo el aire y la moral, sin sepultura formal, pero a nadie le importa. Los verdaderos deseos se encuentran abajo, muy abajo, no con los vendedores callejeros que ofrecen objetos para una ayuda superficial. Más abajo aún estaban los salones del placer y el exceso, cientos de ellos repletos. Pero la historia de Silas no comienza ni siquiera allí, sino más abajo todavía, en un abismo donde la luz natural nunca se atrevería a entrar, un lugar que teme al Sol como a un juicio.
Este laberinto subterráneo, oculto en las entrañas, era la respuesta a cada deseo que se atreviera a ir más allá de lo meramente mórbido.
—Ayuda, deténgase. No más, ayuda…
Un coro de lamentables voces se hace presente, filtrándose por los conductos de ventilación como una música disonante que armoniza la depravación circundante, una sinfonía de gritos amortiguados y gemidos de éxtasis macabro. Había guardias con emblemas de cada una de las camarillas; había clientes con rostros cubiertos por máscaras de tela barata, un intento patético de preservar la dignidad mientras deseaban saciar no solo su libido, sino el aburrimiento existencial o una curiosidad que terminará matándolos.
—Realmente el negocio está prosperando, tu abuelo se mantuvo muy preocupado con cada detalle de la organización de estas estructuras. Solomon nunca dejó nada al azar.
Habló Elías, un hombre viejo que caminaba con vigor. Ambos presentaban un aspecto de ser audaces marinos, aunque el uniforme de Elías era una burla impecable del traje, mientras que el de Silas era una amalgama de remaches que trataban de simular una armadura de orgullo mal colocado.
—Aun no puedo creer que los cabecillas de las camarillas no parecieran estar a favor de esto. Ahora deben de lamentarse por estar en contra del gran Solomon… tan solo si el viejo hubiera tenido un hijo que no fuera un mero desecho alcohólico incapaz de mantener un plan.
El hombre se expresa con fluidez, cambiando de expresiones por cada uno de los recuerdos que le traía la astucia de Solomon. Si bien el hijo de Solomon era un adicto inútil que solo se dedicó a tener hijos, había algunos que destacaban. Cómo lo era Silas, el nieto predilecto, un joven que había sacado casi todo parecido a su abuelo, especialmente la obstinación. Fácilmente se le podría confundir con su hijo, pero por el estado de Solomon, todos estaban enfocados en los nietos. Quién sería el próximo cabecilla de la familia Hernández.
—Deténganse.
Expresó un hombre que tenía los dientes negros por la podredumbre y una expresión de hostilidad permanente, un rostro tallado por la desconfianza. A lo que varios individuos aparecieron tras cortinas desteñidas, estos portaban elementos corto punzantes similares.
—Digan su…
Sin aviso, el anciano aplastó los dientes del hombre que se desprendieron sin dificultad, usando como elemento contundente un sello toscamente grabado con un diseño intrincado.
—Nos manda Solomon. Además, te hice un favor con esa boca de pez cornuta. Te ahorraré el viaje al matasanos.
El hombre, escupiendo sangre y restos dentales, podía ver los fragmentos adheridos al sello con el emblema característico de los Hernández. Al ver que sus compañeros se habían marchado, dejándolo solo y sangrando, solo pudo apartarse para que estos siguieran su camino.
—Creo que las generaciones de ahora se han vuelto más feas e inútiles … Elías se mofó, protestando contra la decadencia.
Continuaron descendiendo por la escalera con el joven detrás. Al descender por las escaleras, la poca luz que se usaba luchaba inútilmente contra el abismo frente a sus ojos. Los ojos azules de Silas, tan inútilmente claros y expuestos como se rumoreaba que era el cielo en los delirios de los locos.
—Ese familiar ni siquiera es de sangre, ni siquiera es tío… Es una cucaracha que se arrastra con un título, y Solomon se lo permite.
El odio de Silas era un nudo apretado y frío en su estómago. Rechinó los dientes con asco ante la idea que esa sabandija tuviera peso para traerle problemas luego de no lograr hacer algo simple durante tanto tiempo.
—¡¿Tan callado por algo tan ridículo?!
Se expresó algo sorprendido pero disgustado Elías al darse cuenta que no le había prestado atención. Silas había estado tan absorto en el sabor amargo de la humillación, en la sensación punzante de haber fallado a la única persona que importaba, que había bloqueado el mundo exterior. Sabía que había arruinado el plan para capturar a la extraña mujer pelirroja. Si bien esta no parecía ser rápida ni astuta en el sentido ordinario, era elusiva de una forma casi sobrenatural, como si el destino la protegiera. Demostraba todo lo contrario, haciendo que su tío la persiguiera sin descanso por más de un año. Fue en ese lugar, los mercados de las cloacas, donde Silas no logró atraparla al bloquear la entrada. Por un instante la tuvo en sus manos, y fue culpa de aquel cabello rojizo, visible en la penumbra, que lo delató al perder a una mujer que no solo su tío, sino los ancianos de su propia familia, parecían obsesionados con poseer.
—¡Silas! ¿Me oyes? Por un percebe, Silas... ¡Deja de rumiar tu fracaso como si fuera un manjar!
La voz seca de Elías era irritante para los oídos de Silas, casi tan irritante como el eco constante de su propia debilidad.
—Sabes que mi banda se estaba manejando muy bien en los mercados de las cloacas, esa extraña mujer solo fue un… un desliz táctico...
Elías se llevó la mano a la frente con exasperación.
—Pequeño bucanero, debes saber que las cosas no se ven tal como son. Tu abuelo quería que sus nietos se lograrán desenvolver con normalidad y lograrás mejorar las ganancias. Pero en cambio las estableciste con una supervisión de unos matones sin mayor compromiso. Cada uno tiene sus fallos y aún no pueden ser llamados miembros de las camarillas. Necesitas más que músculo, necesitas subtexto.
Reflexionó Elías, marcando las comisuras de sus labios. Siempre había sido la voz de la sensatez y el látigo paterno con Silas, tratando de guiarle para ser mejor.
—Sabes que luego de ser un adulto puedo actuar como me dé la gana, no necesito que me protejan como un marino de agua dulce.
Silas dijo ofuscado, sacando pecho con un orgullo que Elías sabía que era frágil y hueco, una pose que no engañaba a nadie.
—Debes aprender a manejarte mejor, no sirve pensar solo con la rabia o la testosterona, ni ser guiado por la vanidad. Debes considerar trabajar usando todo de ti, especialmente la cabeza fría.
Le comentó Elías, tratando a este joven que había sido casi un hijo para él.
—Pero que conste que no trato de ablandarme contigo, solo no arruines las cosas para mí.
El anciano apuntó a Silas con fuerza y determinación tanto en su mirada como en sus gestos, una advertencia que cortó la pesada atmósfera.
—Como digas vieja tortuga de mar, solo no trates de morirte a mi lado.
Expresó con rechazo Silas a Elías, quien parecía rabiar con la actitud del muchacho.
—Es exactamente a eso que me refiero, a esa insolencia que te va a costar la vida, no puedes actuar como si fueras capitán si tan solo eres un huérfano que limpia cubierta.
Gruñó el viejo, quien se veía molesto como siempre sobre las acciones del joven. La palabra huérfano era una estaca que siempre encontraba el punto más débil en el orgullo de Silas. Estaba frustrado de que lo hubieran dejado con un cuidador, como si no tuviera la edad suficiente a sus quince años para estar en el territorio de su familia. Con un movimiento rápido, tiró del pañuelo del anciano para silenciarlo, un acto de pura, infantil y desesperada rabia.
—Rata de… me… sorprendiste…
El anciano comenzó a ahogarse con un gesto extrañamente orgulloso, una sonrisa sombría, en su rostro. Esto desagradó a Silas. El anciano comenzaba a cambiar de color, sin mostrar arrepentimiento, todo menos su delicada nariz, ya que era postiza porque había perdido la verdadera hace años. La nariz, el único punto de vulnerabilidad visible en su dura fachada, era una burla a su dureza. En eso parecía que el hombre mayor era incapaz de soportarlo por mucho más tiempo.
—¿Quién te dijo que vinieras conmigo? ¿Te crees mi sombra, mi niñera? Eres un anciano frágil, puedo cuidarme solo donde quiera.
Silas se burló, mirando a su compañero con desprecio.
—Porque eres el idiota más grande de tus hermanos, te pareces demasiado al tarado de tu padre, por eso tu abuelo te mandó para este lugar, ya que lo sabe muy bien.
Elías habló avanzando, mirando de reojo por si alguien les seguía. Pero en esas escaleras, ellos eran lo único que se movilizaba.
—En cuanto a mí, debo asegurarme que tú trasero esté seguro, ya que conozco este lugar mejor que la palma de mi mano, así que no es necesario que hagas preguntas estúpidas.
El anciano vociferó cada palabra, señalando al joven audaz pero inexperto.
—Que insolente eres viejo pepino de mar, inútil.
Insultó Silas a regañadientes al anciano que se detenía para hacerle frente.
—Cierra la boca, eres más idiota que cualquiera de los idiotas en todo este cardumen de peces.
Respondió con firmeza el anciano sujetando a la vez a Silas. Ambos listos para pelear. Su contienda, ruidosa y agresiva, era en el fondo un ritual amargo, la única forma que tenían de expresar el afecto disfuncional y la profunda frustración que no podían nombrar.
—Viejo lobo de mar. ¿A quién llamas idiota? Derroté a cuatro rivales yo solo. ¡Tú ni siquiera puedes ponerte de pie!
Bramó Silas con notorio enfado, este golpeó el pecho pero el anciano no retrocedió.
—A tu edad podía acabar con diez marineros sin problema, no como tú que apenas puedes con cuatro muertos de hambre.
Alzó su voz el anciano pegándose contra el joven.
—¡¿Pretendes engañarme con ese truco barato?! Mi abuelo fue quien te sacó del seno de tu madre y te tuvo que salvar en cada una de las peleas que tenías, porque tú no eras lo suficientemente hombre para pelear.
Respondió Silas, acompañando con un empujón, pero el anciano arrojó un puntapié que hizo inclinar al muchacho entre maldiciones. El anciano antes de caer de trasero trató de levantar su pierna para darle un certero golpe a Silas.
—¡Vamos, pequeña rata de muelle, eres imbécil como tu padre. Pero esta vez te golpearé lo suficiente para que no seas como él!
Los dos caminaron hasta que la escalera se abrió a la entrada de tamaño completo de una habitación. Estaba completamente oscura, y una sensación extraña emanaba de las profundidades, como el aliento frío y húmedo de una bestia que no necesitaba ojos para ver a su presa. Era el vacío.
—Muy bien entonces, tonto cara de bacalao, dijiste que conocías...
Silas murmuró suavemente, mirando a su alrededor en caso de que fuera una trampa tendida por sus hermanos.
Pero el anciano le dio una palmada en la cabeza.
—Es increíble que seas sangre de Solomon. Eres un pez payaso asustado, y no importa cuánto mires o escuches. Solo tienes que sentir. Cierra los ojos y camina.
Elías refunfuñó ante el comportamiento del joven, que contradecía su ser anterior.
—Realmente te odio. Eres molesto.
El joven caminó detrás del anciano, que estaba desapareciendo en la oscuridad. La sombra lo engulló con una facilidad escalofriante. La vista del joven fue tragada por el velo de la sombra siniestra, dejando atrás al anciano que había conocido desde niño, quien, como una ilusión, se desvaneció en la nada. Con cada paso que daba, el sonido de sus botas desgastadas se desvanecía, convirtiéndose en ecos que morían antes de nacer. El silencio no era la ausencia de ruido; era un peso tangible, denso como el lodo más profundo, que se posaba sobre sus hombros y lo consumía en una breve eternidad.
El frío vino después, pero no era el frío que sientes en tu piel. Era un frío que venía de dentro, el miedo destilado, el pánico de un ahogado en agua helada. Era una ausencia de sensación que se extendía desde él, convirtiéndose en él. Podía percibir cómo su cuerpo se estaba desdibujando, sus extremidades sintiéndose como pilares de niebla que ya no obedecían sus órdenes. Sus manos eran sombras que no podía sentir.
Luego, lo más aterrador, sus pensamientos y emociones comenzaron a disolverse. La rabia que sentía hacia Elías, el miedo de que fuera una traición de sus hermanos, el resentimiento habitual que lo consumía. Todo se escurría de él como agua sucia de una esponja, dejando solo la fibra vacía. Su mente no se quedó vacía; en cambio, se volvió un borrón, un lienzo en blanco. Su furia se convirtió en una paz terrible, una aceptación inerte. Su miedo se convirtió en un extraño y frío consuelo, porque si no tenía miedo, no tenía nada que perder.
Un último pensamiento logró perforar la niebla en la que se estaba convirtiendo.
—¡Viejo lobo de mar! ¿Dónde diablos estás?
Dijo el joven, dándose cuenta de que carecía de voz o de cualquier cosa que pudiera probar su existencia. Era una voz sin sonido, un pensamiento sin mente.
—¡Viejo! Viejo tonto cabeza de pepino, si puedes oírme... Sigue tú... Tengo sueño. No hay razón para seguir luchando contra la nada.
Silas comentó, sintiendo cómo su forma amorfa, lo que alguna vez fue su cuerpo, finalmente se disolvía. Ya no podía ser nada en la oscuridad.
La calma del vacío fue destrozada por un golpe violento, un empujón brutal que lo impulsó hacia adelante. Su conciencia, o lo que quedaba de ella, fue arrastrada por la fuerza hasta que un punto lejano se formó en la distancia. La forma comenzó a crecer; era muy brillante y lo absorbió. Chocar con ella era inevitable.
—¡Vamos, marinero de agua dulce!
Rugió Elías, furioso con Silas.
—Viejo, te lo dije.
Comentó Rufus, un hombre peludo y corpulento, con una sonrisa amplia y estúpida.
—Cállate, idiota. Apenas sobrevivió la entrada.
Elías respondió, molesto por la vergüenza que el joven le estaba causando frente a los guardias de este lugar. El joven, aturdido, apenas podía distinguir a los guardias debido a la extraña experiencia que acababa de tener. Sus sentidos y el dolor regresaron con una violencia abrumadora, lo que le hizo vomitar el poco contenido de su estómago, una bilis amarga.
—¡Vamos! ¡Les dije que lo iba a vomitar por completo!
Estalló el gran hombre en carcajadas. Los guardias estaban vestidos igual que él, con harapos y un símbolo bordado toscamente de un periquito y una simple forma de mar bordada en ellos. La risa del hombre fue interrumpida por un golpe de uno de los guardias.
—¡No le pegaste a nada! Rufus, eres un maldito mentiroso, fue Gaspar quien dijo que iba a vomitar. ¡Tú dijiste que el mocoso iba a vomitar y a cagarse en los pantalones!
El hombre gritó, pero luego fue silenciado por un revés que lo arrojó al otro lado de la habitación. La habitación tenía un aspecto terrible, pero estaba equipada con papel tapiz que había sufrido años de humedad.
—¡Más te vale no llamarme mentiroso! ¡Nadie lo hace!
Rufus rugió como una bestia descontrolada.
—Pero tienes razón, me equivoqué, creo.
Añadió, dejando caer su actitud furiosa.
Silas solo miró a su alrededor, dándose cuenta de que a pocos pasos estaba la escalera, y se sintió confundido. La cercanía lo hacía dudar de su experiencia. ¿Fue real o solo su mente colapsando?
—Te estás preguntando qué fue eso. ¿Verdad?
Elías comentó, tratando de levantar a Silas con una brusquedad que era más indiferencia que maldad.
—Eso fue como la iniciación. Luego, cada vez que pasas, te acostumbras. Es parte de la rareza de estos pisos, es un filtro psicológico, pero es algo por lo que solo nosotros tenemos que pasar cuando cruzamos.
Elías comentó, tratando de sonar serio.
—¿Entonces tendré que pasar por eso cada vez? ¿Perder mi mente, mi yo, mi rabia, solo para bajar unos cuantos metros?
Silas preguntó, limpiándose la boca, tratando de asimilarlo todo. El pánico comenzaba a reemplazar al entumecimiento, un miedo más profundo que el miedo a Solomon.
—¿No lo entiendes, cabeza de esponja?
El anciano respondió, molesto.
—¡Es la única forma segura! La otra te da alucinaciones que nunca terminan. Te devuelve la locura pero sin la calma. Es por donde va el ganado, pero eso simplemente arruina tu mente.
Refunfuñó, insatisfecho, señalando una puerta entreabierta que conducía a un pasillo oscuro. Algo se movía dentro.
—La próxima vez que te diga que camines y no pienses en nada, solo tienes que seguir. ¿Entiendes? Deja que el vacío te limpie y te use como un mero instrumento.
Elías todavía estaba molesto con Silas, pero a pesar de que le daba vueltas la cabeza, logró levantar la vista y mirarlo con desprecio.
—Pero no me dijiste eso, no dijiste nada. Me abandonaste en el vacío. Viejo idiota.
Dijo el joven, y la expresión del anciano cambió, revelando un relámpago de culpabilidad.
—De todos modos, no es nada... ¡Tú sabes!
El anciano trató de eludir su culpa adoptando una actitud relajada mientras hablaba, pero Silas lo ignoró. Una voz que seguía dudando se formó en su cabeza.
—¿Quién es? ¿Es nuevo?
Preguntó alguien a la distancia.
—Creo que morirá pronto, no le veo futuro. Cállate, tengo que prepararme.
Dijo otra voz. Era seria y divagante, como si fueran cosas molestas.
—Es adorable... un cordero. Se ve dulce a pesar de venir de arriba. Su corazón está roto.
La voz era dulce y armoniosa, pero cubierta de una putrefacción desquiciada, como si la belleza estuviera carcomida por dentro. Le susurraba directamente a su alma.
—...El cordón se rompe... El niño se olvida...
Algo sonó, era un ruido extraño pero no se detenía, al igual que el resto. Era un sonido que parecía descoser la realidad, un rasgar de la tela del espacio.
—¿Quién está hablando?
Silas intentó suponer que era una segunda prueba para algo así.
—¿De qué hablas, muchacho? Cálmate, no hay nadie más. Deja de escuchar.
Preguntó Elías, perplejo por la actitud de Silas.
—Sabes a lo que me refiero, es de quienes hablan de nosotros. ¿Entiendes?
Silas miró a su alrededor, viendo al resto que parecía exactamente igual, sin inmutarse de las voces. Estaban sordos a la realidad.
—No me digas que terminaste como un pez espada mocoso, no fue para tanto la experiencia.
Elías se mostró incómodo por la actitud del muchacho.
—...La puerta... está abierta... Nos mira...
Una voz emergió del sonido, compuesta por muchas más.
—¿La puerta?
El joven repitió confundido, mirando de donde habían venido pero no había nada especial desde el otro lado de la habitación.
—Exageras muchacho, no hay nada. Debe ser que tus ideas siguen alteradas.
El anciano expresó para relajar la situación, haciendo gestos con la mano. Estaba mintiendo, y la mentira era visible en la tensión de su mandíbula.
—¡¿Qué?! ¡¿No es una prueba, viejo idiota?! ¡Me estás volviendo loco a propósito!
Silas gritó al anciano, que parecía molesto mientras el joven buscaba algo con la mirada.
—Tu serás quien tenga mal los pensamientos, yo sé lo que están hablando…
Silas habló con fuerza, apuntando con nerviosismo a Elías, este cambió su expresión de irritación a un miedo contenido y sombrío, sabiendo en todo momento a lo que el muchacho se refería.
—Debe haber un...
Fue entonces cuando la vio. La puerta, una puerta que nunca había estado ahí antes, cuidadosamente trabajada en un tétrico color rojizo, como sangre coagulada y piel estirada.
—¿Estás contento? Podían haber esperado pero veo que quieren hacer todo más rápido… Son impacientes.
El anciano esbozó un comentario desganado. Desde esta puerta, el abismo observaba. Era en esta que se encontraba una figura mirando algo más allá, sin dejar ver por completo su forma ni comprensión alguna. No tenía forma definida, sino la apariencia de una amalgama de carne, piel, y huesos que se ensamblaban y se separaban en un ciclo imposible. Su rostro era un remolino de desesperación y éxtasis, y sobre él flotaban otros tres esbozos de rostros, todos a la vez. No era algo que él quisiera ver, pero parecía feliz de que ambos lo vieran.
—¿Qué es eso? Esa cosa está… viendo dentro de mí. Lo sabe todo.
Silas preguntó, asustado, señalando la puerta.
—Maldita sea, era una sorpresa. Un idiota dejó la puerta abierta. Te presento a los organizadores del circo. Se encargan de animar y reunir el entusiasmo del público para la actuación. Son la razón por la que pagas por estar aquí.
Respondió, un poco molesto pero satisfecho con la reacción del chico, ya que la mayoría, incluidos otros en la habitación, lloraban o terminaban volviéndose locos ante la figura de estos horrores cuando tomaban un descanso.
—¿Son más de uno? ¿Cómo empieza y termina cada uno? ¡Explícame qué estoy viendo o saldré corriendo!
El chico le preguntó a Elías, sin siquiera entender que, si bien había un rostro, era una amalgama.
—Verás muchacho, hay cuentos que hablan de cómo el héroe venció a la bestia del laberinto. Pero todo esto fue una mentira, ya que nunca existió tal héroe, solo un sinfín de bestias en laberintos que llenaban este mundo. La única forma de ganar es no jugar.
Expresó de forma pausada, mirando los ojos de Silas con calma. Sus palabras eran una sentencia, el fin de toda inocencia, la confirmación de su pesadilla. Con un movimiento sutil y rápido, detrás del muchacho, Rufus se acercó y dio un fuerte golpe en la nuca del joven. El impacto no dolió tanto como la traición. Su mundo se hizo añicos, y la última cosa que vio Silas fue la sonrisa terrible, pero extrañamente triste, de Elías. Esto hizo que cayera al instante.
Capítulo II: El baile de la normalidad

Todo era negro, no solo la ausencia de luz, sino una presión palpable que le succionaba la mente. Silas estaba en la oscuridad, sin sentir nada, ni sensación ni el eco de su mente intentando ejercer la menor fuerza. El joven se preguntó si todo lo que había experimentado después de entrar en la oscuridad era un sueño febril que se había arremolinado en su cuerpo, un mecanismo de defensa para negar la total disolución de su ser. ¿Era esta negación lo que lo hacía soñar esporádicamente con una especie de realidad cruel para compensar su destino en el vacío total?
Sin embargo, un hedor pútrido se hizo presente. No a muerte, sino a putrefacción dulce, a carne que se rinde. Algo nauseabundo. No podía moverse, pero sintió una sensación de malestar y un pánico primario por lo que estaba experimentando.
—Parece que eres un chico interesante. Tienes una voluntad fuerte, pero es una voluntad estúpida.
Una voz dulce y juguetona resonó en su cabeza, una voz que acariciaba la base de su cerebro.
—¿Qué quieres? ¿Quién eres? 
Silas intentó gritar, furioso, movilizando toda la rabia de un Hernández, pero no obtuvo sonido. La voz femenina, un tanto aguda, se reía con ternura.
—Oh, tienes miedo, eres un chico malo. Y yo soy quien te hará entender tu verdadera naturaleza.
Dijo la mujer burlonamente, como una madre regañando a su hijo con cariño.
El miedo regresó a Silas, inundándolo y anclándolo de nuevo al cuerpo, junto con sus emociones y la terrible sensación de que alguien le tocaba la espalda con una mano grande y huesuda.
—¿Y si yo también soy mala? ¿Y si lo malo te gusta, Silas?
Preguntó la mujer con un toque de sadismo juguetón en su voz.
La luz volvió con la violencia de un puñetazo. Silas estaba en la habitación, durmiendo. Pudo sentir el peso de un par de grandes cucarachas negras y lustrosas que se movían por su torso, mientras el eco de la voz seductora se disolvía.
—¿Qué demonios? Mira, lo está haciendo de nuevo. Está babeando y murmurando tonterías.
Gaspar refunfuñó, señalando al joven jadeante.
—¡¿Qué quieres que haga?! Ya lo golpeé un par de veces pero no reacciona. Es un desperdicio de músculo.
Randall bramó furiosamente, señalando al mocoso.
—Deberíamos soltar algunas de las moscas aquí para que se diviertan con el nuevo. Tal vez después de que se lo coman, deje de soñar con cosas asquerosas. Necesita una purga, no un sueño.
Gaspar comentó a Randall, quien sonrió emocionado ante la idea. Los ojos de Randall se iluminaron con una malicia vacía, la única emoción que conocía.
—¡Qué gran idea! ¡Una obra de arte!
Dijo Randall, casi saltando de alegría por la broma.
—Conozco a una de las damas más viejas de las moscas que será perfecta para ese trabajo.
A diferencia de su compañero, a Gaspar no le gustaba la idea, ya que se meterían en problemas a pesar de que fuera divertido. Se rascó torpemente su barba descuidada y sucia. Su aversión no era moral, sino práctica: no valía el riesgo.
—No podemos hacer lo mismo que la última vez —comentó, señalando a su compañero con su mano grande y callosa. 
Rufus nos arrancará las uñas.
—¡No pasará nada! Será muy divertido. Tengo la mosca adecuada para él. La que le gusta besar.
Randall se rió con una amplia sonrisa que mostraba sus dientes podridos, estirando su piel blanca, sucia y seca al límite. Gaspar sabía de quién estaba hablando. Sería asqueroso, pero al menos le daría a la pequeña pulga de mar un buen recuerdo.
—Este lunático está más loco que un maldito pez espada. Le dará un ataque al corazón a la pulga. Pero mientras Rufus no se entere de que usamos su juguete, no habrá problemas. Que sea rápido y limpio.
Comentó Gaspar. El resto de su monólogo se perdió en la densa atmósfera de este piso, donde la humedad y el olvido se fusionaban en la estructura profunda que era este pozo.
—Maldito idiota, nos has hecho perder el tiempo.
Gaspar refunfuñó, acercándose a Silas, que parecía un poco incómodo.
—Te daré una lección que no olvidarás. No puedes escapar de nosotros. Debes ser parte del espectáculo o ser el espectáculo. Aquí todos somos actores o alimento.
Dijo con desprecio al joven que no entendía lo que estaba pasando en la habitación.
—¿Entiendes?
Pero sus amenazas fueron interrumpidas por un despertar abrupto de Silas, quien, antes que nada, solo logró soltar un puñetazo ciego, un instinto puro de autodefensa heredado.
Ambos gritaron por un breve instante, pero se detuvieron en seco cuando el puñetazo que había lanzado aterrizó en lo que tenía delante.
—¡Tienes menos cerebro que un pez luna! ¡Quítate de encima, asqueroso!
Gritó Silas furiosamente, tratando de levantarse rápido.
—¡Estás más loco que un pez espada! ¡Me rompiste la nariz!
Gaspar echó humo furiosamente, cubriéndose la cara, pero un espeso chorro de sangre corría entre sus dedos.
—Cállate, pareces un marinero de agua dulce.
El joven reprochó al hombre por ser tan sensible a algo tan leve. La humillación de haber fallado a Solomon era mayor que el dolor físico de Gaspar.
—Me dice que me calle. El maldito merluzo me dice que me calle. ¡No has visto nada aquí y ya eres el amo!
Respondió furiosamente, mirando a Silas mientras se ponía los dedos en la nariz.
—¡¿Qué demonios estabas tratando de hacer, cabeza de pepino de mar, al estar encima de mí?!
Silas protestó, acusando al hombre de actuar de forma extraña. Con eso, Gaspar apretó y se volvió a colocar la nariz en su sitio, quejándose del dolor y respirando un poco.
—Ve a la de los Díaz, mocoso miserable.
Gaspar refunfuñó al chico, ajustándose un poco la nariz.
—Entonces. ¿Dónde está todo el mundo?
Silas preguntó, poniéndose un chaleco andrajoso.
—¿De verdad preguntas eso? Pirata de poca monta, estás en nuestro grupo. Por tu culpa, tenemos que hacer la limpieza y alimentar a los bichos. El Maestre nos puso de castigo.
Dijo Gaspar indignado, señalando al joven. Después de su protesta y al ver la indiferencia de Silas, se dio la vuelta y se dirigió hacia las jaulas. Silas lo siguió, bastante sorprendido de que se molestaran en limpiar, ya que era una tarea extraña en el pueblo. Una anomalía en la podredumbre.
Caminando por los pasillos, las paredes de hormigón sucias a su alrededor estaban cubiertas por el olvido del tiempo, más allá de lo que podría considerarse saludable. Eran las entrañas de algo que nunca fue diseñado para durar.
—Esto... ¿Estaba aquí cuando se construyó el pueblo? Se siente más profundo que eso.
Silas rompió el silencio que los acompañaba, provocando la mirada de desaprobación de Gaspar.
—Solo digo, esto parece viejo… Como si hubiera crecido.
Le comentó a Gaspar, señalando el techo que parecía más una cueva que un edificio.
—Eres molesto, mocoso.
Gaspar refunfuñó en voz baja, pensando un poco.
—Cuando empezamos, esto ya era así... así que no sé. Mucho menos cuánto tiempo lleva este basurero aquí. Supongo que siempre ha estado aquí, esperando.
Comentó el hombre, divagando un poco mientras de vez en cuando miraba los espacios entre las paredes que conducían a la oscuridad.
Pero esta oscuridad era completamente diferente. No era el vacío entumecedor, sino una oscuridad llena de vida retorcida. Las extrañas figuras detrás de las barras oxidadas apenas eran visibles mientras se acercaban como bestias.
—¿Qué hay ahí?
Silas preguntó, señalando una figura alta. Esto hizo que Gaspar mirara lo que se señalaba y ajustara un poco su visión para discernir a cuál se refería.
—El insecto alto es un mosquito… Se alimenta de la médula, no de la sangre.
Gaspar guió la mano de Silas hacia la figura alargada, cuyas extremidades parecían huesos envueltos en trapos.
—¿Cómo puede moverse esa cosa? ¿Está viva?
Gaspar se detuvo a escuchar la duda del joven, lo que le divirtió.
—Claro que sí. Siempre están en lo alto. Estirándose, tratando de recordar la forma humana.
Gaspar comentó casualmente, de una manera actuada y juguetona. Esto disgustó a Silas, pero le permitió continuar, y Gaspar le tomó la mano para guiarlo a las sombras.
—Esos de allí son las moscas. Si te pillan distraído, te pulularán como una infestación en un pescado rancio. Te despojarán de todo, incluso de tu nombre.
Comentó con humor. Silas se acercó, ya que se movían rápidamente a cuatro patas.
—Parecen perros grandes. ¿Cuál es su propósito?
Silas comentó, viendo lo que parecía más un cuadrúpedo o una bestia en movimiento.
—Para mí son una molestia, pero son buenos para meterse con las cosas. Como dije, no te confíes demasiado con su estupidez. Son salvajes, pero no tontos.
Dijo con una expresión de desprecio que no podía ocultar a las figuras que parecían arremolinarse a su alrededor. Sin embargo, antes de que pudiera continuar, Silas señaló a otra; esta parecía moverse con gracia.
—Esa no... Ella es diferente.
Ambos se quedaron en silencio. Silas estaba seducido, hipnotizado por la gracia inhumana. Gaspar, por otro lado, estaba disgustado, pero en el fondo estaba asustado, como un niño al que le habían contado una historia de terror y la ve hecha realidad.
—Hola, es un placer.
Silas sonrió tontamente, saludando a la esbelta figura femenina con la piel inusualmente tersa y los ojos muy grandes.
La figura se acercó, pero mantuvo su distancia. Era una mujer que parecía dotada generosamente, haciendo movimientos suaves pero notables que los invitaban a acercarse, haciendo gestos dulces. Una seducción pura, desprovista de emoción, un mecanismo de depredación.
—Ya es suficiente. ¡Aléjate! No confíes en la garrapata.
Gaspar tiró del chico, quien le hizo un gesto a la figura, despidiéndose tímidamente.
—Si ves a la garrapata, nunca le des la espalda. Su ataque viene cuando te sientes seguro.
Gruñó Gaspar empujando a Silas para que se enfocará por donde iban.
—¿Por qué le pusieron ese nombre?
Silas preguntó, confundido, mirando a Gaspar, pero por el rabillo del ojo hizo lo que no debería haber hecho: miró por encima de su hombro.
—Porque si te descuidas, se te pegará y te comerá lentamente. Te drenará hasta que seas un caparazón vacío.
Gaspar dijo molesto, pero su expresión cambió cuando vio al mocoso palidecer y luego congelarse.
—Eres un idiota y ni siquiera es tu primer maldito día.
Doblaron una esquina en uno de los pasillos, llegando al borde del pozo, que era un pasillo con casi la misma escasa luz que el anterior.
—Mocoso. ¿Sigue ahí?
Gaspar preguntó nerviosamente sin detenerse, empujando a Silas un poco más, con un solo pensamiento en la cabeza. Avanzar un poco más. Sobrevivir.
—Bien, trataré de salvarte, no porque me agrada la idea, es porque tendré que explicar porque te deje morir y aquí no tengo excusas.
Habló, solo para aliviar su pesar, justificando el hecho que si la Garrapata los atrapaba, lo dejaría completamente solo.
Sin embargo, al ver que el chico balbuceaba incoherencias mirando fijamente, vio la cara de la mujer casi al lado de ellos, apoyada en la pared como si no pesara nada, abriendo suavemente sus babosas fauces y extendiendo su lengua. Le parecía raro que no lo comiera de inmediato; cada Garrapata tenía su forma de actuar.
—Sigamos adelante. Randall estará aquí pronto. Al menos alguien me verá que traté de salvarte.
Habló, ignorando lo que los acompañaba, ya que estaba enfocado en ser excusado por la muerte de un Hernández o al menos verse como un héroe al esforzarse en salvar a un Hernández.
—Estoy rodeado de incompetentes peores que un pez luna.
Gruñó ante la risita de Silas acompañada de besos que este arrojaba a la cosa que tenían detrás. Aunque quiso ver con odio al chico, vio algo extraño, ya que está Garrapata movía la lengua en la cara de Silas, como si lo acariciara. Este ocasionalmente le daba algunos besos.
—¿Qué demonios...? Te está besando, mocoso. ¿Ahora te gustan los jóvenes, o qué? Esto es… Antinatural.
Gaspar estaba confundido, pero sobre todo asustado, ya que la Garrapata no se lo había tragado. Pero ante lo raro no quiso decir lo asqueroso que se veían, no quería ser la cena de esta.
—¿Qué están haciendo ustedes?
La voz de Randall vino de adelante. Estaba desconcertado al ver a Gaspar empujando a Silas con una mirada estúpida en su rostro, la cara de un hombre a punto de colapsar.
—¿Qué diablos le pasó a...?
Randall preguntó, dejando caer algo al suelo.
—¡Miserable tonto! ¿Dónde estabas? ¡¿Esa cosa todavía nos sigue?!
Gaspar dijo, eufórico, sin miedo a atraer la atención de una araña o una mantis religiosa.
—No hay nada, solo sigan...
Randall comentó, no queriendo mirar hacia atrás, ya que todos tenían experiencia, sabiendo bien lo que significaba que no se viera quien seguía a alguien. La Garrapata se había ido cuando Randall se acercó.
—Era la Garrapata. No debería estar por aquí.
Al escuchar a su compañero, Randall resopló, sabiendo que su imaginación no le había jugado una mala pasada.
—Había encontrado algo más adelante, pero no sabía lo que podría haber pasado.
Randall comentó, señalando detrás de él.
Pero entonces Silas recuperó los sentidos, tocándose la mejilla donde la mujer lo había tocado. La piel se sentía fría y resbaladiza.
—Felicidades, mocoso, has encantado a una sirena, o como nos gusta llamarlas... garrapatas.
Randall comentó, temiendo lo que Gaspar estaba pensando.
—Mira nada más, eres todo un don Juan, cuando te diga algo, haz caso o estarás muerto, y peor, me tendré que hacer responsable.
Dijo Gaspar mostrándose significativamente molesto con lo ocurrido.
—¿No se supone que las sirenas están en el agua?
Silas preguntó, confundido. Los hombres tenían una expresión de incomodidad sobre cómo explicar lo que sabían. En este lugar, los mitos cambiaban y se pudrían.
—Oye. ¿Qué tienes en los pies?
Gaspar preguntó, viendo una figura con cabello blanco y que era muy delgada.
Esto hizo que Randall suspirara y levantando un cuerpo como si fuera solo basura.
—La mosca favorita de Rufus murió. Le tocó una mala noche.
Esto hizo que Gaspar soltara algunas maldiciones.
—¿Las moscas son mujeres viejas?
Silas preguntó, confundido, viendo que las sombras estaban más cerca, atentas a los hombres, pero sobre todo a las moscas, que estaban paradas, expectantes.
—No, idiota, pero la favorita de Rufus era esa vieja desdentada.
Gaspar comentó para luego hacer un gesto vulgar con la boca, los guardias no dijeron nada más al ver la expresión del otro, ya que cada uno de los antiguos estaba pensando en cómo fingir que aún no habían encontrado el cuerpo.
—¿Quieres que la tire al pozo o la devuelva a la jaula?
Randall preguntó, sosteniendo su cabeza como si fuera un muñeco de trapo.
Pero eso no duró mucho, ya que ninguno de ellos notó los ojos claros, ahora abiertos y fijos, de la anciana, que estaban en Randall, de pronto está se vio en una fracción de segundo empujándolo.
—Cuidado... ¡No está muerta!
Solo eso salió de la voz de Silas cuando la mujer saltó, acortando la distancia entre ellos en gran medida a pesar de su edad. Su velocidad era antinatural, sus movimientos, puros espasmos depredadores. Randall cayó, golpeando las barras de la jaula, que estaban comidas por el tiempo y el moho. Silas, en un abrir y cerrar de ojos, apenas logró esquivar a la anciana, aunque notó que unas manos finas y fuertes le sujetaban la pierna.
—¡Es una trampa! ¡Ella no quería besarte, quería usarte!
Gaspar gritó, sacando un garrote y lanzando un golpe por detrás de la espalda de Silas. Aun así las moscas se negaban a perder una presa fácil.
—¡Qué rayos! ¿Acaso ustedes no tienen experiencia en esto?
Expresó Silas disgustado, esforzándose en su liberación. Este vio como la anciana volvía a la carga.
—¡Aquí viene!
Expresó Silas, logrando esquivar un intento de ser mordido con las encías infectadas de la anciana, a cambio logro dar un par de golpes a la octogenaria que no cayó con facilidad hasta que Gaspar la golpeó.
La anciana no dijo nada, solo un gemido antes de caer al suelo y colapsar contra el piso, pero el hombre experimentado no esperó a ver si se movía y asestó varios golpes repetidos hasta que fue evidente que no se movería de nuevo.
—Está muerta... Se acabó...
Gaspar comentó, mirando a sus compañeros. Las mujeres que sostenían a Silas parecieron dudar en seguir con su presa. En cambio, comenzaron a girar hacia el otro. Randall.
—¡Bestias indeseables! ¡Basura!
Randall rugió con el enjambre encima de él. Lo sujetaron y lo comprimieron contra el acero, poniendo a prueba la resistencia del hombre y las barras, mientras que desde el otro lado, le tiraban de las piernas como caballos furiosos.
—Eso resolverá el problema con la anciana. Ahora es culpa de Randall.
Comentó Gaspar con una sonrisa tras el esfuerzo, lo que enfureció a Randall, este gritó y maldijo a todos, aunque sabía que él habría hecho lo mismo con cualquiera en esta situación.
—¿Vas a encubrir la muerte de esa mosca con este idiota?
Silas comentó, algo confundido, pero parecía que esta mosca era algo importante por aquí.
—Me sorprendes. Pensé que no tenías cerebro, pero no es el caso.
Comentó Gaspar mirando de reojo al muchacho para enfocar su vista en una de las moscas que cuidadosamente recogía algunas pertenencias que se le habían caído al muchacho.
—Gracioso. Es raro aquí, pero mantiene el estilo del puerto. ¿Hacemos algo con la anciana? ¿O elegimos otra para reemplazarlo?
El joven comentó, tratando de demostrar que, pasara lo que pasara, estaba acostumbrado a lidiar este tipo de situaciones. Los gritos de fondo fueron reemplazados por el sonido de las barras doblándose y Randall siendo arrastrado en cada dirección que la oscuridad ofrecía.
—¿Viste a la del flequillo? Bueno... ¿Deberíamos arreglar eso?
Silas añadió a lo que estaba diciendo, aunque cambió de tema debido a las barras dobladas.
—Ese no es nuestro problema. El anfitrión, el Maestre de ceremonias y el resto organizará el enjambre de insectos.
Gaspar comentó, acercándose y teniendo cuidado de no resbalar, mirando las barras. Por su lado Silas se percató que sus bolsillos y cinturón desaparecieron, junto a su garrote, a lo que discretamente recogió el que había dejado Randall.
—Qué molestia. Pero podría haber sido peor. Hay herramientas más adelante. Después de hacer los preparativos, lo arreglaré.
Gaspar siguió caminando sin preocuparse, con el joven guardia detrás.
—Claro... ¿Por qué no?
El joven siguió a su compañero, mirando a su alrededor, con el sonido del destino de Randall de fondo, una exquisitez que rara vez se obtiene entre la inmundicia y la putrefacción.
—Supongo que la parte de alimentarlos ya está resuelta, ¿verdad?
Silas añadió al silencio de su caminata, lo que hizo reír a Gaspar por una cierta ingenuidad.
—Eso fue divertido. La verdad es que harás la tarea de Randall. Siempre la hacíamos ya que tengo algunas diferencias con algunos insectos. No me gusta la forma en que me miran los mosquitos.
La actitud tranquila y sospechosa de Gaspar hizo que Silas se sintiera incómodo, quien sintió que sería más un problema.
—Cálmate, pirata de poca monta, no pongas esa cara. Recuerda que encantaste a la garrapata. Eso te hace especial. Pero no indestructible.
Añadió, lo que lo hizo reír hasta que llegaron a la puerta de metal contra una pared.


