El circo entomológico delirante
Capítulo I: Voces olvidadas A lo lejos, en el horizonte perpetuamente corrompido, se divisa el pueblo de Esperanza Dorada. Su cielo es un negro rojizo antinatural, una cúpula de hollín y químicos oxidados que anula por completo la posibilidad de distinguir el día de la noche. Es un eterno y enfermo crepúsculo. El lugar, que aún conserva un grotesco esplendor de flora y fauna mutada, es un recordatorio constante de cómo la humanidad consume y devora hasta roer los huesos de sus propios hijos. Desde esa distancia ilusoria, el paisaje es un efímero consuelo para las almas cansadas que, de alguna manera, lograron sortear el cementerio de naufragios que es el mar circundante. Pero bajo esa belleza en descomposición, la belleza misma es una traición, y toda esperanza debe terminar. Es aquí, al acercarse lo suficiente, al sobrevivir la pestilencia del viaje, que el instinto más profundo te hace desear haber sido consumido por la impiedad del mar envenenado. Para entrar, hay que cruzar el giga...