Capítulo III: La comida de un entomólogo

Fue entonces cuando Gaspar abrió la puerta de metal, revelando una habitación idéntica a la que habían estado, aunque esta tenía un papel tapiz diferente, igualmente dañado. El patrón floral, descolorido y rasgado, parecía una burla del mundo exterior, salvo por algunas herramientas que se veían estropeadas y unas lámparas de mano.
—Es acogedor, ¿no te parece, viejo? Misma miseria, diferente color de moho. 
Silas comentó, dando un suave silbido mientras miraba a su alrededor.
—Cierra la boca, o te la cierro yo. Este es nuestro nuevo lugar, hasta que el vendedor de dulces, el Maestre de ceremonias, o quién sabe quién más, nos dé un aviso.
Gaspar comentó, su voz tensa, buscando constantemente puntos ciegos. Fue ignorado por Silas. El chico miró a su alrededor, notando algunas diferencias.
—Veo que usaron el mismo decorador.
Hizo una broma sin humor, una capa delgada sobre el pánico, pero su mirada se sintió atraída por algo más significativo. Junto a una cama con el colchón roto había un trozo de papel.
—¿Qué pusieron? Parece propaganda familiar… o lo que ese viejo grotesco de la familia Gutiérrez muestra… La misma arrogancia de siempre.
Dijo Silas con desprecio, sabiendo que el hombre había estado cerca de capturarlo.
—Esas son notas generales. Pertenecían a alguien. Randall sabía su nombre. Un tipo que ya está abajo... en los pozos centrales, o que se yo.
Gaspar comentó, sosteniendo uno de los muchos bocetos dibujados con trozos de carbón. Los dibujos eran anatómicamente precisos, estudios de las criaturas del subsuelo.
—Apenas conozco algunos pero el resto no se si son por locura o que estamos realmente …
Gaspar susurro incómodo viendo cómo algunos dibujos detallados se volvían en frenéticos rayones que buscaban relatar algo que terminaba en incoherencias.
—Lo que sea, viejo… ¿No crees que hay muchos miembros del circo? Y todos parecen tener nombres absurdos.
Silas comentó, sosteniendo la imagen de los hombres.
—¿Qué dice? 
Silas preguntó sobre lo que estaba escrito en el papel.
—Ni idea. Randall tenía un compañero que era el compañero del que sabía leer. Una capacidad que solo tienen los inutiles, ¿ves?
El hombre se rascó la mejilla, tratando de recordar.
 —Randall lo llamaba el bastardo aburrido. Resulta que el aburrido tenía un tipo que se pasaba todo el tiempo leyendo y hablando de lo que estaba escrito… un entomólogo autodidacta. Obsesionado con lo que está en las sombras, clasificando la miseria.
El joven se rascó la comisura de los labios ante la información. Un tipo que leía en este infierno. ¿Qué clase de locura era esa?
—Supongo que esos tipos están más que muertos… Consumidos por sus propias clasificaciones.
La observación, cruelmente cínica, del chico hizo sonreír a Gaspar.
—Y pensar que en todo este tiempo, nadie ha llegado tan abajo… Incluso dudo que los Gutiérrez o los Ruiz o incluso los Fernández pudieran poner un pie aquí. Esto es el secreto de Solomon, la verdadera mierda que nadie ve.
Gaspar comentó, preparando algunas herramientas que parecían ser para limpiar. Estaban considerablemente sucias y dañadas.
—¿Vamos a limpiar con eso? ¿Con ese óxido? ¿O es un ritual?
Silas preguntó. Aunque no estaba familiarizado con la limpieza, dudaba que hicieran algo con esa chatarra.
—¿Estás tratando de robarme el trabajo? Esta es mi función. Mi penitencia. Agarra un balde y ve a esa habitación. No tienes que ser inteligente para saber qué hacer a continuación.
Dijo Gaspar, tomando una caja de herramientas en su otra mano.
—¡Espera, pirata de agua dulce! ¿Así sin más? ¿Esto no debería tener una explicación o método para hacerlo?
Expresó confundido Silas y algo molesto pero mayormente confundido, ya que sentía que estaba quedando solo sin comprender muchas o más bien todas las cosas.
—¿Cómo se alimenta a las moscas sin que te devoren la mano? Es algo que lo aprendes por las buenas o por las malas.
Gaspar gruñó a regañadientes, preparándose para partir, sin embargo el muchacho parecía terco en hacer lo que le había ordenado.
—¡Embustero traidor de las órdenes de Solomon! ¿Es esta forma en que mantienes el emblema de los Hernández? Vergüenza, eso lo que deberías tener en el pecho.
Silas gritó, sin saber cómo alimentar a esas mujeres, solo tratando de dramatizar para conseguir algo a cambio. Gaspar dejó las cajas y se frotó la sien con disgusto, mientras soltaba un largo suspiro amargo.
—Pasas por esa puerta, presionas el botón. La comida cae en el carro. Tienes que empujar el carro y alimentar a quien encuentres. Lanza el resto antes que se agote y corre. No hables, no mires. No eres su amigo.
Gaspar se alejó, molesto con el joven, dejando la puerta entreabierta. Esta se balanceó hacia atrás lenta y pesadamente.
—Idiota.
Silas gruñó para sí mismo. Su resentimiento por Elías y el resto, era su única fuente de calor, una fuerza que sí propio cuerpo erigía en contra de su nuevo entorno. Se dio la vuelta para entrar en la habitación. Fue en ese breve momento que una mano sujetó la puerta con delicadeza.
Silas miró con disgusto hacia donde tenía que empezar a trabajar, dándose cuenta de que no necesitaba ser inteligente para entender. La habitación era austera; las paredes crudas y sucias estaban salpicadas de residuos incrustados: sangre seca, fluidos marrones, trozos de hueso. La inmundicia era la decoración.
—Bueno, no hay mucho que hacer. Vamos a buscar el carro.
Se dijo a sí mismo. Caminó hacia el carro debajo de una trampilla con un botón cerca.
—No me gusta este trozo de alga.
Dijo el joven, no por una mala sensación, sino por el hedor que salía de ella. Jugos marrones y viscosos se deslizaban por los bordes de la trampilla, una sustancia química y orgánica a la vez.
Sin dudarlo, Silas se acercó al botón y lo presionó para terminar de una vez. Fue entonces cuando una gran pila de basura, excrementos y los restos apenas reconocibles de una amplia variedad de cuerpos de animales, y algo más. llenaron el carro sin cuidado.
—No, no me sorprende… Esperaba algo peor, pero la realidad es solo basura.
Dijo suavemente. Silas era indiferente a este tipo de cosas, su cinismo era su armadura, pero le resultaba difícil tener que cargar lo que él habría tirado por inútil.
Haciéndose pensar en cualquier otra cosa, el joven empujó el carro. Este soltó chirridos agonizantes que perforaban el silencio, quejándose por los años y el abandono de su sucio trabajo. Salió por la puerta, chocando la parte delantera abollada del carro contra la puerta de metal, que estaba marcada por su ingrato trabajo.
—Supongo que tendré que acercarme… No veo que tengan comedores por aquí…
Silas no notaba sus monólogos. Simplemente miró lo que odiaba hacer, respiró suavemente y entró en la oscuridad, llevando la luz de la linterna de mano consigo. Era un faro en las profundidades del mar oscuro de sombras, llevando cebo. Dejó que la puerta maltratada se cerrará detrás de él por su propio peso.
Varias siluetas, como muñecas de porcelana demasiado altas y huesudas, se quedaron quietas, esperando a esta nueva adición, sin saber cuánto duraría. Pero una cosa era segura en ese momento: era la hora de la verdadera fiesta.
—¿Alguien quiere comer? ¿Nunca quieren comer cuando traen la comida?
Silas habló en voz alta, dudando que el escuálido Randall hubiera sido suficiente comida para llenarlas a todas. Pero a diferencia de antes, nadie se acercó. Vio al enjambre moverse con cautela en su presencia.
—Genial, hasta las moscas se resisten a comer… 
Silas miró hacia la oscuridad. A diferencia de antes, esta no lo estaba tratando de la misma manera, la amenaza era ahora contenida, expectante.
—¡A ver! Miren. ¿No ven qué sabroso es esto? No es basura, es un manjar de Solomon.
El joven sacó un pequeño muslo de un animal que parecía algo mohoso. Fue entonces cuando le dio un bocado a la carne agria, con un suave regusto a tierra. Comer ese horror era un acto de desafío, una forma de demostrar que no era alimento, sino depredador.
—Esto está bueno.
Sin embargo, su gesto de que era comestible no provocó ningún cambio, lo que lo molestó.
—Les haré el favor, cosas estúpidas.
Gruñó y buscó más trozos como el que probó, luego arrojó los restos seleccionados a las moscas. Hubo gruñidos ante el acto agresivo. Sin embargo, despertó cierta curiosidad. No eran rocas, ni basura inútil. La comida estaba a sus pies.
—Parece que no son tan estúpidas después de todo.
Silas se frotó el cabello mientras una de ellas tomaba el trozo. Pero con el primer bocado, provocó un salvajismo. Después de ver a su compañera disfrutar de la comida, se arremolinaron y lucharon por los suculentos restos.
Por un segundo, el hombre sintió que había logrado algo, una sensación de dominio sobre el caos, pero luego vio al enjambre corriendo hacia él. Se preparó para defenderse, pero una mano grande tocó su cabeza, por lo que no se movió. El enjambre sombrío pasó a su alrededor, asaltando el carro.
—Yo… asumo… que… eres… nuevo… Yo… soy… uno… de… los… mosquitos… Mi… nombre… es… largo…
Comentó una voz lenta, apagada y áspera, sosteniendo a Silas con gran fuerza. Su agarre era como de hierro, pero sorprendentemente cuidadoso.
—Gracias, supongo. ¿Cómo te llamas?
La mujer hizo un sonido de vacilación que Silas notó que la hizo aflojar un poco su agarre en su cabeza.
—Nadie… tiene… un nombre… aquí… Ni… siquiera… tú… solo… el… propósito…
Dijo la mujer lentamente, mientras el caos disminuía poco a poco.
—Pero… nos… llaman…
Añadió la mujer con calma. Justo entonces, Silas observó cómo una figura parecida a una mosca se ahogaba hasta que escupió un trozo de algo que sonó como vidrio.
—Nos llaman caballitos del diablo. No nos gusta, pero es mejor que nos llamen libélula.
Dijo una voz femenina ligeramente aguda, hablando con normalidad. La rapidez de su habla contrastaba horriblemente con la lentitud de su hermana, revelando un desorden psicológico. Una se negaba al presente, la otra lo abrazaba desesperadamente.
—Gracias. A las dos, creo.
Silas dijo, viendo que las moscas iban por unos grandes restos por los que estaban peleando.
—No… me… interrumpas… cosa tonta… Solo… yo… puedo… elegir…
Protestó la mujer lentamente contra el otro caballito.
—No seas así. Me pondrás triste, pero no entendí lo último que dijiste. ¿Puedes repetirlo por mí? Lo dijiste muy rápido.
—Idiota… sabes… que… yo… solo… hablo… así… por…
Sonaba disgustada, protestando por su problema del habla.
—Por el accidente de hace unos años. Siempre dices eso cuando me molestas. ¡Deja de recordarme que me caí!
Las hermanas comenzaron una lenta y absurda discusión sobre sus defectos, momento en el que Silas se liberó con cuidado y se movió hacia el carro, que estaba casi vacío. La discusión era una fachada de humanidad que contrastaba con su naturaleza depredadora.
—Maldita sea, será mejor que vaya a buscar más.
Fue entonces cuando se dio la vuelta y vio figuras casi rectas en las sombras borrosas, solo iluminadas por la tenue luz de fondo cerca de la puerta.
—Supongo que también son mosquitos. Las moscas se comieron casi todo, pero conseguiré más comida.
Silas comentó, intentando pasar entre las largas piernas, sin saber a quién pertenecía cada una.
—...Diferentes... Extrañas... Curiosas... Hambrientas... No… te… vayas… todavía…
Era un suave coro de susurros femeninos que acompañaba la atmósfera mortal de la oscuridad.
Pero dejó de mirar a su alrededor cuando, frente al chico, una mano larga que parecía estar saliendo de un letargo descendió, emitiendo crujidos anormales. La piel era tan pálida que parecía translúcida.
—Supongo que vas a querer algo. ¿Verdad? Las demás se llevaron todo del carro, pero en la sala hay más. Tendré que ir a buscarlo de nuevo.
En respuesta a su explicación, solo hubo un silencio lúgubre acompañado de la atmósfera mortal de esta gran prisión de cemento.
El joven quiso enviarla a donde estaba la familia Díaz, pero no quería terminar peor que Randall, así que rebuscó en su carro, sacó algo de basura y encontró unos buenos trozos de pan mohoso y duro, conservado por las recetas casi profanas del burdel.
—Esto parece el pan del burdel. Come esto… No me pidas más.
Aunque el joven extendió su brazo, ella no se acercó. Mantenía una distancia ritual. Por lo que él se lo entregó rápida pero firmemente, lo que hizo que ella lo tomara hacia arriba, escuchando sus movimientos apenas perceptibles en la oscuridad gracias al sonido de sus rodillas crujiendo.
—Iré a buscar más...
No pudo decir nada más al ver docenas de manos que descendían, como ramas secas en busca de alimento, para pedir su porción.
Suspiró, deseando que lo que fueran estas cosas, lo tomaran y se satisficieran con su porción.
—Maldita sea, creo que eso es todo.
Silas se quejó, mirando a su alrededor antes de apresurar su paso hacia la puerta. La adrenalina había sido reemplazada por la resignación. No quería saber qué habría pasado si no hubiera tenido comida o si se hubiera topado con uno de esos largos insectos.
Golpeó la puerta con el carro, haciéndola abrir, dándose cuenta de que había cometido un error al dejar la trampilla abierta. La luz del pasillo reveló que la trampilla de la basura era el único punto de unión entre el piso y el subsuelo.




Capítulo IV: Entre máscaras podridas

Silas dejó el carro mientras la puerta se cerraba, pero algo se movía, afirmándose en las grietas y la estructura en bruto del techo. Pequeños chillidos húmedos acompañaban el movimiento. El joven se sujetaba las manos por frustración, lanzando incontables improperios.
—Idiota lindo.
Comentó la voz de la mujer, de forma dulce y melódica, con un trozo de antebrazo firme en su boca. Era la Garrapata, fue lo que pensó al oírla Silas, pero lo descarto inmediatamente. Esto debido a que su piel pálida está brillando con humedad. Esta se sujetaba al revés del marco de la puerta. La tenue luz adornaba sus rasgos maltrechos por la enfermedad que se escondía bajo las vendas. Sus grandes ojos carmesí, adornados con sutiles pestañas blancas, lo observaban con una curiosidad predatoria. Luego, la mujer saltó lejos, afirmándose en lo alto de la oscuridad.
—¡Condenados viejos incompetentes! ¡Ninguno me dijo que este coral viejo debía cerrarse! ¡Niños de muelle!
Continuó vociferando contra sus compañeros, deseando darles una paliza y arrojarlos al pozo.
—Con razón, esa carabela sin rumbo no quiso hacer lo que tenía que hacer su compañero...
Reclamaba Silas, mientras un líquido viscoso, una mezcla de icor marrón y sangre, abrazaba sus pies. Notó que había más pisadas en el suelo.
—No me lo creo, terminaré caminando por la plancha si sigo cometiendo errores. Espero que fueran del calamar con cabeza de gamba de Gaspar, puedo tratar de conversar con esa rata.
Silas murmuraba buscando una forma de evitar la responsabilidad. Dudó un instante, ya que las pisadas hacia la puerta eran más pequeñas, salvo por un par. Parecidas a las de niños, aunque los únicos niños que había escuchado eran las ratas de alcantarillas, no los niños del pozo.
—Concéntrate, concéntrate…
El joven se calmó, pero la sangre le salpicó desde el montículo de restos por culpa de más basura con cuerpos frescos.
—¡Por una centolla, debo apurarme! Antes de que esa pequeña alimaña vuelva con más cosas vuelva a por mí.
Silas comenzó a separar las piezas buenas de las malas para optimizar el carrito. Al tomar un torso muy malherido, se dio cuenta de que seguía casi tibio, lo cual le extrañó. 
En su apuro este no logró notar las figuras que se movían sobre su cabeza, pequeñas y silenciosas que aguardaban su oportunidad.
—Creo que ya con esto será suficiente. Con lo que separé puede que logré alimentar a la mayoría y regresar sin ser aperitivo.
Tras recoger la mayor parte de la comida que parecía reciente, forzó el carro, partiendo y dejando ahora tres montículos, uno de basura, otro de comida y el tercero de lo que seguía cayendo.
—¡Muévete, condenado carro!
El joven empujó el carrito que gritó lamentando su vida miserable. El choque con la puerta provocó que múltiples ojos rojos bajaran del techo y de la trampilla para observar al nuevo. Esto provocó risitas.
—¡Travesura! ¡Travesura!
La criatura que había desaparecido en la oscuridad volvía, aunque esta vez traía consigo una cuadra que se tensaba tras cada salto.
Se formó un coro de diversión entre los pequeños, saltando y dando piruetas. Uno bloqueó la puerta, mientras los otros robaban todo lo que les parecía útil, incluyendo las camas desvencijadas y unas armas como una cocinilla. El caos fue grande, pero rápido y sutil. Nadie había visto lo que hicieron, ya que quien lo vio, estaba en el menú.
Ya en la oscuridad, Silas arrastraba su carrito, su castigo que parecía eterno. Sus ojos buscaban acomodarse a las siluetas, sin embargo, no necesitaba ver para saber que más moscas habían llegado.
—¡Ustedes! ¡Esto es todo, no pretendan comerlo todo! ¡Atrás, alimañas!
Silas gritó, sosteniendo una porra, pero una de las moscas, que parecía ser la líder del pequeño enjambre al estar al frente, se levantó entre las sombras, revelando su altura. Imitó los gestos del muchacho, haciendo una burda imitación de sus acciones.
—¡Ustedes!
Solo dijo eso antes de que todo se volvieran incoherencias.
—Chistosa…
Comentó en voz baja Silas, mirando las pertenencias del carrito. Sabía bien qué darles a estas brutas. El muchacho no logró moverlo, por lo que lo hizo con más fuerza, apenas moviéndolo un poco.
—Si eres tan lista, ayúdame con esto. ¡Empuja, idiota!
La mujer no entendió las palabras, lo cual molestó a Silas.
—¡Ven! ¡Haz algo útil con la vida! Hay que sacar esto, o acaso... ¡Muévete!
La actitud más fuerte de Silas fue agresiva. Viendo el gesto para que se acercara, parecía que era una petición para pelear, a lo que esta se acercó. Silas colocó su pierna como respuesta.
—Te pido ayuda y me vienes con esa estupidez.
El joven gruñó, apretando los dientes por el dolor que causaba esta en su pierna, mostrando su piel color caramelo. La mujer gritaba furiosa, mostrando sus dientes chuecos y afilados. Su nariz estaba quebrada y tenía múltiples heridas arriba y debajo de sus ojos. La cercanía en la oscuridad apenas le permitía ver con quién peleaba, pero esos rasgos eran los más notorios.
—Te… voy… a…
Apenas pronunció el joven con la pierna sangrante, logrando empujar a la mujer que resbaló por la mugre humedecida por la sangre. Esta cayó al suelo, lo que permitió que Silas sacara el torso, el cual cayó sobre la mujer, provocando un gran silencio. Silas se hizo un torniquete con sus propios harapos en la herida.
—Eres un pez luna, pero fuerte... ¡Pero sigues siendo un condenado pez luna!
Apenas dijo Silas con agobio, mirando cómo se acercaban las moscas, maldiciendo esta situación, dándose cuenta de lo que había pasado.
—Tranquilas, está bien… ¿Cierto?
Al mover el torso se dio cuenta de la triste verdad: la mujer miraba hacia arriba con sus ojos abiertos. Sus pupilas estaban dilatadas por el impacto. Un hilo de sangre caía de su nariz y ojos.
—¡Carajo! No, no, no… Solomon me matará. ¡Elías me matará dos veces!
El muchacho, sintiendo la soga tensarse en su cuello, tiró el torso, sin saber qué hacer. Le revisó el pulso, pero no sintió el latido de la vida. Aún así, llevó su corazón a su seno, sintiendo suavemente su latido.
—¡Pepino de mar! ¡Está viva, está bien! Esta...
Dijo Silas respirando, pero la soga no fue más que un movimiento antes de tensarse y quitarle el poco aliento que había tomado. Las moscas lo rodeaban, pero alguien vino, haciendo que estas se movieran con cautela. Era alto, fuerte… podría ser Rufus.
—Me alegro de que llegara algún idiota…
Sin embargo, el joven no pudo decir nada más, condenando su ingenuidad. Esta figura era femenina, tenía una gran melena, algo que parecía una máscara de piel pero brillaba en un tono metálico azul. La máscara no era una imitación, era una fusión de metal, hueso y piel curtida, sellada en su rostro.
—Eso es… eso… ¿Eres alguno de los jefes del circo?
Su voz palideció y su cuerpo se atrofió por la cercanía de la mujer, pero su mente no. Sabía lo que era, el rumor de las tuberías. Sus pensamientos estaban a toda máquina, observando cómo movía a las moscas con la herramienta que portaba, un instrumento alargado de metal y huesos. Era un báculo mortuorio, cada articulación de hueso pulido resonaba con autoridad.
Está, tras la máscara, tenía unos extraños ojos blancos, circulares, anormales.
—…
El joven no estaba seguro de lo que miraba, era algo más. Esta solo avanzó, Silas estaba congelado ante su presencia. Pensó que esto lo arruinaría, pero la mano de la figura descendió lenta pero imponente, y sujetó la mano de la mujer, levantándola. Esta emitió un terrible lamento ahogado.
—Yo… no…
La mujer se detuvo y miró de reojo despectivamente. Fue así que Silas comprendió que en este lugar todos eran un espectáculo; no había prisionero ni carcelero. Todos en las sombras eran parte de lo mismo, el gran circo de la depravación.
—Pero… ¿quién…?
Murmuró torpemente Silas, respondiéndose a sí mismo al recordar la masa viviente de antes. La mujer, ante el murmullo del muchacho, contorsionó la máscara como si tuviera una expresión furiosa, pero al ver que Silas tenía más compañía más allá de la sombra detrás suyo, prefirió marcharse con el cuerpo de la mujer que daba espasmos ocasionalmente mientras la arrastraba. La gran mujer se dirigió a una dirección donde la luz era más que un olvido.
—Por los mares prósperos… ¡Qué rayos era esa cosa!
Solo pudo dar un alarido y respirar. Su corazón se agitaba atrozmente ante la experiencia.
—No quiero volver a ver algo así…
Abrumado, se dejó caer de trasero. Las moscas revolotearon con normalidad pero con mayor calma, cortando y rasgando su premio, logrando repartirlo entre el enjambre.
—Eso es todo con ustedes… supongo.
Dijo Silas, pero se dio cuenta de que algo estaba mal. Las moscas se movían con cautela y siempre mantenían a una pendiente de Silas, haciéndolo pensar que no se acostumbraban a ser tímidas, a ser presas, a menos que algo estuviera detrás suyo.
—Yo… ¿te ayudo?
Dijo Silas sin darse la vuelta. Sintió que una gran figura hacía acto de presencia atronadora en silencio, pero no la misma que se llevó a la mujer. Su presencia arrebataba todo ápice de calma y vida. Un color metálico morado brillaba suavemente a su espalda, las esporas del hongo se desprendían danzantes sobre sus hombros, dejándole en claro que la tenía más cerca de lo deseado, a milímetros de Silas.
—…
El muchacho mantuvo la mirada al frente, su boca abierta y temblorosa, sin poder gritar, su frente ahogándose en sudor frío. Las moscas se alejaron lentamente de la oscuridad difusa. La bestia enmascarada abrió su boca, que era más la imagen de fauces atroces, dando una profunda inhalada en su cabellera y soltando el aliento, dejando escapar un aire turbio, peor a cualquier cosa que había sentido. Un hedor a azufre y metal oxidado. Una cosa era segura. Era el hedor a muerte.
—…
Silas no podía decir ni hacer nada, solo volverse más pequeño. Esta mujer extendió su brazo, grande y marcado, y recogió un trozo de carne del suelo. Él pudo sentir la carne desgarrarse y el cartílago ser convertido en nada, pero sin darse la vuelta sabía que no le quitaba la mirada de encima. Esta ocasionalmente daba movimientos bruscos, pero volvía a su actitud calmada, sin quitarle la mirada a Silas, lanzando su aliento, dándole terribles náuseas y ganas de vomitar.
Tras un rato, se levantó, haciendo sonar contra el suelo su gran báculo mortuorio. Primero el traqueteo de los huesos para luego golpear con el metal. Al avanzar, raspó el suelo con el pesado báculo, provocando un chirriante sonido agudo que fue desapareciendo en la distorsión de la oscuridad.
—Casi me hago encima del miedo.
Se dijo, tratando de calmarse para moverse, ya que su cuerpo estaba pasmado.
—Hago encima del miedo… Miedo de presa… Pero eres dulce...
Repitió una voz. Era una mosca, o parecía ser una mosca, pero no actuaba como tal. Además, su tamaño era mucho más pequeño.
—Después de esto… pueden besarme la escorpena.
Gruñó Silas, aburrido de tener su alma abandonando su cuerpo. Pero la figura pequeña se acercó, revelando más el parecido a una niña.
—Hola… mocosa…
Dijo la niña, mirándolo fijamente. Si bien tenía los ojos con forma extraña, no resultaba tan asfixiante como las otras.
—Hola… mocosa.
Dijo Silas tratando de pararse. Se dio cuenta de lo ridículo que se veía.
—Si saludas, solo di hola. Quien diga la mocosa debería ser yo.
El joven dijo a la niña, que parecía entender un poco.
—Tengo cosas que hacer, no tengo tiempo de jugar.
Avanzó Silas, dejando atrás a la niña para empujar el carro para dar alimento al resto que tuviera que alimentar. Sin embargo, algo le decía que debía tener miedo.
—¡Nada de juegos! ¡Atrapé la presa! ¡Me gusta la presa!
Dijo la niña alzando la voz. El joven se volteó, golpeando a la niña ya que estaba detrás. Esta cayó de trasero, cubriéndose la nariz que fue donde se golpeó, dando pequeños reclamos. Pero la pequeña contuvo las lágrimas.
—Veo que tratas de ser fuerte. ¿Quieres comer?
La pregunta hizo que la niña abriera los ojos, pero no los que tenía abiertos, sino los demás, revelando ser un fenómeno, con múltiples ojos como araña.
—¿Qué te gustaría? ¿Quieres carne, tengo pan y algunas cosas que no están tan malas?
Silas vaciló, tratando de actuar opuesto a lo que sería en otras situaciones. Él mismo maldecía su incomodidad por los ojos de la niña que le observaban y a la vez no.
—Dulce… ¿Hay dulces?
Preguntó la niña, algo que él nunca en su vida había probado, pero rebuscó, encontrando una lata entreabierta con aroma dulce.
—Esto es dulce, huele… Huele a mentira y azúcar.
La niña sostuvo el tarro suavemente y lo olfateó curiosa, a lo que decidió probar un poco con la punta de la lengua. Sus ojos miraban directo al tarro, pero dos en los extremos cambiaron y miraron a Silas.
—¡Es dulce! ¡Es dulce!
La pequeña saltó de dicha, agarrando gran altura con sus brincos sin esfuerzo.
—…Araña… Saltarina… ¿No? Eres la que se anda robando las cosas.
La niña se detuvo para ver a Silas.
—¡Araña saltarina!
La pequeña golpeó su pecho, teniendo un bigote de melaza.
—Yo soy… —Silas pensaba decir su nombre, pero la niña lo interrumpió.
—¡Presa! ¡Presa de arañas!
Este se congeló, se dio cuenta de que las moscas, zancudos y demás no estaban, no había nadie.
—Bien, eso es bueno. Tengo buena cantidad de comida para todas.
Comentó Silas entusiasmado, extendiendo un pan mohoso a la pequeña.
—Luego de la melaza come eso, ayudará a digerirlo bien o para el futuro...
Comentó, a lo que la niña abrió su boca y sostuvo ágilmente el pan, para luego señalar arriba.
—Pequeña saltarina, te he dicho que no seas tan amistosa.
La voz femenina sonó desde arriba, provocando que Silas diera un millar de maldiciones e improperios que en su corta vida no habría alcanzado a decir.
—Bueno, es un gusto, señora araña. ¿Qué desea comer?
Silas habló revolviendo la basura comestible que tenía.
—Me apetece algo fresco, a lo mejor una presa viva.
Dijo la mujer con un tono de voz juguetón, pero Silas buscó rápidamente lo que podría servirle.
—Tengo lo que estaba buscando.
La mujer descendió dando una hermosa pirueta. Tenía un color azabache en la piel, que resaltaba sus ojos rojos intensos.
—Creo que no has entendido…
Silas sacó algunas piezas de carne que eran recientes, girando rápidamente y entregando en las manos a la mujer que era dos cabezas más alta que Silas. Los dos se miraron a los ojos, entre curiosidad, aunque Silas estaba más llevado por el miedo.
—Adiós.
Silas sonrió y apuró el paso, golpeando el carrito con fuerza hacia la luz que parecía ser de la puerta.
—Es extraño, me sorprende que siga vivo.
Dijo la mujer, mirando con curiosidad. En ese instante una figura descendió, firme de una cuerda.
—Ustedes son terribles cazando.
Gruñó la mujer que tomó una pieza de carne y arrojó varias más a las alturas.
—Curioso, está fresco… Esto es de ahora y nunca tienen cosas de tan poco…
Comentó la mujer con la boca llena de carne, para dar un mordisco más, dejándose incapaz de comunicarse con claridad.
—Saltarina. ¿Dónde está tu cuchillo?
La niña, con el pan cubierto con melaza, miró su mano libre, dándose un golpecito en la frente al darse cuenta de que lo perdió.
Silas huía, no sabía si estaba a salvo pero esto de dar comida ya había sido suficiente. Estaba ofuscado, deseaba golpear, patear, no ser condescendiente ante otros que eran fenómenos o monstruos anormales. Deseaba ser él quien aterrorizaba como arriba en los barrios bajos, no al revés.
Al llegar a la luz, su calma se acabó.
—Soy un cabeza de pez luna… Un tonto útil.
Silas quería que lo enterraran vivo. Ante él había, dentro de las jaulas, otras rejas, que llevaban a lo que parecía un vestidor olvidado. Cada tocador era una parodia de terror de una dama, maquillando su rostro, clavando los restos de lo que alguna vez fueron a su carne rancia y purulenta para simular pestañas o lunares.
—Hola… tengo comida… ¿Alguien quiere?
Dijo Silas, provocando que todas voltearan a ver al nuevo. Si bien no fue mala la bienvenida, todas siguieron con su trabajo.
—¡Mocoso! ¡¿No ves que estamos a contrarreloj?! Eres estúpido. ¡Más que las mantis o las avispas!
Gruñeron y gritaron dos mujeres al mismo tiempo, cada una hablando fuerte sobre lo que dice la otra. Sus piernas y brazos peleaban entre sí para ver quién movía qué.
—¡Qué me vienen a tratar así, ustedes… ¡Caras de esponja!
Las mujeres se miraron confundidas. Alguien apareció por detrás de ellas comiendo.
—¡Chicas, chicas! ¡Los escarabajos carroñeros deben ser unidos!
Comentó la mujer con una gran sonrisa, salpicando algo de carne.
—Amo la carne fresca, con razón llegaste tan lejos, pequeña presa. El olor de tu miedo es exquisito.
Comentó la mujer sonriente, dando otro mordisco con gusto.
—¿Es carne fresca? ¡Qué vergüenza! ¡Por qué no lo dijiste, presa inútil!
Las mujeres reclamaron y pelearon mientras iban a buscar algo de comer, pero Silas no sabía qué podía hacer entre tanta rareza.
—¡Relájate, nuevo! ¡Aquí en el circo nadie para, nadie está triste!
La mujer dijo con una gran sonrisa. Fue entonces que Silas lo vio. Eran pequeños gusanos que caían desde la piel del rostro de la mujer al sonreír tanto.
—Es un gusto, no… ¿mantis?
Dijo Silas dudando, preparándose para la respuesta, la cual fue opuesta.
—¡¿Mantis?! ¡Soy una... langosta!
La mujer se llevó la mano a la cara y río a carcajadas escandalosas.
—Toma tu carro y empuja. La que quiera comer, se acercará.
Comentó la langosta comenzando la marcha, y en efecto, silenciosamente cada mujer tomó su porción de alimento rancio o sucio. Llegaron al último lugar, un tocador inmenso, con un par de luces para dar brillo.
—Dulce mariposita de mi corazón, le he traído a un amigo.
La mujer levantó la mano para que la langosta se callara. Esto hizo que la langosta dejara de sonreír, mostrando la piel suelta y llena de gusanos. La mujer estaba terminando de que dos mujeres la arreglaran, o de construirle la cara. Tras piezas de metal atornilladas a su rostro, ensamblando para simular gran parte de este, se le colocó una máscara hermosa, de porcelana y seda, algo que resultaba ser más allá de bello, era como un ritual funerario. La máscara era la única cosa intacta en ese lugar.
Tras la máscara la mujer se levantó.
—Saludos, es un gusto tener a un estimado miembro de la familia Hernández entre nosotras.
Comentó la mariposa, lo que congeló a Silas, quien sin mirar atrás, parecía que una turba se formaba lista para devorarlo.
—Niño tonto, tranquilo. ¡La mariposa sabe muy bien lo que hace!
Dijo la langosta alegremente, lo que disgustó un poco a la mariposa, quien en respuesta solo dio un sonido. La mariposa habló, pero Silas por alguna razón sintió que algo le miraba desde el tocador. Donde, en efecto, el cerebro descubierto de Randall estaba lleno de agujas, palpitando, haciendo que este mirara suplicante. Los ojos de Randall, todavía vivos, se movían desesperadamente.
—Veo que viste a mi amigo. ¿Son amigos?
Comentó la mariposa contenta.
—Perdón, solo me distraje porque… sentí que me miraban.
Esto causó risas.
—Siempre nos observan. No importa si estamos solos o si dormimos, se arrastran y nos observarán. Son el público, la verdadera familia.
Comentó la mariposa, mirando cómo una jovencita traía una pieza de carne cuidadosamente.
—Gracias, tesoro, siempre logras cumplir con lo que te solicito, a cambio de eso puedes jugar con nuestro invitado. Es muy resistente.
Dijo la mariposa de forma dulce, dando un sutil movimiento de la mano de forma educada como si la otra mujer fuera una niña y le diera permiso mientras los adultos hablaban.
—Veo que tienes historia con ese… hombre.¿No es así?
Expresó adecuadamente Silas pero sintiendo como algo no iba bien. Viendo cómo la otra mujer comenzaba a tomar agujas y comenzó a clavar agujas en distintos puntos en el cerebro del juguete.
—Ha pasado mucho pero no realmente, si de personas de mi interés de tratara. Tengo a varios de distintas familias que han tenido historia con mi yo pasado, trayendo en efecto a mi yo presente.
Comentó la mariposa, mirando un fragmento de vidrio que logra reflejar parte de su rostro.
—Comprendo… pero… ¿me has dado algo? Yo …
Silas tuvo dolores y se llevó las manos a la cabeza mientras su cuerpo se sentía hirviendo.
—Tú… pero… tú… Eres... de los… ¿Cómo?
Solo dijo Silas, sintiéndose mareado, además de ser interrumpido por la mariposa con un tono algo seco.
—Claro, tristemente soy una respetada miembro de las familias, alguien de la alta alcurnia. La podredumbre de aquí no distingue apellidos.
Dijo la mariposa con orgullo. Silas estaba sudando frío. La relación de las familias siempre había sido tensa, aún más si se sabe que los Hernández tienen a miembros de las otras familias en estas condiciones. Pero sus pensamientos se nublaron por una mala jugada del destino, arrodillándose. El horror no era ser asesinado, sino ver a la aristocracia disfrutar la tortura con tanto tedio y elegancia.
—Nunca pensé que un Hernández conociera la más mínima muestra de cortesía, gracias.
Comentó la mariposa, mostrándose agradecida por el gesto. El joven perdía en sus intentos de aguantar, volviéndose en vano, y solo terminó perdiendo la conciencia. El olor a melaza, sangre y terror era demasiado, y el mundo se inclinó hacia el negro.




Capítulo V: Santuario de agujas y bisturí

Tras un tiempo inexistente, Silas despierta con la mirada empañada y todo girando en torno a un malestar general que no lo dejaba en paz. El hedor a icor, metal caliente y pus dulce era abrumador.
—Por el crustáceo...
Comentó el joven con la cabeza moviéndose sin tregua. Este solo veía un sinfín de figuras deformes y maltrechas a su alrededor y una gran luz sobre sí que encandila la poca visión que tenía antes de volver a ver todo negro. Estaba en una mesa de metal, sujeta por correas oxidadas.
—No te rindas. Está más que muerto. Calla la boca, podemos ser las primeras de comer carne tierna. Tú cállate, en cuanto a ti, duerme y ve a la luz.
Silas escuchó la voz de las siamesas o conocidas como las carroñeras.
—No tienen nada mejor que hacer... Cada vez que se juntan, son desagradables.
Las palabras de Silas fueron un fuego que estaba peligrosamente a punto de consumir todo si no fuera porque tres mujeres rotas, con puertos parchados, escondiendo metal, carne y hueso, lo rodeaban.
—¡Ya verás maldito! ¡Te dejaré de color morado!
Las amenazas de las hermanas le causaron gracia, a lo que se esforzó en verlas para darse cuenta que, aparte de ellas, había otro par de hermanas que lograba ver, aunque unidas por la parte superior, dándoles tres piernas, dos brazos.
—¡¿El par no puede ponerse de acuerdo?!
Comentó una voz familiar pero su tono no se asemejaba a lo que era antes.
—¡Vamos a partir al bastardo, ya tengo hambre y es inútil salvarlo!
Rugió la langosta nuevamente, golpeando la mesa donde estaba Silas.
—¡Hasta que la idiota le dio hambre! ¡Vamos a partirlo, no quiero dejarle más carne a las cucarachas!
Corearon las carroñeras, lo cual trajo protestas de las mujeres haciendo que mostraran sus dientes amarillos con algunos cambiados por piezas de metal.
—¡Par de insectos estercoleros!. ¡Vuelvan a decir eso y les vamos a laminar ese trasero suyo!
Gritó una figura que se cernía en la oscuridad con violencia, está señaló a las carroñeras. Mientras esto ocurría Silas sentía como los sonidos de volvían en zumbidos que atravesaban su cabeza como aguijones.
—¡Regresa a tu agujero asquerosa cucaracha antes de que terminemos pisando tu rompecabezas de cara!
Alzaron la voz las hermanas, en lo que la langosta gritaba furiosa por la intervención de las cucarachas, al punto de salpicar de saliva por su exaltación, formando así una serie de discusiones aparte con estas. Fue en ese momento en que Silas vio algunos rasgos de las supuestas cucarachas que tenían sus extremidades superiores cortadas y unidas en un ensamble confuso.
—¡Por alimañas como ustedes es que estámos en esta situación!
Gruñó una de las mujeres que tenía harapos que hacían de capucha. El joven se dio cuenta que su visión no lograba enfocarse, dando vueltas sobre lo que trataba de ver. Este angustiado intentó comprender, por lo que miró a la langosta, pero se llevó una sorpresa terrible al verla como era realmente: su carne viva estaba con unos cuantos gusanos, la piel vieja y seca estaba partida por doquier.
— ¿Dónde...? ¿Qué...? ¿Por qué estás desnuda...?
Comentó Silas, incapaz de completar sus preguntas, dando palabras sueltas. Mientras su cuerpo se sentía destrozado y consumido por un dolor que se extendía como veneno.
—¡Ven, se estropeó! Hay que partirlo. ¡Hay que comerlo mientras sigue caliente, jugoso y delicioso!
Comentó la langosta babeando por la posibilidad de comer, afirmando su abdomen, como si se le hubiera clavado algo, sin embargo, recibió un golpe desde atrás.
—Espera idiota, ya tenemos problemas suficientes, parece que el anfitrión lo anda buscando.
Comentó una voz, seca y dura pero se le hacía familiar.
—Que me importa, yo tengo...
La langosta estaba irritada, pero recibió un golpe en la boca, colocando un buen trozo de carne en su boca.
—¿Mejor? Compórtate.
Dijo la voz de la mujer que resultaba dura.
—¡Mucho mejor!
Lo dijo la langosta con la boca llena. Esta disfrutaba de la carne de dudosa procedencia.
—Querida es muy simple la forma de satisfacer tus necesidades, deberías priorizar tener más ... sofisticación.
Sonó la voz de la mariposa, esta estaba mucho más atrás.
—Ambiciones, es vulgar lo que digo pero es una forma sencilla y clara de decirlo...
Añadió la mujer, tratando de explicarse.
—¿Te refieres a que no me puedo guiar por mi instinto psicótico de consumir alimentos, principalmente carne, loque me hace sucumbir en el deseo de poseer más?
La langosta dijo, sacando otro trozo de carne, esto dejó a la mariposa dudando un instante.
—¡Adoro esa parte de ti tan comprensible y audaz!
Dijo la mariposa aplaudiendo la forma de acertar de la langosta.
—Como sea, las pulgas dijeron que no regresarían nada, ya que lo que robaron fue conseguido de forma legítima...
La mujer de voz sería sonó molesta, tratando de explicar lo que parecía un desacuerdo.
—Acabemos con esto entonces.
Dijo animada la langosta, tratando de dar ánimos al grupo.
— ¡Hey! ¿Estás lista para tratarlo? Creo que está cambiando el color de nuevo...
Dijo la mujer, esto le daba recuerdos que podría ser una de las arañas pero no lograba identificar cómo se llamaba. Sonó una voz, a lo que las mujeres se abrieron para dar paso a algo.
—Claro, porque no...
Era la voz de un hombre, sonaba a alguien mucho más viejo de lo que era posible, con la voz seca, y algo mecánica. Silas identificó el crujido de engranajes mal lubricados mezclado con el habla.
— El veneno en su pierna no es terrible, pero al parecer para ser de una saltarina es problemático...
Añadió, con el sonido de su respiración silbante y el traqueteo metálico moviéndose a Silas.
—¿Que...?
Preguntó Silas, balbuceando luego incoherencias.
—El colmillo de la araña... Truco barato, pero en la mayoría de los casos suele ser devastador, dependiendo del espécimen, por lo general el tejido se daña por la necrosis...
La voz del hombre se aproximaba a Silas quien no podía modular del todo bien, creando una especie de terrible dolor que paraliza su cuerpo, sin embargo, tampoco nadie quería hablarle con la doctora hablando.
— El individuo parece estar padeciendo algunos síntomas como el malestar general, problemas en su temperatura... Hay algunos indicios que pueden confirmar el fallo de su capacidad de comunicación...
Comentaba fríamente mientras crujía y rechinaba.
—Deberíamos hacer unas cuantas biopsias para asegurarnos.
Comentó una mujer llena de cortes. Que parecía aguardar con entusiasmo al hombre.
— ... Si, sería recomendado, el comportamiento del veneno indica no ser mortal, pero ha traído diversos síntomas... La pierna debería ser cortada y analizada...
El doctor hablaba de la pierna de Silas, la cual le preocupó, ya que no había movido en sí las piernas, únicamente una la sentía caliente.
—¿Que paso...? ¿Que tiene ... Mi pierna?
El muchacho apenas lo dijo, para luego solo esforzarse en poder bajar la mirada, dando un bramido de dolor. Vio su muslo hinchado, una palidez antinatural con vetas negras.
—Parece que no se había dado cuenta...
Comentó la langosta disfrutando de la carne.
—¡¿No podían decirme?!
Gruñó Silas, tratando de tocarse la pierna, esta tenía un torniquete nuevo que apretaba mucho su pierna, separando la parte inflamada, aunque manchas rojas y sus venas abultadas destacaban y avanzaban lentamente.
—¡¿Pero que crustáceos paso con mi pierna?!
Dijo en voz alta Silas, provocando que las miradas se centraran en él.
—Despertó la princesa. Es un gusto conocerle majestad.
Comentó una mujer llena de cortes profundos, sus extremidades eran prótesis toscas de metal ensamblado para fingir ser extremidades, tornándose más como algo monstruoso. Ella era una de las cucarachas encapuchadas. Su rostro se asemejaba a la Cara de una Anguila, está era la que había detenido a las demás de tener un festín con él, pero dudo si era mejor morir por su pierna o ser un festín,esta mujer estaba tan tratada y reemplazada por piezas que era más una prótesis ambulante.
—Estoy… Despierto solo que… Todo me da vueltas, cara de anguila.
Comentó Silas tratando de insultar a la mujer, lo cual provocó una sonrisa que marcaba sus prótesis dentales, como óseas. La mujer no entendía tantas palabras del mar pero le causaba risa que resultaran en algo que debería afectarle.
—Me resulta chistoso el trozo de carne muerta.
Comentó la mujer señalando la pierna del joven en tono de burla.
—Y pensar que tú querías comerlo. ¿No?
Añadió la mujer levantando uno de sus brazos y lamiendo con una larga lengua que variaba en tonos azules y morados, mientras la boca babeaba una baba densa.
—¿Qué? ¿Te refieres a mi? ¿No ves que estoy tranquila comiendo?
Espetó la langosta aparentando confusión y algo de indignación cómica sobre la acusación que le estaban colocando sobre su persona.
—No sabes mentir. Tus chistes son malos. No son tan malos pero carecen de chiste.
Comentaron las siamesas entre sus discusiones.
—¡Carroñeras! Cucaracha, no sean así de malas conmigo, nunca pensé querer probar ni una sola parte del nuevo.
Dijo la mujer llevando su mano desnuda al pecho casi inexistente.
—Ni siquiera tú te crees esas mentiras.
Mencionó la voz del hombre, forzando su voz. Este miró cuidadosamente el corte, pero sin previo aviso extrajo el cuchillo.
—¡Viejo lobo de mar, eres una esponja de mar, solo sabes hablar con esa boca de bacalao!
Silas gritó improperios ante el dolor, hasta que la propia causa del dolor le terminó callando.
—Antes los porteños aguantaban más...
La doctora comentó con seriedad, sus ojos de cristal reflejaban la escena como si grabara cada instante de la experiencia de Silas.
—Deberíamos comenzar con la extracción y limpieza de la zona afectada para luego tratar el envenenamiento con algunos antídotos...
Comentó revisando la textura de la sangre negra que brotaba de la pierna.
—No es mala... No es complicado, tuvo que haber sido más que nada un accidente...
Comentó para sí misma, mirando a la cucaracha.
—Cucaracha, trae a la sanguijuela...
La mujer protestó dando golpes contra el suelo con sus piernas metálicas.
—Pero Doctora. ¿Es necesario que la llame?
Con sus ojos de cristal miró con el ceño fruncido a la mujer que parecía una niña.
—¿Es mujer? Con la voz pensé que era un viejo decrépito, que apenas lograba decir algo antes de ahogarse.
Dijo Silas, lo cual hizo reír a algunas que con desespero trataron de ahogar sus risas.
—...
El matasanos, o mejor dicho doctora, le miró con desprecio, abriendo sus fauces como advertencia por el insulto que le había dado. Su boca se abrió para revelar una compleja matriz de mandíbulas mecánicas y dientes óseos.
—Entonces hazlo cucaracha, voy a usar el bisturí para ver cómo está su abdomen. Los órganos deben seguir ahí, o al menos la mitad debería seguir sin licuar, ya que no ha expulsado ninguno.
Comentó mostrando que tenía una dentadura que combinaba atrocidades de metal, carne y hueso.
—¡Qué bueno! Es muy amable. ¡Lo dejaré limpio!
Celebró la cucaracha, haciendo gestos de agradecimiento a la doctora.
—¡¿Qué pretendes hacer..?! ¡Qué diablos!
Gritó y se retorció a duras penas, mientras la cucaracha extendía piezas metálicas y óseas escondía en su boca maltrecha para consumir la carne infectada.
—Damas, si fueran muy amables... no se contengan con la fuerza, después puedo suturar.
Comentó el matasanos, dando confianza a las mujeres, por lo que manos anormales, garras y pezuñas le sujetaron para que no se mueva mientras la cucaracha succionaba, mordía y disfrutaba de su premio. Silas sintió un dolor desgarrador y un calor intenso en su herida.
Este apenas logró dar un grito que sonaba a una súplica incoherente. Su cuerpo era comprimido como si en una pesadilla se tratara, pero su cuerpo sucumbía ante la presión. Sintiendo como cada hueso crujía y su piel se abría.
—No… Quiero… Morir… Como…
Habló cansado Silas. Apenas capaz de pronunciar las palabras, como si estás fueran un susurro del viento.
—Joven, no piense mal en el matasanos, saben lo que hace, cuando alguien te pica debes extraer el veneno y si es necesario remover parte de lo dañado...
Comentó la mariposa de forma amable, aunque guardó silencio por un momento por los gritos y la risa que expresaba el matasanos. Silas cerró los ojos y recordó el cerebro palpitante de Randall a pocos metros de él.
—Bueno, solamente esta es capaz, la única que puede salvarte. Aunque subas, nadie sabe revertir este mal... No solo perderías la pierna, tendrías una muerte muy lenta y atroz.
La mariposa buscaba armonía en donde no había, sobre todo en ese lugar, ante tales actos carniceros. El matasanos le entregó el colmillo de la araña como si fuera a saber qué hacer con él.
—Disculpe, distinguida señora. ¿Que debería hacer con esta pieza?
Preguntó la mariposa, pero no tuvo respuestas ya que el matasanos había empezado a cortar y los gritos incrementaban.
—Este hombre es desagradable, tendré que anestesiarlo.
Comentó, dando un tremendo golpe en la cabeza que hizo que esta tambalearse, se logró por un crujido con un quejido por el impacto.
—¡Marinero de agua dulce! ¡¿A eso llamas golpear?!
Rugió Silas, a lo que recibió otro, nublando la visión del joven, pero se resistía en desvanecerse.
— Me equivoqué con tu resistencia, perfectamente podrías ser una cucaracha...
Comentó la doctora golpeando una vez más con su extremidad de metal, finalmente tumbando a Silas.
— Adoro la anestesia, es un método infalible y divertida.
Comentó una joven carroñera que estaba detrás de las siamesas.
—Sí, nunca nadie reclama de la anestesia, la mayoría lo olvida... O nadie quiere decirlo.
Comentaron las siamesas que estaban adelante de estas otras. La mariposa lo inspeccionó, hace mucho que no miraba uno así de pequeño, resultándole en un juguete.
—Es lindo… claro, para ser un mestizo de los Hernández.
Comentó mirando a la oscuridad por un momento, acostumbrándose a esta con la que había vivido tanto.
—Te diviertes con tu grupito. ¿No Greta?
Pronunció una voz a su espalda, era ruda, seca y llena de sarcasmo.
—Para tu información sucia araña, soy una humilde pero distinguida mariposa de la estimada sociedad de... ¡Somos los civilizados!
Respondió seria, hablando con la mayor elocuencia a su acompañante inesperado.
— Tan predecible. Me aburre hablar contigo.
Comentó la araña desde arriba. Aunque guardó silencio como si mirara algo más.
—¿Vienes por comida? El carrito está por ahí.
Dijo la mariposa con un desprecio profundo.
—Me entristece que lo digas, me habría gustado que dividiéramos al nuevo, pero parece que es importante por molestar a esa cosa del matasanos.
Comentó la mujer descendiendo tranquilamente con sus múltiples extremidades.
—Violinista... ¿No te cansas de estar en los rincones esforzándote en odiar y que te odien? ¿De creer que eres superior?
La mujer mostró los colmillos molesta ante el intento de cercanía.
—No digas patrañas, tú como las otras tratan de hacer esa tonta idea de hermandad, de sobrevivir. ¡Pero la hermandad es la cadena de la esclavitud! ¡Nada ha servido!
Reclamó la araña, furiosa por la forma de hacer las cosas de las mujeres.
—¡¿Que?! ¡Tú y las otras querían mantenerse en un eterno ciclo de presa y depredador! ¡Éramos libres en nuestra locura!
Alzó la voz la mariposa, teniendo cambios en su forma de hablar ante el esfuerzo.
—Al menos seguiríamos libres. ¡En cambio, ustedes agacharon la cabeza para los Hernández y el amo del circo!
—Prefiero fingir y darle la oportunidad a otras que volverme en una bestia sin conciencia. ¡Tú te rendiste a tu naturaleza!
Comentó la mujer, calmando su temple para no volver a tener problemas al hablar.
—¡No me llames bestia, seguimos haciendo lo mismo! Solo que tú y las estúpidas trataron de hacer las cosas a su manera y no consiguieron nada. ¡Vives por el maquillaje y las máscaras! ¡Eres el mejor ejemplo de eso!
La araña estaba alterada, sin embargo, no se quedó ahí, empujando a la mariposa, quien estaba distraída en sus recuerdos.
— ¡Dime! ¡¿Que fue lo que consiguieron al salir?! ¡¿Que consiguieron con oponerse a los Hernández o del amo del circo?!
La mujer gritó, exasperada, pero la mariposa no dijo nada, solo se llevó la mano a la cara, solo recordando en silencio.
—¡Yo...!
La araña se detuvo, abruptamente, mirando a la saltarina detrás de la mariposa.
—Está bien... El nuevo ya nos dio comida, bromearon un poco, solo vine a escoltar a la saltarina para que ningún tipo de mosca se la trate de comer, o mantis, o hormigas... Y toda la mierda a nuestro alrededor.
Gruñó la araña más tranquila, regresando a la oscuridad eterna del techo.
—Supongo que es un adiós...
Comentó la mariposa en tono triste.
—Hola...
Dijo una pequeña voz, la niña que había traído tantos problemas y que tuvo que postrarse al amo del circo que lo sabía de mucho antes, a diferencia de los Hernández, quienes seguían sin saber de su existencia. Es por ello que la mujer colocó una pose teatral y se giró para hacer una elegante reverencia a la niña percatándose de la expresión llena de pena de la pequeña.
—Saludos, estimada Dama. ¿Cual es la razón de su presencia en estos confines de la oscuridad?
Dijo la mujer dulcemente.
— Hola. Soy saltarina. No soy dama...
Comentó la pequeña inflando el pecho con orgullo.
—No, no, lo que quería decir era sobre...
La mujer se detuvo, ya que la arañita estaba mirando a su alrededor, distrayéndose por el forcejeo que se formaba entre las mujeres.
— Ignora a esas incultas e irrespetuosas mujeres.
La niña volvió a verle, tratando de saber qué decirle.
— ¿Sabes dónde está mi colmillo?
Preguntó la pequeña, para observar a la mariposa con todos sus ojos.
— Sí, aquí está...
Titubeó la mariposa, alzando su mano para mostrar el pequeño puñal.
—Pero procura usar tu colmillo y no el de alguien más.
La niña pareció avergonzarse y asentir ante el consejo, aunque la escena parecía sombría en la tensa oscuridad. Los gritos y forcejeos desde la tenue luz eran una alegoría para los expectantes, estos se arrastran tranquilamente sin ser vistos por nadie en la absoluta oscuridad.
Capítulo VI Agravios circenses

Todo se encuentra envuelto en oscuridad, de esta el mundo volvía a tomar forma en sus recuerdos, su nacimiento, la muerte de su madre como su vida en los barrios bajos, esto hasta encontrarse con el viejo, que dejó a Elías a cargo de un pequeño ladrón, lo que le enseñó Elías para sobrevivir en el mundo, las decisiones que eligió frente a la vida que tuvo, su pasión, su enojo, su alegría, todo hasta sus errores que le llevaron a los pisos más bajos del pozo, o eso pensaba.
— ...
Ahora era consciente de quién era, lo vivido y sus últimos momentos, sin sentir nada, hasta que algo comenzó a hacer efecto en él. En un principio fue el dolor que le recordó que vivía, luego surgió lo que podía percibir suavemente como el olor a polvo y sangre, hasta que esta inunda todo, mientras un sutil frío lamía su piel con descaro.
— …
Voces apagadas y difusas discuten cosas ilegibles desde algún punto de la oscuridad. Si bien Silas tenía miedo de estar en aquel lugar aún, o más bien nunca haber salido. Sus pensamientos eran vagos, mezclados con la condición de sí mismo como de cómo se sentía. Añadiendo el irritante malestar que provocaba el sonido exasperante de un foco que se repetía sin detenerse.
— …¿Porque… ?
Silas escuchó algo de una pregunta proveniente de un susurro enfermizo, en lo que sentía como la luz se acercaba en su cara ocasionalmente.
El origen del destello en una de estas oportunidades concentró la luz mientras se acercaba y logrando mantenerse suficiente tiempo para comenzar a quemar su piel suavemente.
—... Sácale el foco de la cara…
Comentó la voz de un hombre entre susurros vacíos.
—... Idiota… está muerto…
Dijo otra voz, era un hombre joven con la voz aguda que parecía ser el que había dejado el foco. Este lo sacó y acercó a la cara rápidamente para luego golpearlo en la sien con la mano.
—No… tiene… rápido…
La furia se avivó en Silas con cada golpe del inútil, pero su cuerpo entumecido le obligaba a esperar. Si quería sobrevivir, debía aguardar el momento oportuno. Lentamente, los sonidos y las voces comenzaron a abrirse paso a través del manto blanco de su conciencia. A medida que las voces discutían y movían cosas, Silas fue abriendo los ojos.
Eran dos jirones, lacayos desnutridos de las camarillas de los Hernández. Aunque su familia los usaba para diversas tareas, era extraño encontrarlos tan abajo.
— Te digo que no hay nada, no hay nada.
Habló un hombre impaciente, su cara estaba sujeta gracias a vendas, ya que la lepra había hecho estragos en su cuerpo.
— ¡Eres un cobarde! ¡Te digo que deben tener algo de comida!
Comentó un hombre más completo, pero tenía manchas por el cuerpo, como su rostro notoriamente consumido por las adicciones. Ambos inquietos, ambos llevados a su desesperación por causas distintas.
—Comida… Comida… Comida… Debe haber algo...
Murmuraba el hombre, decidido a encontrar algo para saciar sus entrañas. El joven ardía en rabia ante estos lacayos inservibles que su familia insistía en tener para hacer frente a diversas situaciones con otras familias.
—Ya buscamos en todos lados. ¡Comamos ese cuerpo entonces!
Dijo el leproso señalando a Silas.
—Con esto nos basta hasta conseguir algo…
El hombre vendado miró espantado a Silas, dándose cuenta que el muchacho estaba despierto. El joven aguerrido saltó furioso, pero su cuerpo no respondía del todo, cayéndose al suelo, pero con un audaz movimiento tumbó al leproso, golpeándolo en las piernas, dando como resultado un alarido.
Estando ambos en el suelo, comenzaron a dar golpes, el hombre con vendas usaba todas sus fuerzas para sacarse a ese hombre de encima, en cambio Silas, si bien no se había recuperado, daba golpes certeros sobre la piel gruesa y carne pulposa.
El adicto sacó un trozo de metal con empuñadura, listo para alzar golpes para acabar con Silas, este logró agacharse ante el primer corte y el segundo, aunque este rasgó sus harapos, dejando visibles unas horribles marcas en su torso.
—¡Me aseguraré que estés muerto y nos daremos un festín contigo!
Este gritó, listo para volver a cargar con las fuerzas que le quedaban. 
En ese instante, con sus ojos claros, teñidos en amarillo por el fallo de sus órganos ante el consumo de estupefacientes, se centraron en el movimiento extraño de la cicatriz de aquel joven extraño, este se asqueó, sabiendo que no podía ser producto de su mente alterada. Todos se habían asegurado de consumir lo que repartió el líder de su camarilla.
El mal viviente se distrajo un instante al ver que el muchacho tenía una grotesca cicatriz en su torso que devoraba piel, carne e inclusive huesos que se asomaban para regurgitar entre espantosas suturas con cabellos largos y gruesos como si fueran de un caballo, dejando una especie de fauces rotas del podré de su torso.
— ¡¿Qué…?! ¡Qué coño es esa cosa!
El hombre sólo logró expresar su extraña mezcla de sorpresa que estaba envuelta en miedo y asco. No pudo decir, ni hacer nada más cuando el muchacho asestó un golpe directo a su nariz, hundiendo sus fosas nasales.
—¡Condenados jirones patéticos!
Rugió Silas como una bestia. Esto hizo que soltara el arma para cubrirse la cara ante el dolor.
—¡¿Qué te ocurre?! ¡Eres un anormal!
Gritó el leproso ante el joven, que no lograba comprender lo que ocurría con cada movimiento que hacía este. Pero ante la agitación de los dos hombres, Silas aprovechó para volver a golpear un par de veces al leproso.
—Es… Espera…
Apenas dijo el hombre con la cara rota, viendo al otro tendido recibiendo los golpes, todo esto entre lágrimas, mocos y sangre.
—No, nada de espera.
Dijo Silas tomando el arma rústica.
—Puedo ayudar… hay más, es caos. Nuestra camarilla está surgiendo…
Dijo el hombre aterrado, mientras su compañero desenfundaba una vieja daga y se preparaba para asestar un golpe mortal para el joven que les había humillado. Ahora con los dos en el suelo, Silas los miraba con desprecio a la basura.
—Son patéticos, alguien del puerto jamás se rebajaría a tratar de tomar los niveles inferiores de otra camarilla.
Les reprochó Silas escupiendo al suelo por la actitud humillante que tenían estos.
—Bueno, la verdad es que…
El hombre con manchas en la piel carcomida por el exceso de sustancias agachó la cabeza, sabiendo que sería la última vez que tendría que agachar la cabeza a otro lacayo del resto de camarillas de los Hernández. Fue entonces que el leproso sujetó a Silas del hombro y clavó profundamente la daga en su espalda, abajo de las costillas.
—Bastardo… Nunca te vi venir.
Solo pudo decir Silas, para sentir que el sujeto que tenía detrás retorcía la daga y la volvía a enterar, una y otra vez.
—Muere… Muere … Muere…
El leproso estaba absorto en su éxtasis de violencia, apuñalando incontables veces a Silas, quien apenas pudo mantenerse en pie por su falta de fuerza y el peso que ejercía este hombre sobre él.
En ese momento de dolor cegador, un pensamiento ajeno cruzó la mente de Silas, rápido como un destello de luz, la voz mecánica del entomólogo resonando con furia.
—...El espécimen cero cero cuatro… es la... La mujer pelirroja no es una presa, es la... Solomon sabía que el contagio era la única forma de ascender… La diferencia… Los … solo juegan con la cáscara…
La voz resonó en su mente como un taladro que perfora cada uno de sus huesos hasta llegar a la médula y seguir abriéndose paso en cada milímetro de su ser.
—¡Percebes! ¡Está muerto! ¡Está muerto!
Gritó el leproso horrorizado, soltando la daga. El dolor de la mente de Sila se desvaneció, dándole la oportunidad de darse cuenta en donde estaba.
—¡¿Qué percebes?!
Gruñeron en un coro de confusión los otros dos. Por lo que Silas trató de ver su espalda, comprobando que tenía decenas de cortes profundos que no sangraban, asumiendo que fueron cortes o heridas sin profundidad que las podría tratar luego. La piel era dura, como cuero.
Por otro lado estaban atónitos los jirones, pero Silas no esperó a que estos lo liquidaran, por lo que pateó los genitales del leproso.
—¡Te cortaré en pedazos!
Rugió el hombre con su nariz aplastada. Pero Silas sujetó al leproso y arrojó contra su compañero, cayendo sobre la puerta abriéndola. Revelando el caos exterior. Una luz débil y grisácea lo cegó momentáneamente.
—Me lleva el caleuche… se juntaron todos los jirones…
Con sus ojos el reflejo de decenas de ojos le devolvían la mirada con desprecio, odio, resentimiento, pero por sobre todo hambre y violencia.
Ante los juegos retorcidos que impone el infame destino a quienes solo son piezas en un retorcido espectáculo que nos vuelve una simple forma de entretención. Es en este caso que si bien Silas actuaba de forma temeraria, no era alguien que desearía derrochar la vida en vano, sobre todo con los jirones de carne, sobre todo si se trata de una ridícula rencilla familiar.
Silas corrió con sus fuerzas, sabía que un tonto se quedaría o buscaría alguna forma de confrontar tal situación, pero al ver que este lugar no estaba ni cerca de su hogar, tuvo que huir. Los Callejones eran estrechos, cubiertos de basura y putrefacción, una carrera de obstáculos, pero no podía dejarse demorar o fallar, porque la muerte era la que le aguardaba.
— ¡Que las jaibas se coman sus entrañas!
Gritó Silas tratando de pasar por debajo de parte de una pared en ruinas, por lo que trató de arrastrarse, metiéndose por una rendija que se había formado producto de un deslizamiento del terreno.
— Por favor, no me puedes hacer esto, debo pasar…
Dijo Silas esforzándose en poder pasar por el pequeño espacio que le dificulta. Con la poca fuerza que aplicó Silas, la pared endeble. Esta se quejaba ante la más mínima fuerza.
—No me hagas eso, asquerosa pared…
Silas pasó, a lo que la pared tembló y crujió en protesta del joven, quien avanzó en la oscuridad de la tierra suelta que parecía estar debajo de una construcción. Pero el espacio acababa, no tenía salvación, solo estaba atrapado, a lo que los jirones ya empezaban a rodear ese pequeño espacio con el deseo de acabar con el de la forma que fuera.
—¡Lárguense!
Gruñó Silas pateando a uno en el rostro, pero los malvivientes eran escurridizos y no tenían problemas para entrar en el agujero.
— ¡¿Creen que soy tan fácil como para que me liquiden unas patéticas bolsas de carne?!
Estos solo gritaban como una jauría de bestias psicóticas, tratando de arrastrar a Silas al exterior. Estos podían pasar de a uno, pero en su éxtasis de violencia no consideraron la delicada pared que recibía a decenas que se aglomeraban para sortear por cualquier lado.
— ¡Son unos marinos de agua dulce! ¡Son… !
La rabia de Silas ante la muchedumbre se vio silenciada por un sonido que dio un mal augurio. Ante la insistencia de los hombres de tomar su trofeo, lograron hacer que la pared se dejara llevar por los años de vida inclemente.
Esta cayó, aplastando a los primeros que estaban abajo, mientras lluvia de ladrillos azotaba cruelmente a los que pasaban por los costados, los de arriba fueron como una cría que aún no sabía dar vuelo, cayendo entre escombros. La pared se dejó caer por completo, pero antes arrimó al resto del lugar, empujando pilares y más paredes con el techo, que eliminó a cualquiera que estuviera en su paso.
La caída fue un instante que Silas pensó que también sería aplastado, pero el suelo solo gritó, crujió y tembló, pero la escena aún no terminaba. Estos se dispersaron y cayeron, seguidos de estruendosos golpes, el suelo se alzó con un grito seguido de lanzas llamando a su final.
—Puedo…
Silas miró cómo el suelo le daba a luz, sacándolo del socavón y arrojando su cuerpo hacía atrás. Cada parte de esta estructura moribunda era una incontable serie de viviendas cercanas a los Hernández, pero donde él jamás había estado, o eso pensó cuando voló por un instante y vio que la gravedad lo reclamaba.
—¡Me lleva el caleuche!
Gritó Silas viendo cómo se precipitaba a los techos de casas aledañas. Primero atravesó el techo delgado, sintió cómo su cuerpo era un trapo que era golpeado sin piedad, azotado por vigas endebles y apolilladas, luego bajó golpeándose contra el seco suelo de madera.
— ¡¿Qué rayos haces en mi casa?!
Gritó un hombre viejo que sostenía una pala, alzando la contra Silas, quien se esforzaba en respirar tras el golpe.
—¿Eres idiota? …
Silas dijo con un terrible malestar incómodo que recorría su tórax por el impacto.
—¡No! ¡No! ¡No!
El anciano estaba descolocado, su mente no pensaba en otra cosa que su guarida en ruina. Esto molestaba a Silas.
—Disfrutaba del …
El sonido del suelo marchito por el esfuerzo solo fue señal de más dolor, ya que no pudo reaccionar cuando este se cayó, arrastrándolo y golpeando contra la casa de abajo.
—¡Mi suelo! ¡Destruiste mi hogar condenado jirón!
Rugió el hombre arrojándole cosas a Silas, quien le hizo una seña con la mano ofensiva.
—Púdrete anciano, agradece que no suba a … romperte la cabeza.
Gruñó Silas, mirando a su costado, donde había una familia demacrada viéndolo desde una pared con una maltrecha ventana desvencijada.
—¡¿Ustedes que me ven?! ¡Acaso…! Nada…
Silas iba a amenazar a las personas, pero no se sentía bien para hacer que alguien más fuera hostil con él, por lo que solo se puso de pie.
—Que asco… eso da miedo…
Decía una de las hijas mayores en susurros incómodos, observando con sus ojos claros como un azul jamás visto en esos lugares. Pero la belleza de los ojos era asediada por la mugre que consumía su cuerpo completo. Miró donde estaba, la casa pobre y demacrada, tenía sus paredes desolladas por el sadismo del tiempo.
—Mamá, papá… ¿Que es eso?
Murmuró de forma poco disimulada el menor de la familia.
—Tengo miedo de eso…
Añadió el pequeño compartiendo el pavor de toda la familia. El muchacho se levantó adolorido, cojeaba de una pierna con dificultades para moverse.
—Calla, calla… mejor dejamos que se largue…
Comentó la madre con la voz con residuos de miedo. A lo que Silas se giró para verles, con la sorpresa del sonido de sus huesos al moverse o lo que pretendía ser huesos.
—...
Esto provocó que Silas tuviera una terrible mirada sobre sí que oscurecía todo atisbo de ánimo.
—¡Aléjate! ¡Tú no te acerques, monstruo! ¡Atrás!
Trató de rugir de forma inútil el padre, ya que estaba sumido en miedo.
—¡Calla cachalote varado! ¡¿A quién llamas monstruo?!
Dijo Silas con su voz llena de rabia y rota por el miedo ante la situación en que estaba, ya que no comprendía nuevamente nada.
—¿Que…? ¿Qué percebes me pasó…?
Comentó Silas en lo que se mostraba temeroso por la situación que era distinta a lo extraño que había pasado antes, ya que esto le afectaba directamente.
—¿Qué centollas es todo esto…?
Murmuró Silas, pero apenas lograba oírse ante el ambiente a su alrededor que era un caos, el anciano de arriba gritaba molesto por su casa, en cambio la madre y los hijos mayores hablaban tratando de calmar a los menores que lloraban sin consuelo.
—¡¿Por el cangrejo?!
Dijo Silas tratando de salir cuanto antes de ese lugar. Pasó por la puerta consumida por termitas, para ver que el caos rodeaba todo el sector.
Sabía cómo era el desorden que podía hacer una camarilla, pero el lugar no estaba cerca de su territorio, menos del territorio de los Hernández. Estaba en un sector satélite, un barrio fantasma controlado por una fuerza desconocida, estos eran simples hogares pobres de bajo recursos que estaban sobre los sectores de los Gutiérrez. Una familia con una influencia mucho más grande y complicada que el resto.


Capítulo VII Pueblo de tornillos sueltos

Silas conocía y había participado en los alzamientos de las camarillas incontables veces desde temprana edad. Pero este alzamiento no era uno habitual, ante el conflicto se desarrollaba un conflicto de familias.

—Esto es un gran pepino de mar… Lo peor es que parece que todo se ha podrido más de la cuenta…

Dijo Silas moviéndose al borde de la calle amplia.
Las camarillas usaban equipo rudimentario para los lacayos, armas oxidadas, garrotes dentados y la pura, cruda furia del hambre, sin embargo ahora algo más los impulsaba en un cólera virulento. Los que se enfrentaban ahora eran una mezcla más extraña, un híbrido aterrador, donde incluso los oficiales, figuras normalmente intocables con sus uniformes color oliva y sus estúpidas goras, estaban por un lado, tratando esta situación con una brutalidad calculada que olía a un despliegue fuera del orden habitual de las familias.

—No puedo creer que … Esto sí que está mal…

Silas murmuró, más para sí mismo que para el aire cargado, asombrado por la imagen a la lejanía que tenía como epicentro el Ayuntamiento, la mismísima matriz de la autoridad auto proclamada noble, se encontraba asediado, y el humo negro que emanaba de sus ventanas rotas parecía un grito mudo de desesperación burocrática. El asedio no era solo físico, ya que trascendía más como un símbolo sensorial que se clavaba en la psique de Silas como un trozo de vidrio..

—¡Noo! ¡Nooo!

Un hombre pasó corriendo, un fantasma de la desesperación, con algo voluminoso en brazos, envuelto en un paño empapado. Su mirada estaba completamente desenfocada, dos pozos vacíos que sólo registraban la necesidad de huir. Solo avanzaba, sin ver, sin oír, impulsado por un motor de puro terror.

—¿Qué te pasa? ¡Oye viejo! Responde. ¿Qué te pasa?

Silas asumió que podría ser una oleada de jirones que estaría realizando un asalto por este lugar, considerando a los que se había encontrado en el derrumbe.

—¡No! No, no… ¡Horror! No, no, no…

El hombre se volteó y, por un instante fugaz, Silas pudo ver lo que traía en brazos: un amasijo de carne desfigurada, pálida y sangrante, irreconocible como ser humano.

— Sal, sal… no hay tiempo, ya viene…

Dijo el hombre con la mirada llena de un sufrimiento líquido, espeso, y luego continuó con su huida desesperada. El terror en sus ojos era la prueba irrefutable.

Silas se quedó, con el aliento atrapado en su garganta, mirando el charco sanguinolento que se formaba y expandía en el asfalto quebrado, un charco con restos de carne picada y astillas de hueso. El olor, una mezcla metálica de sangre fresca y bilis agria, subió hasta su nariz, un recordatorio vívido de la fragilidad de la existencia en este pueblo normal.

—Esto no es producto de jirones, menos de lo habitual que pasa en el pueblo, debe ser algo más…

Murmuró Silas para sí antes que incesantes gritos de pánico y dolor se formaron a sus espaldas, como una ola sónica. Los peatones huían, una marea de cuerpos rotos y asustados. Los carros aceleraban, los caballos tenían expresiones de locura histérica, sus ojos inyectados en sangre y espuma blanca brotando de sus bocas. Las ruedas estaban por partirse, gritando contra el pavimento, y los motores de vapor estaban al rojo vivo, escupiendo ceniza incandescente.

Todo huía, y el sonido de lo que venía, esto, no era un ruido, sino una vibración que daba un zumbido cavernoso y hacía temblar el mundo a su alrededor. Cada accesorio metálico de esa cosa daba un ruido de espantoso final con cada movimiento, un chirrido de metal sobre metal dispuesto a cumplir con su macabra labor.

Esta máquina de guerra, si se le podía llamar así. Era una aberración de ingeniería y crueldad, ahogó el escándalo de la calle sin distinción, asegurándose de no dejar nada tras suyo. No solo con su imponente forma y su lento, inexorable avance, sino que la imponía con toda violencia. Era un Engranaje de Hierro de la propia muerte que parecía haber sido extraído directamente de la pesadilla febril de un sin fin de mecánicos y herreros trastornados.

— Por un … ¡Me lleva el caleuche!

Silas no esperó que ese armazón metálico, esa mole grotesca de remaches, muerte y humo, lo consumiera como al resto que era alcanzado por terribles muertes a causa de sus aparatos de horror. La única respuesta lógica era la huida.

Este joven corrió con una desesperación que le rasgaba los pulmones. Sabía que no podía haber estado más tiempo en la calle, solo había una forma de salvación, la cual era refugiarse en las viviendas, los únicos lugares que ofrecían un muro de concreto entre él y el Holocausto mecánico.

— ¡¿Qué carajos haces de regreso, monstruo grotesco?!
¡Creímos que te habías marchado para siempre!

Rugió el hombre que había pensado que el extraño e indeseable hombre se había largado. La familia, refugiada en la penumbra, se horrorizó al verlo.

—¡No! ¡Alejate!

Gritó una de las hijas, acompañada del resto de la familia.

—¡Despreciable adefesio! ¡Abandona mi casa inmediatamente!
Exclamó el padre de la familia, mientras las mujeres arrojaban los pocos objetos que tenían a Silas como picados platos, viejas tazas, algunos trozos de escombros esparcidos por el suelo. El joven, sin detenerse, corrió y atravesó la ventana detrás de ellos.
Al atravesar el vidrio, se cortó levemente la cara y los brazos. Sintió los pequeños latigazos cortantes y un frio húmedo recorrió, no solo las heridas, sino varias partes de su cuerpo, antes de caer varios metros en el vacío posterior a la vivienda.
Pero el caos que dejaba rápidamente fue apagado con una violencia espantosa. Escuchó los últimos alaridos agónicos de la familia a sus espaldas, un sonido que fue brutalmente silenciado en lo que todo era destruido y consumido por las llamas feroces de tal infame invención del hombre.

—Por un jurel… un jurel bendito… creo que me salvé…

Dijo Silas, sintiendo un efímero alivio mientras caía por el aire, una sensación que era una mezcla de éxtasis y vértigo. Pero sin previo aviso, su cuerpo se azotó contra un techo inclinado de tejas de latón corroído. Golpeó, rebotó varias veces en un doloroso y caótico acordeón de huesos desquebrajadosy músculo, hasta caer de este sin control.
Cayó, golpeando la ladera de un acantilado del cerro.

—…¡No!... ¡Me parece que ya he tenido tantos golpes por esta vida…!
Fue lo único que pudo decir el joven antes de volver a golpearse con una roca saliente, cuyo filo parecía diseñado para romperle las costillas. 

—...Yo… no sé si es mejor haber muerto…

Pronuncio para sí mismo, intentando mover su cuerpo. Su físico parecía una especie de forma humanoide sin huesos, blanda y maleable, una marioneta rota con las cuerdas cortadas. La sensación no era dolor, sino una desconexión asquerosa, una plasticidad mórbida que lo incomodaba hasta el tuétano.

—... Qué asco de flexibilidad…¿Cómo es que…?
Silas observaba su brazo con un desagrado palpable. No terminó de hablar o de entender cómo podía mover su extremidad de esa forma si, por toda lógica biológica, estaba completamente rota. Era una de sus tantas aberraciones, un secreto oscuro que lo hacía sentir menos que humano. La roca sobre la que estaba se movió. La ladera estaba inestable.
La caída se reanudó. Ahora caía con restos del cerro, embistiendo más rocas y tierra, volviéndose una avalancha improvisada que se preparaba para caer sobre los transeúntes y jirones que se movían en la danza del descontrol abajo.
La caída era más alta que las anteriores, una sentencia de muerte por inercia. No sabía si sobreviviría; solo sabía que estaba por averiguarlo, y esa incertidumbre era el único sabor que le quedaba en la boca.
Tras ver el suelo acercarse a metros, solo vio negro. La conciencia se extinguió en un instante de pura compresión. Volvió a despertar con el caos a su alrededor, el ruido como un martillo constante contra sus sienes.
—No me gusta para nada esto…
Se levantó, con el cuerpo apaleado con sus oídos y vista nublada hasta que comenzaron a normalizarse, vio que si bien parecía que se había lastimado, la caída no le había cobrado la vida de nuevo. Sintió que podría tener una extraña inmunidad, la que le permitía absorber el daño físico como una esponja, pero lo dejaba sentir y recordar cada cosa con sumo detalle. Se preocupaba si esto le volvería loco pero Silas avanzó, pese a no estar bien del todo, la gente estaba huyendo, luchando y tratando de esquivar los peñascos que caían con una fuerza homicida desde la ladera del cerro inestable.
— ¡Oye, vago! ¡Me escuchas sucio! ¡Oye, oye tú!

Dijo la voz de una niña, un sonido agudo e imperioso, acompañado de tirones repetitivos en la espalda de Silas.

—¿Qué te pasa? ¡¿Camarón desagradable?!

Silas respondió primero confundido pero luego molesto ya que era lo que menos esperaba en esta situación. Al voltear se dio cuenta que la voz venía de más abajo, encontrándose con una pequeña niña.
—¡Por un coral! ¡¿Qué quieres pequeña mocosa indeseable?! ¿No ves que estamos en una disputa familiar?

Gruñó Silas ante la pequeña de tez blanca que le miraba con ojos crueles que buscaban dominar al muchacho pero esto no daba resultado.

—¿Qué pasa rata de muelle? ¿Las jaibas te comieron la lengua? 

Silas podría haber golpeado a la niña y marcharse pero el aspecto desagradable como la ropa costosa, le hacían sentir que había algo más en la pequeña infante.
Esta mocosa debía ser de alguna familia, por eso que su cabello negro pulcro se mantenía perfecto y su ropa tan bien cuidada, aunque los ojos azules profundos eran más como un mar cruel que trataría a cualquiera que no acatará sus órdenes a la primera.

—Yo… he de ver que … los que hablan, lo hacen porque respirar no es suficiente.

La niña dijo imponiéndose pero parecía que su mirada cruel y juzgadora, era una frágil máscara.

—¿Tienes miedo y pides ayuda a un temerario, fuerte y valiente miembro valioso de una familia?

Dijo Silas avanzando, ya que el conflicto parecía superar la conmoción de la caída de piedras.

— Espera, no te he… ¡Detente rufián!

Dijo la niña siguiéndole, pero Silas no esperó a la mocosa.

—Debes aprender a hacer más de una cosa a la vez. ¿Oíste mocosa?

Dijo el joven llegando a la intercepción de las sucias calles del pueblo. El humo de la destrucción se mezclaba con el hedor metálico y el olor acre de la liberación de amonio, un aire tan espeso que parecía cortarse con un cuchillo.

—Tu ni siquiera eres de una familia, mírate todo sucio, pareces un trapo mojado.

La niña esbozó de forma dictatorial, intentando recuperar su dominio de la situación ante el joven.

—En cuanto a mi reconocida persona, yo puedo decir con gracia que soy de la distinguida y venerable casa de…
Pronunciaba con exquisita habla sobre actuada la niña para provocar a Silas.

—¡Escoria!

Grito la niña, debido a que Silas se enfureció al oír las palabras de la mocosa, por lo que sujetó firme su mano y corrió con esta que se quejó ante el tirón.

—¡Despreciable jirón! ¡¿Acaso eres más tonto que tus amos?!

Dijo la niña furiosa, golpeando a Silas en la espalda cada tanto que lograba detenerse para seguir en su huida.

—¡Eres una bestia! ¡Infame pestilente haragan…!

La niña estaba inmersa en su furia verborrágica, pero fue cuando un grito gutural les llamó la atención, ya que dos jirones clamaron una especie de aullido bélico por nuevas presas, sus cuerpos cubiertos de pústulas y mugre, venían agitando sus armas oxidadas, un par de cuchillos mellados. Sus ojos, inyectados en sangre, estaban listos para satisfacer su ansias de violencia.

—Debes cuidarte mocosa. Más vale que me den una buena recompensa por tú trasero o yo mismo te arrojaría por la borda a los cangrejos.

Comentó el joven con una sinceridad brutal antes de soltarla y prepararse para pelear contra el primero.

El corte del jirón fue vertical, un tajo en el aire que dejó un silbido fantasmal. Silas se agachó por instinto y respondió con un derechazo en la mandíbula. El golpe resonó con un ruido seco y cruel, quitando un par de dientes rotos.

—¡Cuidado! ¡No seas estúpido!

Exclamó la niña.
Donde un tercero saltó sobre Silas, su cuerpo un arma de carne y huesos, pero esto le permitió a Silas cubrir el golpe del segundo, atacando a su compañero y perdiendo el arma oxidada en el proceso, sin dejar que el tiempo pasara, preparándose para volver a realizar una carga de violencia.

—¡Por una centolla! ¡Estos están más locos que de costumbre!

Silas expresó, viendo la expresión de los hombres que retorcían sus rostros en una expresión de salvajismo puro y frenesí inyectado. Estos tenían la mirada perdida, cada ojo como el de un camaleón con rabia, ansiosos solo por la violencia.
El que tenía el arma en la espalda se abalanzó como si fuera un perro rabioso.

Silas dio un codazo en la cabeza, logrando torcer su cuello levemente, pero el hombre no se detuvo, solo trastabilló. El brazo de Silas se dobló ante el impacto. No sintió dolor, solo esa molesta plasticidad, pero su extremidad fue sujetada por el primero. Silas perdió el equilibrio, cayendo al suelo.

—Por un… ¡Ratas de muelle estúpidas! ¡Quítense de encima!

Silas vociferó, colocando los brazos para evitar las patadas en el momento en que estaba en el suelo.
Una de las patadas dio en la cara de Silas, girando su mandíbula en un ángulo antinatural. No sintió dolor, salvo por su piel que se estaba tornando rojiza e hinchada.

Sin previo aviso, una llamarada de un calor intenso quemó a dos de estos, envolviéndolos en un fuego inesperado. Los hombres gritaban, sus cuerpos en llamas, dando patadas sin un objetivo claro, tratando de dañar a quien tuvieran cerca. Silas golpeó al que estaba sin fuego, golpeando sus piernas una y otra vez hasta que cayó. Pero ahora, los dos estaban en un duelo de fuerzas en el suelo, mientras los otros seguían pateando a ambos indiscriminadamente.

—¡Tienes que usarlo de escudo!
Gritó la niña, su voz mezclada con el crujir de la madera y la carne quemándose. Silas trató de hacerle caso, quedando en una posición rara, pero con algo más de fuerza, ladeó su cuerpo. Así, las patadas le llegaban a su oponente, quien se distraia por el instante cada uno de los golpes. Por lo que Silas atinó a golpearlo en el rostro hasta que el hombre, finalmente, dejó de moverse.

—No lo puedo creer, al menos no me golpean a mí, sino a él, son unos peces luna…

Silas se apartó para poder decirlo logrando saber que podia respirar un poco sin tener nadie encima. Los otros jirones, en su estupidez drogada, seguían pateando a su compañero que se retorcía.

—¿Quieres que te pegue yo ahora para que reacciones?

Comentó la niña estando en cuclillas al lado del muchacho que recuperaba la respiracion, susurrando al lado de Silas. El sonido lo asustó. La niña no se veía con ganas de bromear; había una determinación fría y brutal en sus ojos.
—Espero que seas familiar de un Hernández lleno de dinero. Acabo de salvar tu asqueroso trasero y me debes una casa nueva.
Dijo la pequeña antes de darle unos golpecitos en la cabeza a Silas, un gesto patronal. Esto le enfureció, pero no era nada en comparación con los golpes de los jirones.

—Espera mocosa…¿A qué te refieres?

Susurró, moviéndose rápido detrás de la niña, a una distancia que consideraba segura.

—¡¿Cómo que salvaste mi trasero?!

Comentó Silas, ya junto a la niña, su rostro aún hinchado, aunque este no parecía ser propio de los golpes, como el tono morado que se extendía como raíces por su piel.

—Me sorprende que los porteños sean más ignorantes de lo esperado. De seguro se debe a que eres un Hernández y te faltan neuronas.

Señaló la niña de forma despectiva, sin prestarle atención a sus quejas en respuesta a su insulto, salvo por el movimiento de su mano condescendiente.

—Perico con la lengua suelta, te arrojaré por la borda por ser una marinera de agua dulce que solo sabe de chismes y telas finas.

Gruñó el joven, insultando a la niña con alevosía porteña, intentando recuperar la dignidad perdida.

—Soy inteligente y me resulta comprender modismos primitivos, pero se que eres ingrato. ¿Quién crees que quemó a los dos idiotas drogados? ¿Acaso cayó un rayo selectivo?

Dijo la pequeña para mirar a Silas, arqueando la ceja con una superioridad innata. Ante esto, Silas miró a su alrededor, comprobando que no había nadie dispuesto a ayudarles o que tuviera algo para quemar.

—¿Fuiste tú? ¡¿Qué clase de anormal le da fuego a una mocosa vestida de encaje?!

Preguntó Silas, estupefacto. El terror de lo sobrenatural le heló la sangre más que la máquina o la caída.

—Verás, en el arte de la… ¡Escúchame, insolente jirón que no respeta a la gente importante!

La pequeña quería responder sus dudas, revelando sus grandes conocimientos, pero Silas tenía otros planes, ya que este se había detenido a leer algo o más bien a adivinar qué decía un letrero.

—Bueno… la forma así es … y luego si agregamos la que parece triángulo con … eso…
Silas se esforzaba en leer la palabra de una tienda.

—¡Dice dulces, inmundo animal desobediente! Ahora escucha como me llamo al menos, rufián ingrato.

Vociferó la pequeña, el enojo le dio un suave color a su rostro de color nieve, un rubor delicado que contrastaba con su crueldad. Por otro lado había un alto hombre con vestimenta blanca mirándolos con ojos entrecerrados dando una gran sonrisa, como si no pasara nada a su alrededor.

—Eres una Fernández, yo un Hernández. Ustedes trabajan con ganado, secretos y cosas ocultas que pudren el alma. Yo, en cambio, trabajo supervisando los barrios bajos y efectuando varios oficios de dudosa moralidad. Somos lo mismo, solo con etiquetas diferentes.

Gruñó Silas, avanzando por las calles pestilentes y laberínticas que parecían un intestino roto.

—Sí, pero… en términos sociales pese a ser conocedores de las familias correspondientes, debemos tener en cuenta la etiqueta…

—¿Cómo nos llamamos? ¿Acaso habrá alguna diferencia en todo esto? Claro que no, cabeza de pez luna.

Dijo el hombre, pero al mirar de reojo, tuvo que volverla a mirar. Ella había dejado su color blanco y había adoptado un tono rojo brillante, como una jaiba cocida, por la vergüenza y la rabia contenida.

—¿Qué percebes…?

Soltó unas palabras por sorpresa apenas Silas, deteniéndose un instante, la miró con incomodidad.

—Soy Marta… era familiar, pero hace poco me convertí en aprendiz… soy alguien importante… ya que la matriarca Bertha me reconoció…

La niña habló, pero parecía a punto de romperse, su voz temblaba, como si cada palabra fuera una pequeña grieta en su máscara. Resistía su pesar con todas sus fuerzas.

—Bien… Soy Silas, nieto reconocido de Solomon, tengo muchos hermanos, soy uno de tantos…

Comentó Silas, pensando un momento en lo que quería decir.

— Bueno, supongo que por así decirlo… me defraudaron y ahora estoy en un grupo nuevo cuidando unas cosas al fondo del pozo… eso.

Silas parecía incomodarse a cada instante por la expresión de la mocosa roja como una jaiba pero la niña cambió paulatinamente su expresión a una sonrisa de satisfacción cruel.

—¿Ves que fue fácil? Pese a ser Hernández y ser un incompetente, logras ser de utilidad en pocas ocasiones como un perro amaestrado. Bueno, exactamente no tan útil.

Comentó la niña, retirándose del lugar con Silas ahora rojo de furia por las mentiras y la burla de la niña.

—¡Mocosa desvergonzada, usurpadora, traidora, desleal de lengua de serpiente!

La niña lo miró con una expresión fingida de extrañeza, ya que quería asegurarse de que su juguete entendiera sus bromas.

—Verás, mi adorable sirviente, esas son las facultades de un pirata, alguien que debería ser tu ejemplo a seguir y no una niña pequeña. Yo soy mejor que tú.

Dijo Marta, jactándose de la ironía de la situación con una insolencia sublime.

—Mira quién se pone como una tonta matriarca con complejo de superioridad, no olvides que la vieja Bertha te colocó de aprendiz por lástima. Además, estás en el territorio de la matriarca Mencía. Cuidado por donde caminas, ya que nunca serás reconocida realmente. Solo serás una familiar inferior sin un lugar.

Dijo Silas, sabiendo que Elías le había contado que los más conflictivos eran los Fernández dada a su mentalidad de temperamento corto como por guardar conocimiento y tratar de robarlo entre sí.

—¡Quién te dijo que soy una patética familiar! ¡Soy Marta, aprendiz reconocida!

Rugió la pequeña, tornando sus ojos de un color carmesí que cobraba dominio en sus ojos, un destello de furia sobrenatural que era un eco de la capacidad de su secreto.

—Pues el más estúpido de nosotros, tu propio orgullo. ¿Acaso te olvidaste que me has revelado tu nombre y matriarca? Eres tan obvia como una cicatriz.

La avidez de Silas, acompañada de una pose de tonto, fue un golpe abrumador a la pequeña, lo que hizo que la niña se llevara las manos a la cara de vergüenza y furia contenida.

—Además, ¿crees que no sabré cómo se llama la vieja narcisista y con su trastorno paranoico que elimina a quienes estén fuera del burdel cada cierto tiempo? Todo el mundo lo sabe.
Comentó Silas, llevando su mano sucia a la cabeza de la niña, despeinándola y ensuciando su cabello, acabando con su aspecto de pureza inmaculada.
—...¡Ugh!
La niña solo dio un sonido de profundo disgusto por la vergüenza y el contacto sucio.
—No debes sentirte mal¿Sabes que te dejaste vencer por el mejor de los Hernández, por tu amo y señor? ¿Cierto?
Agregó Silas con actitud prepotente, riéndose de la niña y retirando la mano de su cabeza ya que estaba extrañamente caliente.
—¿Es acaso cierto lo que escuchan mis oídos? ¿La rata de puerto se está burlando de una Dama?
Comentó una voz agrietada, seca como el cuero viejo. Esto hizo que miraran el origen, que venía de un pasaje oscuro, revelando cuatro individuos.
—...
Ninguno de los dos respondió. Silas se veía acomplejado. El ambiente se cargó, la amenaza era palpable y personal.
—¿Nada? Que raro, juraría que el Silas que conocemos siempre tenía la boca lista para lanzar veneno y estupidez.

Respondió una voz ronca y áspera, lanzando un escupitajo desagradable.

—No me agrada la gente que se parece a los muertos, mejor deberíamos quitarle la cara para ver si es de verdad.

Señaló otro con la voz aguda, revelando sus pintas andrajosas y un parche que cubría uno de sus ojos, dejando al descubierto y resaltando el otro ojo inyectado en sangre.

—Es cierto, no podemos dejar a un impostor, menos si se trata del original, el desecho.

Se mofó el más alto, con voz ronca, preparando un par de metales toscos que parecían armas blancas.

—Fantástico, más jirones, y lo peor es que estos hablan como si fueran tu patética familia, ya me bastaba contigo.

Con sarcasmo, la niña habló, frotándose la sien, en un gesto de exasperación. Silas, por su parte, pensaba con desesperación cómo quitarse de encima a los secuaces de su hermano, la escoria que le perseguía.

—Entra de una vez, no hay salvación, Silas. Vuelve al rebaño y asume las consecuencias de tus actos contra tu padre.

Señaló el hombre con parche, sacando un par de dagas oxidadas. Pero a Silas no le inquieto las armas, sino que el propio hecho que se refería que él había hecho algo al inútil de su padre.

—¡Bastardos! ¡Han traído al teniente segundo con ustedes, el sádico!

Gritó Silas, señalando más allá de los hombres. Una mentira bien colocada. Los hombres se horrorizaron al oír que uno de los perros más sádicos del juez Gutiérrez podía haber estado detrás de estos.

—No hay nada. El sucio asesino miente.

Rascándose la sarna, comentó el hombre un poco más alto que tenía la voz áspera.

—¡Tienen cabezas de coral! ¡Se han escapado!
Gritó el primero, señalando la antigua ubicación del dúo, que ya había tomado distancia.

—¡Atrapen al desgraciado como sea! ¡Y traigan a la niña, de seguro podremos venderla a los Fernández o González!

Rugió el cuarto que se había mantenido en silencio, comenzando una persecución desesperada por las calles hacia la avenida principal.

A la distancia, las llamas se alzaban con un fervor infernal, y los cánticos de alabanzas y agonía resonaban en el aire denso y putrefacto. Era a la distancia que las llamas se alzaban y los cánticos resonaban en alabanzas y agonía.



Capítulo VIII Tras las pistas del soplón

Si bien Silas era considerado un superviviente vivaz con un ingenio perspicaz como una rata de muelle con la astucia de una anguila, y Marta era una de las más sobresalientes aprendices de los Fernández con una mente calculadora envuelta en seda, esta no era la situación que apreciaría su reputación. Era la clase de desastre que enterraba la astucia bajo capas de mugre y pánico.

—¡Bájame, bárbaro depravado! ¡Quítame tus sucias manos de encima!

Chilló la niña furiosa, rebotando en el hombro de Silas, recobrando el aliento solo para maldecir a Silas y a toda su estirpe con una precisión verbal digna de un inquisidor.

Marta estaba roja de vergüenza y de furia. Era sostenida como un costal de tubérculos enmohecidos en la carrera desesperada que hacía Silas por las calles y callejuelas, una laberíntica red de miseria, esperando despistar a los rufianes de su hermano. La sensación era una humillación física e social insoportable para la pequeña Fernández.

—Para ser una enana desagradable eres pesada… ¡en ambas formas, tanto física y espiritualmente!

Bramó Silas a la niña, tratando de recuperar el aliento mientras corría y hacía acrobacias imprudentes con la niña como una carga desequilibrante. Sentía el esfuerzo en el centro de sus pulmones y la tensión de sus músculos plásticos, que aguantaban más de lo normal pero le dejaban una sensación de goma fatigada.

—¡Pordiosero petulante! ¡Haragán inculto!

Articuló la niña, iracunda con su compañero descuidado, en lo que las siluetas alargadas y grotescas de los jirones surcaban los caminos con mayor destreza, sus pasos secos y rápidos resonando cada vez más cerca.
—¡Haz eso de nuevo! ¡Lo que sea que uses, hazlo ahora!

Vociferó Silas con su voz alterada por el pánico y el esfuerzo, escuchando los pies de los perseguidores cada vez más cerca, un tamborileo de mala fortuna.

—¡Qué barbaridad quieres que haga, cabeza de rábano podrido! ¡Mis habilidades no son un truco de circo para ti!

Rugió la niña, molesta por la estupidez del hombre que la cargaba, sin entender la urgencia.

—La siguiente vuelta, la siguiente esquina… ¡Prepara el fuego, o lo que sea que uses!

Dijo Silas, su rostro desencajado, tratando de cruzar por los caminos estrechos que olían a orina añeja y fritura rancia.

—Pero qué quieres que… ¡No es tan sencillo como encender una vela!

Trató la niña de explicarse nerviosamente, su máscara de superioridad resquebrajándose ante el peligro.

—¡Es una recta cerrada! ¡No hay salida! ¡Prepárate, mocosa, o nos atrapan!

Gritó Silas, alzando la voz exaltado, el sudor frío corriéndole por la sien.

—Pero… Es un proceso… requiere concentración y el vínculo con la energía del lugar…

Trató la niña de explicarse, pero la urgencia de Silas fue un gatillo más fuerte que su concentración.

—¡Ahora, lanza el fuego, o lanza algo, lo que sea!

Gritó Silas, nervioso. La coacción nerviosa hizo gritar consigo a la chica, quien extendió las manos. No fue fuego; fue un sutil pero intenso flujo de aire helado y cristalino que petrificó el suelo al instante. Una capa de hielo traicionera, pulida como cristal, cubrió el pavimento. Esto hizo que todos patinaran, cayendo en el proceso con un ruido de sacos de huesos rotos.

—¡Marinera de agua dulce! ¡Me lleva el caleuche y el Kraken!

Gritó Silas, tratando de detenerse sin resultado. La niña, en sus brazos, entorpecía su movimiento, ya que tampoco lograba estabilizarse. Sus pies resbalaron.

—¡Bruja! ¡Cabrona! ¡Desgraciada, bruja de hielo!

Un coro de insultos y amenazas se formó de los perseguidores, quienes iban demasiado rápido y no lograban parar, incluso con sus armas. Su inercia los arrastraba.

—¡Percebes! ¡Vamos a la calle principal! ¡La calle ancha!

El joven solo logró decir eso. Su mirada se aclaró, vislumbrando la calle principal donde se desarrollaba una procesión solemne y grotesca, algo que ninguno de los dos había visto de cerca, salvo por el castigo distante a los herejes.

Los dos cayeron girando, un trompo de carne y ropa sucia, con Silas como amortiguador humano. Un destino que él no deseaba, menos aún bajo la mirada de desprecio helado de los feligreses que observaron con sumo desprecio a quienes irrumpieron en tan benévola y sagrada acción.
En cambio, el grupo de malvivientes, por su peso y velocidad descontrolada, salieron expulsados con más fuerza a la calle. Esto no solo interrumpió la procesión, deteniendo a muchos, sino que derribó a los peregrinos, a los Thuos quienes se les conocía como los encargados de limpiar a los fieles en el camino, con sus cuerpos semi-desnudos y marcados. Lo más doloroso y sacrílego fue el derribo de los custodios que portaban un sarcófago de oro macizo, una reliquia de peso incalculable, alterando todo el transcurso de la santa ceremonia anual.

—Jirón… digo… Sylvan. Gracias por cubrirme, aunque tu ropa apeste a pescado muerto. Digo, sabes que es algo que debías hacer como sirviente, así que bien hecho.

Comentó Marta, limpiándose con un pañuelo de encaje. Silas, aún en el suelo, acomodó su brazo que había absorbido el impacto, maldiciendo la situación y el destino que le negaba la paz. Estaba temeroso de pasar un segundo más en ese lugar, rodeado de ese fervor tóxico.

—Bien, gracias por tus tiernas palabras, que saben a vinagre.

Dijo rápidamente, viendo que la mayoría de las miradas de los feligreses estaban centradas en sus perseguidores, que ahora eran acosados y golpeados por los religiosos enfurecidos. Las únicas voces eran los lamentos de aquellos que dejaron caer uno de los tantos objetos sacros, perdiendo su bendición.

—Niña, mueve el trasero. Estamos cubiertos de cebo y rodeados de tiburones hambrientos.

Marta se percató, con un escalofrío tardío, de las miradas llenas de violencia contenida y locura fanática que se arremolinaban en menor cantidad sobre ellos.

—Son… Esto…¿ Esto es lo que llaman procesión?

La niña buscó una salida, sus ojos claros llenos de pánico recién descubierto, ya que el camino libre detrás de ellos estaba congelado.

—Calla, no tenemos tiempo para análisis. 

Correremos por donde se vea con menos dementes.
Silas, su instinto tomando el control, se preparaba para la siguiente huida.

—¡Herejes! ¡Castigo a los profanadores! ¡Herejes!

Marta gritó lo más fuerte posible, canalizando la furia de la multitud hacia sus perseguidores.
Fue así como los gritos de odio se alzaron mientras los hombres desesperadamente trataban de dar una explicación.

—¡Bruja! ¡La mocosa es bruja! ¡Es…!

El hombre con el parche, en un acto de desesperación, trató de moverse entre la multitud para acusar a la pequeña. Pero Silas se apresuró, aprovechando el tumulto, para enterrar su dedo, sucio y mugriento, en el ojo bueno del hombre.

—Las ratas deben ser exterminadas por los perros de la fe, no por los nuestros.

Susurró Silas al oído del hombre, un aliento cálido que contrastaba con la frialdad de su acción. El hombre gritó, lleno de odio, dolor y la frustración de ser silenciado.

—¡Bruja! ¡Bruja! ¡A la hoguera!

Gritó el hombre mientras la marea de fervientes los trataban para exponerlos ante el juicio justo y benévolo del Celestial, un juicio que sabían, por experiencia, que era todo menos benévolo.

—Niña, estamos cerca del centro, movámonos… La suerte es un hilo delgado.

El joven sujetó a la niña, quien ahora estaba perpleja, casi catatónica, ante la escena que había provocado.

—No… yo… No puedo creer que…

La pequeña se encontraba balbuceando algunas palabras, su máscara de hierro completamente derrumbada.

—Pero qué clase de aprendiz de hechicera eres, mocosa. Nos diste tiempo, pero no el suficiente para disfrutar de la fiesta.

Silas reprochó la actitud que tomó esta, observándola con frustración para ver lo que captaba su atención.

—Bruja… la Mayor…

Comentó Silas únicamente, viendo con asco el centro del evento. La procesión no era una simple misa; era un acto de purificación, un espectáculo de terror religioso.

En el centro del gran desfile había más custodios, o más bien consagrados que correspondían a hombres de fe que habían entregado sus cuerpos al ritual. Su tarea era castigar a herejes, paganos, sin bautizar, brujas y todo aquello que no fuera aceptado por el sacerdote, el juez o el líder de turno.

—Que me coman las jaibas… estamos en una purificación masiva… el evento central.

Divagó para sí mismo Silas, el terror paralizándolo por un instante, sabiendo que ahí se concentraba el poder y la locura de la ciudad.

—Es la familiar Urraca… es la del centro, la que supervisa.

Dijo la pequeña, mirando a su prima en segundo grado, quien se encontraba en medio con una especie de doncella de hierro moderna, un artefacto cruel que mostraba el castigo para todos.

—Esto es malo. No podemos quedarnos, Marta. Si te ve alguien de tu calaña estamos hundidos, sobre todo si los que están siendo castigados te señalan.

Silas trató de razonar con la pequeña, pero está solo alzó la mano y dijo unas palabras inaudibles, un susurro cargado de electricidad y poder. Los condenados, ya en la tortura, comenzaron a explotar en una escena visceral, una lluvia de órganos y sangre caliente.

—¡Cuidado! ¡Hay otra bruja en la multitud!
Gritos furiosos y llenos de pánico resonaron por la calle.

—¡Protejan las reliquias y al sacerdote! ¡Tomen posiciones!

Rugió una voz imponente y reconocible, un trueno de autoridad que congeló a Silas. Era el Juez Gutiérrez, y peor aún, la niña, ahora completamente en su papel de demonio de furia, corrió hacia el centro de la procesión.

—¡Niña estúpida! ¡Te mataré yo mismo!

Silas no lo pensó dos veces. Salió huyendo en la dirección opuesta, su instinto animal de supervivencia gritando. No pensaba detenerse hasta volver a las camarillas. Pero más adelante vio oficiales y una silueta alta como delgada, con un aura de frialdad, que se movía veloz entre las personas, observando, buscando y castigando a cualquiera que tuviera un delito en sus libros.

—Carajo, ese vejestorio enjuto… el Juez.

Silas dio la vuelta. No sabía si sería peor, pero prefería morir a manos de fanáticos alterados que con el castigo metódico y sádico del Juez.

—¡Marta! ¡Marta, vuelve aquí, maldición!

Chilló Silas entre la gente, que parecía un hormiguero furioso y caótico.

—Por un… ¡Maldito empujón!

Silas fue empujado, provocando casi una reacción habitual que habría sido empujar a la persona y robarle, pero al ver de quién se trataba, no pudo decir nada más. Era un Consagrado, con el cuerpo marcado y los ojos llenos de un fervor hueco.

—Disculpa, que los Celestiales te cuiden en tu viaje eterno.

Dijo Silas, asustado, evitando así la sospecha del consagrado que había perdido su túnica, exponiendo su cuerpo purificado con los ritos extraños y repulsivos para él.

—¡Marta! ¡Me lleva la…! ¡Marta! ¡Que los Celestiales nos protejan en el viaje! ¡Marta!

Bramó Silas, sintiendo que su garganta se partía por la repetición y el miedo.

—¡Qué crees que haces, blasfemo!
Rugió la voz de un hombre a su espalda que atrajo la mirada de muchos.

—Yo… solo buscaba a mi hermana…

Silas apenas dijo una palabra.

—¡Debe ser un hereje! ¡Hereje! ¡Castiguenlo!

Señaló al muchacho una mujer, quien consecutivamente arrojó una piedra, golpeándole en la cabeza.

—¡Hereje! ¡Hereje! ¡Hereje!

Todos gritaban y arrojaban cosas a Silas hasta que una silueta alta se impuso sobre él: otro Consagrado, su cuerpo una mole de carne curtida. El joven apenas tragó saliva, viendo la sombra.

—¡Marta! ¡Marta! ¡Que los Celestiales nos protejan en el viaje! ¡Marta!

Silas, temblando, solo repetía gritando la frase que se le había quedado grabada. Las caras de los fieles parecían llenas de satisfacción al ser testigos de un castigo inminente, pero el Consagrado tardó un instante en aplicar su castigo.
En cambio, este sujetó a Silas con su brazo grueso como un tronco y buscó en una pequeña libreta entre los tantos libros que tenía colgando en su cíngulo. El tiempo se detuvo en un suspenso cruel.

—Santa Martha, protectora de los mares, ruego por tu dicha para que nos acompañes en nuestro viaje. Santa Martha, madre de los caminos, ruego por tu dicha para que nos guíes a los Celestiales.

Comentó una voz aguda, grasosa y despectiva.

—Suéltalo, es solo un ridículo porteño que se tuvo que perder en su ignorancia.

Era un Diácono obeso, con la cara brillante de grasa y autosatisfacción, que miraba la escena sin interés mientras masticaba un aperitivo dulce pese al caos que le rodeaban. Ante sus palabras, se arrodillaron los feligreses. Silas y el Consagrado permanecieron de pie.

—Qué haces, pobre mendigo. Vuelve a trabajar al muelle. La valiosa mercancía debe llegar a la iglesia… a propósito.

Se detuvo el diácono, golpeando a Silas en el rostro con el dorso de su mano grasosa.

—Cuando vuelvas a decir el nombre de un santo, procura decirlo bien. ¡Maldito ignorante! Es Martha, con h, no Marta… desgraciado infeliz… ¡Aprende tu lugar!

Vociferó el gordo, marchándose seguido por el Consagrado que se detuvo para darle una última mirada de advertencia y desprecio a Silas, quien desaparecía entre los feligreses.

—Condenada mocosa, infeliz… cara de bacalao sin valor, gordo cabeza de pez luna…

Gruñó Silas, maldiciendo entre dientes, mientras se limpiaba la mugre dulce de la mano del diácono de su cara, sintiendo el ardor de la humillación.

De pronto, ya estaba justo en el centro del caos: pudo ver a la niña escondida detrás de unas personas que se peleaban, señalando al otro de brujos en una histeria generalizada.

Por este desliz, el joven se apresuró en acercarse disimuladamente.

—¡Hagan una prueba! ¡Hagan una prueba! ¡La prueba del agua!

Gritó, sabiendo que esto les daría tiempo y solucionaría el problema inmediato. La gente se avivó en su sadismo, sosteniendo a ambos para hacerles una prueba, donde el que era brujo se salvaría y el inocente descansaría bajo el celo del Celestial una condena a muerte velada.

—Solo eres una mocosa problemática. ¡Ven, vamos, antes de que te ahoguen!

Habló firme el joven, arrastrando a la niña que parecía fingir estar asustada, una actuación que lo irritó.

—Me lleva, ni siquiera he ido a las procesiones del puerto, ni las de los barrios bajos, y estaré con estos caras de bacalao hipócritas fingiendo ser santos…

Reclamó el joven, quien había avanzado, viendo ya pequeño el grupo de feligreses, pero no lo suficiente para verse más pequeño que su pulgar.

—Mantente atenta, Marta. O serás la próxima mártir.

Le iba a hablar a la niña, pero esta mantenía la mano junto a su cara, donde parecía sostener algo diminuto. Se aproximaba gente.

—Que los Celestiales estén con vosotros, hermanos.

Comentó Silas a los transeúntes, forzando una sonrisa. Los transeúntes le devolvieron una gran sonrisa, aliviados de encontrar a otro creyente.

—Gracias, que el Celestial los guíe, superior.

Comentó uno de ellos de forma automática, usando el término que el Consagrado había evitado.

—A propósito… ¿Por qué se van de la procesión, hermanos? ¿Se perdieron la mejor parte?

Esto lo dijo otro, lo que hizo que cambiaran drásticamente las expresiones. El tono se volvió gélido y escalofriante. Otros que transitaban la calle también se detuvieron.

—Han acabado con la bruja, además parece que hubo un incidente con unos herejes que profanaron el sarcófago.

Comentó Silas, haciendo un gesto protector hacia la niña, como si tuviera que llevar a la joven alma a la casa celestial.

—No entiendo. ¿Acaso la purificación de todo ser profano no es educativa para el alma? ¿Por qué huir de la enseñanza?

Comentó nuevamente el hombre, el tono ahora acusatorio.

—El diácono me hizo reflexionar, ya que soy del puerto y no debo irrumpir en la procesión de otros. Ya saben… somos menos devotos, más mundanos.

Comentó Silas, fingiendo estar avergonzado y humilde.

—No debería ser algo de solo una vez al año, pero no puedo hacer mucho, no quiero faltar el respeto con mi insistencia.

El joven trataba de encubrir el asco de las idioteces que hablaba, pero sabía que con esta gente no podía dar ninguna sola señal que les alertara de su verdadera naturaleza.

—¡Ya veo! ¿El que te tuvo que haber dicho eso era el diácono Félix Ríos de los Lagos? Yo también me metí en problemas al ver la partida de los barcos con la bendición de la Santa Marta. ¿No es así, hermano?

Silas se sintió arruinado. No sabía cómo responder ante esa afirmación, ya que cada palabra podía ser una trampa mortal.

—Bueno, verán, yo nunca quiero tomar los nombres de los creyentes. Para mí son… peregrinos, thuos, los diáconos, custodios, el sacerdote, el sumo sacerdote… cada uno de nosotros somos creyentes, pero ellos son solo títulos terrenales…

Silas trataba de salirse con la suya dando una respuesta que no tratara de caer en ninguna trampa.

—Qué extraño. Ya que es nuestro deber como creyentes saber el nombre de cada superior para orar por ellos.

Comentó el religioso, mostrando una expresión de odio contenido y sospecha.

—Lo siento, pero debo decir que para mí es más importante tener en consideración a los Santos, los Celestiales y el Celestial. Mientras tanto, todo lo terrenal es algo mundano y debe ser sometido a una purificación constante.

La expresión de odio desapareció, pero la consternación se hizo evidente en los creyentes. Había golpeado un nervio teológico.

—¿Pretendes decirme que los superiores no son dignos de nuestro respeto y memoria?

Uno de los religiosos pretendió dar un contraataque a Silas, pero este alzó las manos al cielo.

—Santa Martha, protectora de los mares, ruego por tu dicha para que nos acompañes en nuestro viaje. Santa Martha, madre de los caminos, ruego por tu dicha para que nos guíes a los Celestiales.

Comentó, alzando su voz como si predicara un verso sagrado que solo los superiores sabían, pero en el fondo solo repetía la basura pomposa que hablaba el gordo desagradable. A su vez, algunos vieron el abdomen desgarrado y lleno de jirones atroces como las marcas de la caída, o golpes que ha estado recibiendo, pensando que Silas era un devoto en proceso de convertirse en Thuos por medio de ritos que sean los purificados por el dolor.

—Tú… entonces eso es… el camino de la mortificación…

La confusión y el nerviosismo se hizo palpable entre los creyentes.

—Así es. Es un error común, pero los Celestiales son benévolos ante los fallos cometidos por los mortales.

Dijo Silas, como si fuera un benévolo creyente.
—¡Gracias, querido Superior, por sus amables palabras! ¡Procuraremos actuar con más devoción y humildad!

Casi al unísono, todos dieron una solemne reverencia a Silas, quien parecía extrañado por su éxito.

—Que tenga suerte llevando a la joven alma al convento, Superior.

Agregó otro feligrés, apurando el paso para no quedar atrás de sus compañeros.

—Por un coral, de verdad odio a estos tipos, pero me gusta que sean tan fáciles de engañar con palabras vacías.

Habló Silas con una sonrisa maliciosa, que duró poco al ver que su acompañante todo este tiempo estaba abstraída al objeto diminuto que tenía en sus manos.

—Es mejor que muevas esas piernas cortas de centinela marino…

Al muchacho le daba disgusto la actitud de la niña, lo que comenzaba a darle muchas sospechas sobre por qué no reaccionaba en lo más mínimo a la carnicería o al peligro inminente.
Estos caminaron hasta perder de vista la procesión. Sin embargo, como buen paranoico, Silas sabía que de los religiosos no podía confiarse, por lo que continuaron caminando un poco más. Sabía que habrían ojos observando, guardianes invisibles en este pueblo que se desangraba bajo la fe.

Capítulo IX carrusel de mentiras

Tras un rato de carrera frenética, los pies de Silas comenzaban a doler con un dolor punzante y sordo, una molestia física que, irónicamente, lo anclaba a la realidad. El hedor de la contaminación, la putrefacción constante de las alcantarillas abiertas y el acre olor a muerto era ya tan conocido que se había convertido en el perfume de su existencia. El muchacho, disimuladamente, miró a su alrededor, viendo la mugre, la ruina y el deterioro que le rodeaba, donde los ojos de los habitantes, angustiados y llenos de resentimiento, le miraban con envidia y desprecio. Ya estaba "seguro", en la relativa seguridad de los barrios bajos que conocía.
Pero una risita aguda y cristalina le trajo la atención de vuelta a su compañera.
—Qué divertido fue todo. Lástima que se pudiera hacer una sola vez con tanto efecto.
Murmuró la niña, sus palabras cargadas de una satisfacción fría, sin explicar nada.
—¡Mocosa! ¡¿Se puede saber por qué hiciste explotar a esos pobres diablos condenados?! ¡Estuviste a punto de matarnos a los dos, bruja!
Gruñó Silas, mirando a la niña que ocultaba su cara entre las manos. Entre sus dedos, un brillo suave y siniestro surgía, como un regalo maldito del cielo.
—Cada acción tiene su resultado, por eso uno debe ser metódico y calculado al momento de actuar. La distracción debía ser tan grande que paralizara a todos.
Dijo la niña, frotando su mejilla contra el objeto que tenía entre las manos. El gesto era de cariño posesivo, y al mismo tiempo, el contacto le dejaba algo de suciedad, una mancha pálida de la sangre de su antiguo portador.
—¡Estuvimos a nada de que nos metieran una pica por el trasero por tu estupidez teatral! ¡Explica tus motivos, víbora!
Reclamó Silas, pero la niña seguía sin responder a las razones de su acción.
—Todo recae en la habilidad de solucionar los entuertos que nos coloca el destino. También fuiste muy buen perro al generar esas distracciones teológicas para salir más rápido.
La niña, por algún motivo retorcido, dio lo que parecía a grandes rasgos un cumplido helado, que a su vez, insultaba la esencia misma de Silas.
—Pero debes ser más consciente. ¡¿Acaso no eres alguien que viene de una familia que trabaja con maquinaciones y tonterías sobrenaturales?! ¡Deberías tener más cerebro!
La forma brusca y despectiva de tratar a la niña, ignorando su pretendida superioridad, provocó que esta riera fuerte, un sonido poco natural. Al reír, reveló por un momento el objeto: un grueso collar de oro mate y gemas oscuras, que colgaba parcialmente entre sus dedos.
—¡Eres tan adorable en tu ignorancia! ¡De verdad eres un muy buen sirviente, Silas!
Dijo la niña con voz melosa, una crueldad envuelta en azúcar. Alzó la cabeza con una gran sonrisa llena de una alegría linda pero sádica.
—¡¿Qué pretendes decir con eso… tú, Marta?!
Dudó Silas un momento. Un frío presentimiento y una mala sensación se instalaron en su boca.
—Tan ingenuo y adorable. Me pregunto si la Matriarca me permitirá tenerte de mascota, un sirviente con tu resistencia... luego de enterarse de la trágica muerte de la estúpida de Urraca.
La niña estaba visiblemente emocionada. Se alejó dando saltos de felicidad infantil y macabra.
—Aguarda un momento… ¿Muerte? ¿Urraca?
Habló Silas, extrañado, moviéndose rápidamente detrás de la niña para obtener una respuesta clara.
—¡Espera! ¿Acaso no era un familiar? Digo, da igual quién sea, pero es parte de tu sangre, de la misma estirpe. ¿No hay respeto por el linaje?
Silas le llamó, tratando de desbaratar la confusa escena. Su intento de moralidad tribal enojó genuinamente a Marta.
—No me vengas con eso, descerebrado Hernández. ¡¿Hasta cuándo pensarás que el mundo es blanco y negro?! ¡El linaje solo sirve para heredar fortunas, no para llorar!
La niña habló de forma cruel al joven, quien veía que la actitud fría y calculadora de la sangre de los Fernández estaba muy marcada en cada uno de ellos.
—No me vengas con esas reflexiones de idiota pretenciosa. Sé cómo es el mar: un momento ordenas a tus bucaneros asaltar el puerto, solo para que sean capturados por el Juez, para que luego escapen y terminen siendo perseguidos por todo el mundo cuando se te acusa por la muerte de tu padre. ¡La moralidad es una mierda!
Respondió violentamente Silas, señalando a la niña. Estaba agotado de fingir.
—Ignorante de baja alcurnia e impertinente. Si te hubieras dado cuenta y me hubieras escuchado desde el principio, no te habrías visto tan estúpido al terminar ayudándome sin tener que mentirte con tanta facilidad.
Habló la niña, exaltada, con una mirada cortante como el filo de una botella partida.
—¿Y qué? ¿Acaso debía…
Silas iba a señalar los defectos de la niña, la traición implícita en ese collar, pero fue silenciado abruptamente por la intensidad de su compañera.
—¡Ridículo! ¡Desde luego que sí, tonto! Somos de distinta familia, somos personas en este pueblo de tiburones. La ayuda o cualquier intento de actuar bien son… ¡Son peligros!
La pequeña parecía ser la mayor, regalando la verdad cruel a Silas como si ambos estuvieran en el papel opuesto.
—Debilidades. Esa es la palabra que te da vergüenza decir.
Dijo el muchacho con una expresión amarga en el rostro, avanzando hacia una retorcida casona de múltiples pisos que se imponía en la calle. Era una masa de arquitectura pesada y ostentosa, que parecía dar un saludo sombrío a los cientos de barcos repletos que llegaban al puerto.
—¡Zángano! ¡Te estoy hablando!
Gruñó Marta, tratando de alcanzar a Silas, quien se dirigía a la gran puerta finamente trabajada. Era una madera oscura, sin nudo alguno, únicamente trazados perfectos de sus vetas naturales que revelaban una riqueza obscena.
—¡Todo el mundo se mata aquí! ¿Crees que serás un santo por no querer liquidarme en el momento? ¡No hay lugar para los buenos!
Se manifestó Marta, molesta ante la falta de comprensión del joven por las normas sociales de la depravación.
—Debes darte cuenta que aquel que no te ha querido eliminar, lo hará sin pensarlo tiempo después. Es mejor hacerlo mientras aún estás entero. ¿Acaso pensabas huir del pueblo? ¿Ser libre de esta vida? ¡No hay escapatoria, no hay libertad! Cada pueblo, ciudad, trozo de tierra y en alta mar… ¡Incluso el cielo te esperará la misma situación de traición y muerte!
Silas se detuvo ante la insistencia de la niña, apoyándose pesadamente en la puerta. La niña, ajena a su conflicto, subía los escalones pulcros.
—Me libré de incontables cosas cuando era joven, ahora que soy adulto me arrepiento de no haber pensado en mi futuro…
Suspiró, un lamento sobreactuado y cargado de existencialismo amargo. Luego, el joven se volteó para ver a la niña con una media sonrisa.
—Pero tú tienes unos años más que yo. No entiendo la profundidad de tu melodrama. ¿No es así?
Marta dijo, confundida, sin entender la sátira fatalista del muchacho.
—Verás, yo a lo largo de mi extensa vida de veintitantos años he vivido incontables sucesos y luchado… Pero pensé que lograría ser un aventurero, alguien de importancia que saliera a descubrir el mundo… y no solo un sirviente de la escoria.
Comentó Silas con una expresión de tristeza profunda, reflexionando sobre su vida de un millar de luchas sin propósito.
—No sé de qué hablas. ¿Consumiste algo mientras no me daba cuenta? ¡¿Esos idiotas fanáticos te metieron algún brebaje?!
Reclamó la niña, su mente pragmática incapaz de procesar la divagación de Silas sobre la vida.
—...Como en efecto, todo recae en la inmortalidad del cangrejo, Marta. Uno a la deriva del mar debe ser consecuente en sus actos, ya que cada uno de estos te llevarán a tierra firme o te mantendrán en la libertad engañosa del mar.
Silas seguía dando una forma de percepción de la vida que Marta no lograba comprender.
—No entiendo ninguna ridícula palabra que dices, cállate, mendigo analfabeta.
La pequeña estaba más interesada y preocupada en cómo lo tomaría la Matriarca, o más bien, la hija de Urraca, quien ya de por sí, por ser una aprendiz más destacable, le tenía un resentimiento venenoso.
—Puedes callarte, repulsivo analfabeta, no me dejas pensar en una solución a esto…
La niña señaló, hastiada por las palabras de Silas, frotándose la sien hasta que se dio cuenta: Silas tenía una herida abierta en la espalda, de su impacto contra la roca. A pesar de eso, él parecía resistir las terribles cosas que ocurrían. Si la Matriarca buscaba el collar que dejó la anterior Matriarca a su primera hija, ella necesitaba una coartada.
—Creo que es momento de que entren, jóvenes.
Comentó una voz a su espalda, la que provenía de una figura alta y recta, enfundada en un uniforme pulcro que imponía una autoridad fría y calculada.
—...Debe ser por eso que cuando uno se sumerge debe considerar… Me lleva el caleuche y el Juez en persona…
Silas acabó abruptamente su monólogo para molestar a la mocosa.
—Hola. Te saludo, joven de la camarilla del Gran Cañón (una referencia sutil a su grupo), y debo agradecer la presencia de la jovencita que había desaparecido y que tanto el burdel había estado tan alborotado.
Dijo el hombre de forma elegante y tranquila, con una mirada que atravesaba la carne hasta los huesos de Silas. Fue este desliz, este instante de distracción forzada, que la niña aprovechó: metió su mano en uno de los cortes de su espalda para ocultar su preciado collar, aprovechando el dolor superficial de Silas como escondite.
—Hola… Mauricio. Es lindo ver una cara conocida…
Comentó Silas, desganado, su voz era un murmullo derrotado. Esto hizo que la expresión de Mauricio cambiara seriamente.
—Soy el Teniente Segundo Escalante para ti, inmundo ciudadano de… ¡Atención!
Mauricio habló firme, en un tono militar gélido. Su voz hizo que la puerta, esa obra de arte de madera, se abriera por sí misma, liberando un aire fresco y limpio que olía a incienso y cera pulida, aliviando todo malestar sensorial de la calle.
—Cállate, Mauricio, no tenemos tiempo para tu discurso sobre lo correcto y las jerarquías estúpidas.
Comentó otro hombre, cuya voz profunda y autoritaria empeoró la expresión de Silas.
—Es mi día, ¿Cierto? El día de la humillación completa.
Murmuró Silas al ver al Teniente Primero Zubin, la mano derecha y verdugo personal del Juez. Zubin lo sujetó y empujó al interior, haciendo que se viera el enorme vestíbulo que resguardaban las imponentes puertas.
—Disculpe, Teniente Primero…
El Segundo Escalante hizo un gesto de saludo militar rígido al verlo.
—No me interesa. Entra de una vez. En cuanto a ti, mocosa insolente, no me importa si te vuelves a perder, pero será mejor que entres.
Dijo Zubin, permitiendo dejar que los dos entraran, viendo a los sirvientes espectrales de la señora que se movían de un lado a otro. Estos eran fantasmas visibles a la vista de todos, la servidumbre muerta que mantenía la casa.
—Veo que la Matriarca Fernández sigue tan humilde como siempre… usando la mano de obra sin pagar, incluso después de la muerte.
Comentó el Teniente Segundo Escalante, con un deje de burla. Silas se recuperaba de otra de las tantas caídas, golpes y empujones que había sufrido.
Silas logró ver su reflejo en el pulcro suelo marmolado, que brillaba bajo lámparas de araña obscenamente grandes. Al alzar la vista, vio, asombrado, sintiendo que en ese lugar debía estar toda la riqueza, el secreto y la podredumbre del pueblo. Las paredes estaban recubiertas de maderas extrañas y exóticas, y el papel mural, recubierto de dorado, reflejaba la luz en forma decadente.
—¿Me puedes decir qué rayos es toda esta obscenidad dorada? ¿Es este el puto paraíso de los ricos?
Comentó Silas, pero solo recibió una patada bien colocada por parte de Zubin que lo hizo deslizarse sobre el suelo pulido, para posteriormente ser levantado por el Segundo Teniente, Escalante, afirmado por sus grandes y frías manos.
—¿Por qué fue…? ¿Acaso hice una pregunta impía?
Un puñetazo del Primer Teniente golpeó a Silas en el estómago.
—Claro, no preguntaré. El silencio es la mejor respuesta.
Pero tras decir eso, recibió otros dos golpes, ahora en su rostro, un ritmo metódico de castigo.
—...Entendido. El adoctrinamiento se ha completado.
El joven se mantuvo en silencio. El Segundo Teniente sonrió.
—Tenía toda la razón. Este método de adoctrinamiento pasivo da mucho resultado y ahorra tinta.
Ante las palabras de Mauricio Escalante, Silas estuvo a punto de decir algo sarcástico, pero prefirió no decir nada por el momento. La supervivencia era prioritaria.
—Bien, así que gracias por rescatarme y traerme de regreso a este humilde hogar.
Intervino la niña, la cortesía envuelta en veneno, haciendo un gesto de agradecimiento exagerado.
—Ahora, si me disculpan, pobres lacayos de los Gutiérrez, iré a preparar mi baño personal para un agradable baño de limpieza. Debo quitarme la mugre de la calle y del contacto con esa gentuza.
Añadió la niña, cambiando su expresión a una de superioridad helada, y caminando hacia la escalera imperial que dominaba el lujoso vestíbulo.
—Lo lamento, pero los Patriarcas quieren verlos. A ambos.
Dijo el Primer Teniente, Zubin. Su voz dio un escalofrío de terror puro a ambos, que sentían una soga invisible alrededor de sus cuellos.
Capítulo X La última risa del pierrot

Ambos fueron empujados por los oficiales, cuerpos forzados contra su voluntad, por los ostentosos pasillos, con cuadros cuidadosamente pintados en incontables puertas talladas en fina madera. Estos no eran meros corredores; eran galerías de arte de extravagante depravación, finamente trabajados con maderas exóticas de tonos púrpura y ébano, que decoraban para la vista, absorbiendo la luz y el sonido.
—¡Esto es una vergüenza! ¡Están ofendiendo a mi familia y ensucian a la justicia con sus actos vulgares!
Expresaba con desagrado Marta, su voz aguda resonando con indignación de clase, mientras caminaban entre muebles lujosos como de estatuas de aspecto sospechoso que eran figuras retorcidas de madera oscura que parecían observarlos con ojos tallados, guardando secretos ancestrales.
—Señorita, debe calmarse. Esto es ordenado por quienes están a cargo de la mayoría de las familias, no por mí.
Dijo Mauricio, el Teniente Segundo, hablando de forma respetuosa a Marta. Su cortesía, fría y profesional, no parecía apaciguar la furia de la niña.
—Teniente Segundo, enfoque su disciplina con el recluso, no con los muebles.
Gruñó Zubin, el Primer Teniente, tratando a Marta como un equipaje delicado pero molesto. El Segundo asintió, volviendo a su trabajo encomendado.
—¡Muévete, basura! ¡Camina con el paso que te ordeno!
Rugió Zubin, golpeando nuevamente a Silas en la nuca, ya sea si este avanzaba mucho o se demoraba un segundo en avanzar. El castigo era aleatorio, metódico y humillante.
Tras un rato que pareció una eternidad bajo la opresión de las jerarquías, llegaron a una puerta doble, imponente y desprovista de adornos. Esta no era como las demás. La niña lo supo. Tragó saliva, su máscara de superioridad se agrietó.
—Bueno, será mejor que toque... o que rece.
Murmuró el Primer Teniente, Zubin, con una expresión de notoria inseguridad e incomodidad que no se esperaba de un verdugo del Juez.
Iban a abrir la puerta, pero antes, esta se abrió con una fuerza abrupta, haciendo que los oficiales sintieran la sangre fría y la humillación del susto. Un olor intenso, una mezcla espesa de almizcle, especias exóticas y un sutil dejo a decadencia moral, golpeó a los cuatro.
—Teniente Segundo... Entre usted primero…
Ordenó el Primer Teniente, esforzándose en no tartamudear. Esto causó un momento incómodo entre ambos oficiales que produjo la mirada del Teniente Segundo, el cual lo miró con desprecio gélido por su cobardía, y luego obedeció.
—...Que el fondo del mar me trague de una vez.
Silas quiso decir algo antes de entrar, pero desistió por un terrible presentimiento. Debían avanzar al lujoso salón, un espacio gigantesco lleno de figuras sombrías pero adornado con un lujo notorio y una extravagancia excesiva, todo con la intención de sobresalir más que los invitados. Lo cual en el pueblo, bastaba con traer una prenda sin parches.
—Cuánta elegancia la de estos muertos de hambre…
Finalmente Silas abrió la boca, asombrado por la obscenidad del derroche, solo para recibir un golpe seco de Mauricio para que se comportara.
—¡¿Acaso debo estar aquí y no a la vez?! ¡¿Debo ser invisible mientras me golpean?!
Protestó el joven ante el actuar del oficial, quien se detuvo de darle otro golpe por algunas miradas cortantes que venían del interior de la sala.
—Más vale que actúes de forma callada y cortes condenada peste…
Susurro el oficial, amenazante al joven mientras múltiples ojos se posaban en ellos pero no por incomodidad, sino por diversión y deleite.
—Compórtate, escoria. O será lo último que harás aquí. Además me aseguraré de que seas castrado.
Amenazó Mauricio, apuntándole con el dedo junto a una expresión de odio profundo, algo más intenso de lo normal, una animosidad personal.
—Debería darles vergüenza, Tenientes. Comportamientos así son demasiado vulgares para los mínimos estándares sociales que se piden para tan siquiera estar presentes en mi hogar.
Esbozó Marta con una mirada fulminante, arreglándose la vestimenta con sumo cuidado, retomando su papel de princesa ultrajada.
—Pero… ¿De qué estás hablando? No hemos hecho nada.
Susurró el primero tratando de justificar sus acciones en voz baja a la niña, sin saber si sus actos traen consecuencias.
El salón se mantenía en un denso ambiente de enemistad, una significativa altanería entre los acaudalados miembros que debían considerarse líderes de familias. Se ignoraban por completo, una masa de oro y rencor que no prestaba atención al grupo que entraba.
—Tu y tus pretextos son una verdadera vergüenza para nuestra honorable y pulcra sociedad.
Refunfuñó una mujer alta de cabellos negros, que se iban intercalando con los cabellos blancos por su edad: la Matriarca Mencía. Su voz era un metal frío y afilado.
—Matriarca Fernández, debería retractarse de su insolencia…
Habló una figura alargada, el Juez Justo, con un aspecto anormalmente grotesco y sus rasgos envejecidos por el vicio.
—¡Justo, cállate! Es absurda la pequeña escena que buscas hacer. Sería mejor que le hicieras una escena a tu promiscua hija, quien tiene que recibir reprimendas de tan incompetente padre.
La mujer hizo hincapié con los movimientos de su copa de oro cuidadosamente decorada, contrastando con su piel blanca como la nieve.
—¡Bruja descarada! ¡Mencía, vulgar mujer! ¡Tuve que haber hecho el trato con Urraca en vez de contigo!
Bramó el anciano, su rostro contraído por la furia.
—¡Soy el Juez Mayor de todo este pueblo! ¡En mis manos está el orden y la justicia!
Rugió Justo con su voz profunda y seca, intentando imponerse, pero Mencía lo ignoró. Este no era el único debate conflictivo, ya que un hombre estirado con otro calvo tenían debate de ciencias, otros de comercio y producción. Ninguno con mayor interés que su propia vanidad.
—Sin duda, la familia Fernández está tan austera como siempre… la miseria disfrazada de sobriedad, resulta en algo escandaloso.
Comentó la voz de una mujer que cubría su rostro con un abanico de plumas exóticas.
—Digo, incluso la entretención es zonza. No saben divertirse sin masacrar a alguien viendo tal despliegue torpe de habilidades.
Comentó la mujer, haciendo una sutil expresión de felicidad con sus rasgos orientales, su rostro tan maquillado que parecía una máscara de teatro.
Los espectáculos, dispersos por el salón, eran la prueba de la entretención que les rodeaba en cada rincón, desde actos suaves y eróticos hasta muestras de arte extravagante que revelaban la completa absorción de las vidas de los artistas en cada movimiento cuidadosamente trabajado.
—Sí, no quieren gastar nada usando esas cosas como sirvientes espectrales, pero al menos no son tan decepcionantes como los González. A esa familia le debe quedar poco tiempo, ya que no han logrado establecerse de forma segura.
Comentó un hombre viejo que se llenaba la boca de bocadillos, un desprecio constante por la etiqueta que debía mantenerse firme a la situación social.
—Representante Balmaceda… ¿Acaso no pretendían hacer algo aquí? Por mi parte, comentaré la situación a los representantes de mi clan. Esto es una pérdida de tiempo costoso.
Habló la mujer del abanico, alzando su pipa alargada para arrojar una extensa bocanada de humo denso y dulce.
—Esto debía ser un evento de emergencia, sin embargo esto tiene más un aspecto de ser un carnaval del populacho.
Refunfuñó una mujer grande y gorda con cabellos dorados que caían como una cascada, cuyo cuerpo era de un color caramelo por la exposición al sol.
—Si fuera por nuestra parte, habríamos cazado algo digno para agradecer el encuentro sin aviso… un sacrificio ritual, no estas nimiedades.
Deteniéndose para engullir delicadamente un aperitivo de un solo bocado.
Silas miró a los uniformados con una expresión de incredulidad y asco. En cambio, estos se mantenían firmes, con una sutil expresión de fatiga y hastío en sus rostros.
—¿Se puede saber qué percebes habla toda esa recua de costales de mariscos rancios? ¿Por qué hablan así?
Silas vio con incredulidad al resto. Los oficiales se vieron irritados, pero la niña se mostró ofendida por el insulto a su clase.
—¡Abstenganse a sus nefastas falacias arrojadas a la amabilidad de mi familia! ¡¿Quiénes creen que son ustedes, muertos de hambre descarados?!
Explotó en furia Marta, ofuscada ante las palabras de los invitados que ofendían al status de su familia, como si estos lograrán dar un espectáculo de mejor calidad.
—¡Desvergonzados! ¡Apenas son conocidos vuestros inmundos linajes de ratas callejeras como de mendigos de barrios bajos! ¡A insultar a las prestigiosas familias mayores proviniendo de las familias secundarias pero por sobre todo porque no son nada en sus propias familias!
Alzó la voz la niña, arruinando el sofisticado ambiente, pero avivando el interés de todos del salón en lo ocurrido como moscas a huevos podridos al sol. Su grito llamó la atención de los presentes, petrificado a los habladores por la tensión que se formaba a su alrededor.
—Pero qué acto más salvaje es el que…
Pronunció la mujer rubia pero no logró esbozar ninguna otra palabra ya que la pequeña le cayó de golpe.
—¡A su vez! Das vergüenza, Representante de los Ramírez. Deberías defender a quien te ha mantenido durante tantas generaciones de absurdo gasto de recursos, no despotricar contra su generosidad al seguir considerando a tu linaje como una de las familias principales.
La niña señaló a la mujer rubia, que se sobresaltó, agitando sutilmente su cuerpo obeso.
—Nosotros, los Ramírez, somos una sacra casta de guerreros y cazadores formidables que han mantenido…
Se trató de imponer la acusada, hablando con un fuerte vozarrón, solo para ser interrumpida por detrás.
—La jovencita de los Fernández tiene toda la razón. Somos los González quienes han enviado millones de cabezas de ganado sin ver ni la más mínima muestra de resultados. El Patriarca está fastidiado con toda vuestra palabrería vacía.
Habló pausadamente pero de manera profunda. Este hombre lucía estirado, con un par de anteojos grandes y una vestimenta sencilla que, en ese lugar, era lo más llamativo.
—¡Jorge! ¡Cómo te atreves a tratar así a la familia Ramirez! Esos niños tenían la obligación celestial de entregarse en nombre de la…
La mujer perdió la compostura al ver que se había puesto como uno de los focos de atención en la reunión de emergencias.
—Debes ser clara al expresarte, representante de los Ramírez. Además, nosotros somos representantes o patriarcas de cada familia, no niños.
Gruñó el hombre, acomodándose los anteojos como si hubiera terminado de hablar con la mujer de forma definitiva.
—La Santa Iglesia está de nuestro lado en la purificación…
Un chasquido seco y autoritario hizo que todos guardaran silencio. La escena se enfocó en Mencía, quien se imponía frente a la chimenea con un porte perfecto y una crueldad palpable.
—Es hora que todos cierren esas asquerosas fauces. Incluso mi familiar inferior es más competente que los reconocidos líderes o representantes familiares que actúan peor que la basura que tiene este mundo. Es nuestro deber corregir esta estupidez.
Sus palabras eran duras y frías, atravesando más allá de lo físico. Pero sin duda Marta fue a quien más le afectaron, donde los propios oficiales y Silas vieron cómo reaccionaba de forma casi imperceptible.
—Soy tu aprendiz… debía ser tu aprendiz… no debería ser familiar…
Las palabras de Mencía fueron una lanza con púas que se incrustó en el corazón de Marta. La niña murmuró palabras inaudibles, su rostro blanco de humillación, solo para volver a su lugar con Silas y los oficiales para guardar silencio.
—El pueblo que fue fundado por las familias principales siempre ha debido sobrevivir durante eones a terribles tormentos que se repiten una y otra vez sin descanso. Por eso les digo que esos tiempos deberán acabar cuando la putrefacción de afuera sea consumida por nuestro resguardo y poder.
Mencía alzó la copa, ofreciendo un momento para que los presentes asimilaran la amenaza.
—¿Qué clase de propuesta pretendes establecer, vieja bruja de mar que solo huele a pescado rancio?
Preguntó una voz con un sonsonete vulgar y atrevido. Una figura alta, morena, de cabellos largos y negros como los de Silas. La voz y la figura le provocaron al muchacho un asco extremo.
—Debo señalar que no deberías estar tan pedante, joven Hernández. La confirmación de tu autoridad como Patriarca aún está en trámite por la familia Ruiz. No querrás que se descubra algún detalle fuera de lo legal y debas ser puesto bajo custodia del Juez, ¿Cierto?
Habló elocuentemente Mencía, amenazante y sutilmente cruel.
El joven era Azai, el hermano de Silas. Ignoraba a Mencía, manoseando a las dos trabajadoras del burdel que se aferraban a él. Su aspecto era fornido y atrevido, con ropas que dejaban ver más de lo debido, no como un descaro para mostrar su autoridad, sino por su grosera forma de vida.
—¡Azai! ¡Eres un menudo idiota que piensa con ninguna de las dos cabezas! ¡Cabeza de pez luna, compórtate, eres quien nos representa, estúpido!
Las palabras de Silas fueron un golpe de furia y frustración para todos, pero por su parte a las familias les resultaba de lo más jocoso un momento como este. Su hermano gruñó y respondió con improperios de Puerto que fueron respondidos con fuerza por Silas. Su intercambio de volvió una entretención fulminante revelaba lados vergonzosos de su promiscuo hermano, pero que eran un espectáculo vulgar pero suculento para todos los representantes de cada familia.
Salvo por dos figuras que era el Juez Justo, quien rechinaba los dientes al ver vivo a Silas, quien había logrado huir de las torres de piedra.
—Mencía, deberías haberme dejado encargarme de ese estorbo… ¡Está vivo, maldita sea!
Justo susurró furioso, amenazante, a Mencía. La Matriarca, por el contrario, veía con satisfacción fría al muchacho.
—Veo con gracia lo que encontró de bueno tu hija en ese tipo de hombre… tiene más fuerza que la que tuvo mi pariente Solomon… lástima que ninguno estuviera dentro de mis planes…
Mencía respondió en voz baja, viendo cómo se llevaban a Silas fuera de la habitación en lo que otro oficial sujetaba a Azai, quien también perdía a sus compañeras de juego.
—Supongo que este territorio resulta más interesante de lo esperado…
Comentó la mujer del abanico, cubriendo a duras penas su gran sonrisa.
—He visto riñas más interesantes en un consultorio experimental en los suburbios bajos de la capital.
Señaló el representante de los Balmaceda, en lo que se rascaba la nuca.
—Estoy impresionado, mocoso. De verdad tienes pelotas para enfrentar a tu propio hermano y a esa gentuza.
En voz baja dijo Zubin, el Primer Teniente, agotado más por la atención de las personas de la habitación que por llevar a Silas.
—Ya es suficiente. Retiren a ese jirón de aquí y arroje lo al lugar donde pertenece.
Pronunció el juez, tratando de contener su desprecio al muchacho que no había dejado seguir a Mencía con su discurso y propuesta.
—Calma justo. Esto aliviará un poco las tensiones antes de la dura verdad. Quieren o no, deberán aceptar ya que sino lo hacen terminarán como los Díaz.
Comentó la matriarca mientras se comenzaba a cerrar la puerta con los últimos gritos.
—Bastardo, como se te ocurre… ¡Celestial! Eso fue horrible. Menos mal que estaba el otro oficial segundo para contener a ese zángano de los Hernández.
Vociferó el Segundo Oficial, secándose la frente. Ambos ya estaban fuera de tal agobiante lugar.
—¡Zángano?! ¡¿Dijiste zángano?! ¡Es el cabrón de Azai quien está representando a mi familia! ¡No es ni siquiera un marinero de agua dulce, apenas se puede comparar con un pepino de mar, ya que ofendes a los pepinos de mar, que son útiles!
El muchacho no se contenía, maldiciendo y despotricando por la presencia de su hermano en esa sala. La humillación era personal y profunda.
—Creo que es verdad. Comprendo lo que dices. De toda la basura de los Hernández, él es muy desagradable…
Afirmó Mauricio las palabras de Silas, aunque le resultaba desagradable decirlo.
—Bueno, sé que nos odiamos profundamente, dónde te deseo terrible augurios en la vida como todo tu linaje y desearía que murieras de forma lenta, pero hay cosas más importantes que la enemistad familiar.
Se acercó Zubin, el Primer Teniente, como si fuera alguien comprensivo.
—Tengo ganas de desquitarme más con el engendro de tu hermano que con tu persona. Supongo. Pero debo acatar órdenes.
Pero a continuación, usó su garrote eléctrico para neutralizar a Silas. El impacto seco y electrificado paralizó al joven, y Mauricio se unió para tratar de noquear al joven que lentamente se iba desvaneciendo.
—Lo siento, muchacho. Fin del juego. Tu hermano ganó la pelea de poder por ahora. Eres lo último que quedaba…
Se escuchó la voz de Zubin, una disculpa sincera en un mundo falso, cruel y sádico. Pero cuando acaban contigo, ¿Sirve de algo disculparse? La última conciencia de Silas fue la risa cruel y distante de la Matriarca que lo había usado.


Capítulo XI baile de bufones

El olor fue lo primero que se formó para dar origen al entorno. La complexión del hedor era una potente y nauseabunda mezcla de sulfuro, amoniaco, sudor rancio y descomposición orgánica, encerrado en un ambiente hostigante y sofocante. Silas sintió cómo se movía, el cuerpo actuando de forma errática sin su consentimiento. Estaba siendo manipulado como una marioneta.

—¡Damas y caballeros! ¡Niños y niñas! ¡Suculentos espectadores de todas las edades!

Del bullicio caótico, una imponente como áspera voz resonaba, amplificada por el sulfuroso aire, una manifestación de la emoción misma, distorsionada y maníaca.

Silas abrió los ojos. Vio que estaba amarrado a unas extrañas cuerdas gruesas que se alzaban hacia la oscuridad del techo, como si fuera carne colgada. Unos reflectores crudos y amarillentos lo enfocaban, obligándolo a enfrentar la risa jocosa, enferma y burlona de un público invisible que se divertía con él.

El Maestre de Ceremonias se giró y le vio a los ojos, una criatura baja y tensa. Incluso cuando este no tenía ojos visibles, Silas pudo sentir que le observaba, una penetración psíquica y cruel.

—¡Miren nada más! ¡Démosle un fuerte aplauso a uno de los bailarines dormilones! ¡Qué manera de despertar!

Este fingió estar contento con el despertar de Silas, pero debajo, una segunda voz, gutural y baja, resonaba en un murmullo que maldecía con frustración que estuviera vivo y despertara en medio del espectáculo.

—Me siento como un coral recién arrancado del fondo…

El joven vio que estaba vestido con unos trapos coloridos, remendados y remachados, que terminaban en piezas metálicas que sonaban alegremente con cada movimiento forzado. Una grotesca imitación de un disfraz de bufón de la corte.

—¿Qué es lo que pasa aquí? ¿Quiénes son ustedes? ¡¿Dónde está mi ropa?!

Dijo Silas con espanto mientras la danza seguía pese a sus intentos de actuar, pero se dio cuenta tarde que su voz sonaba extrañamente plana.

—Bueno, eres más hablador de lo que esperaba, pero sin duda no gritas como los otros. ¡Qué decepción!

Comentó el bajo hombre, el Maestre, ampliando su sonrisa en el rostro. Su piel grisácea parecía capaz de estirarse sin límites sobre un cráneo deforme.
El muchacho vio a su lado. No era el único en esa situación, ya que cuerpos inánimes, sin vida aparente, danzaban en un baile macabro con música que intentaba reflejar una juerga cómica. La coreografía era grotescamente perfecta, ejecutada por cadáveres.

—Carajo, está vivo uno de los nuevos… ¡La mosca no acertó!

Gruñó una voz aguda a su espalda. Este era un hombre que vestía una ropa brillante como estrafalaria, pero su máscara vendada salpicaba materia y gusanos.

—¿Cómo pretendes que acierten? Si están completamente perdidos.

Expresó una voz desde arriba, está provocaba que la cuerda vibrará al hablar.

— Eres un…¿Mariposa?

Dijo Silas, confundido por el apodo, lo cual evocó risas ásperas a su alrededor, pero no del público. Eran risas internas, privadas, de los artistas del circo.

—Mariposa, mira dónde estás… te has dejado ver!

Gruñó el Maestre de Ceremonia como si esto no estuviera incluido en el guión. De la nada, varias figuras cayeron desde altas alturas, dando un sonido húmedo y espantoso al impactar. Esto trajo risas enfermizas y arruinadas.

—¡Perdiste tu apuesta! ¡Perdiste tu apuesta!

Gritaban las Pulgas, hombres de cabellos blancos, bajos y frenéticos, burlándose de la Mariposa. Recogían a los trapecistas caídos como si fueran solo muñecos que se cayeron de un estante y seguían con la función dando brincos y piruetas
.
—¡Cállense, grupo de imbéciles, Pulgas! ¡Hagan sus piruetas o los arrojaré a las garrapatas hembras!

Gruñó el hombre tras la máscara, la Mariposa, resbalando pero acomodando sus pasos para ocultar el desliz, que apenas logró ocultar del público que pareció aceptar el sutil cambio de rutina.

—Mariposa, eres desagradable, concéntrate… ¡El público lo nota!

Gruñó una voz áspera, vestida igual que el otro hombre, solo que no expedía tanto hedor a descomposición como su compañero.

—Me estoy pudriendo vivo, no es tan fácil cuando ya eres viejo y mi carne se deshace.

Esbozó enojado, dando una pirueta perfecta para aterrizar en los brazos de su compañero.

—Bienvenido al circo. Aunque sí conocías que éramos Mariposas, supongo que estuviste aquí antes o eras… ¿Qué ocurre…? Creo que tu alma se ha ido…

Comentó la mariposa con ánimo sin perder el ritmo, aunque el ánimo se desvaneció al ver que el muchacho se perdía.

—Si haces eso, procura que no sea siempre que hacemos nuestra bienvenida…

Protesto una de las mariposas, perdiéndose la discusión de estos con la mente de Silas disolviéndose en oscuridad.

—No hay forma de saber que los enlaces neuronales resistan la señal, pero podemos dar por hecho que será imposible dañar a los… con algún objeto disponible… 

Resonó la voz de la doctora en su cabeza, está era como un taladro viejo que se clavaba en su mente.

—...No, trata de nivelar los … no pueden… ¡Aún… puedo ser útil! ¡No…!

Las palabras metálicas estaban disueltas en su mente mientras Silas trataba de comprender si estos eran recuerdos de alguien más o si era producto de su mente colapsada. 

De pronto el dolor de cabeza surgió, como si nombrará estabilidad a su existencia, pero tras este aparecieron dolores que superaron el del golpe en la cabeza, ya que sentía como tú cuerpo se estuviera pudriendo y disolviendo por alguna razón.

—Fabuloso, está muerto… ¿Por qué debo inspeccionar a los nuevos? Interesante…

Comentó una voz chillona de mujer que hablaba sola sobre el aspecto del cuerpo de Silas hasta que vio un tatuaje de un cañón en su brazo. A su alrededor había unas cuantas conversaciones frías.

—Oye, infeliz. Aléjate antes de que mi Juez te corte esa mano…

Gruñó una voz melodiosa, pero de aire severo y cruel.

De sobresalto, Silas despertó gritando. Al alzarse con fuerza, estaba desatado de las amarras. En su impulso, dio un fuerte cabezazo que hizo crujir la cabeza de quien tuviera al frente, arrojando de nuevo a Silas al suelo, pero sin que este se desmayara, solo gritando de dolor.

—¿Ves, Verónica? Te dije que la Mosca recibiría su merecido por estar metiendo sus manos donde no debía. No puede controlar sus impulsos.

Habló la mujer chillona, con cabellos cortos y nariz respingada.

—Las dos son pesadas, pero es cierto que es fabuloso. Al menos tendremos comida fresca sin esperar la hora del caldero.

Dijo la Mariposa, siguiendo al grupo con porte extravagante. Lo siguiente que hizo fue que levantó el brazo de la Mosca que estaba tirada y abrió su boca despellejada para darle un buen mordisco. Al hacerlo, provocó que varios de sus propios dientes cayeran de su boca.

—Odio que pase eso, mejor los guardo… aún me sirven.

Dijo la Mariposa para consolarse, ya que solo debía incrustarlos o atornillarlos dentro de un rato frente a su tocador.

—Yo te los coloco, Mariposa. ¡Arriba!

Dijo Verónica, doblegando a la Mariposa fácilmente, ya que este hombre se estaba pudriendo en vida.

—Valeria, levanta al nuevo y llévalo donde los payasos, el acto está por comenzar.

Gruñó Verónica, levantando al hombre. Jaló la cabeza de la Mariposa, quien se quejó, imposibilitada para decir algo. Verónica le colocó el diente en su lugar, provocando un terrible alarido de agonía mecánica.

—Creo que ese no iba ahí… los incisivos se ubican…

Trató de explicar Valeria algo, pero solo la mirada asesina de Verónica fue suficiente para que se callara. A la mujer no le gustaba que la corrigieran, por lo que para desahogarse, se aseguraría de colocar todos los dientes en su lugar, con dolor.

—Bien… Vamos a hacer cosas nuevas. Debo llevarte a los vestidores y ver qué haces.

Dijo brevemente a Silas con una expresión que trataba de parecer simpática pese al cansancio.

—¿Qué es lo qué quieres que haga en donde?

El muchacho no comprendía lo que decía la mujer mientras los alaridos del hombre se hacían intensos con gorgoteos húmedos y espesos.

—Cuando llegan al circo lo importante es saber qué clase de insectos eres. Ya que si bien, todos trabajan como un grupo que tiene como objetivo entretener, hay prácticas totalmente distintas entre los miembros de cada segmento propio de los grupos. Ya sabes, Mariposa baila, la Pulga hace acrobacias, la Araña trepa y hace actos con cuerdas, la mosca… mosquea.

Valeria explicó de forma larga con su desafinada voz, luego de bromear sobre las moscas tomó a Silas, quien trataba de pararse. Ambos se apresuraron a marcharse, guiados por la mujer chillona.

—Eres tonto, debes tener cuidado cuando pretendas ser quien se meta en problemas. No debo estar cerca. Antes tenía un bello cabello voluminoso, pero desde que una Araña trató de llevarme, lo tengo así. Digo, si me sujetaba la mano, entonces me la habría cortado, pero ya sabes…

La mujer era desagradable y su voz estridente. Silas parecía tener dolor de cabeza con su monólogo eterno. Pero un grito de furia resonó desde delante de las tenues luces.

—¡Qué mierda es eso! ¡Los especímenes nuevos no pueden estar vagando por donde sea! ¡Contenido!

Se escuchó, formándose una figura que parecía la de una Mosca vestida con ropa de guardia o un cadáver vendado que tenía el cabello similar a una mosca y la piel rugosa como pulposa. Sin embargo, por lo contrario está era una guardia llamada Andrea.

—¡Lo mismo diré yo! ¡¿Qué bacalaos es eso?! ¡¿Qué le pasó a esa Mosca?!

Vociferó Silas, asqueado al ver cada vez más de cerca los restos andantes de una mujer joven que parecía solo sostenerse por las vendas. Este comentario provocó la risa burlesca de Valeria y que la ira ardiera aún más en Andrea, la Mosca.

—¿Oíste, Valeria? ¡Te llamó Mosquita! Andrea, la Mosca Maravilla. ¡Te lo mereces!

Valeria se burló, pero fue interrumpida de golpe por Andrea.
—¡Escúchame! No es tu problema cómo me veo y lo que haga yo. ¡O acaso quieres que me ría en tu cara de lo que tienes ahí abajo, Mosquita de dos pesos?!

Andrea golpeó el pecho de Valeria un par de veces mas, gritando y arrojando saliva desde su boca vendada, donde la carne bulbosa parecía a punto de desprenderse.

—Bueno, no digo nada más… No me rebajaré a discutir situaciones fuera de lugar delante de los miembros del circo, ya que debemos mantener la compostura como miembros centrados que mantienen el orden por parte de los grupos de guardias en estos pisos inferiores, asegurándonos de ser precavidos no solo…

Comentó la mujer rascándose el cabello corto, poniendo una notoria cara larga de ofensa, realizando una explicación extensa sobre algo que quería decir.

—¡No sabes las reglas! ¡Los bichos se llevan contenidos! ¡Los bichos se trasladan con varios guardias! ¡Jamás solos! Debes llevarlos primero a examinar, luego soltarlos. Además, antes de salir o entrar a la oscuridad, procura ver que la puerta cierre del todo…

La mujer rugía, despotricando furiosa. Estas parecían ser las reglas de supervivencia del Circo, las cuales Silas se dio cuenta que no le habían enseñado o explicado nada.

—Cuando vea a esos infelices, les daré una lección por el dolor de mi cabeza. Cuando llegué, no me explicaron absolutamente nada…

Las palabras de Silas hicieron que la mujer se sujetara la cabeza y se apoyara en los barrotes cercanos.

—Yo no haría eso si fuera tú…

Apenas menciono Silas. Las Moscas saltaron agrupados en la reja tras Andrea. Pero esta, antes de ser tocada, se volteó y con una rápida tanda de garrotazos eléctricos, rompió los brazos de varias Moscas que huyeron en alaridos llenos de dolor y furia.
—¡Les enseñaré cuando traten de volver a hacer una estupidez como esta! ¡Soy la dueña de mi reja!

Amenazó, pareciendo que la mujer leprosa era la verdadera bestia tras las rejas, el depredador en ese infierno.

—¿Ya habías visto estos trucos de las Pulgas? ¿Habías sido parte de esto antes, digo, de los guardias o eres una especie de insecto nuevo?

Preguntó Valeria, curiosa por este insecto, ya que pensó que podría ser psíquico como indicaban unas anotaciones que conocían de mucho tiempo, pero no sentían que actuaban de forma involuntaria. La mujer lo observó con sumo detenimiento desde su pierna carcomida hasta sus cabellos negros con suciedad.

—Bueno, así se comieron a Randall.

El comentario del chico dejó en silencio a las mujeres, quienes se vieron por un momento.
Esto causó gracia a las mujeres, que parecían haberle conocido, dando unos comentarios entre ellas que apenas se lograban escuchar.

—Sí, soy guardia, estuve trabajando y… me picó una araña…

Silas titubeó un instante ya que no sabía si podía decir que realmente había trabajado o no. Por lo que luego miró su pierna, dándose cuenta del aspecto grotesco de esta, que empeoraba bajo sus harapos.

—¡Araña enana de mierda! ¡¿Quién percebes se ha comido mi pierna?!

Silas estaba furioso, revisando más de sí mismo para comprobar qué otras partes estaban mal o faltantes. Ambas guardias le miraron con extrañeza, ya que los insectos por lo general no suelen recordar su comportamiento, menos su aspecto antes de ser transformados.

—Oye, por casualidad, en lo que estabas despierto. ¿Te caíste?

Preguntó Valeria, dudosa, con algo de seriedad.

—No recuerdo. ¿Acaso actué como un pirata de agua dulce?

Dijo Silas, pero su modismo del puerto hizo que la risa contenida de Valeria se desvaneciera.

—No, no... ¿Cómo debería explicarle?
Expresó Valeria sin saber cómo explicar lo que pensaba que le ocurría.

—Yo le digo. Como sabes tanto de ti, antes que fueras un insecto. ¿Te moriste o no?

Las palabras de Andrea perturbaron a Silas. Este solo observó sus manos, sus ojos se llenaban de lágrimas. Quería huir. Pero, como nunca, no tenía un lugar, ya que por culpa de su hermano todo se había arruinado.

—No. Solo me picaron y abrieron. Luego desperté con los jirones en una revuelta.

Las dos mujeres sabían de qué se trataba. Este era el Hernández, descendiente de Solomon. Lo ocurrido en el ayuntamiento fue la traición de su hermano Azai contra sus hermanos cuando las camarillas habían planeado un asalto a la alcaldía por algo importante, en el alzamiento de camarillas, donde acabaron con el supuesto último de los aspirantes de las pequeñas camarillas para ser el cabeza de camarillas.

—Bueno, dejemos de actuar. Es mejor que acabemos con esto antes que el Maestre de Ceremonias nos venga a reclamar.

Comentó Andrea. Fue seguida por Valeria y, posteriormente, por Silas, quien aún no conocía a cada uno de ellos, solo cuando estaban juntos.

—¿Saben si esos son iguales? Me refiero a cuando están separados… Los vi cuando estaban juntos, creo, pero… ¿Son uno solo que piensa igual o tiene personalidades distintas?

Silas preguntó, sin lograr expresar cómo era eso, tan solo moviendo las manos en gestos torpes.

—Eso me recordó a lo que contaba el Anfitrión. Para la próxima, no hagas cosas tontas. Por tu culpa, ya tenemos otra regla…

Espetó chillona Valeria algo fastidiada al joven.

—¿Qué clase de regla colocaron?

Preguntó Silas, pero la respuesta fue solo un gesto de ignorancia.

—No lo supimos. En ese momento, tenían que entrar a actuar, por lo que no pudimos hacer nada más que preparar las jaulas y el público.

Señaló Andrea, que se detuvo un instante para ver a través de las rejas.
De la nada, saltaron unos hombres bajos que reían y gritaban, consumidos por la locura.

—¡Leprosa! ¡Con carne bulbosa! ¡Castrada! ¡Con la voz desgarrada!

Estos gritaban y se sacudían contra la reja, haciendo rimas que trataban de herir a las guardias.

—¿Qué son? Son Sardinas…

Comentó Silas, lo que provocó la risa liberadora de Valeria y Andrea, a lo contrario de los hombres, que abandonaron toda pizca de humor, volviéndose más violentos contra Silas.

—Movámonos, haz hecho nuevos amigos, bufón.

Dijo Andrea, pero un golpe seco en los barrotes hizo que todos guardaran silencio.

—Rápido, eso no me gusta… ¿Será un Escarabajo peleando?

Dudó Valeria. Las Pulgas salieron huyendo despavoridas.

—No estoy segura, pero esos bastardos siempre se quedan a ver la violencia, independientemente de que si es riesgosa hasta para ellos… Podría ser… el Juez… No lo creo…

Dijo Andrea sin terminar la respuesta, solo callando y apurando el paso. Silas no comprendió el tipo de peligro, pero no se quedaría a ver qué era.

Fue hasta que llegaron a la habitación, esta con el mismo papel mural roto y mobiliario estropeado de la Mansión Fernández.

—Recuerdo esto… el olor a incienso rancio de los ricos…

Dijo Silas al ver el lugar, pero fue golpeado desde atrás con algo húmedo y viscoso.

—¡Calla, idiota! La puerta recién se está cerrando y apenas logré esquivar a las Langostas. ¿Además, qué hace este insecto todavía aquí?

Gruñó una mujer, Zoe, preguntándole a sus compañeras. Andrea comenzó a hablar con ella.

—¿Qué le pasa a esa cabeza de pez espada?

Resopló Silas, oliendo qué era lo que se escurría por su frente.

—Descuida, Zoe es así, pero es de las buenas. ¿Y tus compañeros te explicaron la formación de los turnos, el protocolo que se aplica en cada situación? Es algo común que solemos hacer cuando ocurren incidentes o anomalías fuera de lo usual en la oscuridad, pero no es nada de importancia, es raro… no tan raro ya que me pasó un par de veces como a otras y creo que los hombres tuvieron algo similar. Eso me recuerda que es curioso que no usarás el uniforme. ¿Te lo sacaron o nunca lo usaste? Porque eso infringe las normas, el Anfitrión siempre nos recuerda vestir adecuadamente, sobre todo por dos cosas que son el recordarnos que siempre somos distintos a los insectos. Lo segundo es como también ayuda a identificarnos de los restos que encontramos cuando alguien puede extraviarse o desaparecer…

Valeria, en su monólogo interminable, se quedó callada, dándose cuenta de que Silas tenía una expresión de no haberle explicado nada. Seguramente le habían noqueado, y el responsable era, posiblemente, Rufus.

—Me distraje un momento, bueno…

Silas vaciló, para luego pensar un momento.

—Nos habíamos topado con una Garrapata hermosa en la entrada y la vimos, pero, bueno, se suponía que no tenía que verla de espaldas, pero la miré, a lo que me tocó…

Silas se tocó el rostro, recordando la suave lengua danzar por su rostro, pero sus palabras se detuvieron ante la mirada sorpresiva y horrorizada de Valeria.

—¿Es un problema?

Preguntó Silas, confundido.

—Te seré honesta, desde luego que es un problema, idiota. Deberías haber muerto o muerto tiempo después por la toxina paralizante de las Garrapatas, pero sobre todo porque era una Garrapata hembra.

Comentó la voz de un hombre desde arriba.

—Es ridículo. Hasta nosotros evitamos a las hembras por lo mismo. Además, aquí no tenemos Garrapatas, ¡Qué asco!

Le siguió otra voz que descendió con la silueta de un gran hombre de extremidades alargadas y flexibles que al moverse parecía danzar. Eran las Arañas.

—Hola, Arañas. Creo que sus redes están algo estiradas. Procuren no escuchar nada más. Pervertidos.

Gruñó Valeria, a lo que descendieron un par más, estos con múltiples extremidades, con cuerpos que se doblaban de forma anormal.

—¿Este es el nuevo? Es curioso…

Dijo un arácnido delgado con sus ojos rojos, a lo que arrojó un hueso que golpeó a Silas en su rostro. Esto no hizo reír a ninguno de los hombres, salvo por la de alguna Mosquita que miraba más allá de lo que les permitía el ojo.

—¡Me lleva el caleuche! ¡¿Eso por qué…?!

Vociferó Silas, mirando con odio a quien le arrojó el hueso.

—Con eso descartamos muchos insectos… No es un simple bufón.

Refunfuñó decepcionado.

—Mejor llévalo a los fenómenos, puede que ahí vean que es mejor con él.

Dijo otro, volviendo a trepar a la oscuridad de las alturas.

—Ignóralos, son unos pervertidos frustrados. Seguro van a estar tratando de provocar peleas, o pelear con las Pulgas.

Habló Valeria, avanzando en lo que las Arañas ascendían, comentando sobre las Langostas y las Moscas que peleaban.

—Te llevaré donde los vestidores, luego podemos ver otros temas de relevancia…

Un grito agudo y brutal desde atrás se hizo eco, dejando fríos a los dos. Este era de dolor, desesperación y terrible agonía.

—Eso sonó a una Langosta… movámonos, esos infelices con hambre jamás harían un sonido de dolor…

Valeria dijo, frunciendo su nariz respingada. Ella no se dio cuenta, pero Silas miró fijamente su expresión. Pese a la poca visibilidad, logró apreciar su mueca de pavor, la sensación de sus entrañas retorciéndose ante lo que acechaba en las sombras.



Capítulo XII los payasos aburridos 

Silas avanzó, sin tener el menor deseo de mirar atrás o averiguar qué era lo que no era un insecto que provocó el grito, ya que él estaba acostumbrado a la violencia en el día a día pero no tanto a la locura aquí presente, menos si algo llega a trastornar a quienes están cómodos en la locura de estos pisos sombríos. Incluso la misma Valeria estaba inmutable, con el rostro de piedra, sin cotorrear un sinfín de cosas. La amenaza de la Langosta o lo que fuera había roto su locuacidad.
Llegaron a donde parecía un vestidor, ya que este era un espacio desaliñado, mal iluminado y, sin embargo, frenéticamente ajetreado. Cada insecto se movía de un lado a otro, maquillándose con pinturas gruesas y vistiéndose con harapos brillantes. Procuraban tener cada cuchillo afilado, soga bien amarrada. Una gran variedad de voces surgían, dando acordes que desafiaban con rasgar sus gargantas, pero tras un instante de esfuerzo doloroso, no se quedaban ahí y seguían con las siguientes canciones, una orquesta de la locura.

—Esto sin duda parece… la antesala del infierno marino.

Comentó Silas, algo confundido por el caos que evocaban estos hombres para estar listos para el momento de su presentación.

—Un circo. ¿No?

Valeria por fin volvió a sonreír. Silas asistió, aunque la broma no pareció generar gracia por las miradas de furia y desprecio entre los otros insectos.

—Sí, pero no… Iba a decir que parecía un cardumen siendo perseguido por tiburones… ¿Entiendes? El pánico constante impregna el ambiente.

Comentó Silas, pero Valeria simplemente mostró una cara inexpresiva y dio un sonido extraño, moviendo la cabeza en señal de desaprobación.

—Eso sí fue bueno, deberías aprender más del nuevo insecto. ¿No lo crees, Chillona?

Comentó un hombre alto. Su piel agrietada y rasgada parecía no contener sus grandes músculos como bolas de cañón. Al estar expuestos, se estaban tornando en tonos oscuros que anunciaban malos augurios, una clara señal de descomposición forzada.

—Muy simpático, Taurus, pero es mejor que tú y el otro Escarabajo se pongan a llevar esas cajas para cuando los Payasos deban hacer la pirueta fallida.

Las palabras de Valeria atrajeron los reclamos de las Pulgas y las incoherencias de las Moscas, quienes saltaban y corrían, ofuscados por la terrible verdad de que morirían en escena.

—¿Por qué se alteran? ¿Morir es parte del acto?

Silas preguntó al hombre fuerte, Taurus, pero este lo ignoró, dejándolo solo. Lentamente, algo lo abrazó por detrás, de manera suave y delicada, pero con un agarre anormal, imposible para un humano.

—Verás, pequeño insecto. Cuando uno falla el acto, es fallarle al Circo y a las expectativas del Anfitrión. Si esto es premeditado, significa que morirán. Quieran o no. Es el contrato.

La voz del hombre era melodiosa, juguetona, al igual que sus manos, que danzaban, inspeccionando al joven con destreza casi quirúrgica.
—¡Qué crees que haces?! ¡Mejor apártate tú! Sí, tú… ¿Mariposa?

Se apartó bruscamente para defenderse del acosador. Pero terminó sin poder expresarse con claridad, ya que quien le hablaba era alguien vestido de Mariposa, pero con una altura anormal, donde su cuerpo estaba seccionado por partes desiguales, unidas por horribles uniones de carne y hueso que hacían dudar de su origen. Parecían muchas cosas, menos humano.

—Es gracioso que me confundas con ellos. Soy un Insecto Palo. Puedes llamarme como desees… él o ella. Como tú desees… mi identidad es tan flexible como mis articulaciones.

Habló de forma placentera, moviéndose suave y sensualmente, frotando sus monstruosas uniones.

—Bueno… Estrella de Mar. No hay problema.

La respuesta de Silas dejó inmóvil al Palo. Este se mantuvo sin reacción hasta que se volvió a mover.

—Como tú desees… la estupidez es tuya, no mía.

Repitió lentamente, marcando su sonrisa que formaba una expresión temible en su rostro fragmentado.

—Supongo que tú estás aquí hace mucho. Dime… ¿Cuánto tiempo llevas aquí, Estrella de Mar?

Preguntó Silas. Este actuó avergonzado por la pregunta.

—Eso no se le dice a una dama. Bueno, si te soy sincero, no sé qué parte de aquí sería la más vieja… Si lo cuentas por partes, tendré meses. Pero si lo consideras por edad de cada parte, ahí el asunto cambia.

Este insecto tenía tendencias de desvarío entre varias personalidades. Silas se dio cuenta de ello. Si quería tratar con un loco anormal, debía hacerlo con sumo cuidado, ya que era prácticamente una bestia con algo de conciencia humana.

—Oh, pero es algo súper interesante, aunque recuerda que no nos queda mucho tiempo. Deberíamos averiguar qué insecto soy y cómo puedo ayudar, antes de que ese Maestre nos corte las cuerdas.

Silas no titubeó. Tratar con gente que ha perdido la razón era parte del día a día en los barrios bajos.

—Claro que sí, lo podemos hacer ahora mismo. Es un placer jugar con carne fresca.

Este levantó su traje para mostrar parte de su cabeza. Pareció dudar un poco, rascando la división de su cabeza que separaba el cabello y tonos de piel.

—Qué bien, entonces… ¿Dime qué se hace? ¿Debería practicar con…?

Silas trató de preguntar, pero vio cómo este se estiró y dio un golpe seco en el estómago del muchacho. El golpe rompió los huesos inexistentes como disolvió los órganos que estaban en su camino.

—¡Eso es interesante! ¡Cuerpo modificado, pero la resistencia es alta! Con esto descartamos muchos insectos…

Este miró su mano que había quedado húmeda tras golpear al muchacho, mientras Silas vomitaba entre el dolor y las arcadas.

—¡Sardinas enlatadas! ¡¿Todas las pruebas tratan de golpes?!

Bramó Silas desprendiéndose de no devolver sus órganos con el impacto.

—Desde luego que no, pero no tienes velocidad, pero debo reconocer que sí tienes una resistencia anormal. Aunque tampoco destaca la fuerza en ti. Además, creo que no eres muy listo, corazón.

El Insecto Palo dio una risa suave y delicada.

—Entonces… ¿Qué clase de… miembro del Circo crees que soy?

Silas dudó en sus palabras para no ofender a este fenómeno con una fuerza desagradablemente inhumana.

—Oh, muchacho. Si lo dices así, hay muchas cosas que te dejan en un punto muerto en la tabla de clasificación.

Habló de forma grave el Palo.

—¿Qué quieres decir con eso? ¿Acaso debo cambiar en algo más? ¿Hay otra etapa de transformación?

Silas preguntó, temiendo mientras señalaba su pierna y torso, aunque estos estaban con la deformación más extendida. 

—No pienses en eso, la adaptación de tu cuerpo resulta ser mejor de lo esperado. Muchos que son tratados vivos, no tienen oportunidad alguna…
Expresó el insecto palo, observando con su ojo, mientras el otro giraba hasta terminar enfocando al muchacho.

Varios golpes en su cabeza lo colocaron en un estado de aturdimiento hasta que su conciencia no fue nada más que un recuerdo fugaz.

—Verás, joven. Los pacientes deciden en seis etapas, cada una que presiona al organismo desde…

La voz calmada del insecto se detuvo. Este se estiró y acertó un golpe fulminante, una mano gigante sobre la cabeza de Silas.

—¡Qué rayos…!

Silas trató de defenderse, tratando de dar algún golpe, pero de por sí, el palo con su cuerpo alargado le era más fácil acertar.
Pero en un desliz Silas logró sujetarlo de su cuello antes que este se apartará y le diera más golpes.

—Fascinante demostración de un instinto primitivo. Sin embargo creo que…

Expresó inmutable el palo, viendo a su vez sus manos y donde el muchacho había tocado. Su piel ya no estaba como su carne que se desprendía, al igual que su cuello con su capacidad de habla.

La oscuridad fue salpicada, combinando el hedor ambiental con el frescor, mientras el Insecto Palo olfateaba sus estiradas manos.

—Interesante. Según mi diagnóstico, este individuo fue modificado en vida, conservando gran parte de sus rasgos, pero es inútil seguir tratando con los cueros de esta forma… Ellos están condenados a ser gusanos… yo en su lugar usaría otros especímenes.

Con su voz ronca y espasmódica, una voz que no provenía de este, empezó a analizar fríamente el resultado de su prueba, tratando de limpiar su mano que estaba empezando a tener llagas.

—Muy bien, Representante de los Balmaceda. Se te acabó tu tiempo, a no ser que quieras gastar más en ese mocoso.

Gruñó una voz desde las sombras, aproximándose con múltiples pasos resonantes, resguardando al propietario que hablaba con arrogancia.

—Estimados, si desean continuar con sus negocios, que sean fuera de la oscuridad. El personal del Circo está preparándose para la función, y ni el Anfitrión ni el Maestre de Ceremonias aceptarían un retraso en su agenda.

Comentó una voz femenina desde la oscuridad. Se formó la silueta andrajosa y carcomida de Andrea, la Mosca Maravilla, que apareció primero desde la nada. Esta mujer escoltaba, junto a otros hombres, a Azai, quien se mostraba prepotente y asqueado ante la criatura.

—Yo… creo que tengo… algo, pero. ¿Qué es lo que tengo?

El Palo divagó, sujetando su cabeza con angustia.

—No puede terminar así. Apenas he podido hacer algo, debo investigar mi condición… ¡Estoy incompleto!

Este se arrodilló de dolor, consumido en la amargura de no poder comprender por qué estaba incompleto y el cuerpo suturado comenzaba a romperse lentamente.

—Andrea. Puedes hacer los honores. Me resulta vergonzoso algo así, incluso siendo alguien que no está vinculado a mí… solo en mi presencia es una ofensa.

Azai lo dijo despectivamente. Su movimiento de manos provocó la reacción inmediata de Andrea, que removió de forma implacable la cabeza del Insecto Palo con un golpe limpio.

—Tráelo. Creo que puedo conseguir un buen precio por su representante defectuoso como carne de cañón.

El joven Azai se marchó, seguido por su escolta, dejando ambos cuerpos. No apreció que Silas se movía lentamente, apenas una leve contracción. Era observado por las Moscas que reían ante la escena, que parecía ser producto de su mente rota.

Capítulo XIII Caída del telón

Silas miró con dolor y confusión la oscuridad que lo envolvía. Su cuerpo dolía con una intensidad sorda, aunque su cabeza no la sentía, en cambio estaba adormecida y extrañamente vacía. Llevó las manos para palpar su cráneo el que se sentía al tacto sensible, blanda y granulada, como si la piel hubiera sido reemplazada por un tejido húmedo. No logró recordar qué fue lo último que pasó, ni qué le dijo el Insecto Palo antes de la oscuridad.
—Bueno, al menos ya estás listo. Coloca el traje y ve hacia allá. ¡Rápido, bufón!
Habló una voz conocida, áspera y cansada. Era uno de los Mariposas que le arrojó un traje de tela vieja sobre él.
—...
El joven revisó la vestimenta, que era escandalosamente reveladora y apenas cubría.
—Rápido. Que si no vas al grupo de los Fenómenos, el Anfitrión te dará una lección que no olvidarás. Y yo no seré quien pague el precio.
La Mariposa trató de incorporar al joven con un empujón nervioso.
—¿Cómo que los Fenómenos? ¿Qué es eso?
Silas no entendió, pero vio de reojo su cuerpo en la tenue luz. Comprendió algo espantoso sobre sí mismo. Ya que había perdido su color habitual. Su piel se había vuelto pálida y enfermiza, con una humedad constante, una oda grotesca y blanda de su figura anterior.
—¡¿Qué fue…?! ¡¿Qué me han hecho?! ¡Me estoy pudriendo vivo!
Exclamó el joven con la respiración agitada, el terrible golpe de la realidad lo sacudió.
—Nosotros nada. Solo que ya eres parte de nosotros. Bueno… más bien de los Fenómenos, aquellos que están… más rotos.
La Mariposa no supo cómo expresarse. Los Fenómenos resultaban ser aún más desagradables y menos humanos que estos miembros del circo que conservaban más rasgos reconocibles.
—Yo… ¿Qué pasará… Me encerraron? ¿Estoy condenado a esto?
Preguntó Silas, devastado. Su cara, ahora similar a la de un muerto húmedo, sentía que mostraba una expresión infantil pese a no darse cuenta que su rostro había casi desaparecido por completo, aún así se sentía incómodo al parecer como si la Mariposa fuera un padre regañando a su hijo desahuciado.
—¡No! Desde antes ya estabas encerrado aquí, solo no lo sabías… digo. No, no… creo que no… ¡No te quedes ahí!
Expresó algo agitado la Mariposa, sacudiendo sus brazos que dejaban al descubierto sus músculos y tendones amoratados bajo una piel postiza translúcida que empezaba a apestar.
—Pero las normas cambian un poco. Seguirás viviendo en el Circo, pero ahora estarás en los demás pisos, más abajo, con los otros experimentos, y rarezas encontradas… eso. Los fenómenos.
Añadió el bailarín. Aunque no mostraba su rostro carcomido, sus movimientos carecían de la delicadeza y el estilo único que les resaltaba; solo quedaba el miedo.
—¿Sabes qué debo hacer? ¿Cuál es mi papel en esta farsa?
Preguntó Silas, tomando fuerzas contra el miedo que le provocaba esta situación abrumadora. Aún observaba por momentos sus extremidades, lenta y cuidadosamente, como si buscara indicios que dijeran que estas no eran suyas.
—Ponte la ropa y te llevo. Piensa que no haré nada más por ti.
La voz del hombre sonó cortante y directa, pero muy en el fondo, escondido bajo el asco que le provocaba, sentía lástima. Quienes protagonizaban este tipo de transformaciones en el Circo siempre tenían finales trágicos y rápidos.
Silas se vistió. La ropa, si bien daba aires circenses, dejaba gran parte de su cuerpo expuesto, algo que permitía ver cada rasgo anormal en su piel húmeda y carne blanda.
—Bien, no sé si haré algo en el Circo o en algún tipo de burdel… Al hablar de fenómenos, no hablamos de algún tipo de burdel, ¿Cierto? ¿Una exposición de carne?
La duda de Silas provocó una mueca de profundo asco en la Mariposa. Si bien los Fenómenos tenían ocasionalmente un espectáculo aparte, desconocía qué debían hacer la mayor parte del tiempo.
—Nunca he bajado, cuero. Debería ser muy estúpido para descender por los niveles del pozo…
Confesó el hombre con un desagrado casi tan palpable que el de Silas. Pero desde la oscuridad, donde se podía sentir el ambiente aún más turbio, se produjo una suave y grotesca risa que parecía más un gorgoteo desigual y húmedo.
—Veo que, pese a que seas un Fenómeno, te esmeras en ser un Payaso… conmovedor.
La risa se mantuvo baja, al igual que las palabras. Pero estas detuvieron a todos. Los otros se aterraron por la llegada del Maestre de Ceremonias. Un golpe metálico se escuchó a un ritmo lento e imperturbable contra el suelo.
—Bueno, bueno, bueno… ¿De qué me sirve un espectáculo sin mis preciadas estrellas y sin mi nueva y brillante adquisición?
Comentó tranquilo. Se escuchaban sus pasos calmados, una leve risita que lo acompañaba.
Los miembros del Circo huyeron todos en una dirección, hacia la misma oscuridad. Silas no comprendió el pánico.
—No es que huyan de mí… Están corriendo al escenario, es la hora de su muerte. Ya entenderás… Muy pronto lo harás.
Siguió hablando el hombre, revelando una figura que avanzaba hacia la luz desde la oscuridad. Esta, en un comienzo, era una silueta amorfa, vibrante, que avanzaba sin definirse, pero fue definiéndose como reduciéndose.
—Hola, soy Silas… ¿Qué debo hacer?
Comentó el muchacho, algo preocupado. Vio lo que causaba el sonido metálico que tanto tenian miedo los demás, el pequeño hombre sostenia un bastón, finamente trabajado con una serie de grabados que parecían hermosos como morbosos a la vez.
—Ahora estarás en el escenario, Silas, mi querido niño. Quiero verte actuar. Luego bajarás a tu nuevo hogar… si sobrevives.
Comentó el hombre, revelando su baja estatura, vistiendo un elegante traje rojo con negro que se veía gastado por el tiempo, aunque este seguía conservando su magnificencia.
—¿Listo para el espectáculo? ¡Mi brillante Fenómeno, el payaso que no ríe! Serás un buen Pierrot.
Este pareció emocionado, levantando la cara que estaba cubierta por un enorme sombrero de copa, revelando un enorme bigote que se enrollaba con clase bajo una nariz grande y alargada como el bauprés de proa.
—Tienes nariz de bauprés…
Murmuró Silas, sin querer, viendo a los ojos inexistentes del Maestre de Ceremonias que parecía ofuscado.
—¡¿Qué quieres decir con eso?! ¡¿Te burlas de la autoridad?!
Rugió el pequeño hombre, cambiando su anormal sonrisa a una mueca fruncida.
—Yo… claro que no, mi abuelo también tenía una nariz como la suya, aunque le llamaban Gran Cañón. Es un cumplido militar, señor.
Silas buscó una excusa rápida para apaciguar al pequeño hombre.
—Bueno, si es ese el caso, no veo por qué debería… ¡Válgame! ¡Mira qué hora es! ¡El público espera carne fresca!
El hombrecito se contuvo, pareciendo gustarle el cumplido forzado. Silas lo ignoró, ya que sintió que algo detrás suyo se arrastraba de regreso a las sombras. Fue rápido, por lo que no vio qué era, pero sabía que tuvo suerte de convencer al enano narigón.
—Comencemos con esto… Es la hora de morir en escena.
Comentó casualmente. Esto provocó, sin razón, que la pobre luz que los acompañaba se fuera, siendo tragados por la oscuridad, y volviéndose a prender en un espacio sin objetos a su alrededor.
—¡¿Cómo?! ¿Qué ocurrió con los vestidores? ¿Y los demás?
En la confusión del muchacho, buscó a su alrededor hasta que Silas sintió algo extraño en la oscuridad. Vio que rostros a lo lejos se formaban y risas acompañadas de aplausos se intensificaban.
—¡Damas y caballeros! ¡Niños y niñas de todas las edades! Gente deliciosa. ¡Sean bienvenidos a nuestro fabuloso Circo! Mi Circo. ¡Todos serán asombrados por nuestro increíble elenco! ¡Como también este nuevo integrante de nuestra exposición de individuos especiales!
El Maestre de Ceremonias rugió imponente, con un sonsonete formidable que parecía encantar al público. Aunque entre sus palabras se escuchaban otras, su voz dominaba el amplio lugar.
Así fue como aparecían los que antes huían. Entraban en escena desde la nada, dando risas forzadas, cuerpos rotos, una sincronización impresionante que daba la oportunidad de actuar como de ver morir a quienes debían hacerlo en su momento por el espectáculo, provocando potentes risas y festejos del público. Todo esto lo hacían por el Circo. No podían dejar de entretener hasta que cayera el telón. Y Silas era la nueva estrella del horror.

Capítulo XIV la dieta del carroñero 

Tras la función, luego que el falso telón se levantara y los reflectores volvieran a prender, Silas logró ver que estaba arrodillado en el mismo lugar, blando y humeante por el esfuerzo. Aún lograba escuchar y sentir cada atrocidad que ocurrió en esa especie de pesadilla hilarante, ya se había ensuciado las manos antes, sin embargo esta clase de acciones generaban una especie trasgresión a unas normas inexistentes que hasta el más malo de los malos respetaría.
—Miembros del estimado circo, debo decir que hace mucho que no veía un despliegue de habilidad como la que se ha hecho hoy. 
Expresó con su vozarrón el Maestre, dando unos aplausos mientras sus manos no se tocaban.
—Se preguntarán emocionados… ¿Fue acaso está la mejor actuación? No. ¡No lo fue!
Expresó esto con furia y burla a los individuos que como marionetas desechas recogían a los que tuvieron suerte de volverse comida que era arrastrada a la negrura más allá del escenario.
—Para la próxima quiero que ocurra más dolor, desgracia…¡Emoción! ¿Comprenden lo sencillo que les pido a cambio de darles un lindo lugar para vivir en mi?
Vociferó este mostrando una amplia sonrisa, deteniéndose en una pose como si viera a todos con los ojos inexistentes.
Por su parte Silas trató de respirar, viendo cómo los otros insectos volvían a moverse a su alrededor con una calma de autómata tras la adrenalina de la actuación.
—¿Cuánto tiempo pasó? Eso fue desagradable. Mi mente está hecha jirones…
El joven dijo para sí, sin lograr formar pensamientos estables fuera de lo que había sido tal espectáculo, en lo que se levantaba, viendo cómo una Mosca, con el rostro vendado, le observaba de frente, babeando con un apetito evidente.
—¿Qué quieres de mí? ¿Te debo dar un premio como a un loro? ¿No tuviste suficiente carne en el acto?
Vociferó Silas a la Mosca, pero esta huyó tras verle un instante con expresión de horror. El muchacho pensó que lo había asustado, pero aquello que comenzó a cubrir la tenue luz que le iluminaba, era de una silueta colosal, era lo que realmente aterró a ese caníbal sin estabilidad mental.
—Síguenos, fenómeno nuevo. No tenemos tiempo para lamerte las heridas.
Murmuró una voz femenina, lo cual confundió al joven. Pero al girarse, lo comprendió al ver una especie de inmenso Carroñero. A diferencia de los demás, cuyo cuerpo estaba disputado por la transformación, su cuerpo era uno solo, macizo y gordo, una masa corporal increíble que contenía el volumen de varias personas. Tenía múltiples cabezas que surgían de su cuello ancho.
—¿Qué te pasó a ti en particular? Te ves inusualmente entero.
Preguntó una de las cabezas de la derecha. Esta tenía un cabello liso y largo, con el flequillo inclinado y una expresión de curiosidad infantil.
—No, no sé quién eres…
Las cabezas parecieron dudar un instante, sin saber si deberían hablar entre ellas o explicarle al muchacho delante suyo.
—Soy un Escarabajo Carroñero. ¿Entiendes? Somos tu nueva familia. Ahora síguenos, o te comeremos por la ofensa.
Dijo la cabeza del medio, la líder. Tenía algunas cicatrices y una mirada cansada y autoritaria.
—Ya veo, es un gusto… Carroñeros.
Comentó Silas con una sonrisa, o lo que él pensaba que lograba mostrar al forzar una sonrisa en un rostro casi vacío.
—Es Carroñero. Somos uno.
Expresó disgustada la cabeza central, su expresión de profundo odio era palpable.
—Desde luego. Es un gusto, tu… Carroñero. Creo que tendremos una buena relación, o al menos eso creo.
Dijo Silas, levantándose y colocándose peligrosamente cerca del lado de la gran mujer. Esto disgustó a algunas cabezas que se giraban a verle, aunque había otra que mostraba simpatía, salvo la del medio que permanecía seria.
—Así que… ustedes son de mi grupo. La exhibición de la carne grotesca. ¿No?
Añadió Silas, apurando el paso para no quedar atrás con sus colosales pisadas. 
—Les doy una linda carnicería a los dos. 
Esbozó una burla en voz baja el Maestre, quien se volteo a ver un par de figuras ilegibles desde la oscuridad.
—No lo veas… No lo veas…
El muchacho ignoró los susurros como la expresión de los hombres o el hecho de que algunos se taparon las bocas o los ojos para negar cualquier forma de emoción que enfureciera a la colosal mujer.
—Toma distancia, enano. No sabes con quién te metes ni lo que somos capaces de hacer…
Una de las cabezas gruñó ante la cercanía de Silas, pero este trató de manejarse simpático con alguien que parecía ser su guardián.
—Oh, disculpa. Me alegra poder encontrar a alguien que pueda ser cortés. El resto actúa muy raro, son demasiado dramáticos.
Comentó Silas, tratando de esmerarse con su carisma, pese a verse como una versión suya muerta.
—Es verdad, sin duda que todos son exagerados en este lugar. Digo, no es malo.
Respondió una de las cabezas del lado izquierdo, la que ante la ocurrente forma de hablarles se había olvidado de su actuar, trayendo la confusión a las demás.
—Lo mismo digo, es raro a estas alturas complicarse tanto por nimiedades.
El joven trató de ser lo más locuaz y respetuoso que no había sido en años, ya que si esa cosa estaba de su lado, podría tener alguna oportunidad.
—Sigue así y te aseguro que acabarás peor de cómo te ves.
En cambio, una de las cabezas le mostró los dientes y gruñó como un gran depredador ante una pequeña rata.
—Disculpa por su mal humor. Ella finge ser ruda. La verdad no queríamos venir, sin embargo nos encargaron hacerlo… bueno obligaron pero eres simpático y hueles mucho mejor que la carne vieja de los otros Fenómenos…
La cabeza que parecía no odiarlo habló. Pero fue irrumpida por el reclamo de las otras tres cabezas, que le recriminaban su comportamiento descuidado.
—¡Señoritas, por favor! ¡No peleen por mi! Todas son hermosas, y el que peleen entre ustedes no llevará a nada. Es mejor que todos nos queramos…
Silas aprovechó de usar una de las frases que usaba en el burdel para calmar a las mujeres cuando la situación se mostraba algo tensa.
—¡Ven! ¡Es simpático! ¡Se los dije! Además, qué divertido fue eso. No es necesario comerlo todavía.
Comentó la cabeza que estaba a su favor, aunque sus palabras le produjeron un escalofrío. Pese a caerle bien, él seguía estando en el menú.
—Me sorprende que les resulte tan apetitoso. No estoy tan gordo.
Comentó Silas, riendo, lo que disminuyó las cabezas que le odiaban.
—¿Qué tratas de decir con eso, mocoso? ¿Estás presumiendo de tu carne?
Preguntó una con su cabello trenzado, la cual lo observaba como una especie de juez, aunque parecía más como un verdugo a estas alturas.
—Nada, nada, solo que una Garrapata Hembra no me comió, las Moscas, la Langosta con algunas más me quería comer, alguien me comió cuando estaba desmayado y… no me he desvanecido aún.
Silas se detuvo un instante para pensar en lo que decía, sin saber si era estupido por decir que nadie lo quería comer o si era tan asqueroso que nadie lo había comido aún.
—Si esas son todas, creo. Sin contar los jirones de carne y alguien con la intención pero que no lo revelara.
Terminó de comentar Silas, mirando las caras, estas tratando de fingir desinterés.
—Qué aburrido. Pero me gustaría saber por qué la Garrapata no te comió… por la Garrapata, no por ti.
Dijo la cabeza que parecía odiar al muchacho. Silas comprobó que esta parecía ser de las más interesadas, provocando en el chico confianza.
—Entiendo, Tiamtum. Solo puedo decir que no lo sé. Me dijeron que era cuestión de tiempo.
Silas miró de reojo, pero los diez ojos lo observaban inquisitivos, como si hubiera realizado el acto más nefasto de todos.
—¿Pasó algo? Es…
Silas dudó al sentir una tensión arremolinarse a su alrededor, pero no alcanzó a hacer nada más cuando fue alzado por la mano colosal, que lo comprimió con furia.
—¡No me vuelvas a llamar así! ¡No soy ella! ¡No me parezco! ¡¿Oíste, gusano?!
Rugió al unísono, y lo arrojó al suelo furiosa, donde el joven golpeó fuertemente. El impacto fue mortal, crujiendo su cuerpo deforme contra el suelo al punto de agrietarlo, pero a diferencia de anteriores veces, parecía asimilar los reiterados golpes o heridas mortales. Eso no quitaba el dolor que le hacía retorcerse como un gusano de anzuelo.
—¡Qué rayos! ¡Solo dije mar! Tiamtum es una forma antigua de decir mar. ¡No pretendía insultarte!
El joven exclamó molesto pero sobrecogido por el terror de la fuerza de este fenómeno.
—... Pero… No… ¿No adoras al mar? ¿O sabes de… la Antigua Deidad del Océano?
Las cabezas parecían perder su orden, volviéndose una maraña de semitonos y murmullos en pánico.
—¿Adorar al mar? ¿Qué clase de tonta idea es esa? Soy porteño, sé cosas tanto de la tierra como del océano… Además, con tanto religioso, ¿Piensas que estaré hablando tonterías alabando el mar? ¡Es un lugar de trabajo!
Refunfuñó el joven, tratando de recuperar la postura, sin embargo su comportamiento recibió un golpe que lo volvió a golpear el suelo, el cual perdió unos pequeños fragmentos en el proceso.
—¡No me hables así! ¡O tendré que golpear un pequeño gusano hasta que sea polvo!
Rugió la cabeza principal, perdiendo su expresión de tranquilidad. Esto hizo que las demás cabezas le miraran con preocupación.
—¡Adelante, qué más da! ¡Mátame de una vez!
Alzó la voz Silas de forma temeraria, aunque el temor no le abandonaba. El Carroñero dudó.
—Renacuajo Insensato, no te daré ese gusto… No me harás violar las reglas del Anfitrión por tu deseo de muerte.
La mirada de las cabezas se centró con sorpresa ante el joven, sin darse cuenta que estaban bajo ciertas reglas.
—No me distraigan, debemos seguir…
Comentó la cabeza del medio de forma seria. Sin embargo, de pronto, en la oscuridad, la gran figura del Carroñero tropezó, desvaneciéndose. Silas no entendió, a lo que se acercó para averiguar, pero sus pasos siguieron de largo hacia abajo, donde en la oscuridad se escondía una escalera. Tropezó y rodó en total oscuridad hasta que cayó sobre dos grandes montículos que estaban entre lo que parecía una pierna gruesa.
—¡Salte, gusano! ¡Maldita sea!
Protestó la gran Carroñera, golpeando al muchacho y sujetándose la entrepierna de dolor.
—¡¿Qué?! No me digas que aterricé sobre tu… ¡Maldición!
Gruñó Silas, respondiendo, afirmándose donde fue golpeado.
—¡No lo digas! ¿Crees que los Fenómenos están libres de la división de género? ¡Somos ambos!
Rugió la cabeza del medio.
—Es que tienes cabeza de pez luna… ¡Explícame por qué pareces mujer si te ofendes por lo que te ofendes!
Refunfuñó Silas, a lo que las cabezas de los extremos miraron a la central, murmurando sutiles reclamos.
—Yo soy hombre, ellas son mujeres. Todos somos hermanos que compartimos este cuerpo, ¡y somos un hombre-mujer!
Respondió furioso.
—¿Puedes dejar de pensar en mí?
Comentó una de las cabezas que había estado callada. Esta parecía avergonzada.
—Claro, dejaré de pensar… Digo, no lo hacía. Espero que podamos hablarlo luego. Digo… soy un bacalao torpe…
Silas se vio avergonzado sin entender por qué, pero de todos modos, extendió su mano para tratar de ayudarle a pararse. Pero este le miró como si fuera un chiste el gesto. El Carroñero se levantó solo, con una fuerza volcánica.
—Gracias, pero sigamos. Debemos llegar aún a las jaulas, donde están los verdaderos bichos.
Este comentó, mirando a la lejanía en dirección opuesta a la que se movían.
—¿Nos siguen?
Preguntó Silas, lo cual extrañó al coloso.
—Me imaginaba. Viene desde hace rato siguiéndole. Yo esperaba que no fuera a mí, no sé qué es. Pero prefiero no averiguarlo.
Comentó el muchacho, adentrándose a paso rápido, seguido por el gigante, que dio una expresión de odio a la oscuridad.
—¡Lárguense, asquerosos Anunnakis! ¡Este no es su territorio!
Esas palabras hicieron eco, perdiéndose. Pero el ambiente no quedó quieto. La oscuridad solo le regresó el gesto, doblando sus huesos, desgarrando la carne en un movimiento solo percibido por el silencio de la oscuridad más decadente.
Para aquellos que sabían cómo era la oscuridad del abismo, los Anunnaki eran tan solo un vestigio del pasado que se negaba a desaparecer en el dominio del vacío. Una amenaza más antigua que el propio Circo.
Capítulo XV todos aman el circo

Silas ya estaba sentado, en el suelo húmedo que era revestido con una masa pulposa que ocasionalmente tenía largas tiras de hilachas. Estaba respirando profundamente.

—¿Así que aquí es? Aquí está el fondo del Circo.
Comentó Silas, recuperando el aliento, a lo que no tuvo respuesta en la oscuridad, solo el jadeo cansado del coloso.

—Bueno, asumo que sí… ¿No está muy oscuro? ¿No debería haber algo que nos guíe?

Preguntó Silas, imaginando que esto sería algo más humillante como atracción.

—Cállate o te comerán. Aquí es donde debes estar. Cuando sea el momento en que dejen al público vernos, lo sabrás.

Las cabezas hablaron, parecían decirlo al unísono, pero en su cansancio se lograba ver que no podían estar de acuerdo.

—Bueno, supongo que estamos rodeados de bestias. Carroñeros, Moscas, Arañas… y Fenómenos. ¿No?

Silas preguntó, pero un chasquido a su lado provocó que su corazón saltara.

—Me lleva el caleuche. ¿Ahora que pasa?

Expresó sobresaltado, dándose cuenta que algunas de las cabezas le miraban como si fuera un chiste.

—Bueno, yo… Olvídalo. Pero tú tienes a unos cuantos acechando, Fenómeno.

El coloso observaba al pequeño joven, que miraba alerta donde las Moscas habían arrojado algo para distraerlo.

—Yo… creo que es algo como una Mosca, o tal vez alguna Araña que trata de engañar. Eso sonó como algo arrojado, pero con este suelo pulposo no logro identificarlo.

El muchacho comentó su idea, pese a ya haber sido advertido, sintiendo como más cosas, tanto duras como blancas caían a su alrededor.

—No. Esto no es de las arañas. ¡Condenadas moscas!

Este les gritó, recibiendo algo que no parecía humano desde las sombras, menos parecido a las moscas que el conocía.

—¡Fascinante! ¡Así que este es el nuevo espécimen! Esperaba que este gusano fuera… ¿más grande? ¿Más abierto? No, no, no es eso. Tal vez es porque… ¡No tiene forma!

Habló una voz sofisticada que realizaba un monólogo. Silas se extrañó. El Carroñero pareció indiferente, pero las Moscas huyeron, moviéndose erráticos por la oscuridad.

—¿No es lo suficiente cuero?

Respondió la cabeza del medio del Carroñero, antes de que el monologuista encontrará la palabra.

—¡No es lo suficiente cuero! ¡Eso era!

La voz habló, sonando orgullosa de haberse acordado de lo que quería decir. Ignorando que le habían respondido.

—No deberías haber sido así. Odio que los Hernández confíen en idiotas de afuera…

Se quejó la voz del hombre, como si fuera un gran suplicio.

—Lo mismo digo. Le decía a mi abuelo que no podíamos hacer tratos ni con los González, Ruiz o los Gutiérrez, ya que ninguno es de confianza, y si viera a un Fernández…

Silas habló a la voz, sin saber de dónde venía, pero esta tenía la misma forma de pensar que algunos de los líderes de la camarilla de su abuelo.

—... Lo arrojaría al fuego sin dudar, antes que dijera o señalará con sus huesudos dedos.

Respondió la voz del hombre, mostrándose interesado.

—Veamos, parece que este gusano es especial. ¿No?

Silas sintió cómo el suelo blando fluía y se empezaba a arremolinar detrás suyo, como un huracán de carne.

—Pareces humano, hueles a uno… bueno, algo muerto, pero lo entiendes, ya que hablas y usas la cabeza. Fascinante.

Pasos fueron avanzando alrededor de Silas. Primero parecían no tener forma, luego como si fueran pies descalzos, para terminar caminando con pasos delicados y sofisticados, como su forma de hablar.

—Gracias, mi nombre es Silas, nieto de Solomon, camarilla del Gran Cañón. ¿Con quién tengo el gusto?

Silas se presentó, haciendo las formas de presentarse que le enseñaron su abuelo y Elías.

—¿Solomon Hernández? ¿El anterior Patriarca del gran cónclave de los Hernández?

Parecía sorprendido, hablando en lo que el sonido de una pasta carnosa se iba moldeando para dar origen a una forma humanoide, o solo un reflejo abominable.

—Claro, él mismo. Soy Silas Hernández.
Respondió Silas. De pronto, una seguidilla de luces a la distancia se prendió, una tras otra hasta acercarse a ellos.

—Asombroso, este lugar de verdad es grande…

Silas comentó, tratando de ocultar la incomodidad ante la aparición repentina de luz tras la oscuridad absoluta.

—¡Gracias! Muchos me lo dicen.

Hablo como si eso fuera un gran cumplido, dando risas notorias por lo ocurrido.

—¡¿Por qué?! ¡Qué desagradable que insistas siempre con lo mismo! ¡Aquí abajo no necesitamos luz, nos quema!

A su alrededor pudo ver al coloso, quien reclamaba por la luz, su piel escamosa como si estuviera blindada como un aspecto exótico. Un poco más lejos debían ser Moscas, que habían abandonado toda comprensión de humanidad, desgarrando su carne y reemplazándola con quitina que se alzaba como vellos que la atravesaban, extremidades anormales y filosas, ojos compuestos de distintos colores.

—Son horribles…

Silas comentó ante estos hombres. Miró más a su alrededor, pero al igual que la oscuridad del piso superior, la luz se volvía un manto que asfixiaba todo y no permitía distinguir lo que había más allá de cierta distancia.

—Pues les doy mi más sentido pésame al no poder estar cómodos con mi gloriosa habilidad de iluminar la vida de todos. Volviendo al tema, me presento. ¡Soy el querido Anfitrión, amado por todos los niños y niñas que nos observan!

Silas se volteó, abriendo los ojos de par en par ante la figura grande y alargada que se paraba frente suyo con postura solemne.

—Es un gusto verle… señor Anfitrión…

Le dolían los ojos por la luz, pero le dolía más la cara de lo que se llamaba a sí mismo como Anfitrión.

—Gracias, qué gentil. Supongo que no será necesario abrir tu cabeza después de todo.

Comentó el Anfitrión, moviendo su rostro, que parecía una máscara gruesa compuesta de su propia piel. Sus ojos, a diferencia de su cuerpo, eran pequeños y miraban a Silas desde la oscuridad de sus grandes cuencas, como los dientes que castañeaban al hablar en lo profundo de su sonrisa vacía.

—Debo agradecer el gesto de tomarse tiempo para realizar trabajos fuera de su deber… Además, su habilidad es sin duda extraordinaria, a diferencia de aquello con la oscuridad.

Silas trató de ser condescendiente. El Anfitrión le provocaba más miedo que cualquier otra cosa, debido a que lo podía ver con casi total nitidez.
El joven se percató de algo: en un abrir y cerrar de ojos, en lo que hablaba con el Anfitrión, el muchacho estaba en una jaula.

—Entonces, cuando decían jaulas, sí eran jaulas…
Silas tocó el metal viejo y tosco. Este era grueso y más frío de lo normal, haciendo que las manos de Silas se pegaran a él, desprendiendo la piel que había hecho contacto.

El piso sonaba suavemente, tenía una textura similar al cuero, igual que su piel, pero más vieja y sucia.

—Te he dado una jaula un poco más grande, Silas. Procura demostrar que la mereces.

Comentó el Anfitrión, desvaneciéndose en la luz.

—Solo faltó que le besaras el sombrero de bombín, Fenómeno nuevo.

Dijo el Carroñero, en una jaula más lejos. Las jaulas tenían cada una criaturas diferentes. Ocasionalmente, estaban solos, como Silas, pero la mayoría estaban en grupos.

—Cállate. ¡¿Pretendes que me liquiden?! Si quieres terminar como aperitivo de jaiba, adelante, pero yo prefiero seguir entero.

La atención de los Fenómenos se centraba en Silas. Con ojos o sin ellos, estaban atentos.
Pero Silas no se preocupó. Lo que le preocupó fueron las personas que entraban a la extraña habitación, los podía identificar como pueblerinos y marineros, riendo y señalando.
—¡Bienvenidos, Damas y caballeros! ¡Niños y niñas! ¡Gente de todas las edades! Les traigo a ustedes nuestra gran colección de Fenómenos que les harán asombrarse, tener pesadillas y mucho más!

El Anfitrión alzó su voz desde la luz distante.

—¡Mira! ¡Sorprendente! ¡Qué asco! ¡Es real!

El aire se llenaba por las múltiples reacciones de las personas, todas señalando, todas riendo.

—¡Acérquense y vean a nuestros Fenómenos actuar! ¡Cada uno será exhibido para su deleite!

Exclamó el Anfitrión, con una voz elocuente como imponente.

—¡Vamos! ¡Vamos! ¡Carne! ¡Sangre! ¡Vamos!

Gritaban todos, corriendo, empujando y pisando al desvalido para ser los primeros en ver la función.
Silas observaba. En el más mínimo pestañeo, veía cómo algunos desaparecían de sus jaulas para animar al público con algún tipo de espectáculo.

—¿Qué es lo que ocurre? Oye, tú sabes…

Silas le quiso preguntar al coloso, pero este ya no estaba. En cambio, algunas jaulas habían vuelto a tener a sus integrantes, quienes parecían golpeados, heridos y con la carne expuesta.

—No me digan que pelearemos… ¡Carne contra carne!

Silas vio a su alrededor. Nadie parecía humano salvo él. Si bien las Pulgas se veían pequeñas, sus cuerpos doblados y con pinchos daban la sensación de ser peores que cualquier plaga vista.
—Sabes, creo que es parte del destino encontrarte de nuevo.

Comentó una voz familiar dentro de su jaula. Al voltear, el aspecto había cambiado. Y no solo eso debido a que él mismo ya no estaba en el lugar. Era su momento del espectáculo.

—¡Hey! ¡Me alegra verlas! Se ven muy hermosas, bueno, y su hermano se ve tan expresivo como siempre…

Silas comentó, con dificultad para tragar saliva, sabiendo que no tenía nada contra el Carroñero en combate.

—¡También me alegra verte! ¡Me pregunto a qué sabrás!

Expresó una de las cabezas que parecía ser la única que le animaba verlo.

—Tonta, no seas tan simpática, debemos aplastarlo
.
Comentó una de las cabezas, mostrándose molesta.
El cuerpo colosal avanzó, un movimiento rápido, comenzando la carrera, acortando la distancia de ambos en ese escenario improvisado.

Silas no logró esquivarlo, siendo como una rata tragada por un huracán y arrojada con brutalidad contra los barrotes que lo dejaron fijo con su toque glacial.

—... Esto será horrible, pero debo hacerlo memorable…

Apenas logró pronunciar Silas, tratando de salir de los barrotes que le habían pegado por su temperatura.

—¡Qué emoción! ¡Qué divertido! ¡Pelea!

Gritaba la gente, animando, deseando ser entretenidos por estos. Esto solo provocaba el desprecio de Silas, en lo que se esforzaba en salir de los barrotes que le provocaban terrible dolor.

—Ven, no hagas que esto sea tan breve, es mejor que hagamos un acto digno para el público.

Gruñó el gigante. Esta vez avanzó para detenerse frente a Silas y dar un destructivo golpe que hizo callar al público por un instante.

—¡¿Pero qué?! ¡No te has roto!

Se sorprendió el Carroñero, mientras la gente daba una ovación estruendosa por el golpe.
El Carroñero se volteó, viendo cómo Silas trataba de huir a sus espaldas.

—¡Cobarde! ¡Enfréntame como un hombre! ¡No huyas, gusano! ¡Muere con dignidad!

Rugió bestial la cabeza del medio. Esto incluso confundió a las otras cabezas.

—Escúchame bien, cara de bacalao, si quieres mi cabeza, tendrás que primero atraparme. ¡Pepino de mar!

Silas trató de provocar, lo que dio como respuesta las risas del público por su actitud atrevida.

El Carroñero no respondió, solo gritó y se abalanzó furioso con una carga mortal.

—¡Pero qué vergüenza! ¿Acaso es todo lo que puedes hacer? ¿Qué dice el público? ¿Quieren más, o solo verlo revolcarse?

Silas trató de provocarlo, buscando hacer que no pensara por la rabia. El público estalló de la emoción, exclamando por más.

—¿Ves? Vamos, pequeño Tiamtum. No nos avergüences delante de nuestro público.

Silas insistía, llamando al Carroñero por la palabra que antes le había enfurecido.
Este coloso avanzó con un movimiento apenas visible que tuvo resultado al impactar a Silas.

—¡Casi! Pero creo que eres muy pequeño como para darme un golpe certero, Tiamtum.

Dijo el joven entre risas que ocultaban su terrible dolor al perder uno de sus brazos. De este brotaba un icor negro rojizo.

—¡Tu… Sul nim! ¡Lu ni zu ug!

El Carroñero se veía descolocado, prácticamente una bestia que no oía los reclamos de las otras cabezas. Volvió a dar una carga. Esta vez, Silas le esquivó por debajo, haciendo que este se distrajera ante la forma en que lo esquivó y las risas que estallaban por la acrobacia del joven. La embestida lo llevó contra las rejas, dando como respuesta que estás Orfeón de agonía, la mayoría resistiendo hasta doblarse, mientras que otras simplemente se abrieron de par en par. El Carroñero se despegó, como si apenas sintiera dolor.

—¿Qué pasa, Tiamtum? ¿No eres suficiente para mí, Tiamtum?

Silas brincaba y agitaba su brazo funcional con gracia, lo que entretenía a la gente. El coloso acortó distancias, lanzando un golpe devastador que chocó con Silas, pero en esta situación, ambos salieron volando, impactando en varios lugares.
Silas no pudo pararse bien cuando el Carroñero casi lo tenía encima. Brincó como pudo, haciendo que el coloso chocará contra la reja una vez mas.

—¡Idiota! ¡¿Puedes escucharnos?! ¡Has roto la reja!

Rugió la voz de la última cabeza que no había hablado. Tenía una voz ronca y pesada que se abría ante todo.

—¡No hasta que acabe con el gusano!

Respondió consumido por el odio la cabeza del medio, pero las otras actuaron con dureza ante su decisión imprudente.

—¡Sácanos de aquí! ¡Antes que los Anunnaki sientan la brecha!

Ordenó con severa frialdad la cabeza que no solía acompañar mucho con las charlas.

—Intento, pero no puedo…

Sonó el hombre compungido. Su cuerpo se veía que comenzaba a sufrir por los barrotes.

—¡Déjame ayudarte, pero más te vale no ser tan idiota!

Gruñó Silas, acercándose y buscando separar al coloso de los barrotes. Esto no le gustó a la gente, pero aún así era un buen espectáculo. La piel del Carroñero se desprendió y se deslizó, dándole la oportunidad de sacarse de los barrotes gélidos.
El coloso cayó, y ocurrió una gran celebración por parte del público.

—No esperaba que fueran a aplaudir por un buen gesto… ¡Qué bizarra es la gente!

Comentó una de las cabezas, a lo que las otras afirmaron. Un cosquilleo debajo suyo lo incomodó.

—¿Qué rayos?

Expresó. El público reía a carcajadas. Bajo él estaba Silas, que fue aplastado y quedó como una lámina.

—Alégrate que no tuviera huesos… Si mi muerte fuera por una ballena encima mío… juro que te seguiría por el resto de la eternidad insultando…

Reclamó con dificultad Silas, desplegándose del suelo, tratando de recobrar la forma.

—¡Qué esperas! ¡Ayúdalo, eres quien lo dejó así!
Ordenó con furia la cabeza callada, que parecía ser la que tenía mayor peso entre todas, a lo que la del medio obedeció sin titubear.

—Gracias… ¿Qué haces?

El muchacho dijo. Lo que hizo el coloso lo descolocó debido a que este desconocía que eso fuera algún tipo de gesto amable, porque lo sacudió como si fuera una tela que fuera a secar.

La gente estalló en risas y aplausos.

—Sígueme el juego, enano. ¡Es un nuevo acto!

Dijo la voz del medio, arrojando a Silas al aire. Este desapareció en lo que el gigante parecía prepararse para recibirlo de forma humorística, mientras el público guardaba silencio.

—¡Ya te tengo! ¡Ya te tengo! ¡Ven aquí!

Gritó, cuando Silas fue cayendo directo a sus brazos, pero en el último momento, el Carroñero se tiró, haciendo que el joven se estrellara directo al suelo con un sonido seco que generó un aluvión de risas.

—No lo tengo. ¡Qué torpe soy!

Al ver esto, el gigante se giró y pisó al joven, pegado al suelo como si fuera una mugre. Luego, se resbaló.
El Anfitrión miraba cómo estos actos no violentos estaban entreteniendo aún más a sus espectadores, dando mejores reacciones a cambio de menos costo en Fenómenos. Lo cual le gustaba.

Capítulo XVI el acto en las alturas

Tras unas espantosas funciones más, los Fenómenos parecían comenzar a entender la dinámica, si bien eran dementes psicóticos incapaces de comprender lo que era real con lo que tenían presente, tras reiterados intentos había logrado exponerse para alentar al público, quienes solo miraban cómo estos se liquidaban de formas humorísticas. Pero en el fondo no era el plan; tras dialogar o más bien gritar órdenes, realizaban acrobacias, trucos y peleas que evitaban acabar con su contrincante, pero resultaban convincentes tanto para el público como para el Anfitrión.
—¡Baja! ¡Baja! ¡Fenómeno! ¡Baja!
Gritaba el público, animando, mientras Silas esquivaba a las Moscas que eran arrojadas por los aires para golpearlo.
—¡Taurus, besa el ancla del Carroñero! ¡Es lo único que tienes cerca!
Gritó Silas, riendo a carcajadas. Estas risas, si bien eran motivadas para generar felicidad en la audiencia, para él no lo eran en lo más mínimo, por el contrario eran un intento desesperado de supervivencia.
Detrás de él, la cuerda desgastada tiritaba con los pasos apurados de las Langostas, o lo que trataban de aparentar, ya que tenían más un aspecto de bestia con exoesqueletos forzados. Sus fauces castañeaban con la baba cayendo de los laterales de su cráneo alargado.
—¡Hey! Pero si es uno de los Hermanos Zaragoza. ¡El feo!
Dijo Silas, esforzándose en no perder la sonrisa, buscando a las otras dos cosas que eran las Langostas de los Fenómenos.
—Hambre, quiero… carne. Hambre… vacía.
Dijo esta Langosta con sus ojos ciegos girando a cualquier dirección, pero de alguna forma siempre enfocado a Silas.
—Sabes que es… ¡Rayos, me atraparon!
Silas apenas tuvo tiempo para esquivar a la Langosta que fue arrojada desde abajo por el Taurus. Esto fue celebrado por el público con total interés, pese a no significar una muerte.
—¡Te faltó uno, condenado Fenómeno! ¡Lo encontré!
Silas solo respondió con ironía, pero su suerte estaba apostando en su contra.
—Hambre… Querer carne… Carne, órganos, huesos… Lo que sea…
Habló la Langosta, ahora frente a Silas, quien en la cuerda floja estaba rodeado, sabiendo que no podría tener escape, o tal vez uno no tan agradable después de todo.
—¡Damas y caballeros! ¡Niños y niñas! Gente de todas las edades, ¿Cómo podrá liberarse nuestro querido galán y bufón de esta situación que pende de un hilo?
La interacción de Silas era un efecto útil para emocionar aún más al público, pero esta forma de entretención no era del agrado del Anfitrión, ya que le quitaba su rol al momento de dirigirse al publico.
—¡Acaba pronto, Fenómeno! ¡Que se aburren!
Reclamó el Anfitrión desde arriba, si bien esto no era verdad. Empezaba a sentir que su presencia era olvidada por el interés centralizado en lo que hacían los fenómenos.
—Debería haber acabado su mala actuación vulgar desde la primera vez que lo intentó… Mucha cháchara, poca sangre.
Añadió este a regañadientes, ofuscado por la escena que recibía grandes alabanzas y respuestas del público.
Pero este desliz de sus perseguidores fue aprovechado por Silas para cortar la cuerda con el filo de su icor.
Los tres cayeron de la cuerda, desde una altura fuera de lo normal, algo espeluznante que aseguraba un final para cualquiera. El público se silenció, dejando solo los latidos de sus corazones, viendo cómo se acortaron los metros con tremenda rapidez.
—¡Miren! ¡No sobrevivirá! ¡No caerá ahí! ¡Es muy alto!
Expresó el público, en lo que Silas se acomodó como si fuera a zambullirse.
Pasó una red de seguridad compuesta de pequeños y delgados alambres.
Este siguió de largo, pasando por los escasos agujeros que tenía esta como si estuviera vieja, solo para seguir cayendo a gran velocidad directo a un barril.
Silas se zambulló, o eso fue lo que pareció, ya que el barril se abrió, revelando a otra persona. Este era un hombre con ropa similar a Silas, solo que su cuerpo parecía más degradado y plegado, tratando de darle forma a su cuerpo.
—¡Sorpresa, bastardos!
Exclamó este extraño hombre que apareció como reemplazo del joven, dando una ovación de asombro y aplausos. Algo que un gusano jamás estaba acostumbrado.
De pronto, comenzaron a caer gotas y trozos de las Langostas. Desafortunadamente para ellos, la red dio resultado, pero no sin arrancarles varios miembros. Esto provocó las carcajadas finales del público.
—Eso fue mucho. No me vuelvas a molestar, gusano. ¡Es agotador!
Reclamó el Gusano, ya tras bastidores. Este se desenrolló para extenderse por el suelo, igual al suelo de la jaula, demasiado perezoso para mantener la forma.
—¡Bucaneros de agua dulce, son realmente flojos! Debería hacer que fueran las estrellas del espectáculo para que así comprendieran que están bendecidos con no hacer nada en los espectáculos.
Protestó el joven ante la actitud de los Gusanos, unos sujetos de total desagrado que no eran de fiar al momento de trabajar, o para hacer el más mínimo esfuerzo.
—Hambre… tener, hambre… Vacío…
Una voz se fue acercando a estos que hablan desde su espalda.
—¡Ya era hora! ¿Además no pueden decir algo más que hambre? Mira lo que le hiciste a Taurus, ¡Sabes que tiene serios problemas para sanar!
Reclamó Silas como si estuviera ante mocosos mal criados, pero esto no era más que un monólogo entre atrocidades que no podían hablar coherentemente.
—...¿Por qué? Comida, carne… No poder… nada… Sentir…
Este pronunció, tratando de sonar coherente. Lo cual hizo que el joven se llevara sus manos de tono enfermizo a su rostro por frustración, como el Taurus gruñera en respuesta a este, con sus varias fauces que mostraban dientes negros y grandes, iguales a los cuernos que se extendían desde su cabeza y hombros.
—Calma, Taurus. Trataré de hablar con una de las guardias para que me consigan medicina. O también puedo robar. Creo que sé de dónde puedo sacar…
Silas tocó el pecho de la criatura que se veía agitada. Este dio un fuerte golpe con la pierna que supuraba líquidos oscuros desde su herida.
—No… No comer… Comer… Hambre, tener hambre… Pero la cabeza no para…
Este replicó sus palabras como si tratara de hablar.
—La verdad, deja de hablar. Voy a conseguir algo para que muerdas, pero ¿de qué te sirve si no tienes órganos? ¡Mira!
Silas tocó el vientre inexistente de la Langosta, que observaba. En efecto, carecía de estómago y todo lo que pudiera ocupar espacio interno.
—Es un hambre que se aloja en tu cabeza, un dolor mental, nada más. Pero cálmate… es más fácil tratar contigo que con otras Langostas.
Silas se trató de sincerar, marchándose para hablar con una de las Mariposas, pero desafortunadamente estas estaban actualmente en un espectáculo con el Carroñero y las Moscas.
—¡Hambre! ¡Hambre! ¡La Langosta debe comer!
Silas escuchó gritar a la Langosta y al Escarabajo, solo para terminar escuchando un sonido de carne rascándose y siendo aplastada.
—Odio trabajar con estos idiotas… Es como trabajar con mis hermanos. Solo traen problemas.
Murmuró Silas para sí mismo, ofuscado con el trágico resultado que tendría que resolver más adelante. Como también el tener que enseñarle a los nuevos lo que le había explicado a los anteriores. Un terrible castigo sin final
En lo que retoma su caminar para encontrar a alguien para conseguir algo para intercambiar o hurtar lo que él encuentre. Ahora no solo es un Fenómeno, es la niñera y el proveedor de la comida de los locos, un trabajo más sucio que su antigua vida.



Capítulo XVII complot del honk honk

Silas avanzaba por la oscuridad. Según lo poco que habló con el Carroñero, debía centrar sus pensamientos en avanzar al punto que deseaba ir. El plan era robar. Pero el entorno tenía otros planes.

—… Aquí no corre el aire, pero algo susurra.

Silas escuchó un murmullo, era algo suave y dulce, pero tan lejano que perfectamente podía confundirse con alguna corriente de aire, pese a que este no corriera aire en el pozo.

—¿Hola? ¿Hay alguien con vida aquí abajo?

Dijo dudando si deseaba escuchar alguna respuesta. No escuchaba nada salvo el deterioro del lugar, que ocasionalmente se oía un quejido de la estructura. La vista era nula, ni siquiera lograba ver algo, aunque ya no debía importarle qué encontrar, pues los Fenómenos eran ya suficientemente horribles para ser superados.
Pero su confianza le jugó en contra, dando así una cruel traición, provocando que este cayera por las escaleras que no había visto.

—Por un demonio… menos mal que no tengo huesos o ya sería puré.

El muchacho alegó sin saber a quién maldecir, tratando de incorporarse con sus extremidades dobladas por la caída en esta absoluta oscuridad, dándose cuenta de algo desagradable.

—¡¿Por qué hay escaleras?! Peces voladores, el idiota tenía razón.

Esbozó, maldiciendo, pensando que aquellos que bajaban desaparecían, dándose cuenta que terriblemente el marinero de agua dulce tenía razón.

Su respiración estaba algo agitada, pero le preocupaba más algo que se moviera en la nada, sintiendo el vacío que se arrastraba y daba pisadas lentas como erráticas de un lado a otro como si fuera un cazador.

—¡¿Quién es?! Preséntate, no te tengo miedo. ¡Solo revelarte repugnancia cobarde!

El joven miraba y agudizaba sus sentidos tratando de percibir algo, retrocediendo hasta la baranda de la escalera desgastada, dándose cuenta que en su estado olvidado no acababa ahí, sino que volvía a descender a otro nivel del abismo, incómodo más por cuántos pisos tendrá este lugar que de la cosa que le acecha en la oscuridad.

—Qué per… No sueñes que bajaré, es una locura. Mejor…

Silas no terminó de hablar cuando su brazo fue atravesado por pequeñas y afiladas agujas. Estas estaban incrustadas firmemente en su carne, haciendo que de su carne y piel fluya un icor.

—¡Qué percebes! ¡¿Quién es el cabrón que piensa en comerme en este lugar?! ¡Aún soy útil arriba!

Gruñó Silas, siendo jalado hacía las escaleras, todo acompañado por un dolor terrible, sacudido y golpeado por las escaleras como el suelo.

—¡Si pretendes comerme no conseguirás nada! ¡Soy solo icor y pellejo! ¡Soy un gusano andante!

Respondió Silas, usando todo lo posible su mano libre, trató de golpear, solo dándose cuenta del metal frío que tenía delante. Esto le hizo asimilar a lo único que se había topado en el pozo que tenía metal incrustado 

—¡Asquerosa cucaracha bizarra, te enseñaré lo que puedes o no comer! ¡No soy un postre!

Silas golpeó y pateó con fuerza con la intención de hacer que su captor se detuviera. Pero su pierna, al patear hacia adelante, fue sujetada por pinchos gruesos que la trataron como manteca blanda. No logró esconder sus alaridos de dolor, y lo que pudo hacer fue sujetarse para evitar que lo sacudiera más como una especie de cebo.

En el vacío de la oscuridad, Silas se aferró a algo, no sabía que pero, al menos debía hacer algo. Rebusco algo a lo que aferrarse de su captor, hasta que encontró algo inusual, era caliente y estaba escondido detrás de una placa. Similar a un tubo de ventilación expuesto por el deterioro.

—¡Si estamos con esos juegos, será mejor que te prepares a jugar de verdad, pirata de pacotilla! ¡Huele esto!

Exclamó con fuerza, desprendiendo el tubo, acompañado por un bufido espantoso. El tubo se agitó frenético y estalló, liberando torrentes de un líquido espeso y fétido. Por respuesta, la bestia rugió, sacudiéndose, golpeando y pateando en desesperado dolor.

—Esto… ¡Es gas combustible, idiota! ¡Porque tienes combustible de barco…! 

Silas no supo bien qué hacer, además que se percató que sería estupido preguntarle a esa cosa pero no esperaría a ver si se recuperaba. Al igual que él tampoco esperaría a vengarse de Silas por hacerle daño.
La criatura trató de cargar contra Silas, quien usó su fuerza para esquivar, cayendo aún más abajo por el pozo de la escalera que lo golpeó sin descanso hasta que terminó quieto en el siguiente piso.

—Porque no me besas el Tenten Vilu… ¡El demonio de las profundidades!

La escena del piso de arriba se iluminó por un instante, revelando el horror y la capacidad de crear cosas grotescas.

El golpe hizo saltar chispas, las que prendieron el fluido nauseabundo, el cual consumió a la criatura como si se tratara del fuego griego.

—¡Es la madre de las Cucarachas! ¡Maldita sea!

Expresó el muchacho, tratando de levantarse del suelo en lo que sus extremidades recobraban su firmeza. Maldijo profundamente en su mente, sin querer mirar de nuevo a esa cosa. El único camino era hacia abajo, ya que la sala de arriba estaba envuelta en llamas que consumían la habitación llena de residuos orgánicos secos como basura olvidada.

—Que solo sea esa cosa, no quiero ver más de esas… ¡Malditos…! ¡Quien rayos hizo eso!

Maldijo su miedo, pero también le agradeció, ya que solo quería huir.
Tras momentos de huir y caerse por las escaleras viejas y casi inútiles, el joven bajó aún más, hasta que se olvidó por completo por qué bajaba.

—...Debo estar lejos… Ya no debe estar cerca…

Con dificultades, respiró agotado, viendo si estaba bien, sin poder ver ya que estaba sumergido en la oscuridad. En su momento de relajo, solo pudo escuchar unos pasos descalzos que descendían por la escalera.
Este se ahogó con su propia respiración. Miró buscando cuando alguna de esas garras, pinchos o fauces desencajadas lo volvieran un simple resto olvidado de lo que él fue.

Pero el joven escuchó una melodía acompañada por aromas que aliviaba su alma y confundían su mente. Todo esto le era familiar, y fue en ese momento que sintió que unas garras alargadas se imponían sobre su cuerpo, como unas manos largas que le acariciaban dulcemente.

—Eres tú… no lo puedo creer, mi pequeña Garrapata. Te has puesto en peligro solo para seguirme hasta aquí… ¡Mi amor!

El joven estaba absorto con su amor. No veía nada, no percibía, oía o sentía algo que no fuese de ella.

—… clack-clack…

El traqueteo de los colmillos irregulares en una de sus bocas resultó como el coro celestial que envolvía el corazón del joven al ritmo de estos.
Silas se acercó, con una mano acariciando el cabello húmedo, la otra que masajeaba el gran cuerpo escamoso, mientras las lenguas jugaban un baile en la absoluta oscuridad.
La Garrapata cantaba con sus fauces flexibles abiertas, que babeaban con mayor rigor ante la cercanía. Sin embargo, como lo había dicho antes Gaspar, esta buscaría hasta poder atrapar a quien cayera en sus engaños. Pero no lo hizo. Solo lo disfrutó en una grotesca danza pasional en la oscuridad de los sucios pisos inferiores del pozo, donde el horror era un desenfreno solo silenciado por la pasión desenfrenada de los movimientos primitivos.
El muchacho ni siquiera se dio cuenta cuando del interior del vientre de la Garrapata se agitaban varios cuerpos desesperados en lo que eran digeridos.
Silas perdió la conciencia tras ese encuentro anómalo, pero la recobró cuando vio luces moverse a la distancia.

Capítulo XVIII solo hombres

Silas abrió los ojos suavemente. Su cuerpo dolía, al igual que ardía como los infiernos, y se encontraba húmedo con un olor salobre a pescado de carroña. Había estado en contacto con el vientre de la Garrapata, y la digestión de sus presas le había dejado empapado de jugos gástricos putrefactos, si bien podía ver que el líquido era corrosivo, este no le hacía nada. A no ser que ya le hubiera hecho algo.
Sin embargo, su atención se mantenía centrada en lo que avanzaba.
—¿Qué es eso? No debería haber nadie aquí… creo…
Pronunció Silas, sintiendo cómo su icor negro rojizo se asentaba bajo la piel. Las luces se movían en fila, llevadas por hombres uniformados, cubiertos de látex negro que brillaba como quitina pulida. Eran extraños, recordando a las Cucarachas por la forma de moverse, o por las piezas metálicas que se exponían fuera del látex, como placas injertadas.
Por eso, el muchacho prefirió comenzar a avanzar en total silencio, tocando previamente antes de dar un paso seguro, en caso que tuviera algo como esa Cucaracha de atrás.
—Te digo que cuando esos mestizos de los Hernández se den cuenta de lo que se nos viene encima, será demasiado tarde. Tullugal es el camino, y los Hernández caerán en su propia codicia.
Comentó el hombre viejo, Teodoro, con aires solemnes, representante de una de las familias en casa de los Fernández.
—¿Estás seguro que funcionará el Tullugal? Los Morandé han fallado en algunos prototipos de individuos usando los vestigios de antiguas escrituras. La incompetencia del Tullugal defectuoso nos puede dejar en la mira de varias familias. Y no me gusta que me miren con desprecio, Teodoro.
Habló lo que parecía una mujer con una figura calva, con una piel enfermiza y cerúlea. Era destacable por su porte y su silueta delgada en bata blanca y una máscara de metal incrustada donde debía tener un rostro, dejando solo los ojos visibles.
—Daiana, basta con eso. Los Morandé harán los arreglos según las capacidades que ellos tienen, y nosotros, conocidos por ser maestros innatos en la mecánica, daremos un gran espectáculo sin problema, ya que es en lo que nos manejamos.
Gruñó el anciano, rascándose las canas ante la duda de la mujer.
—Piensa que nosotros trabajaremos sobre sus debilidades, en cambio ellos sobre las nuestras. Nos complementamos para el Gran Acto.
Añadió el hombre, buscando aliviar la desconfianza de la mujer, ya que si bien ambos grupos trabajaban de forma separada. Han estado indagando en el trabajo del otro, asegurándose de que no exista fallo alguno.
—Yo me siento indignado por la forma en que me tratas… Deberías usar un tono más cortés con el Anfitrión, estimada.
Murmuró el Anfitrión quien miraba a la mujer con sus pequeños ojos que daban un resplandor que se abstraída en una especie de condena silenciosa, de forma inusual estaba usando una voz apenas audible para Silas, aunque como siempre cargada de vanidad teatral herida.
—Solo oigo falacias, jovencito. Deberías dejar de pensar en esos temas absurdos; nuestra familia no debería estar buscando cooperar con otros. La carne es débil, Tullugal. Nuestra especialización y mejoras han sido un punto destacable en comparación. Ellos solo siguen la información olvidada en estantes que encontraron.
Vociferó la mujer, molesta por lo que implicaba trabajar con otros que le resultaban inferiores.
—Tú no te metas, es aquí, en el sector de los especímenes varones, donde nos hemos instalado. Puede que seas parte de este sitio anormal, pero no eres el único. Además, solo eres una personalidad secundaria del Tullugal.
La mujer de manera despectiva señaló sin titubear al Anfitrión, este doblaba su máscara en una expresión furiosa, rechinando sus pequeños dientes y cambiando algunos minusculos aspectos físicos en su cuerpo.
—¡Qué mujer más vulgar! Si no fueras útil te arrojaría a lo más profundo, junto a las bestias del Domador, Daiana.
Comentó el Anfitrión, haciendo que el rechinar sus dientes se intensificara de forma atroz.
—Sabes, Teodoro, creo que esta anomalía apodada Tullugal tuvo que haber sido investigada con más detenimiento. No me gusta trabajar con individuos que se auto perciben y se dejan llevar por sentimientos... es ineficiente.
Comentó la mujer, frunciendo el ceño, marcando una notoria relación conflictiva entre ambos.
—...
El viejo no supo qué decir, ya que estaba entre una mujer inexpresiva que resultaba ser un monstruo con bisturí, mientras que el otro era un monstruo proveniente de uno más grande que se dejaba llevar por su soberbia y emociones.
—Bueno, Teodoro, veamos tu avance. Los hombres que han probado deberían ser capaces de funcionar. ¿No? ¿Dónde están los sujetos?
Habló el Anfitrión, dando pasos delicados como largos, que parecían dejar en ridículo a los familiares de los Morandé y a sus guardaespaldas, que se mantenían en total silencio.
—No peleen, ya me tienen harto. Terminemos con esto de una vez, no quiero tener que seguir escuchando a individuos con el mismo coeficiente intelectual.
Mientras estos hablaban, Silas trataba de acercarse lentamente para oír las cosas que comentaban entre sí. No sabía en lo que se metía, pero le era mejor conocer los secretos de otros antes que estos hicieran una jugada en su contra.
De repente, el Anfitrión se volteó y prendió la luz. Al final, desde el fondo, surgieron luces de forma esporádica, mostrando lo que debía ser el espacio de la habitacion, revelando un espacio inhóspito, lleno de restos antiguos, partes derrumbadas y una humedad pútrida.
—¿Qué le pasa al Tullugal dañado? Tuvimos que haber tratado con los otros Tullugal, pero claro. Elegimos el que es un basurero…
Vociferó Daiana, siguiendo su camino, lo que enfureció a la criatura alargada, distrayendo a este en su búsqueda de algún intrusivo as bien soplón que le deje al descubierto sus planes. Pero prefirió moverse para dejar de escuchar a tan desagradable compañía. Pero sin antes avanzar en silencio, observando cuidadosamente cada uno de los restos.
—¿Nos han estado siguiendo? Podemos mandar a mis guardias, son buenos rastreadores y no hay problema con que perdamos a algunos.
Preguntó Teodoro con notorio disgusto por la idea de que el trabajo de años se terminará estancado por culpa de algún fisgón.
—Calma, familiar Teodoro, este solo se ha trastornado o busca llamar la atención. Lo que me faltaría es que mi sobrino nieto muriera de un ataque… de nuevo…
Comentó la mujer, ajustando un poco sus lentes ajustados a sus cuencas vacías.
—Sin duda resultas ser un humano detestable, preocupa más tu ineficiencia que algún posible oportunista.
Comentó el Anfitrión con su voz que resonaba en el mismo volumen en la habitacion, revisando una abertura en el suelo que conducía a un espacio en negro, que con un sutil movimiento de manos se despejó, acompañado de gritos, rugidos y alaridos ante la presencia de la luz en ojos que habían olvidado su existencia.
—Veamos… parece que están todos y todo sigue igual… Solo basura.
Este mantuvo el silencio, extendiendo la figura para observar a su alrededor por el techo del piso inferior.
—¿Acaso no me escuchas pequeña alimaña? Te he dicho que no me consideres como un concepto tan vulgar y primitivo como lo es un humano. ¡Como mínimo podría aceptar que algo inferior como tú pueda considerar mi persona como un pseudo humano superior!
Esbozó en voz alta la mujer, generando una terrible tensión a su alrededor, haciendo que la criatura dejará de indagar de forma minuciosa.
—Bueno, olvidenlo. No hay nada.
Este se levantó, limpiando las manos, ignorando por completo el trozo de techo que había aplastado a alguien hacía tanto, lo cual agradeció Silas, que se metió a la fuerza ahí, aplastando aún más su cuerpo para caber en la oquedad.
—Sigamos con los negocios, debemos hablar sobre muchas cosas. El tiempo es oro en este pozo de gusanos.
A su vez, las luces se apagaron, así como la puerta al final del pasillo se abrió. Esto inundó el piso en un hedor putrefacto y químico.
—Negocios, dice el Defectuoso. Además, no comprendo la actitud irracional que maneja el desarrollo del complejo considerado como Tullugal.
Refunfuñó la mujer mientras maldecía y mantenía una atmósfera agobiante en el grupo que terminaba de cruzar la puerta.
Ya cuando estos se marcharon, Silas trató de salir, pero de la misma forma que se había encajado en la piedra, ya no lograba salir de esta, atrapado.
Tras varios intentos, la piedra crujió, al igual que el suelo.
—No… ¡Maldita sea!
Silas solo vio cómo el vacío en el que estaba se llenaba de sonidos del ambiente cediendo ante el deterioro por la inclemencia del tiempo.
El polvo y restos de sedimentos se alzaron en una gran nube que cubrió todo, volviendo el aire denso y asfixiante.
—Debo tratar de evitar caer más seguido… o seré carnada de esas cosas como cucarachas de pacotilla.
Reclamó Silas, retorciéndose de dolor en lo que a su alrededor se escuchaba cómo centenares de pies se movían a su alrededor. Pies, garras, pezuñas, todo tipo de avance se acercaba a él, como también el olor a muerte que impregnaba este piso, atraído por el colapso y el olor dulce de su icor.




Capítulo XIX jardín de salchichas y tornillos

Habían pasado horas, o tal vez días, pero no lo sabía, su mente y cuerpo estaban perdidos en ese momento envuelto de oscuridad, no como una conocida, sino por una oscuridad bestial que se alimentaba de el. Solo era una seguidilla de violentas olas de violencia que terminaban con su presencia física para volver a despertar y ser consumido, cortado, empalado y digerido de las peores formas posibles. Él estaba en la nada, la oscuridad absoluta. Si bien había empezado a acostumbrarse, como su cuerpo a dejar de ser su forma habitual, seguía sufriendo, consumido por las atrocidades de este abismo.
—Debo salir… Salir… No… Olvidar…
Las palabras de Silas se diluían, al igual que cuando había entrado a la oscuridad de aquella habitación. Solo deseaba encontrarse con Elías que le tomara la mano y lo sacara de tal terrible situación. Pero eso nunca sucedía; solo se abalanzaban ellos una y otra vez hasta que cada uno quedaba satisfecho con su cuerpo.
—Yo… No… rendir…
Apenas dijo cuando volvió a estar casi entero, moviéndose con dificultad. Ahora él era quien daba zarpazos de un lado a otro sin lograr acertar ningún golpe en la oscuridad, ya que atacaban sus puntos débiles en total oscuridad tantas veces que solo podía volver a levantarse
—Bacalaos…peces espada… ratas… ratas de muelle… 
Esbozó al volver a incorporarse, pero esta vez salió corriendo en una dirección.
—Debo… huir, huir… ¡O los mato a todos!
Murmuraba para sí mismo. No era el miedo del principio; era algo más, una rabia elemental, lo que le invadía. Ya le daba igual para dónde iría; solo deseaba lograr hacer algo en ese espacio opresivo que no le permitía hacer nada.
Sintió cómo su cuerpo era partido, segmentado y devorado, pero en su mente pensaba que estaba logrando llegar a algún lado, por lo que al despertar, lo volvía a intentar: siempre a algún sitio, siempre pensando que encontraría la salida.
—¡Muévase! ¡Salga de mi camino!
Gritó, pero la voz no era suya, tampoco humana. Deteniéndose y haciéndolo pensar si acaso había dejado de ser tan siquiera algo parecido a un humano.
Este trató de apretar los dientes, aunque no los sintiera, y corrió una vez más como luego otra.
Al recibir un arañazo profundo, Silas lo regresó, dando como resultado un grito de dolor acompañado de un hedor espantoso. Aun así, no le importó y trató de acertar otro golpe a la ubicación del ruido, pero le esquivó. En cambio, lo sujetaron, en lo que de fondo la bestia herida era consumida por el resto.
El opresor de Silas lo comprimía, siguiendo oprimiendo hasta parecer que lo estaba por dividir a la mitad, pero de algo se dio cuenta Silas que fue el sabor de su captor esto desde la ubicación del agarre mortal. Por consiguiente, Silas fue sujetado entre los extremos y dividido. Repitiendo el ciclo atroz, sin dejarle morir en paz, o darle tiempo para juntar sus pensamientos.
Tras intentos fallidos, Silas terminó tropezando, pero no fue consigo mismo o con alguna de las atrocidades que habitaban en el vacío. Era una escalera. Trató de subir.
Se afirmó con fuerza de la baranda, en lo que usaba las piernas lo más rápido posible. Estaba simplemente desesperado, pero su suerte no estaba de su lado.
Un sonido metálico se hizo evidente más arriba. Un brillo rojizo se hizo presente entre el negro. El olor a acero y carne amarga era notorio. Pero de lo que podía distinguir tenuemente, esa cosa no era ni por asomo una cucaracha.
—Muévete engendro… muévete… ¡Soy yo quien… la plancha!
Silas estaba alterado, y le daba igual que este lo acabara de la forma que quisiera. El muchacho estaba ante la oportunidad de ser libre, pero cada vez que trataba de evitar a esta figura que cada vez se hacía más definida, Silas se volvía más difuso.
—Muevete… O te mover… Yo… ¡Yo te muevo!
El muchacho no se dio cuenta de su seria dificultad de habla hasta que ya era tarde, apenas lograba esbozar palabras como la Langosta.
El joven dándose ánimos para enfrentar lo agobiante que era enfrentar a esta criatura en la oscuridad. A diferencia de antes, las criaturas no se abalanzaban a Silas cuando rodaba por el suelo, en cambio aguardaban. Eran cautelosos.
—Ayudar… Ayudar… ¡Necesito ayuda!
Buscó la forma de comunicarse sin éxito, pensando que serían iguales a los otros. Pero en cambio, no tuvo respuesta alguna, solo gruñidos, la sensación de incertidumbre, muerte y fracaso por su parte.
—Alimañas… cobardes…
Pudo decir Silas acusando a quienes antes lo habían torturado por tanto. Este sin más remedio se lanzó en una carga, sintiendo que su cuerpo, en vez de correr, se deslizaba, que empezaba a serpentear por alguna razón si él no se enfocaba en tener su mente centrada en su forma, en lo que debía hacer de avanzar paso a paso.
Esto era nuevo y le trajo muchos más fracasos, hasta que en uno de estos fallos, hizo que viera una oportunidad en esta agonía, fue entonces que la bestia falló, sacando chispas contra los barrotes.
Fue breve, pero suficiente para que comprendiera que aquello era aún peor. Su comprensión del miedo se estaba rompiendo, al igual que se había roto él, hasta que solo pudo hacer una única cosa, reír de sí mismo y todo lo que le había estado pasando.
Silas rió con fuerza. Le dolía reír, pero fue lo único que pudo hacer. Corrió con todas sus fuerzas y trató de hacer lo mismo que con la otra criatura, pero un golpe lo acabó para repetir el proceso. Entre risas y gritos de sí mismo se burlaba de la desgracia y el horror que estaba viviendo.
Un golpe tras otro, y la criatura de carne procesada, metal y depravación volvió a golpear la escalera que tanto resguardaba. Esto sacó chispas, pero partió las escaleras,la escalera maltrecha no aguanto tanto castigo tragando a ambos a otro piso más abajo.
La carne rancia y soldada al metal cayó sobre Silas, haciendo que este sintiera como de sí mismo fluía icor nauseabundo, sintiendo el sabor de la carne y metal. Este volvió a sentir un terrible dolor con el peso que le quitaba toda fuerza. Sin embargo, aun así, rió. Él ya no sabía si era por dolor, por miedo o porque todo se había vuelto un juego atroz en una vida que no podía perder.
Un líquido espeso gorgoreaba sobre Silas, este se percató de una fisura en el armazón de la bestia, adentrándose en su interior. Era su momento de regresarle el favor a la bestia que volvía a pararse en total oscuridad. El muchacho buscó entre los escombros hasta que encontró un fragmento de metal del propio ser que por los escombros se desprendió.
—¡Damas y caballeros! ¡Niñas y niños de todas las edades! ¡Su payaso ha vuelto!
Gritó Silas con risas linfáticas a lo que esté pensaba que era uno de los oídos de la bestia, pero fue empalado por una de las extremidades metálicas, azotando lo contra el suelo, está con un gruñido acercó al joven, mientras la bestia abría sus fauces con un movimiento atroz de motores.
—¡Es hora que el espectáculo brille una vez más! ¡Fuego!
Gritó, golpeando el metal contra el metal con todas sus fuerzas, pero no dio resultado hasta que la bestia lo engulló en abominable en su fauces de innumerables dientes mecánicos. Pero el trozo de metal se atascó y gritó junto a los dientes que comenzaron a embestir contra este sacando chispas, permitiendo ver a Silas lo que quedaba de él como donde estaba, hasta que una sensación caliente aumentó, tragando a los dos en un terrible castigo.
—¡Fuego! ¡Fuego!
Con las llamas, la bestia bramó, dejando a Silas incrédulo contra un ser desagradable que era consciente del martirio que le había provocado, escupiendo a su presa, el joven se movió por el suelo para detenerse riendo de lo atroz que era todo esto, en cambio la bestia gritaba en una cacofonía mórbida, usando sus extremidades de forma frenética para alejarse de las llamas, tratando de conseguir algo con que apagarse.
El muchacho vio el fuego propagándose, y con sus movimientos serpenteantes recogió lo que parecía ser un fémur con tela y lo untó en el icor con fuego.
Si este no podía subir, se aseguraría en bajar hasta encontrar la forma de subir. Y lo haría con su propia antorcha de icor y hueso.

Capítulo XX el domador y las bestias

Silas parecía determinado en su movimiento del cuerpo cambiante. Sus pasos o la sensación de deslizamiento viscoso que ahora reemplazaba el paso cuando se enfocaba en su objetivo, estos en ningún momento se detuvieron hasta que se encontró con restos de individuos perdidos en la oscuridad, restos colosales de maquinaria orgánica olvidados en la negrura, impropios del lugar, pero más allá habían restos de lo que parecían bestias de relatos.

—Muévete… Muévete… condenado cuero… gusano… muévete…

Murmuró Silas, sin saber si era él quien ya lo decía o si era el eco de la criatura que lo había desmembrado antes.
Desde más allá del vacío se escuchaban los pasos que seguían y descendían sin revelar sus intenciones, un raspado de placas de quitina y el clack ocasional de mandíbulas. Pero esto no le interesaba a Silas, quien había perdido su propósito al descender. Dudaba si estas cosas eran realmente reales o solo su mente, que le jugaba malas pasadas.
Este observaba el fuego y le hablaba ocasionalmente.

—Muévete… Cuero, eres un cuero… Muévete… Condenado…

Este replicaba sus palabras en el transcurso de su camino sin importarle nada.
Con la ayuda de la antorcha, vio lo que escondía la oscuridad. Los pisos tenían lo mismo, un sinfín de objetos, prendas, muebles como objetos extraños de todo tipo de formas y composiciones, como un depósito de chatarra de épocas pasadas como las que parecían de las venideras.

—Muévete, solo muévete…

Silas protestaba entre gruñidos inhumanos que intentaban ser lenguaje.
Avanzó, agregando ocasionalmente materia a la antorcha para avivar a su compañero y a quien resguardaba su cordura. A Silas no le interesaba lo que era. Si bien, muy en el fondo podía tener algún vestigio de inseguridad de lo que hacía, este simplemente era sofocado por la risa. Incluso cuando vio su mano, o lo que aparentaba ser una densa masa de carne con piel que sujetaba la antorcha, sentía con esta su tejido blando, podía degustar y oler, algo nuevo, extraño y desafortunadamente chistoso, ya que le causaba risas el pavor que esto provocaba.

—Muevete… debes… ¿Por qué?... Que debo…

Su andar se veía estremecido por movimientos que debían hacer que su forma de actuar se repitiera una determinada cantidad de veces. Su comportamiento, que era una forma involuntaria de reacción ante lo que le rodeaba, provocaba confusión y miedo en el corazón de Silas, como también su mente perdida era hostigada con pensamientos ambiguos que le provocaban espasmos.

—Odio los espasmos, son desagradables… 

No pudo seguir hablando cuando estalló de risa, su risa, la cual si bien. Provenía de él, había un eco que se distorsionaba de esta que no le pertenecía.
Con esos golpes involuntarios de su cuerpo agónico, Silas lo decía con su voz llena de humor y risas que ocultaban su verdadera cara.
En lo que volvía a bajar los pisos, había circunstancias raras. Observaba rostros que trataban de ser humanos, pero eran solo similares a huellas borrosas que ensuciaban el vacío a su alrededor.
Ahora bien, este sabía que detrás de esos ecos visuales podía sentir cómo algo le miraba a la distancia con una mezcla de malas intenciones como de rechazo por su presencia en este lugar. La oscuridad ocultaba muchas cosas, como vidas primitivas, otras que eran algo concientes y ambos sabían que este se movía en lugares indebidos.
Fueron susurros lo que lo alertaron. A su observador se aproximaron más cosas, pasos que ahora eran descuidados, movimientos y voces no humanas.
Este, sin embargo, no habló; solo avanzó, tomando la siguiente escalera, recorriendo el siguiente piso, encontrándose con algo distinto, incómodo.

—Aléjate… Aléjate… Aléjate… ¡No hay espectáculo para ti!

El sonido del silencio en el vacío fue irrumpido por una sutil voz, está se repetía incesante a cada paso que daba Silas.

—No hay nada, regresa y sálvate… No hay nada…

El murmullo se intensificó, cuestionando la cordura del joven gusano que se movía con la antorcha.

—¿Qué pretendes? ¿Quieres saber algo? ¿El secreto de mi gran acto? ¡Jamás lo revelare!

Una voz resonó frente a Silas, volviendo a sonar con autoridad. En cambio, los sonidos del anterior piso le volvían a seguir.
Su mente formulaba incontables ideas fugaces, pero por sobre todo que había caído en una posible trampa. Esto acentuó su risa que no podía ocultar.
Frente a él había una figura. Sombrero de copa negro, un traje combinando negro, rojo y blanco en una vestimenta elegantemente antigua, pero le daba una presentación imponente.

—¿Qué quieres? ¿Qué quieres?... ¿Acaso no venías a buscarme? No quería…

Este esbozó con una voz que cambiaba con cada palabra, sin volver a ser la misma. Esta era seca, vieja, pero no se detenía como tampoco dejaba de cambiar, sin dejar de mirar al lugar que observaba. Pero de la misma forma, Silas avanzó, ignorándolo como si fuera parte de todo lo visto anteriormente.

—¿Qué quieres? ¿Qué quieres? ¿Acaso no venías a buscarme? ¿Se olvidaron de mi?

Preguntó sin respuestas, donde parecía recibir respuesta de los ecos de las voces de los perseguidores del gusano joven, quien solo envolvió más tela para que no se pagará el fuego.

—Sabes que estás en una marcha eterna. ¿Cierto? ¿Una bestia sin dueño?

Respondió la criatura alta, rascándose con sus uñas amarillentas y gruesas que sacaban trozos de costras de piel grisácea como las de un pescado de su propio cuello.

—Si quieres subir debes tomar la escalera, si quieres poder me encontraste, si quieres volver a ser normal, también me encontraste. Solo… ¡¿Puedes dejar de moverte?! ¡Insolente!

Gruñó furioso al ser ignorado por Silas. La criatura sacó un látigo y envolvió al gusano que fácilmente logró salir de su amarre, por lo que volvió a dar un golpe con el látigo sobre este, solo partiendo al gusano.

—Veamos si te parece divertido esto. ¡Toma tu castigo!

Murmuró para sí, dando un fuerte golpe a Silas.

—Parece que las cosas han empeorado estos días en mi ausencia. ¡Esto no es orden!

Dio un comentario lleno de desagrado para golpear de nuevo y acabó con la vida de la antorcha, dejando de nuevo estos pisos inferiores en eterna oscuridad.

—Ahora sin fuego puedes escucharme. Te siguen los Anunnakis, o resto de lo que fueron. Debes venir y decirme por qué estás aquí. ¡Soy el Domador!

Pero Silas se detuvo un instante para dejar cuidadosamente los restos de su compañero y seguir avanzando en la oscuridad.

—Debes estar bromeando, pequeña alimaña… En mis años de domador, nunca había sido testigo de una bestia tan terca…

Las luces se prendieron, acompañadas de los Anunnakis más débiles que comenzaron a quemarse, mientras el resto huía. Estos, con figura humanoide curvada, se retorcieron hasta volverse cenizas.
Pero al domador no le interesó la plaga, le interesaba este que se negaba a escuchar o responder, ya que cualquier criatura bestial era sometida bajo su voluntad.

—Dime… ¿Qué te hace tan especial? ¿Quién eres? ¿Quién fue el que te cambió?

Este preguntó, observando y analizando al joven buscando descubrir que era el método que lo cambio, su cuerpo se desvaneció en una especie de gas que como un vapor gelido se movía a su alrededor.

—¡Fascinante! La verdad es aburrido, no tienen nada de especial mezclar bestias. Lo importante es tenerlas todas.

El domador, como neblina, se condensó frente a Silas, mostrando sus rasgos grisáceos que conectaban a su rostro como una máscara vieja sin expresión.

—Responde la criatura inferior…

Silas, o el joven que era un gusano, le miró. Ojos ennegrecidos que parecían de un muerto, piel bulbosa, lisa y húmeda, en peor estado que la de los demás gusanos.

—Soy Silas. Silas Hernández.

Dijo fríamente Silas, mirando a los ojos al domador, quien parecía asqueado ante la respuesta de quien no debía responder.

—Así que el gusano es un Hernández… No me suena, pero deben ser mezcla para poder ser algo estables… Una aberración a medio camino.

Comentó la criatura, girando alrededor de Silas.

—¿Sabes cómo te convertiste en una bestia? Digo, eres una… sabes, esas cosas de barro que hicieron, pero te cambiaron. Luego serás desechado. ¿No lo sabes?

Preguntó el domador, con aires burlescos, pero Silas siguió su caminar, ignorando al domador, quien le siguió.

—Bueno, no tengo muy claro cómo lo hacen, pero como resultado deberías tener una u otra característica… Luego será desechado.

Comentó esto en búsqueda de emociones, pero volvía a no tener respuestas, por lo que solo desvaneció su forma, avanzando como un gas alrededor del joven.

—Tú… ¿Tal vez eras un payaso? Un idiota sin talento en mi Circo…

Preguntó, iniciando un monólogo interminable, descargando y contando cosas que a Silas no le interesaba ya que nada le era conocido.

—Bueno, Silas, mi nueva bestia, será mejor que preparemos el siguiente espectáculo. Debo volver a mi piso. Para demostrarle a todos mi espectáculo tras mi retiro… ¿Por qué me retiré…?

El domador titubeó, a lo que volvió a rascarse, pero esta vez sacó su sombrero, revelando una calva perfecta que tenía en el medio una estaca de metal con un grabado, como un clavo de ferretería.

—No sé, no me acuerdo y estoy aquí, pero… ¿Por qué?

Esto hizo que Silas se detuviera. Estaba confundido por lo que escuchaba.

—Tu no tienes piso, no hay nada para ti arriba.
Las palabras del gusano fueron un detonante en la mente del domador.

—Ahora no eres más que olvido, como lo soy yo en la oscuridad.

Comentó Silas con grandes risas que retorcían la frialdad de sus palabras.

—¿A qué te refieres? Debo tener mi escenario, mi público, mis bestias. ¡¿Qué hay arriba?! ¡Dímelo, gusano!

Ambos se detuvieron. La expresión del domador cambió, no era familiar, tampoco buena. Esta era de odio puro.

—He visto y oído de algunas cosas como tu… lo que llaman como Tullugal.

Comentó con dificultad Silas.

—En mi camino eso escuché del Anfitrión con unos tipos que no son de aquí.

Esto descolocó al domador, pero las palabras de Silas aún no terminaban de incomodar a esta criatura.

—Llamaban al Anfitrión como Tullugal dañado.

Habló Silas, mirando a las criaturas convertidas en cenizas.

—Ustedes son la masa de carne que vi arriba, o tal vez ellos y no tú.

Añadió, dando un toque ácido a sus palabras.

—Eres la parte rota, la pieza faltante de carne, fuiste quién estuvo escondido.

Divagó Silas, acercándose a una de estas cosas, para así tocarle y que se derrumbara su cuerpo, dejando algunos objetos en su lugar.

—Si buscas tus cosas, solo sube y verás que están repartidas por los pisos vacíos. Hay un piso lleno con lo que se. Podría llamar bestias, pero están custodiados por horrores de metal y carne.

Las palabras de Silas fueron extensas, cada una un puñal que brotaba de la boca inexistente de Silas, que incomodaba al domador, haciéndolo pensar en cómo todo había dejado de ser como debía ser.

—¡Absurdo! ¡Mentiras! Expresé mi desacuerdo, como también la idea del Anfitrión de probar con esas cosas… ¿Por qué?... Eso baje…

El Domador comentó, dándose cuenta de lo que había bajado por una razón olvidada.

—Bajaste… Y…?

Habló Silas, mostrándose inclemente ante la confusión de la criatura, que se percató de su terrible carencia de memoria.

—Subamos… Quiero ver qué es lo que tengo, lo que fue de cada una de mis cosas, mis mascotas y juguetes. No puede ser que me olvidarán tan rápido. ¡El Circo es mío!

Este avanzó en sentido contrario, pero Silas se mantuvo en su lugar.

—Pero así es el espectáculo. La audiencia siempre olvida.

Esto fue un detonante terrible para el domador, quien tuvo un cambio sutil en su traje, como una mueca extraña en su máscara, a lo que dio un grito como de pesadilla, reduciendo la distancia entre ambos, para sujetar el cuello de Silas.

—¡Yo digo cuando el espectáculo acabe! ¡Yo jugaré y tendré tantas mascotas deseé como les daré de comer lo que me apetezca! ¡Tú eres la primera!

Este comprimió al joven, no por diversión, no por enfado. Como una forma de domesticar a este fenómeno como un juguete nuevo. Sin embargo, la risa del muchacho lo irrumpió, por lo que, sin decir nada, arrojó a Silas al suelo. El muchacho ya se imaginaba el impacto, pero solo sintió caer.

—¿Qué?

Una breve palabra dijo Silas, viendo cómo pasaba por el suelo que se abría para no tocarse.

—¡Por el cangrejo! ¡Me va a matar!

Gritó Silas, viendo cómo el suelo del siguiente piso se aproximaba y seguía cayendo a través de los pisos siguientes que se abrían antes que este impactara.

—¡Merluza, cara de bacalao, tienes cabeza de pez luna…! ¡Gusano olvidado!

Gritaba Silas furioso, pero las risas se escapaban solas en lo que el aire se volvía denso en su descenso.
De pronto, en la oscuridad absorbente del mundo que descendía, Silas cayó al agua.

—Espero que un buen chapuzón te haga reflexionar en tus modales. ¡Mi Circo no tolera la insolencia!
Expresó el domador riendo sutilmente, este bajaba con gracia en un descenso controlado.

Este miró a su alrededor. Una colección secreta, aunque distinta de los últimos días que había dejado como estaba. Esta agua era densa como baba, la textura y sabor eran espantosas, haciendo que Silas intentara regurgitar sin éxito, ya que podía sentirlo al tocarlo.

—¡Eres una rata de muelle! ¡Esto apesta!

Gritó Silas envuelto en el hedor a cadáver, basura, pero por sobre todo la descomposición era impactante. En este fango líquido primordial podía sentir cómo a su alrededor se movían cosas.

—Eso sin duda es muy cruel de tu parte. ¿Acaso no buscabas bajar?

Expresó el domador, llevando sus manos a los ojos, fingiendo llorar.

—¡Eres una merluza!

Gritó Silas, tratando de ver algo cerca suyo sin éxito, pero con el brillo que daba el piso de arriba pudo distinguir algunas cosas.

—¡Hola! ¡Que tal…! ¿No están lejos del mar, preciosas?

Comentó Silas, incómodo ante las criaturas que estaban abajo.

—Esta es una de mis colecciones, si es cierto lo que dices deberían haber indicios de que estaban en…

La criatura habló elocuentemente, dando pasos sobre el agua sin tocarla.

—Para tu información, esta debe ser tu única colección. Ahora se volvió mucho más valiosa. ¡Porque está viva!

Silas lo interrumpió, quien tenía su expresión de odio ante la irrupción del joven.

—Saludos joven, o tal vez cuero… Estás interesado en… ¿Quieres unirte a la colección?

Comentó una voz distorsionada que actuaba como una cacofonía de voces incomprensibles desde el fango.

—¡Cállate Serkib! Además, explícame… ¡¿Por qué estás tan vieja?!

El domador le interrumpió, haciendo un revuelo en la oscuridad alrededor de ambos.

—Ni siquiera sabes que tienes en tu colección… Eres una vergüenza de bucanero de agua dulce.

Regañó Silas al domador, lo cual revolvió las sombras en un coro de risas. Por lo que sumergió a Silas en el agua como venganza ante su falta de respeto.

—¡Les permitiré deambular y comer…!

El Tullugal alzó la voz, pero todos rieron.

—Patético. Somos descendientes mestizos de tus mascotas, no pretendemos ser tus juguetes. Las cosas cambiaron al viejo laberinto. No hay nada que puedas hacer por nosotros y nosotros no tenemos nada que ver contigo.

La máscara del domador quedó inexpresiva, resquebrajado ante el impacto de haber sido olvidado, lo único que logró hacer era temblar. Ninguno se interesó más por el domador, por lo que esté regresó a los pisos superiores.
Solo algunas risas y despedidas extrañas resonaban mientras Silas se marchaba, sujeto por el domador.
Un tentáculo se extendió ligeramente hacia el muchacho, dejándole una especie de máscara sonriente de hueso o material orgánico seco como si diera aires a ser una especie de metal.

—Esto te dará suerte, espero que nos volvamos a ver… y manda algo fresco cuando puedas.

Comentó la voces distorsionadas en un sonsonete juguetón. Silas la miró y sin titubeó la colocó en su rostro mientras se elevaban y los pisos se cerraban detrás suyo..


Capítulo XXI desastre antes del espectáculo

—Así que… ¿les llaman vendedores a los Serkib?

Preguntó curioso el domador a Silas en lo que llegaban al piso iluminado.

—Algo así, si. Pero no son Serkib. Los Serkib son pequeños, estos son otro tipo que se adaptó a la tierra. Si veo al viejo de Elías, le preguntaré. Él sabe todo esos cuentos.

Silas respondió a la criatura, dudando si este estaba teniendo problemas para pensar o si era más estupido de lo que parecía. En cambio este si bien no mostraba notorios rasgos en su expresión, se sentía como vacío, aún procesando algo que le marco profundamente en la psique, como respuesta a cualquier cosa este simplemente se limpiaba las manos.

—Bueno, supongo que los cuentos ya no son cuentos. Uno tenía la imagen de que pasaban cosas raras, pero esto es distinto…

Comentó Silas añadiendo a lo que decía, recibiendo silencio de su acompañante como el sutil sonido acechante de los Anunnakis, quiénes estaban siendo espectadores con mayor prudencia .

—Bueno, mejor movámonos, quiero saber que ocurre… También quiero ver qué era lo que hacían esos tipos que no eran de aquí con el anfitrión.

El domador mencionó lo que Silas había dicho de forma tranquila, pero por el tono de su ropa, parecía preocupado.

—Si… será un camino largo. ¿Quieres que te cuente algo nuevo?

Preguntó Silas con su risa entrometiendose en su hablar. tratando de quitarse lo último del líquido del último piso.

—La verdad preferiría no ver lo que hay arriba, el laberinto… o pozo como tú dices, es lo importante para mí.

Comentó sin ganas el domador ajustando su sombrero, en lo que Silas movía los pies un par de veces para sentirse a gusto.

—¿Qué haces?

Preguntó la criatura extrañada por el comportamiento del joven.

—¿Qué cosa?

Respondió Silas confundido, ahora sacudiendo sus manos un par de veces al mismo tiempo.

—No bromees conmigo, debes decirme lo que haces.

Replicó el domador molesto ante las cosas extrañas del muchacho.

—Bueno, no sé qué hago para ti que es extraño, solo estoy aquí parado. ¿Ves?

Silas le respondió, observando en si por algún indicio de algo extraño pero solo podía ver su figura que es una parodia a lo que alguna vez pudo ser un cuerpo, teniendo la forma de un cuero enrollado con forma humana.

El silencio se instaló entre ellos, denso, como una gasa empapada en formaldehído, haciendo que el viaje se sintiera más incómodo que un nido de gusanos. Para Silas, la arquitectura misma parecía enloquecer; cada piso que cruzaban devoraba decenas de los que él había descendido. Los objetos, dispersos en la penumbra, no eran estáticos: eran fragmentos reubicados de su memoria. Tropezaba, no con escombros, sino con fantasmas de escaleras olvidadas y restos que juraría haber dejado pisos más abajo. La realidad se estaba volviendo un bucle retorcido, una burla física a su mente ya quebrada.

—¡Eso estaba más abajo! Quiero decir… comprendes que no es el lugar. Es solo algo ilógico.

Una risa se rompió en su garganta, no la suya, sino un sonido ajeno, nervioso y afilado por el dolor que no podía sentir. Alumbró la luz que la criatura había conjurado.

—No entiendo tu desesperación. No me importa tu dolor. No me gusta tu comportamiento.

El domador no tenía piedad ni empatía, solo la fría curiosidad de un anatomista. El orbe blanco, una ampolleta sin filamentos, no era luz; era resplandor astral, un pedazo de frialdad pura que el domador le había arrojado, como se arroja un hueso a una criatura molesta. Para Silas, esa luz, sin embargo, era una nueva obsesión, una distracción del colapso de su entorno.

—¿No dirás nada más? A lo mejor, un pero… algo. ¿No sería eso coherente a lo que decías?

Preguntó el joven, siguiendo a la criatura con la luz en sus manos, algo extraño pero que debía conocer.

—Te di esa luz, cuando lleguemos a donde están mis cosas mejor. Tú irás donde debas ir y seguiré con mi espectáculo.

—¿Cómo…? Muévete… Deberíamos movernos.

Murmuró Silas abstraído ante el brillo.

—Procura no volver a caerte, asumo que con esta luz deberías moverte sin hacer el ridículo.

Hablo el domador quien miro a Silas moverse sin percatarse en lo que entablaba una conversación difusa con la luz que se movía sin ser tocada por sus manos.

—¿Puedes escucharme? Pareces una polilla. Deberías comportarte más como un cuero… o la cosa que eres.

Este resopló ante la mente rota de Silas ante la luz que lo parecía guiar a su regreso, sin embargo esta solo era un orbe dado por el.

Silas murmuró gran parte del camino, con desprecios por parte del domador, quitándole el orbe para que le preste atención en sus críticas más hirientes, a lo que el joven respondía con improperios de marineros, tantos que el domador se hacía la idea de cómo podía ser el mar que describe el joven en sus insultos.

—¿Es aquí donde viste la puerta?

Preguntó el domador iluminando el piso por completo, en este se mostró un espacio vacío, cubierto de olvidó, decadencia y tristeza.

—No vi nada de estas cosas pero los sujetos caminaban por allá y… luego esa puerta.
Silas señaló la puerta pero se le hacía igual a la de los guardias.

—¿Ocurre algo extraño? ¿Es una puerta distinta?

Preguntó el domador acercándose volviendo a formar su silueta, pero este fue sujetado por Silas.

—Espera, y si…

Silas no pudo terminar ya que el domador no le permitió tocarle, pasando de largo y abriendo la cara con la puerta.
Una risa estridente salió del domador quien apuntó a Silas con el dedo de forma descarada.

—¡Patetico! ¡Eso ha sido ridículo! ¡Después de eso no te puedo dejar como una de mis bestias, eres ideal como payaso pero tan feo como un fenómeno!
Dijo el domador entre grandes risotadas que fueron acompañadas por la de Silas.

—Rata de muelle insufrible. ¡¿Por qué las cabezas de pez luna siempre son tan ruidosas?!

Esbozo furioso Silas tratando de incorporarse a lo que miró al frente.

—¡Tu eres ruidoso con tu torpeza!

El domador se calló mirando los objetos extraños que estaban reemplazando la habitación que conocía Silas.

—Nunca había visto algo así…

Comentó el joven absorto ante mesas de metal, frascos con un sin fin de cosas de todo tipo en líquidos extraños.

—Esto es nuevo… ¿Qué es lo que hacen ahora?

Dudo el domador moviéndose como él viendo para ver por la sala.
El olor les golpeó primero, un vapor pesado y dulce de cobre oxidado y fluidos biológicos en ebullición. No era una sala; era una morgue industrial. Mesas de acero inoxidable, frías y manchadas, sostenían filas interminables de frascos que burbujeaban con líquidos viscosos y opacos, conservando horrores innombrables. El aire crepitaba; cajas de metal parpadeaban con una luz estroboscópica y cables negros, gruesos como arterias, cruzaban la sala, vibrando y escupiendo descargas azules y punzantes.
Silas se acercó a la primera mesa. No eran simplemente cuerpos; eran esculturas grotescas donde la carne, aún húmeda y cálida, se fusionaba con el metal pulido.

—Son las cucarachas... Joder, hay tantos.

La familiaridad lo paralizó. Moscas, arañas, mariposas... Todos los sirvientes o miembros del circo dirigidos por el Maestre estaban presentes. Pero ahora, cada figura con modificaciones inexplicables, desde la más diminuta polilla con alas mecánicas que abría sus nervios y unían a nodos metálicos hasta la langosta con patas hidráulicas, con una pieza de metal que reemplazaba su rostro como una trampa de osos. Dándole una mandíbula de metal, cada uno estaba clavado en la mesa. De sus cabezas, clavos quirúrgicos se hundían directamente en el cráneo, cada uno sirviendo como un punto de anclaje para los cables que succionaban, o inyectaban, quién sabe qué horror eléctrico. Eran silencios y quietud, pero bajo la piel tensa, se adivinaba el latido forzado de un corazón mecanizado.

—Pero… no son… son los insectos del Maestre de ceremonias.

Dijo Silas reconociendo a varios de estos, muchos eran moscas, pero estaban ahí las arañas, mariposas e incluso las langostas.
Cada uno de estos estaba conectado a una serie de cables unidos a clavos instalados en distintos puntos de la cabeza.

—¿Insectos? Ese enano siempre con sus apodos ridículos por su problema de estatura…

Reclamo el domador haciendo mención al que estaba encargado del primer espectáculo.

—Debemos hacer algo con ellos… deberíamos desconectar o algo. ¿No crees?

Sugirió Silas entre risas nerviosas con preocupación por estos que si su ideas eran exactas volverían a la vida.

—¿Por qué me importaría eso? Están muertos, cortados y con metal, así que no veo qué problema hay…

Este respondió con total indiferencia pero Silas lo irrumpió.

—Pero estos no serán de nadie, vi a las cucarachas como actuaban y parecían no obedecer a ustedes, así que piensa un poco. ¿Quieres terminar siendo tú el juguete?

Silas lo irrumpió hablando fuerte, tratando de hacerle ver esta posible situación, pero tras de ellos unas siluetas oscuras se alzaron.
Sin aviso, sin emitir sonido alguno, las siluetas oscuras se lanzaron como una ola de carne y caucho. El Domador, con una agilidad casi aérea, se hizo a un lado. Los guardias, cuyo látex parecía amortiguar hasta el sonido de sus propios músculos, fallaron. Pero la marea se volcó sobre Silas.
La pelea se desató en una ráfaga de torpeza coordinada. Los guardias se movían con la pesadez de sacos llenos de arena y metal, emitiendo cloqueos secos bajo el látex. No eran precisos, sino abrumadores. Golpes amplios y descerebrados impactaban puntos exactos con una precisión aterradora, buscando quebrar articulaciones, eliminar de golpe.
—¡¿Qué?! 
Silas evitó un golpe que olía a caucho y cobre. Hizo crujir el torso de uno con un rodillazo, un sonido blando y decepcionante.
Eran demasiados. Recibía patadas punzantes, una avalancha que lo inmovilizaba. El estilo era familiar, un eco oscuro de la técnica de su hermano Yusuf: fría, utilitaria, enfocada en la rendición inmediata. Silas trató de purgar esa idea absurda de su mente. Yusuf estaba muerto o disuelto, un peleador que solo servía como desafío.
A su alrededor, la risa del Domador era un timbre estridente y ajeno al peligro. Solo se movía para quebrar extremidades que osaban acercarse demasiado. El ambiente se llenó de crujidos acústicos, no de hueso, sino de la compresión de algo viscoso y denso bajo la cubierta.
Pero la risa del Domador no era lo único en la habitación. La de Silas, esa carcajada nerviosa y afilada, seguía aullando pese a los golpes que recibía. Se convertía en un bufido sobrenatural, un sonido ronco y líquido que vibraba contra los frascos.
Desesperado, Silas tomó un fragmento de cristal, luego un trozo de metal de una mesa. Los objetos se hundían en el látex, eran tragados por la superficie gomosa, sin surtir efecto. El látex era un escudo: amortiguaba la fuerza y el daño, robándole la energía. Su fuerza y compostura se diluían con cada golpe fallido.
El Domador seguía abstraído, la mente diluida en una obsesiva clasificación: ¿Qué combinación de especies habrían forjado? Los guardias se rompían con traqueteos metálicos, se plegaban como figuras de goma, pero de alguna manera se re-ensamblaban, buscando el exterminio.
—¡Abre el suelo! ¡Ábrelo! 
Gritó Silas, arrojando un cabezazo. Hundió el cráneo de uno, pero el guardia ni se inmutó. La bolsa de látex simplemente se abolló.
La insistencia hizo que el Domador lo mirara, sujetando y comprimiendo la cabeza de otro guardia. Este se volvió una bolsa líquida y convulsiva, que seguía moviéndose como si estuviera lleno de agua, todavía intentando sujetar.
—¿Te refieres al suelo de esta habitación?
Preguntó el Domador sin mayor interés en hacerle caso, ya que esta situación no significaba nada para él.
—¡No! ¡Merluza, me refiero al suelo de la avenida Esperanza!
Silas rugió. Varios guardias lo sujetaron. El látex, caliente por la fricción, se fundía sobre él. Sintió su sabor y aroma, los cuales consistían en plástico químico con un regusto a bilis seca.
—Si pretendes ser así. ¡¿Porque no solo los quemas?! Yo hago las cosas por capricho, como también demostrar mi capacidad para entretener a la gente, pero por sobre todo para mí. 
El Domador estaba genuinamente ofendido, dejando al joven enfrentar a la mayoría mientras aún había un par de guardias tratando de acertar zarpazos al Domador.
Silas solo pudo emitir un sonido de puro asco y desagrado.
—Déjalo salir. Es como liberar el líquido que tienes en el cuerpo. 
Comentó la criatura con desdén, sentándose en el aire, las piernas cruzadas, como si estuviera en un palco.
Silas no podía pensar. ¿Cómo hago eso? Se imaginó una necesidad urgente de orinar, de liberar algo. Apretó, se esforzó, trató de localizar el origen de ese líquido que el Domador evocaba. Luego, se relajó por puro agotamiento. El resultado fue un sudor ácido que comenzó a gotear de su cuerpo de cuero enrollado.
—¿Ves que es simple? Aunque si lo haces así parece que tratas de defecar y es mal visto. 
Se burló el Domador, arrojando a los guardias que tenía al tumulto de hombres de látex.
—¡Busca una forma de ayudar!
El sabor del látex se intensificó hasta volverse abrasador. Silas sintió el sonido del caucho ardiendo, como si un líquido hirviendo reventara desde su interior. Y era cierto.
—¡Que asqueroso!
Silas gritó, tratando de detener la sensación de probar y oler el líquido burbujeante que brotaba de los guardias. Su sudor ácido estaba fundiendo el látex. La cubierta se disolvía revelando la verdad: una forma de cucaracha retorcida y espantosa gritaba y se desmoronaba ante la bilis química de Silas.
—Bueno, es bueno que seas más cuero que hombre. 
Rió el Domador ante la escena de horror biológico.
Silas no lo escuchó. Justo delante, una de las carcasas que se disolvía reveló una figura torturada, expuesta y aberrante... un fragmento de látex disuelto le dio la silueta inconfundible de lo que pudo ser su hermano, Yusuf.
El Domador interrumpió el terror de Silas con un extraño sonido, un chirrido impaciente al no ser escuchado.
—No hagas eso. ¿Qué pasa? 
Esbozó Silas, arrojando un golpe al guardia cuya cabeza se había vuelto líquida. El impacto fue la gota final: estalló en un rocío químico y dejó de moverse.
—¿Sabías que así se detendría? 
Preguntó Silas, confundido, al ver que el Domador comenzaba a tomar el asunto en serio, asegurándose de que ninguno de los insectos se levantara de su agonía.
—Ni la menor idea, solo sé que los cueros cuando cazan en agua... 
Comentó el Domador, alardeando de sus conocimientos.
—...Estos envuelven a sus víctimas arrastrándolos al fondo... Así que los derriten... 
Comentó Silas, asombrado, ignorando las maldiciones que el Domador musitaba al ser interrumpido de nuevo.
En su agonía, uno de los guardias disueltos se convulsionó y chocó contra un panel, salpicando y golpeando botones y palancas.
—¡¿Qué es eso?! 
Expresó sorprendido el Domador.
La maquinaria vibró, chilló con un sonido de uñas sobre metal, y escupió potentes descargas por toda la sala. Los cuerpos mutilados y en proceso de disolución sobre la mesa convulsionaron con furia, las descargas eléctricas conducidas por el fluido corporal mezclado. La morgue industrial se convirtió en un matadero electrocutado.
—Veo que es un espectáculo muy divertido.
El Domador aplaudió, su risa se convirtió en un graznido de puro deleite.
Silas, entre espasmos y un intento de risa distorsionada, se quitó la máscara. Se la extendió al Domador sin decir una palabra.
El Domador se extrañó. Era un regalo inexplicable de esta criatura inferior. Trató de recibirla, asumiendo que era el último acto de su pequeño fenómeno.
—No te entiendo, pero lo acepto…
Los gritos de los insectos y las descargas hicieron eco por el piso, como un terrible sismo que alborotó el pozo, alertando a todos los que aún podían sentir.

Capítulo XXII desastre en el espectáculo

El terror se apoderó del pozo. Esta tremenda estructura laberíntica, que se imponía ante todos como una guarida que descendía, consumiendo con avaricia a quienes caían en este lugar de tormento, ahora convulsionaba con la violencia de su propia agonía.
Nadie comprendía por qué este lugar emblemático, que había dado entretención al pueblo por tantos años, estaba colapsando. Las partes vivas del Tullugal agonizaban con un dolor propio.
Tras horas de electrochoques, las fuentes eléctricas escondidas de todo el mundo ardieron hasta estallar con estrepitosa violencia que por primera vez en mucho tiempo iluminó el fondo del pozo: un espectáculo de sombras danzantes y destrucción.
Un coro de risas envolvió el fondo ante los sucesos que habían ocurrido.
—Me lleva el Caleuche… corbeta sin vela y sin fondo… ¡Tú has sido el culpable, Domador!
Logró decir Silas a duras penas. Se sentía frito por dentro, teniendo espasmos significativos mientras trataba de recuperar la postura. La máscara sonriente permanecía inexpresiva en su rostro.
—Mocoso infeliz. ¡¿Qué clase de magia tramposa has utilizado?! ¡Mi gran imagen no puede ser arruinada por un gusano!
Replicó el Domador, su figura elegante aún conservaba la misma postura de cuando iba a sujetar la máscara. Su atuendo de circo ahora estaba manchado de sangre y bilis.
—¡¿Me ves cara de gitano?! ¡Claro que no uso magia! ¡Habría terminado como ellos hace años, quemado con el resto de la escoria!
Reclamó Silas por la acusación, la cual le habría significado una sentencia segura a la hoguera.
—¡¿Has usado el Libro, entonces?! ¡Algún libro!
La criatura rugió con ecos anormales que se unían en una voz gutural, mostrando su descontento ante la absurda idea de que el joven había logrado causarle daño a él.
—¡¿Crees que voy a perder el tiempo con libros o intentar aprender a leer?!
Silas no comprendía la necesidad de la criatura para buscar una razón por lo ocurrido. Solo deseaba seguir con lo que hacía.
El Domador se veía agitado, caminando de un lado a otro mientras murmuraba en centenares de ecos que dudaban de la situación, como si fuera una broma macabra del destino.
Silas había salido de la habitación y fue a un lateral del pozo. En el borde del piso podía verse a una distancia lejana la estructura carcomida del estallido de la fuente de energía. El aire repentinamente revoloteaba, dando giros en la ceniza acompañada de risitas que se deleitaban del caos.
Sin embargo, la danza estaba surgiendo desde arriba como un arrebato artístico que iluminaba los pisos del pozo, donde el canto de la vida y la muerte hacían un dueto macabro. Era el Motín de los Fenómenos.
—Motín… ¡Es un asqueroso motín que hacen estas lapas sin escrúpulos! ¡Y mi jefe no está aquí!
Silas sintió que hervía, corriendo para subir lo antes posible para defender lo que había hecho su abuelo.
Todo quedó atrás, por sobre todo el ofuscado Domador, que seguía con su mente nublada en el centro del pasillo.
Silas subió, tratando de hacerlo lo más rápido posible hasta que se encontró con el desastre. El aire estaba viciado. El olor a putrefacción y olvido era tragado por el metálico aroma de los cuerpos luchando.
—¡Escoria infame! ¡Este no es vuestro Circo!
Gritó Silas, viendo a los primeros guardias acompañados por jirones de carne.
El joven, sin pensarlo, se abalanzó. Sabía que debía pelear. A su alrededor, la oscuridad era herida por antorchas y dueños encarnizados por los invasores y las criaturas conocidas como fenómenos.
—¡Maten! ¡Matenlos a todos! ¡Matenlos a todos! ¡Por el sol y el cielo libre!
Gritaban enajenados los jirones, embistiendo con las atrocidades de este abismo.
El circo ardía, y en este se esparcían los restos de todo lo que luchaba por alguna razón.
—¡Los hundiré, infelices! ¡Soy veneno!
Gritó el joven, dando golpes a los jirones, mientras que los guardias esquivaban con astucia sobrenatural. Pero estos no se dieron cuenta del líquido que cubría al joven, quemando donde los golpes iban y venían. A su alrededor, un terrible coro de agonía se hizo visible. La atención se centró en Silas. Una mezcla de terror e ira invadió a los invasores. En cambio, los fenómenos vieron con satisfacción, sabiendo que lo que debían hacer era usar a los gusanos, quienes ni siquiera tenían intención de hacer algo.
—Te tengo.
Se escuchó una voz tétrica desde un costado de la jaula de los gusanos. Estos, al ver al coloso abriendo los barrotes con fuerza abismal, se incorporaron con pavor.
—Tú no… puedes…
Apenas pudo hablar uno cuando el gigante lo sujetó con fuerza y azotó contra los jirones, volviendo todo un manchón sanguinolento.
—¡Monstruo! ¡Salvaje!
Los gusanos gritaron en un coro de pavor por lo que hacía la bestia de varias cabezas.
—¡Cállate! ¡Haz lo mismo que el mocoso!
Ordenó sin piedad a la criatura que soltaba un líquido que comenzaba a quemar la suciedad que lo cubría.
—¡Ustedes hagan lo mismo! ¡Quemen la extraña piel de esas cosas para que los eliminemos!
La voz venía del techo. Desde las alturas cayó de golpe una gran criatura que estremeció el suelo: ocho piernas de hueso, un cuerpo dividido como el de un insecto pero compuesto de carne y hueso que golpeaba todo a su alrededor. Sin embargo, era sometido por los guardias que parecían hormigas que trataban de derrotar a la colosal araña.
—¡Si no mueven sus traseros…!
Desafortunadamente para aquella criatura, los guardias vestidos de negro finalmente lograron romperle el cuello, dejando tal gigante tirado como una marioneta sin cuerdas.
—¡¿Qué esperan?! ¡Ahora!
Rugió el carroñero, arrojando al gusano contra un grupo de guardias.
Los otros gusanos corrieron para cumplir las exigencias del resto. El suelo era encarnizado, pero los fenómenos habían comprendido que no podrían hacer nada más que aguantar hasta que los gusanos deterioraran a esas cosas que no sufrían daño alguno. Una vez que estos los dejaban indefensos, podrían disfrutar de su venganza.
—¡Nadie toca la propiedad de Solomon y vive para contarlo! ¡Morid de una vez, perros sarnosos!
Gritó Silas, mientras parecía dar una carrera desesperada, aunque fue tumbado. Sus agresores salían de su lado al sentir cómo ardían sus cuerpos al comenzar a licuarse.
—¡No estorben! ¡No tendré piedad con ninguno!
Por su lado, el muchacho siguió avanzando entre el caos, acertando golpes como recibiendo solo para dejar estelas de incontables lamentos aullantes que eran callados por los fenómenos.
—¡Muévete, muévete! ¡No tengo tiempo para esto!
Silas estaba entrando en un atasco de los invasores, golpeando sin cuidado a todos los que estaban en su camino, con su mente difusa entre el cólera y los inclementes golpes. Pero sintió que su risa hacía eco en su cabeza. Este se sintió aliviado, ignorando que la máscara se veía distinta, como si no la llevara.
—¡Quemen al desgraciado! ¡Quemen!
Silas escuchó a la distancia coros desquiciados que motivaban algo: un peso metálico.
Esta cosa era una especie de bestia de carne y metal que avanzaba lenta, pero precisa, en búsqueda de su objetivo. En sus extremidades había algunas cosas que parecían mangueras que liberaban líquidos llameantes.
Sin previo aviso, no distinguió amigos de enemigos, cubriendo todo de llamas que no dejaron salir ni un alarido, solo el crujir de la carne asada.
—¡Quema hasta el último de ellos! ¡Limpieza total!
Se sintió los gritos entusiastas de los jirones, ignorando a cuántos de los suyos había dejado como estatuas carbonizadas.
El muchacho se dio cuenta de que no podría quedarse cerca, pero debía pasar por encima de este para encontrar a quien hacía tal acto vil.
Fue entonces que el joven vio los barrotes del pozo, algo arriesgado pero le daría oportunidad de salir de esa situación.
—¡Cobarde! ¡Atrápalo! ¡No dejes que se escape!
Gritaban los jirones, pero no se daban cuenta de que estaban quedando entre ambos.
Corriendo dirección opuesta, las llamas lo siguieron, acabando con muchos de los jirones. Al estar a punto de llegar, Silas formó su cuerpo, pasando entre los barrotes, colgando desde una de las piedras. Con desesperación, trató de tener otro agarre, pero se deslizaba, por lo que saltó a un lateral con piedra más carcomida.
—No… ¡Me caigo de nuevo!
Silas falló y sus manos no lograron sujetar bien, solo rascar las piedras, pero con terrible golpe se hizo contra la muralla. Esto provocó grietas que fueron usadas por Silas para afirmarse, mientras las llamas salían en múltiples direcciones.
El monstruo embestía, lastimándose y haciendo que la muralla de ese piso se agrieta, lista para dar su último lamento, el cual fue acompañada de la bestia atravesando la muralla y cayendo profundo hasta que la oscuridad se tragara su tenue luz.
—Perico tonto… eres de agua dulce… ¡No sabes dónde estás!
Silas suspiró sintiendo su risa, pero no provenía de él. Como tal, nacía desde la máscara, la que liberaba la agotadora risa cubierta de tragedia.
El muchacho no le interesó; solo quiso moverse, salir de ese espacio que lo tenía a su merced para volver a encontrarse con esa cosa.
Silas se movió hasta el borde, moviéndose nuevamente pese al cansancio, en búsqueda del responsable.
—¿Eres tú… muchacho?
Surgió la voz familiar, sonaba agotada y consumida por los dolores vividos.
—Cuando te vi, pensé que morirías a las horas, a nadie le gustan los guardias, ya sabes… pero supongo que la vida me jugó una mala broma.
Era la Mariposa o lo que quedaba de ella. El tiempo fue inclemente, y aún más sus enemigos. Estaba destrozada, sus grandes alas hechas jirones pegados a la pared.
—Yo… ¿Te ayudo en algo?
Preguntó Silas, sintiendo lástima por lo que quedaba de la Mariposa.
—Lo dudo, solo quiero descansar… El espectáculo ha terminado para mí.
La Mariposa se acercó al borde por el cual había caído la bestia.
—Mi espectáculo no será robado por nadie más que mi brillo. Asegúrate de darles una lección a quien hizo esto… Al Tullugal, al Maestre y a todos.
El hombre se giró. Sus ojos amarillentos observaron por última vez a Silas o lo que era ahora Silas y dio un paso hacia delante, desapareciendo en la oscuridad del pozo.

Capítulo XXIII desastre luego del espectáculo

Silas avanzó, cruzando la habitación de la entrada al Circo. Los barrotes estaban salpicados, el fétido olor acre se mezclaba con la podredumbre ambiental. La propia oscuridad parecía distorsionar su profundidad. El joven recorrió el lugar, pisando charcos de múltiples fluidos viscosos. Recordaba lo que escondía la oscuridad, pero ahora el terror estaba visiblemente pegado a las paredes.
Al final, atravesó el complejo para llegar a la habitación donde el viejo le había dejado. Le preocupaba que todo hubiera terminado para la camarilla de su abuelo que había sido dueña de estas tierras por tanto tiempo.
—¡¿Hola?! ¡¿Quién está ahí?! ¡Que se identifique!
Gritó una voz conocida. Silas avanzó un poco más, pero un estallido provino de más arriba.
—¡Soy Silas! ¡¿Cuál de todos los pericos tontos es quien dispara?! ¡Dejen de jugar!
Silas gritó, sabiendo que debía ser uno de los Guardias que cubrían la retaguardia.
—¡Eso es imposible, debes ser uno de estos malnacidos! ¡Muere!
Tras gritar, una seguidilla de disparos se estrellaron cerca de Silas, haciendo que tropezara. El joven sintió el fuego del metal caliente rozando como perforando su tejido, dándole un terrible dolor.
—¡Eres una cabeza de pez luna! Condenado grupo de marinos de agua dulce, seguro que está a cargo el cabeza de pepino de mar de todos los cabeza de pepino de mar. ¡Dejen de joder!
Rugió Silas, furioso. Tras sus insultos hubo silencio.
—... ¿Es él? Suena como él... pero el jefe dijo...
Un murmullo lejano se escuchaba. Parecía una torpe discusión sobre lo que deberían hacer.
—¿Rufus? ¿Algún idiota? ¿La chillona? ¿La guapa o la que es Rufus mujer? ¡Respondan!
Silas preguntó con algo de duda, acercándose lentamente, pero fue respondido con una potente ráfaga de disparos que pareció interminable.
—¡Si eres Silas, mocoso infeliz! ¡Qué bueno que subiste!
Gritó Gaspar en tono alegre, aunque no lograban verse bien.
—¡Viejo de mierda! ¡¿Por qué me disparan?! ¡Soy yo!
Resonó la voz de Silas furiosa, aunque la máscara seguía emitiendo su risa, incomodando un poco a este.
—¿Estás con alguien…? ¿Algún insecto?
Gaspar fue el primero en acercarse y se quedó mudo ante el total aspecto de Silas, tratando de pensar en algo inteligente que decir. El cuerpo de Silas era una masa grotesca bajo la Máscara de Hueso.
—¡Pero qué asco das, mocoso! ¡De verdad, das más asco que antes! ¡Apestas!
Estalló la voz resonante de Rufus, aunque su cara cubierta le complicaba el modular decentemente por estar vendada de forma torpe.
—Pero si es el guapo, al menos hablas mejor. ¡Qué lindo!
Comentó sarcásticamente Silas, provocando gruñidos quejumbrosos de Rufus, aunque este se detuvo al escuchar las carcajadas estrepitosas de la máscara ante la broma de Silas.
—Oye sardina, tú… ¿De dónde sacaste eso?
Preguntó Gaspar, haciendo señas a Silas, señalando el Icor Plateado que aún sostenía.
—¿Te refieres a la máscara? Pues me la dieron en el fondo del pozo. Y esto me lo traje de la cocina de unos locos.
Comentó Silas, haciendo que varios empalidecieran, pero el novato se vio sombreado, ya que tenía mucho interés en cómo era el fondo, ya que este pensaba que era algo sin final.
—¡¿Cuánta agua salada has bebido?! ¡Ya no es el que dejamos en el circo!
Esbozó Andrea, tambaleándose, pues una de sus piernas estaba carcomida por la enfermedad y la violencia.
—¡Cállate, odiosa! ¡¿No ves que este fenómeno es más interesante que la mierda que nos llegó hasta el cuello?!
Espetó un joven que parecía de la misma edad de Silas, aunque su piel se tornaba más como una pálida grisácea. A juzgar por su lenguaje, debía ser del otro lado del pueblo.
—¿Saben quién es el líder de los jirones? ¡Necesito saberlo!
Preguntó Silas, ignorando las preguntas que hacía el resto.
—... No debes ir más abajo, bucanero de agua dulce. Debajo del circo está el espectáculo de los fenómenos. Luego nada más.
Comentó Gaspar, hablando al joven que parecía ofuscado e interesado en Silas.
—¡Claro! Qué asco, y pensar que era como nosotros… ¿Todos son así?
Expresó el joven, apuntando a Silas.
—¡¿De qué rayos…?!
Silas respondió a la burla que este hacía en sus propias narices, sin embargo, todos le apuntaron con el arma.
—Muy bien, gusano, o lo que era Silas. Debes regresar a tu espectáculo.
Comentó Gaspar, lo cual enfureció a Silas, siendo apuntado por quienes había conocido al llegar y algunas caras desconocidas.
—¡¿Qué rayos dicen?! ¡Acaso no se acuerdan que…! ¡Soy un Hernández!
Rugió el joven, pero fue irrumpido por la habladora:
—Un Hernández, sí, pero muerto y olvidado por todos como el resto de tus hermanos. Ya que el heredero ya se ha establecido, no necesitamos basura como tú.
Tras sus palabras, una interminable ráfaga de disparos dio con Silas, provocando que retrocediera unos pasos tambaleantes, pero antes que pudieran recargar, el joven huyó. Siendo seguido por gritos y estruendos de las armas.
—Condenados cabezas de… ¡Me las pagarán!
El cuerpo de Silas dolía. Los agujeros de bala, si bien no lo mataron, ardían por alguna razón. Sus heridas se veían con problemas para cerrarse, acompañadas de un icor que se secaba a medida que brotaba de las heridas.
—Regresa al espectáculo, fenómeno, y fingiremos que nunca te vimos subir. No vales el esfuerzo.
Comentó Rufus, pero ante sus palabras no tuvieron respuesta.
—...
El grupo aguardó en silencio, algo incómodos.
—... Verás, rata de muelle, si quieres seguir con esto. Nosotros podemos volver a darte unos agujeros más. Pero sé que no eres un pez espada...
Advirtió Gaspar, para solo mirar al resto y levantar los hombros.
—Sabes... Nos aburrimos, puedes marcharte por aquí. No sabemos qué buscas afuera, pero eres simpático y podemos hacer una excepción contigo...
Dijo Rufus, lo cual resultó ridículo al resto, que hasta hace poco fueron una especie de grupo de fusilamiento.
—No me lo creo...
La mujer había sido la más exasperada por la idiotez, dando un golpe en la cabeza vendada con su mano pulposa, fastidiada por la ineptitud.
—Hagamos una votación para asegurarnos que está ahí o no.
Expresó Andrea, recibiendo la aprobación del resto con un gesto de las manos.
—¡¿Qué rayos pretende ese anormal?!
Comentó furioso el novato de los guardias, acercándose lentamente. Esto no era bueno, pero nadie quería sacar la idea de hacer una votación por quien fuera a inspeccionar.
—¡Chicos! Vean. Está muerto.
El nuevo confirmó que estaba muerto, aunque los veteranos sabían que no debería haber sido así de fácil, pero la anatomía de los fenómenos era extraña y pudieron haber acertado en algún punto débil.
—¿Quieren ver? Está horrible, parece que se ahogó hace mucho. ¡No hay peligro!
Dijo el joven, aunque nadie realizaba movimientos para ir a acompañarle.
—¿Quieren que les ayude a pensar? Tal vez quieren que se los…
El joven llamó, haciendo una seña, pero la expresión del resto le asustó.
—Ni lo pienses… ¡Estúpido!
Este fue sujetado por Silas. Sus manos resbalaban, pero no quemaban como lo hacían con los otros Guardias.
—Más vale que cierres el pico, pequeño perico parlanchín. Si no quieres acabar como la otra rata de muelle que se ahogó.
Murmuró Silas molesto, mientras el joven buscaba soltarse.
—Eres… un fenómeno… muerto… ¿Oíste? ¡Te mataremos!
Tan solo logró comentar eso con un par de disparos erráticos a la nada antes que fuera dominado por Silas. Sin embargo, estos se mantenían forcejeando por el arma.
—Mocoso estúpido…
Gaspar se frotó la cabeza ante la desagradable idea de los problemas que le traen los nuevos.
Un tiro accidental llegó a los pies de los Guardias, quienes lo miraban.
Silas trató de moverse con el muchacho en lo que lo usaba de escudo humano.
—Infeliz, jamás saldrás de…
La ráfaga de disparos sin miramientos trataban con furia atravesar el escudo sin éxito, debido a que Silas no cayó con el nuevo.
—¡Son percebes! ¡Inmundas ratas de muelle! ¡No tienen puntería!
Gritó Silas, tratando de cubrirse en lo último que quedaba de ese novato.
—¡Mis pelotas! ¡Maldita sea!
Rufus se le escuchó gritar de dolor. Esto, como efecto, hizo reír a Silas, que fue acompañado por la máscara. Estos caminaron al siguiente piso, donde había ocurrido el caos y el descontrol.
—Me lleva el Caleuche… Esto es un desastre. ¡Pero es hermoso!
Murmuró Silas, sintiendo el espeso olor a humo de carne quemada brotando de sus heridas, un hedor nuevo y nauseabundo.
—¡Silas! Sal y haz que esto sea rápido. El Circo debe abrir pronto. ¡No hay tiempo!
Gritó Gaspar, el cual se movía junto a los otros para tener mejor puntería, sin arriesgarse a terminar como los restos del nuevo.
Sus pasos eran lo único que se escuchaba, salvo por el sonido del fuego y el sonido crujir.
—¡Vamos, inútil! ¡Tenemos que limpiar esto antes que llegue el Capataz! ¡Ustedes! ¡Rápido, rápido!
Se escuchó la voz pesada de un hombre gritar órdenes a otros que se movían de un lado a otro. Silas se movió por las habitaciones destruidas por la violencia del fuego y la metralla del descontrol.
El muchacho llegó a una muralla carcomida y viscosa, donde uno de sus agujeros mostraba que, al fondo del pasillo, al ver el origen de la voz y lo que apilaban, comprendió sin problema que todo había acabado. O más bien, todo había comenzado: el caos era la nueva estructura.



Capítulo XXIV ¿Quién se robó el espectáculo?

El joven avanzó, ocultándose de los jirones y secuaces de la camarilla del Gran Cañón, y de más integrantes de las familias.

—¡¿Qué rayos ocurre?! ¿Quién dirige esta pocilga ahora?

Murmuró Silas, viendo cómo un hombre gordo llegaba escoltado por guardias que se identificaban por unas pañoletas distintivas. Más allá, pudo ver a unos cuantos hombres de látex, inmóviles como estatuas defectuosas, que seguían al gordo.
Este parecía decirle algunas palabras severas a quien apuraba al resto. Ocurrieron silencios incómodos acompañados de discusiones prolongadas que apenas eran un susurro del viento, hasta que la expresión del hombre gordo cambió a estar asustada.

—No, no… Falta poco… ¡No! ¡El Capataz me matará!

Gritaba el hombre con pánico al ser sujetado por quienes dirigía y ser arrojado a una de las hogueras que consumían las fosas comunes improvisadas.
Sus gritos fueron la oportunidad de Silas para correr. Este aprovechó de tomar una tela mugrienta por hollín de un cuerpo para ocultar su horrible apariencia.

—¡¿Quién anda ahí?! ¡Detente! ¡Muéstrate!

Tras moverse, se topó con unos guardias que llamaron la atención del resto. Se acercaron, pero temieron al ver la figura sombría de Silas que no decía nada. El contraste de la tela harapienta sobre el cuerpo viscoso creaba una silueta aterradora.

—¡Di algo, cosa rara!… ¿Es real o un fantasma? ¡Tiene que ser un truco!

Comentó el guardia, dudando, mirando a su compañero.

—Esa cosa suelta neblina… ¡Debe ser un demonio! Deberíamos llamar a un consagrado o algo… ¡Llama a Teodoro!

Comentó su compañero ante el sutil humo que se extendía del cuerpo de Silas al hacer contacto con la tela, quemándola lentamente.

—No llamen a nadie. Es un sirviente de los Fernández… Uno de los nuevos, quizás. Una de esas anomalías que pretende controlar esa gentuza.

Comentó un anciano con autoridad, al acercarse el joven cubierto de la tela sucia lo reconoció, Teodoro.
El joven se mantuvo en silencio, acordándose de lo que vio en la casona.

—Teodoro… Teodoro…

Silas se esforzó en hacer una voz profunda como enfermiza, imitando el tono autoritario de las figuras superiores.
Los guardias miraron al anciano que parecía tener asco.

—Di, bestia inmunda, de esa condenada… ¿Qué demonios quieres de mí?

Teodoro habló con una postura firme, pero fue interrumpido.

—¡Teodoro! ¡Hablar Teodoro! Situación. Avances ¡Teodoro! ¡Avances! ¡Anomalías!

Silas dijo lo que había escuchado que provocó que Teodoro colocara una expresión de asco y vergüenza, dándose cuenta de que había sido seguido todo este tiempo.

—Condenada bruja… ¡Bien! Verás…

El anciano buscó sus palabras mientras se frotaba los ojos, Silas con una actitud fría repetía las palabras, aunque a su vez la máscara producía sonidos desconcertantes e inquietantes, como risas ahogadas y murmullos en reversa.

—¡Fallo! La anomalía debía resistir, pero no lo hizo. Solo logramos estabilizar a algunos pocos, pero ocurrió algo con el equipo y todo colapsó. Los prototipos siguen un protocolo estándar. ¡No es mi culpa!

El anciano se secó el sudor de la frente, inquieto.
—Fallo. Fallo. Fallo… Responsables. Avances. ¿Diana, qué dijo?

Comentó Silas, tratando de recordar a la mujer que lo acompañaba que tenía aspecto inusual. Sin embargo al pronunciar el nombre de la mujer el viejo hombre se vio notoriamente alterado, pensando que la situación pasaba de informar a las familias y llegaba a la suya, marcando a este con un fallo mortal que había tardado en comunicar.

—Valoró la preocupación de las familias, pero sin la piedra del collar o la anomalía que cambió luego de lo ocurrido en los pisos inferiores, no hemos tenido respuesta de quienes mandamos.

El anciano dijo, recordando lo que portaba Marta luego de la muerte de su familiar.

—Diana. Respuestas. Collar Fernández. Hernández. Familias. Explicar. ¿Por qué el Tullugal defectuoso?

Silas no sabía qué conseguir de esto, pero sabía que estaban todos involucrados y no quería que el anciano se fuera sin darle la razón o propósito.

—Diana, sé que lo advirtió, pero el Tullugal dañado era un recipiente útil y le convenía que ocurriera esto para solventar su deterioro… pero ocurrieron imprevistos… yo… yo…

El anciano divagó, estaba ahogado y angustiado por la terrible verdad como la situación que lo dominaba. Se podía escuchar su corazón bombear frenético hasta que una respiración ahogada fue evidente de este.

—Lo… mató… sin tocarlo… ¡Brujería!

Los guardias retrocedieron aterrados, en lo que Silas solo se mantuvo su postura, nadie miraba su expresión de miedo en lo que el anciano convulsionaba al golpearse la cabeza. Volviendo la escena mucho peor.
Silas, sin hacer mayor movimiento o palabra, se dio media vuelta y caminó, desapareciendo en la oscuridad de las habitaciones.
Tras no ser visto por nadie, Silas se apoyó en las escaleras.

—Eso fue más loco que un pez espada… ¡Murió del susto! ¡No creo estar tan feo! 

Murmuró el joven, observando si alguien venía, pero nada ocurrió, salvo la risa de la máscara ante el miedo de Silas.

—No puedo seguir por aquí, debo hacer algo…
Silas observó, volviendo la vista y descendió a los pisos inferiores.

Los guardias estaban distraídos y eran menos que antes. Al parecer tuvieron que llevar a Rufus a un matasanos.

—Entonces, ahora que no están esos idiotas. ¿Cómo terminó el penúltimo novato así?

Comentó una mujer mientras le daba un sorbo a una petaca escondida en una pata de palo.

—¡¿Crees que por ser el segundo más viejo lo sabría?!

El hombre mayor le quitó la petaca y dio un buen sorbo.

—El viejo de Elías sabía al menos que hacer en estas situaciones… O se inventaba algo.

El hombre gruñó agitando la pata de palo.

—¡Por un percebe, esta porquería se acabó!

Este arrojó la pata de palo que se había acabado de licor. Por su parte, su compañera lo miró incrédula por su estupidez.

—¿Tiraste la petaca?

Esta preguntó disgustada. A lo que solo recibió un gesto de odio acompañado de un eructo.

—¡Eres un cojo estúpido! ¡¿Cómo vas a caminar?!

El hombre miró su pierna, confundido, sin escuchar más insultos de la mujer.

—¡Eres una Sardana! ¡Condenada criatura maligna y devuélveme la pierna!

Gritó el hombre ebrio para callarse de pronto.

—Espera…

El hombre sujetó el arma y con una puntería torpe trató de apuntar al lugar al que había arrojado su pierna, efectuando múltiples disparos.

—¡¿Qué te pasa?! ¡¿Te volvió loco?!

Vociferó la mujer, viendo la cara de miedo de su compañero.

—No se escuchó caer… Hay algo ahí… ¡Lo juro!

Ante eso, la mujer tomó una de las linternas y apuntó junto a su arma.
Frente a ellos solo estaba la pata de palo, cuidadosamente dejada de pie.
Ambos se miraron y comenzaron a buscar por las sombras algún indicio de su acechador. Pero su búsqueda sería inútil, ya que Silas se había marchado sin que estos lograran saber qué fue lo que estuvo cerca suyo.
El joven retomó el camino hacia abajo, caminando por la oscuridad y las habitaciones, cruzando por las barras metálicas que llevaban al Circo, pero la oscuridad no era como antes: ya no había nadie acechando, no quedaba nada.

—Esto fue un completo desastre… ¡Y yo me lo perdí!

Se dijo Silas, como un murmullo que danzó tristemente en la oscuridad hasta desaparecer, pero un par de pasos se escucharon a la distancia.

—Tú vives… Tú no te fuiste…

El joven escuchó un murmullo dulce y lleno de tristeza. Frente a él se formó la silueta de la pequeña Saltarina, que le miraba con sus ojos: dos lastimados, pero su expresión no parecía de tristeza o lástima.

—Puedes quedarte… tengo miedo… no me dejes sola… ¡Ya no hay quien nos cuide!

La pequeña reflejaba algo de alegría al ver a Silas, pero la tristeza y todo lo ocurrido en este breve tiempo parecía haberle afectado.

—Mocosa… Digo, Saltarina. Supongo que es bueno verte. No hay espectáculo, ¿lo sabes?

Silas, aunque deseaba golpearla por apuñalarlo, sintió pena por la pequeña y se esforzó en ser algo empático.

—Ven, ven… vamos, la Mariposa está mal herida… Quiere despedirse, creo.

La niña hizo un gesto para que Silas se le acercara.

—Entonces… asumo que quieres que te siga. ¿No? ¿Adónde vamos, pequeña sombra?

El joven tenía un extraño amargor, no le importaba nadie, pero tenía un malestar. Siguieron el camino que mostraba la pequeña hasta que apareció lo que quedaba del Vestuario.
Todo estaba en ruinas. Gran parte del lugar destruido por la violencia de la avalancha de jirones de carne, pero por otro lado estaban los restos de hombres de látex. Pero estos estaban en el centro, rodeando algo, o mejor dicho, a alguien.
Mientras la pequeña buscaba a la Mariposa, Silas vio a los integrantes del Circo. Perdieron, pero habían hecho un gran trabajo. El joven no estaba interesado en aquellos que cayeron, ya que el Anfitrión estaba de pie en el centro.
Envuelto en hombres de látex, estaba algo golpeado, aunque estaban peor los hombres de látex por la fuerza de este.

—Tú… gusano… Fenómeno… ¿Por qué no estás muerto?

Este habló adolorido, apenas comprensible por el dolor que mostraba.

—Veo que las negociaciones fallaron, asumo que esto ocurre cuando pretendes actuar contra los Hernández.

Comentó Silas, caminando alrededor del Anfitrión, que estaba encorvado sobre sus rodillas.

—Jamás… traicionamos… a… la Familia…

Este se esforzó en responder, aunque no fue suficientemente rápido y Silas lo interrumpió, observando el objeto similar que tenía el Domador clavado, hundido entre sus omóplatos.

—Teodoro falló estrepitosamente al confiar en un Tullugal defectuoso, Dania tenía razón… ¿Por qué te clavaron eso, entonces?

El Anfitrión apretó sus fauces llenas de furia, en lo que se esforzó en moverse, pero su cuerpo no se lo permitía.

—¿Crees que aquellos que apostaban en que funcionarías estarían contentos o con brazos cruzados al perder?

Silas colocó su pierna en su espalda y comenzó a mover aquello clavado en su espalda, provocando un agudo dolor en este.

—Te equivocas… No estaba con ellos, pero estos traicionaron… Me traicionaron a mí.
La criatura sonó lamentable, llena de culpa y frustración, por lo que Silas trató de mover el objeto que estaba atascado.

—Es inútil… No moriré… Estaré así por siempre, en estos pisos… ¡Déjame!

Silas rio estrepitosamente al oír el lamento del Anfitrión.

—Bueno, supongo que tendremos que hacer algo más digerible… ¡El espectáculo debe continuar!

Se burló Silas, acompañado por las risas de la máscara.
En eso, el líquido que brotaba de las manos de Silas comenzó a caer por el objeto clavado. Esto provocaba chisporroteos terribles y un hedor a muerte mezclado con el humo.

—¡¿Qué rayos?! ¡No hagas eso! ¡Detente, gusano! ¡Detente!

Gritó el Anfitrión sin lograr ver qué era lo que hacía, salvo cuando sintió cómo el líquido ácido lo tocaba y comenzaba a carcomer lo que tocaba.
La pequeña se mantuvo escondida, no sabía si Silas ayudaba o castigaba al Anfitrión, pero solo podía escuchar el caos de estos dos en el terrible escenario funesto que quedaba.
La pequeña se giró, moviendo algunas cosas para poder sentarse, por lo que rebuscó en sus bolsillos y sacó un pan mohoso.

—...Rico…

Comentó para sí, en lo que tarareaba una canción habitual en el circo, observando el final del Anfitrión con indiferencia, ya que lo único que tenía en mente es que le habría caído bien algo de melaza al pan mohoso.


Capítulo XXV desastre de gusanos

Tras un rato la pequeña dejó de escuchar gritos del anfitrión tratando de contar su verdad.

—¡Es mentira! No se lo que ocurre arriba, solo lo que ocurre en el pozo. ¡No tuvimos nada que ver!

Este gritaba desesperado a alguien que se negaba a escuchar otra verdad que la verdad que había comprendido. El rato de ambos juntos resultó en un forcejeo extenso pero habitual en el pozo y sobre todo en el circo.

—Da igual lo que digas que es verdad y lo que es mentira. Si no puedes hacer que tu verdad sea la verdad para todos, eso demuestra que no eres un buen anfitrión.

Vociferó agotado Silas a la delgada figura temblorosa, fue entonces que Silas volteo el rostro para ver a la niña que observaba que habían terminado de hacer sus cosas.

—¿Aún estás aquí?

Preguntó Silas avanzando a donde estaba la pequeña.

—¿Qué piensas que podría hacer?

Respondió la pequeña con una pregunta.
A lo que Silas solo pudo apoyándose sobre los restos de un tocador con el espejo roto. Este suspiro agotado del esfuerzo.

—Estaba comiendo. ¿Quieres?

Respondió la pequeña, a lo que sacó un trozo de pan mohoso.

—No he comido nada bueno hace rato…

Dijo Silas levantando el pan con un leve gesto de agradecimiento.

Este dejó caer su cuerpo como un costal de papas junto a la niña.

—¿Está muerto? 

Preguntó la niña a Silas.

—El anfitrión debería haber muerto hace rato, solo que nadie le dijo… muerto como el resto.

Respondió Silas en un tono seco.

—Ya veo. Entonces vendrá alguien más a usar su lugar. ¿No?

Comentó la pequeña aceptando lo que ocurría siempre que alguien moría. Mientras Silas se daba cuenta que no podía comer por la boca, ya que está no tenía para introducir nada. Este maldijo la ironía de las cosas, comenzando a secretar líquido en su mano para disolver el pan mohoso.

—Es asqueroso.

Comentó la niña mirando a Silas.

—Pequeña, cuando tengas mi edad comprenderás que el mundo se rige en ese orden. Cuando alguien muere es reemplazado, y así sucesivamente. Nunca nada queda… en nada. ¿Entiendes?

La niña frunció sus ojos sin comprender a Silas en su divagación filosófica.

—Es asqueroso cómo comes, además huele a vomito. Soy una niña grande, sé cómo funcionan las cosas.

Reprochó la pequeña, a lo que Silas miró el pan burbujeante en su palma.

—Bueno, no sabe a vómito pero nunca me he detenido a oler como huele esto. De hecho tampoco sé como puedo olfatear o comer…. O incluso hablar.

Silas dudó un momento en lo que trataba de comprender cómo funcionaba cada cosa de su cuerpo y las cosas que le faltaban al ser ahora un gusano.
Desde atrás un gruñido húmedo acompañado de carne siendo masticada resonó.
Ambos se voltearon para ver qué desde la sombra algo se formaba, arrastrándose recogió el cuerpo tembloroso del anfitrión.

—Los payasos querían ocultarte de ellos, pero creo que ya sabían de ti desde mucho antes.

Dijo Silas viendo la amalgama de carne y huesos, recoger el resto que le faltaba.

—Ojalá cuando estén completos le digan que deje de ser un cabeza de pez luna.

Silas alzó la voz, deteniendo al Tullugal que parecía haber entendido lo que decía Silas. Esto incómodo un poco a la pequeña pero depositó su fe en el último integrante del circo que quedaba.

—...¿Quién eres tú?...

Preguntó una multitud de sonidos que trataban de sonar como humanas.

—Soy Silas… digo. ¡El gusano! Fenómeno payaso, que estará aquí listo para realizar su próximo acto que desafía toda lógica.

—...El espectáculo continuará… el acuerdo con los Hernández sigue en pie… pronto comenzará el próximo acto…

Múltiples voces hicieron eco como una grotesca cacofonía, mientras la masa se arrastraba de regreso a la oscuridad.

—¡Desde luego!

Exclamó Silas, este se levantó para saltar sobre el tocador.

— No pareces… Hermano de Azai… Lástima que no estés en su lugar…

Hablo con un poco más de coherencia, lo cual le causó gracia a Silas por la desdicha que Azai, el peor de sus hermanos fuera quien estuviera en el poder, mientras otros indicados y enseñados bajo la tutela de su abuelo terminaron como Yusuf.
Pero Silas pareció no importarle, encontrándose un poco para expresarse ante el Tullugal.

—¡Damas y caballeros! Bienvenidos a este espectáculo, nosotros los fenómenos estamos listos para traerles una experiencia inolvidable. ¡Desearían nunca irse! 

Hizo una reverencia teatral, despidiéndose. La pequeña lo observaba, su comportamiento era raro. Probablemente porque había perdido el juicio, pero al no tener nada, era mejor seguir a un loco.

—¡Desearan nunca haber entrado!

Añadió la pequeña con júbilo, provocando la risa de Silas con su máscara, el dúo estaba listo para preparar a los fenómenos para los próximos espectáculos que les aguardaba por el resto de sus vidas.









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